¿Es posible cultivar plantas de interés culinario y farmacológico en el interior de una mina? Después de meses desarrollando un proyecto de cultivo hidropónico dentro de una bocamina del Pozo Carrio, en Laviana, se ha demostrado que esta opción no es ciencia ficción, sino realidad.
Al frente del proyecto investigador se encuentra el biólogo Javier Espina, que junto a Tesa Portillo, tiene experiencia en cultivos hidropónicos, un tipo de agricultura que se sostiene con tres elementos imprescindibles, agua, luz y nutrientes, pero sin necesidad de tierra.
El científico asturiano explica cómo llegó a sus manos una experiencia pionera como esta, «en 2025, el SERIDA (Servicio Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario de Asturias), a través del programa de fondos europeos AGROALNEXT tenía el proyecto de desarrollar un conjunto de plantas piloto de diferente índole. Una de ellas consistía en conocer el potencial de antiguas galerías mineras como espacio para el cultivo de determinadas variedades vegetales, es decir, transformarlas en una especie de invernadero subterráneo. Ellos se pusieron en contacto con nosotros para desarrollarla, porque aquí en Asturias somos prácticamente los únicos que nos dedicamos al cultivo en interior y vertical».
El proyecto se inició en la bocamina La Raya del Pozo Carrio, una instalación minera muy cercana a la localidad de Laviana. «Durante todo el 2025 desarrollamos el proyecto, con una instalación de diferentes tipos de cultivo. Quisimos probar con especies que, o bien no se pudieran cultivar en el exterior, o que su cultivo en interior pudiese ofrecer algún tipo de ventaja –explica Javier Espina–. Una idea potencial es que las instalaciones mineras puedan utilizarse a modo de refugio climático o sirvan como banco de pruebas para proyectos de futuros cultivos lunares».
Adecuar una oscura bocamina y transformarla en un área de cultivo sin modificar sus parámetros ambientales fue el primer objetivo de los investigadores, y para ello contaron con la inestimable ayuda del grupo HUNOSA, propietario del Pozo. «No fue muy difícil adaptarnos al espacio, porque cada vez que teníamos algún tipo de necesidad para la instalación o alguna otra circunstancia, ahí estaban para ayudarnos». Para la automatización de los cultivos contaron también con la ayuda del CTIC, que llevó a cabo la instalación de sistemas de digitalización en los cultivos. Mediante un control sensórico y con cámaras de visión artificial pudieron monitorizar la bocamina y hacer un seguimiento más preciso y eficiente de los recursos y de diferentes parámetros, como pueden ser los cambios de temperatura en los cultivos o las condiciones de humedad.
«Una idea potencial es que las instalaciones mineras puedan utilizarse a modo de refugio climático o sirvan como banco de pruebas para proyectos de futuros cultivos lunares»
(Javier Espina, biólogo. Técnico responsable del proyecto)
La adaptación no solo fue necesaria para las especies botánicas que empezaron a germinar en el interior de la mina, ya que tanto Javier como Tesa tuvieron que hacer sus propios ajustes para trabajar en un espacio que nada tenía que ver con las instalaciones de su empresa de cultivo hidropónico en Oviedo: Cantábrica Agricultura Urbana. «Sobre todo al principio, que tenías que ir preparado de otra forma, ataviados con casco y bien abrigados porque el lugar era más húmedo y frío. Aunque la parte más tediosa era tener en cuenta que cualquier cosa que utilizases debería estar protegida contra la humedad, ser estanca, porque las galerías un día están secas, pero a lo mejor al siguiente llueve en el exterior, se filtra el agua y al llegar encuentras alguna balda inundada».
Trabajar en un entorno sujeto a posibles imprevistos llevó al equipo a extremar la observación y el control de las condiciones en la bocamina. Necesitaban ajustar los ciclos de riego, así como los de suministro de nutrientes y empezaron a probar con diferentes tipos de cultivos, tomando nota de su capacidad de desarrollo y su velocidad de crecimiento, como características determinantes para su selección.
Actualmente, y tras meses de trabajo, la bocamina está dividida en cuatro secciones. La primera acoge a unas instalaciones de cultivo vertical en vertical, donde es posible encontrar hortalizas de hoja, rúcula, cebollino y algún tipo de planta aromática asiática, como el siso.
«En esta sección también incluimos la salicornia –explica Javier–, una planta halófila que se suele dar en zonas bastante salinas y que por su alta concentración de sal se utiliza como sustitutiva de esta, siendo más saludable por tener una menor concentración de sodio. En el norte y en el interior de España no se cultiva, pero podemos encontrar algo en el sur y en zonas concretas de Marruecos y Portugal».
