Campoamor, una farmacia con solera

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Silvia (izda.) y Nuria Campoamor (dcha.) junto a la bola de cristal que en el siglo XIX se ponía en el escaparate para indicar que el local era una farmacia
Silvia (izda.) y Nuria Campoamor (dcha.) junto a la bola de cristal que en el siglo XIX se ponía en el escaparate para indicar que el local era una farmacia / Foto: Fusión Asturias
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La botica es uno de los negocios que ha conseguido mantenerse en pie durante cuatro generaciones. Fue fundada en 1876 por Don Francisco Campoamor y Pérez, un hombre muy apreciado por sus vecinos.

Hoy son sus bisnietas Silvia y Nuria Campoamor, ambas farmacéuticas, las que están al frente del local naviego, que aunque ha sufrido varias reformas, se mantiene abierto en la calle Ramón y Cajal con el mismo espíritu de antaño: “seguir trabajando para ofrecer soluciones a las personas en todo aquello que esté en tu mano -explica Silvia Campoamor-. Al ser una farmacia de pueblo tienes una clientela fiel, constante, y más que un negocio puramente comercial lo que quieres es dar servicio a los demás”.

Imagen antigua de la botica
Imagen antigua de la Botica / Foto cedida por Botica Campoamor

Durante los primeros años de su creación, la botica no solo dispensaba para los habitantes de Navia sino que su reparto llegaba a otras poblaciones cercanas. “En la época de mi bisabuelo -añade la farmacéutica- había muy pocas farmacias, abarcábamos muchos kilómetros y las comunicaciones no eran buenas. Había una especie de servicio de reparto de medicamentos, pero no había medios de transporte salvo carros o caballos”. A su abuelo, Francisco de Asís le tocó organizar el reparto que años más tarde se hacía en un coche-furgoneta conocido como ‘el Tranvía’ y más tarde en un automóvil biplaza. Eso hasta el retroceso que trajo la guerra del 36 y tras la cual se volvió a recurrir al carro de caballos u otros medios como la bicicleta o la motocicleta.

Con el tiempo los cambios llegaron a todos los ámbitos. La fabricación industrial de medicamentos se afianzó en los años 60, como consecuencia las farmacias dejaron de fabricar píldoras y jarabes, reduciéndose la zona dedicada a laboratorio mientras crecía la dedicada a almacenaje. “Cada época tenía sus problemas. Cuando empezaron los antibióticos fue complicado conseguirlos porque daban prioridad a las zonas más habitadas y a los pueblos era más difícil que llegaran. Eso le tocó pelearlo a mi padre, que se unió a un grupo de farmacéuticos para poder acceder a esas compras. A partir de ahí se creó la Cooperativa de Farmacéuticos Asturiana, ACOFAS, y hubo un reparto más equitativo de medicamentos industriales hasta hoy en día”.

A la generación de Silvia le ha tocado vivir el tiempo de la digitalización y por tanto, como ella asegura, “ahora llevas control de compras, estocaje, estadísticas, legislación y cada vez ves menos medicamentos y más pantallas”. Como avance interesante, la farmacéutica señala la introducción de la receta electrónica que permite un trato cada vez más individualizado y con más información para atender a cada persona.


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La botica todavía conserva un elemento que atestigua su antigüedad: una gran bola de cristal tallada a mano, una de las pocas que todavía se conservan en la actualidad. “En el siglo XIX esta bola se ponía en el escaparate para indicar que el local era una farmacia, algo así como hoy se hace con la cruz verde. Es muy antigua y por lo que sabemos solo se conoce una como esta en Béjar, Salamanca, y otra en Lieja, Bélgica” explica Silvia. Las bolas adquirían su clásico color rojo al rellenarlas de un líquido conocido como ‘sangre de dragón’, cuyo contenido en realidad estaba compuesto por polvo de drago canario diluido en agua.

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