En un rincón de Grau (Grado), donde la memoria del campo aún respira entre las casas y la música se mezcla con el eco de las fábricas, un ingeniero, Pablo González García que toca la gaita y el bajo, decide detenerse a mirar. Mira hacia atrás, hacia los suyos, hacia quienes levantaron el mundo sin que nadie escribiera sus nombres. Mira hacia dentro, hacia la duda que empuja a seguir preguntándose. Y desde esa periferia –geográfica, social y emocional– construye un libro que es homenaje, resistencia y búsqueda. Los que hicieron el mundo nace ahí: en la frontera entre la técnica y la ternura, entre la tierra y la palabra.
-¿En qué momento sentiste que la escritura podía convertirse en una forma de expresión propia?
-La escritura siempre estuvo ahí, aunque de forma intermitente. Desde la adolescencia escribía cuando “bajaban las musas”, sin hábito ni continuidad, porque lo que realmente marcó mi vida fue la lectura: he sido un lector intensísimo, y creo que cuando lees tanto, el impulso de escribir aparece solo. El verdadero punto de inflexión llegó hace unos nueve años, cuando pasé un año viviendo fuera por el trabajo de mi mujer. Dejé de tocar música –mi vía habitual de expresión– y sentí un vacío creativo. Tenía tiempo libre, no trabajaba y no tenía con quién tocar, así que empecé a escribir con más intención: retomé relatos antiguos, perfilé otros nuevos y traté de darles unidad, pensando incluso en una antología. Cuando regresé a mi puesto de trabajo fue más difícil mantener el ritmo, porque compaginar la vida laboral con lo que uno lleva en la cabeza no es sencillo. Pero aquel año fue decisivo: ahí nació el libro.
-Tu trayectoria va de la gaita al punk. ¿Cómo dialogan esas dos identidades musicales en ti?
-La gaita llegó muy pronto, casi como una herencia familiar. En casa siempre se escuchó música tradicional y empecé a tocar con 10 u 11 años. Fue una relación de amor‑odio: disfrutaba mucho, viajé con la banda de gaitas de Cántara y toqué en muchos sitios, pero también había una disciplina constante, ensayos semanales, compromisos veraniegos… cosas que, cuando eres niño, no siempre sientes como una elección libre. La explosión llegó cuando descubrí el punk. En Grau siempre hubo una escena alternativa potente y allí encontré una libertad que la gaita no me daba. Con amigos formé The New Wars, grabamos cuatro discos, dimos un montón de conciertos y nos lo pasamos en grande. Hoy sigo tocando con colegas y pensando en nuevos proyectos. Para mí, ambas facetas conviven sin conflicto: la tradición y la rebeldía forman parte de la misma biografía.
-Dices que el libro surge de mirar los grandes interrogantes desde el mundo rural. ¿Qué aporta esa perspectiva?
-Quise huir del neorruralismo que idealiza el campo como Arcadia. Conozco bien lo rural: mis padres nacieron en aldeas del concejo de Grau de quince o veinte casas y pasé allí mi infancia. El campo es libertad, sentido de pertenencia, comunidad, pero también puede ser oscuro, cerrado y marcado por la escasez. Hoy ha cambiado, pero quise mostrar esa complejidad sin maniqueísmos. No sitúo las historias en un lugar concreto porque hablo de experiencias humanas universales.
«Escribo desde el mundo que conozco y en el que me ubico. Es una reivindicación de la periferia y de esas voces tantas veces acalladas. No pretendo ser altavoz de nadie, pero sí mirar desde los márgenes y dar valor a esas voces»
-Has dicho que retratas vidas a las que se les ha robado la voz. ¿Quién se la robó?
-La mayor parte de la literatura ha sido escrita desde posiciones acomodadas (hay excepciones). La vida de trabajadores y campesinos rara vez ocupa portadas. Yo, hijo de trabajadores y nieto de campesinos, quería poner en valor esas vidas comunes donde también hay grandeza. Me inspiré en un cuento de Galeano que recuerda que “el mundo lo construyeron los albañiles”. Trato de poner eso en valor.
-Escribes desde la periferia. ¿Es necesario alejarse de los centros de poder para encontrar historias que importan?
-Escribo desde el mundo que conozco y en el que me ubico. Es una reivindicación de la periferia y de esas voces tantas veces acalladas. No pretendo ser altavoz de nadie, pero sí mirar desde los márgenes y dar valor a esas voces. Hay elementos autobiográficos, pero no son relatos reales: mezclo recuerdos y experiencias para crear relatos verosímiles que hablan de lo que compartimos como especie. Cualquiera que lea estos relatos se va a sentir un poco interpelado e identificará lugares. En el fondo, todos nos emocionamos y sentimos las mismas cosas.
-En tus relatos no hay heroísmo, sino resistencia. ¿Cómo se sobrevive siendo “nadie” en un mundo que sólo valora el éxito visible?
