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Especialista en personas. José Ramón Álvarez Arribas. Médico rural

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Escrito por Isabel G. Muñiz   
Jueves, 29 de Enero de 2015 13:29
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Treinta y dos años de profesión dan para mucho. Lo sabe bien José Ramón Álvarez, que con su libro 'Trayectoria, recuerdos de mis vivencias y anécdotas como médico rural' ha querido homenajear a todos aquellos profesionales de la medicina que ejercen en las aldeas asturianas de una forma anónima.    
José Ramón Álvarez. Médico rural
Segoviano de nacimiento pero asturiano de vida y convicción, José Ramón supo pronto que se quería dedicar a la medicina. Su trayectoria profesional le llevó por distintos centros sanitarios de Oviedo, Gijón y Mieres, pero su comunión definitiva con el oficio le llegó al convertirse en un 'médico de pueblo'.
-¿De qué estamos hablando cuando decimos 'es un médico rural'?
-El trabajo del médico rural es similar al de cualquier médico de familia: atiende en el consultorio y después en los hogares. Sólo que para éste es todo más complicado, hay que desplazarse mucho y a veces acceder a un domicilio no es fácil. En donde yo trabajo, en determinadas épocas del año sólo puedes llegar a algunas casas en land rover, circulando por carreteras estrechas y sinuosas, caminando por la nieve e incluso a veces en helicóptero. Aunque es verdad que ahora es todo mucho más fácil y accesible que hace unos años, ya no es el ejercicio solitario y romántico de antes.
-Llegó al occidente de Asturias tras un periplo por diferentes hospitales del centro y oriente de Asturias, y actualmente ejerce en San Martín de Oscos.
-Sí, estuve en el Centro Médico, en el hospital de Jove, en la Residencia Nuestra Señora de Covadonga, y en la plaza de cirugía del ambulatorio de Mieres, pero cuando llegué al Occidente asturiano en 1986 fue un gran cambio. Quizá la mayor diferencia fue la longitudinalidad, poder conocer a los pacientes a través de las diferentes generaciones, conoces a sus padres, a sus hijos, conoces su vida con una mayor profundidad.
-Lo suyo fue vocación pura y dura.
-Sí, la vocación es un instinto que tienes dentro. Es algo único que te hace seguir en tu profesión y no traicionarla aunque la situación sea muy adversa, como cuando tienes que salir con una gran nevada con riesgo de quedarte aislado.
Entre las anécdotas más divertidas está la de una mujer que todos los lunes acudía a la consulta a charlar con él, era la ocasión para salir de casa. Un lunes, la mujer no apareció y José Ramón se encontró a un familiar y le preguntó: "¿Cómo es que María no ha venido hoy?" La contestación fue: "Es que está enferma"
-¿Es compleja la labor de un médico de pueblo?
-Tiene sus particularidades, la rural es la medicina más completa y especial porque te conviertes en especialista de personas. No eres sólo médico, también haces de psicólogo e incluso de confesor. Somos como el consultorio de la 'señorita Pepis', lo mismo acude a ti alguien que se encuentra mal que una persona mayor con una carta que le llegó por correo certificado y que no sabe qué hacer con ella, otra que quiere que le evites ser parte de un jurado popular... Te conviertes en una figura central de la vida del pueblo y te encuentras con todo tipo de situaciones. Muchas veces recibes la información antes de que el paciente llegue a consulta, pues te llaman sus familiares o vecinos para contarte lo que les pasa y en algunos casos para que influyas en ellos: 'dígale que no debe beber tanto o que tiene que tomarse las pastillas...'.
-¿Cómo se aprende esta profesión?
-El poblador de las zonas rurales es el que te enseña a ser médico, porque te enseña a escuchar, que es más importante que hablar. El 85% de los diagnósticos los haces a través de las respuestas a las preguntas, a veces no necesitas ni explorarlos, con una historia bien hecha puedes hacer un diagnóstico 'sin echarle las gomas', como dicen los pacientes. Con el tiempo desarrollas el ojo clínico de forma que algunas veces ya sabes qué le pasa al paciente nada más verle atravesar la puerta de la consulta. Y cuando no es posible un diagnóstico con los medios de los que dispones, ya lo mandas al hospital para que se haga las pruebas complementarias.
-¿Se está perdiendo el ojo clínico?
-Ya no existe, y es precisamente por la tecnología que se utiliza. Es el motivo por el que yo dejé la cirugía y me vine a una zona rural. En otros lugares el paciente es un número, y si llega la enfermera con un volante que dice que sufre dolor abdominal, sin mirar al paciente ya se le pide una placa, un electro, una analítica...
-¿Estamos demasiado medicalizados en nuestra vida diaria?
-Para todos los problemas siempre hay una solución menos mala, y con un buen tratamiento psicológico se podría medicalizar mucho menos. Ahí tenemos culpa los médicos pero también el paciente, que siempre te inclina a que le des algo. No puedes decirles 'vete a casa y utiliza este remedio natural' porque no se va satisfecho. Si te fijas, en un ambulatorio todos tienen que salir con su receta en la mano. Yo intento negociar con mis pacientes porque no me gusta recetar en exceso, siempre digo que la naturaleza resuelve las tres cuartas partes de los problemas, hay que dejar que el cuerpo se compense y si llega el momento en el que él solo no puede, actúa el médico.

Siete meses de trabajo para ordenar toda una vida profesional, y el resultado es 'Trayectoria, recuerdos de mis vivencias y anécdotas como médico rural', un libro autoeditado por José Ramón. En él cuenta -entre otras muchas cosas- algunas de las historias más curiosas que le han tocado vivir.
"Una vez en Cadavedo le receté a una señora mayor una tanda de diez supositorios pulmo-balsámicos, de los que ahora ya no existen, en dosis de uno al día. A los ocho días me la encontré y le pregunté '¿qué tal está, qué tal va con los supositorios?'. Su contestación fue 'bueno, ahora todavía, pero los primeros tenían que ir con pan'. Se los estaba comiendo, pero viendo que le quedaban ya muy pocos me limité a decirle: 'pues nada, termínelos".
"También se dio el caso de un hombre que se había hecho un esguince en el pie y cuando le pedí que me enseñara el pie sano para poder compararlo con el otro, no quiso hacerlo. Al final, tanto insistí que me confesó que no lo enseñaba porque sólo se había lavado el otro pie".
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