back to top
10.4 C
Oviedo
jueves 5, febrero 2026

Los Juegos de Olimpia   

Se celebraron ininterrumpidamente desde el año 776 a.C., y a todas luces fueron los más importantes, incluyendo también a las Panateneas. Fueron instaurados por Heracles en honor de su padre Zeus y los atletas competían buscando el triunfo y su recompensa: el KOTINOS, una corona hecha con dos ramitas de olivo. 

Filostrato, en Gimnástico 5 (Heroico. Gimnástico. Descripciones de cuadros. Pag.169. Ed. Gredos: Biblioteca Clásica. Madrid 1996) es el primer autor antiguo que narra el nacimiento de la carrera de uno y dos estadios. En el primer caso, cuando los eleos estaban disponiéndose para el sacrificio ritual, aun sin haber encendido el fuego sagrado, los atletas se alejaron del altar la distancia de un estadio, mientras que un sacerdote permanecía junto a dicho altar con una antorcha encendida en la mano, que cedió al primer atleta en llegar a él, siendo aclamado como Vendedor Olímpico. (Walter Burkert. Homo Necans, pág. 161. Ed. Acantilado. Barcelona 2013).

- PUBLICIDAD -

En sus inicios la prueba reina era una competición atlética: el ESTADIO, velocidad pura durante 192 metros (seiscientos pies de Heracles). Esta carrera se puede decir que era el preámbulo de los juegos. Los competidores lo hacían para obtener el honor de llevar el fuego sagrado hasta el altar de Zeus Olímpico e inaugurar los Juegos. Ese era ni más ni menos el premio. No debemos olvidar la indisolubilidad de vida y religión. Más tarde se añadió el diaulos (doble estadio), el dólico (cuatro) y resto de “agones”, hasta 23 sin contar música ni literatura.  

Estadio de Olimpia.
Estadio de Olimpia.

A medida que transcurrían los años, se iban incorporando “eventos” como concursos de heraldos y de trompeteros, lectura de tragedias y su escenificación, mercados de alimentos y libros y probablemente de esclavos, en definitiva, una fiesta panhelénica en toda su extensión donde se hacían todo tipo de negocios, bajo una atmósfera tórrida, maloliente y polvorienta, pero que en ningún momento suprimió el buen ambiente, agitación y excelente humor.          

A título de anécdota, Heródoto presentó durante los Juegos de Olimpia su Historia y el sofista Gorgias su famoso Discurso Olímpico que le proyectó como hombre de estado, convirtiéndose en consejero de los griegos a los que exhortó “a volver sus ojos contra los persas y a dejar de hacer botín a unas ciudades de las otras, sino a las de los bárbaros; a erigir trofeos cuando ganasen batallas a los extranjeros y pronunciar lamentos cuando las victorias fueran contra otras ciudades griegas”; y tan “hombre de estado” fue que, cuando pronunció en Delfos su Discurso Pítico desde el mismísimo altar, se le erigió una estatua de oro en el santuario de Apolo.   

Pronto se hicieron complejas las cosas y, lo que al principio solo fue una especie de ofrenda de la “llama”, acabó en Tregua Sagrada – totalmente necesaria dada la belicosidad de los griegos – y en la toma del control por parte de la Bulé Olímpica (Consejo Olímpico), cuyas atribuciones abarcaban desde la elección de los helanodikes y castigarles si actuaban de mala manera (aunque no podía cambiar las decisiones de estos), hasta la elección de los leñadores que cortaban el “álamo blanco” para encender el fuego de Zeus, distribuir los tesoros, organizar horarios o pagar a los canteros que hacían las inscripciones.

- PUBLICIDAD -
Recreación del antiguo santuario de Olimpia.
Recreación del antiguo santuario de Olimpia.

Los atletas que pretendían participar debían entrenarse en sus respectivas ciudades hasta un mes antes de su desplazamiento a la ciudad de Elis. Desde esta localidad, distante unos cincuenta kilómetros de Olimpia, y unos días antes del comienzo, una procesión de jueces, entrenadores, atletas y familiares directos se dirigían al Recinto Sagrado y realizaban un juramento sobre lo que habían hecho durante los diez meses previos y sobre lo que NO harían en la competición.         
Luego y durante cinco días se realizaban las competiciones propiamente dichas, destacando el tercero en que tenían lugar las actividades en el hipódromo, la jornada aristocrática por excelencia, con sus carreras de carros –la fórmula uno actual– donde se podían lucir hasta las mujeres propietarias de una cuadra de caballos.

Como premio el kotinos, el honor y la gloria, a lo que se añadía un objeto simbólico y el registro de su nombre y el de su padre, así como el lugar de nacimiento. Otra cosa era cuando llegaban a su ciudad natal, donde dependiendo de la riqueza de la misma, eran recibidos como héroes y se les otorgaba una pensión alimenticia de por vida. Una pensión que la mayoría no necesitaba. Recordemos que en los juegos –previo entrenamiento exhaustivo– solo participaban ciudadanos y no podían sino pertenecer a lo que hoy llamaríamos clase alta. Entrenaban y asistían a gimnasios muy exclusivos, eran ilustrados y esta preparación también servía para luego ocupar puestos de relevancia en la vida política de su ciudad, fueran atletas vencedores o no. Cualquier participación era cara, muy cara: viaje propio y de los esclavos, estancia, compra de “epinicios” si se vencía y erección de estatuas en el mismo caso.

Kotinos o corona de olivo.

El primer día de los juegos se dedicaba a los heraldos y trompeteros y a su competición, cuyos vencedores se encargaban posteriormente de anunciar los nombres de los participantes, de los vencedores en las pruebas en las ceremonias e incluso del comienzo de las competiciones.

Los Juegos acarreaban beneficios colaterales, pues una vez decretada la Tregua Sagrada se detenían las hostilidades entre ciudades, los viajes se hacían más seguros, era como un salvoconducto para viajar. Entonces miles de peregrinos se dirigían a Olimpia y, atraídos por esta muchedumbre, cientos de comerciantes que pretendían vender sus productos se situaban en los alrededores de los santuarios y como flores iban surgiendo puestos de mercaderías que de alguna manera prestaban colorido y flujo económico a Olimpia y alrededores (nada nuevo bajo el sol). Lógicamente, como un ejército y su retaguardia, afluían las prostitutas, mercachifles, acróbatas, astrólogos y buhoneros que también se buscaban la vida.    
            “Muchedumbre, mercado, acróbatas, diversiones y ladrones”, Menandro

¿De cuánta utilidad te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 4 / 5. Recuento de votos: 1

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

DEJA UN COMENTARIO

¡Por favor, introduce tu comentario!
Introduce aquí tu nombre


Más del autor /a

Últimos artículos

Lo más leído

Más del autor /a