-Alejándose de la fanfarria. El éxito depende de factores ajenos a uno, por tanto, no vale la pena obsesionarse con ello. Prefiero centrarme en las cosas pequeñas, que son las que sostienen la vida. La visibilidad es azarosa; la resistencia cotidiana, no.
-Dices que tu libro invita a reflexionar sobre la duda. ¿Es la duda la herramienta de quienes no tienen poder?
-Vivimos en una sociedad saturada de información donde todos parecen obligados a tener razón. Las redes sociales agravan esa rigidez. Yo defiendo una duda humilde, abierta, que escucha y reconoce zonas grises. La duda es motor del avance del ser humano: quien cree saberlo todo no aprende nada. Muchos cuentos del libro giran en torno a esa idea.
«Yo, hijo de trabajadores y nieto de campesinos, quería poner en valor esas vidas comunes donde también hay grandeza. Me inspiré en un cuento de Galeano que recuerda que “el mundo lo construyeron los albañiles”. Trato de poner eso en valor»
-Asturias tiene una identidad obrera muy fuerte, pero tú miras más atrás, hacia quienes rechazaban proletarizarse. ¿Invitas a recuperar ese espíritu?
-Bueno, hay un poco de eso. A poco que uno se vaya un par de generaciones atrás casi todos venimos del campo y del mundo rural. La industrialización hace su aparición del siglo XIX en adelante. En Asturias conviven la tradición rural y la industrialización. De ahí surge la figura del obrero mixto, muy presente en mi familia: campesinos que trabajaban en minas o fábricas sin querer perder su independencia manteniendo en paralelo su casería. El afán de la industria era que esos campesinos dejaran el campo y pasasen a depender de un salario, así resultaría más fácil gobernar al trabajador. Mi abuelo era un obrero mixto. Esa figura desapareció con la modernización y especialización del campo, pero me interesaba rescatarla porque forma parte de nuestra historia reciente.
-¿Crees que la sociedad actual es más frágil que aquellos campesinos?
-Es una pregunta difícil de responder porque aquellos campesinos tenían una vida durísima, no era sencilla. Creo que hoy vivimos otra fragilidad: la pérdida de lo colectivo. Todos parecemos estar en una lucha constante de unos contra otros y eso fomenta el individualismo y nos debilita enormemente, especialmente a las clases trabajadoras. Sin unión, la capacidad de negociación con este sistema económico desaparece. La fuerza la tenemos en lo colectivo.
-Cuando hablas de progreso, ¿qué idea tienes hoy y cómo ha cambiado con el tiempo?
-Durante mi juventud tenía una visión casi positivista del progreso, aunque sin haber leído a Comte ni a los filósofos del XIX. Creía que la acumulación de conocimiento científico nos llevaría inevitablemente a un mundo mejor. Con el tiempo esa idea se me quedó corta. Hoy pienso que el progreso científico sin un progreso moral, jurídico y humanista no conduce a nada bueno. Las ciencias duras avanzan a gran velocidad, pero conceptos fundamentales de las humanidades siguen anclados en el XVIII o el XIX. Esa descompensación se nota. Como ingeniero, me pregunto a menudo si la ciencia y la técnica bastan por sí solas. Y la respuesta es que no. Sin un progreso humano que acompañe al científico, avanzamos cojos. En este aspecto creo que vamos un poco por detrás.
«Como ingeniero, me pregunto a menudo si la ciencia y la técnica bastan por sí solas. Y la respuesta es que no. Sin un progreso humano que acompañe al científico, avanzamos cojos»
-Siendo ingeniero, ¿qué te llevó a adentrarte en una temática tan humanista y vinculada al mundo rural?
-Nunca encajé en el estereotipo del ingeniero. Siempre tuve una inclinación natural hacia las humanidades. La dicotomía “ciencias o letras” me parece empobrecedora: el conocimiento es uno, y compartimentarlo tanto nos limita. Estudié ingeniería, matemáticas, física… pero nunca dejé de lado la historia o la literatura. Creo que una vida dedicada exclusivamente a un único campo –como un médico que sólo piensa en el hígado o el corazón– es más pobre que otra persona que se abre a toda la paleta de colores del conocimiento. Hay tantas cosas interesantes ahí fuera… Además, conozco profundamente el mundo rural y quise hablar desde ahí para dar voz a “los nadies”, como decía Galeano, los que hemos construido el mundo desde la sombra.
-¿Fue la lectura el puente que te abrió a esa mirada más amplia del conocimiento?
-Totalmente. Soy un defensor absoluto de las bibliotecas públicas. Me formé como lector en la Biblioteca Pública de Grado, que siempre recomiendo y enseño a quien viene a visitarme. Sigo leyendo mucho, aunque ahora el tiempo es escaso por las obligaciones laborales y familiares. Aun así, me guardo media hora cada día, aunque sea al final, para leer. Muchas veces escribo menos por eso: si solo tengo 30 minutos y estoy agotado, prefiero leer. La lectura fue y sigue siendo mi puerta de entrada al mundo.