La segunda sección está dedicada íntegramente al guisante lágrima, una variedad concreta de guisante muy valorada en el mercado, y cuyas épocas de cosecha y de cultivo son muy cortas. «Lo que nosotros queríamos conseguir era poder cultivarlo durante más de una época al año y que se desarrollara durante un tiempo mayor, y la verdad es que lo conseguimos. Diría que es el mejor cultivo de los que conseguimos en la mina, desarrollándose rápido y sin ningún tipo de plaga o enfermedad», añade el agricultor.
El wasabi, una variedad de gran éxito gastronómico en los restaurantes asiáticos, es la especie protagonista de la tercera sección. Su raíz es muy valorada en Japón, su principal productor. «Crece en zonas muy concretas de este país; es un producto que tiene muchísima demanda y la oferta es muy limitada, por eso nos decidimos a probarlo. Para su cultivo tuvimos que simular como una especie de riachuelo, porque es una planta que crece dentro de ríos de aguas muy limpias y en movimiento constante. El problema que plantea es que es una especie bastante sensible y, además, su cultivo es superlargo. Desde que se siembra hasta que se recoge pasan dos años. Confiamos en que con un poco más de paciencia y trabajo puede funcionar y por los resultados apunta a ser un proyecto viable».
Una última sección es la que dedican a los hongos, aunque el experto en cultivos hidropónicos confiesa que «a esta área no hemos podido dedicarle mucha atención, y aun así los resultados parecen prometedores». Entre las especies cultivadas se encuentran la seta de ostra, la seta cardo y la enoki, todas ellas de interés gastronómico. «El último que hemos cultivado ha sido el hongo melena de león que, aunque comestible, normalmente se utiliza más en temas farmacológicos y nutracéuticos».
Los resultados obtenidos en esta instalación permiten soñar con la reutilización de las minas asturianas para usos alimentarios, aunque Espina explica que «nosotros, al estar en una bocamina, más cercanos al exterior, tenemos unas condiciones determinadas, y a medida que bajas al interior de la mina las condiciones pueden ir variando. De hecho, nos explicaron que cada 100 metros hay una subida de la temperatura, así que habría que estudiar qué tipos de cultivos podrían tener sentido en función de la profundidad y la disponibilidad de estos cultivos en el exterior».
La bocamina cuenta con cuatro zonas de cultivo vertical en las que crecen especies como wasabi, salicornia, el guisante lágrima, cebollino, rúcula, hortalizas de hoja y diferentes tipos de setas y hongos.
De momento, y aunque es poco el tiempo que llevan en este proyecto, ya han recogido los primeros frutos de los cultivos, confirmando así que hay especies con un gran potencial para desarrollarse en este tipo de condiciones. Y el abanico tan amplio de posibilidades existente invita a seguir investigando en el desarrollo de cultivos de alto valor añadido.
«La ventaja que ofrece el sistema hidropónico –comenta Javier– es que puedes tener un control mucho más exacto de todo lo que afecta a las plantas y obtener un rendimiento mucho mayor con respecto al que consigues con la agricultura de toda la vida». El punto negativo que pueden tener estos sistemas es que, si no estás lo suficientemente atento a ellos, o se da la circunstancia de un fallo en un proceso automatizado, el margen de supervivencia de la planta es mucho menor que en el cultivo convencional».
Aún con todo, son muchos los que consideran esta forma de cultivo como la agricultura del futuro o al menos un posible plan B en el caso de que se den circunstancias adversas para la producción de determinados productos.
El proyecto de reutilización y revitalización de galerías mineras abandonadas para poner en marcha cultivos subterráneos también contempla seguir dando pasos hacia la eficiencia energética. Como explica Espina, «la idea inicial era no modificar ningún tipo de parámetro ambiental y ver qué cultivos se podían dar ahí para aprovechar el espacio al máximo. En un futuro y como objetivo final, también queremos conseguir que sea energéticamente autosuficiente, pero esto sería algo a posteriori, porque lo realmente importante ahora es poder decir qué cultivos funcionan y cuáles no».
«En Asturias hay miles de kilómetros de galerías de mina, aunque obviamente unas con más potencial que otras para ser utilizadas, pero aun así son muchísimos kilómetros, y quién sabe si en un futuro podrían utilizarse como invernaderos o para otro tipo de funciones con este tipo de cultivos», reflexiona el técnico de Cantábrica Agricultura Urbana.