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miércoles 4, febrero 2026

A ti, que hoy te han dicho “cáncer”

Hoy quiero escribirte a ti.

A ti, que quizás esta mañana te levantaste como cualquier otro día. Con tu vida. Con tu rutina de café rápido, de mensajes pendientes en el móvil, de planes para el fin de semana y de esas preocupaciones normales que ahora, de repente, parecen un lujo de otra época.

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Estás en una consulta. Y, de repente, alguien pronuncia una palabra que no se olvida nunca. Una palabra que tiene el peso de un mazo:
Cáncer.
En ese instante, el mundo se parte. Literalmente. Escuchas un crujido invisible y todo lo que conocías se desmorona a tus pies.

Da igual lo que te expliquen después; da igual que el médico hable de tratamientos modernos, de protocolos o de porcentajes de éxito. Tu cerebro se ha quedado bloqueado en la primera letra.
Porque cuando escuchas esa palabra por primera vez, lo que sientes no es una explicación médica.
Lo que sientes es una sentencia.
Sientes que algo se muere dentro de ti antes de tiempo. Te vas a casa en un silencio que atrona. Miras a tu gente, miras las paredes de tu salón, tu cama, las fotos de las estanterías, y solo hay una pregunta golpeando las sienes:
“¿Voy a morirme?”
Es duro decirlo, pero es la verdad desnuda.

El diagnóstico es como un entierro anticipado. Te levantas con vida en los ojos y esa misma noche te acuestas con una oscuridad tan profunda que crees que el sol ya no volverá a salir para ti.
Por eso, en un día como hoy, yo no quería hablar de campañas de marketing ni de lazos de colores.
Quiero hablarte desde el único lugar que importa: desde dentro.
De paciente a paciente.

Nadie te prepara para lo que viene después de esa palabra.
Nadie te enseña lo que es entrar en un hospital sintiéndote una persona y salir sintiéndote un expediente, un código, un diagnóstico.
Yo sé lo que es tener miedo al espejo. Sé lo que es ver cómo tu imagen se desdibuja, cómo el pelo se queda en el cepillo y cómo tus ojos empiezan a reflejar una fatiga que no se cura durmiendo.
Yo he estado ahí.

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He tenido que salir de un hospital sin poder mover casi las piernas por los efectos secundarios de una quimioterapia que, aunque te salva, parece que te rompe.
He tenido que correr al baño para vomitar hasta el alma.
He sentido ese sabor metálico en la boca que te roba el placer de un vaso de agua.
He vivido noches enteras con el corazón acelerado, en esa soledad absoluta de la madrugada donde el miedo se hace gigante.
He llorado a solas para no romperme delante de los míos.
Porque una intenta ser fuerte, intenta ser la columna que sostiene la casa, incluso cuando por dentro te estás desintegrando.
Intentas sonreír cuando te preguntan “¿cómo estás?”, mientras por dentro solo quieres gritar que tienes terror.

Y luego está el abrazo.
Ese abrazo a tus hijos que te quema el pecho.
A mí me diagnosticaron uno de los cánceres de mama más duros: triple negativo, con mutación BRCA2.
Era madre joven. Tenía dos niños pequeños; el más pequeño tenía apenas once meses.
Cuando te dicen algo así, el cáncer ya no es una enfermedad, es una cuenta atrás angustiosa.
Miras sus manos pequeñas, sus juegos, sus risas ajenas a todo, y la pregunta te desgarra:
“¿Voy a verlos crecer? ¿Se olvidarán de mi voz si no llego al año que viene?”.

Pero en mitad de esa tormenta, quiero que levantes la cabeza un segundo.
Porque, aunque sientas que estás sola en una balsa, hay todo un ejército trabajando para que llegues a la orilla.
Hoy leemos noticias que hace diez años eran ciencia ficción.
Incluso en los frentes más difíciles, como el cáncer de páncreas, la ciencia está empezando a abrir grietas en el muro. Investigadores como Mariano Barbacid, desde el CNIO, están empujando las fronteras de lo que creíamos imposible.
No estamos quietos.
La investigación avanza mientras tú duermes.
Los tratamientos son más humanos, más dirigidos, más eficaces.
La esperanza no es un eslogan vacío; la esperanza es un laboratorio con la luz encendida a las tres de la mañana.
Es real.

Yo he pasado por siete cirugías.
He vivido la quimioterapia, 35 sesiones de radioterapia y una doble mastectomía.
He pasado por el dolor de que tu propio cuerpo rechace una prótesis y tener que volver a entrar en un quirófano con la sensación de que nunca vas a terminar de salir de allí.
Me han quitado los ovarios, he transitado una menopausia precoz cuando aún me sentía una mujer en la flor de la vida.
Pero aquí viene lo importante:
el cáncer no tiene la última palabra.

Hoy, siete años después de aquel diagnóstico que parecía el fin de mi historia, yo sigo aquí.
Y no solo sigo aquí como una superviviente que arrastra los pies.
Sigo aquí con una vida que es, paradójicamente, mucho más vibrante que la que tenía antes.
Porque cuando miras a la muerte a los ojos y le aguantas la mirada, algo en ti se transforma para siempre.
De pronto, lo pequeño se vuelve inmenso.
Un desayuno sin prisas.
Una risa compartida con mis hijos.
Una tarde donde no me duele nada.
Yo ahora no pierdo el tiempo.
No aplazo los “te quiero”.
No guardo el vestido bueno para una ocasión especial, porque entiendo que estar viva es la ocasión especial.

Aquella bofetada del diagnóstico me despertó.
No porque el cáncer sea un regalo —no lo es, es una batalla cruel—, sino porque me obligó a mirar la vida de frente, sin filtros.
Aprendí que la fuerza no es la ausencia de miedo, sino avanzar con las rodillas temblando.

A ti, que acabas de recibir el diagnóstico:
Vas a tener miedo.
Y está bien.
Tienes derecho a estar enfadada, a estar agotada, a sentir que es injusto.
Pero también vas a descubrir una fuerza que no sabías que existía en ti.
Vas a encontrar manos que te sostengan: médicos que se convierten en ángeles, enfermeras que te dan la mano en la quimio, y una red de personas que, como yo, ya hemos pasado por ese túnel y te estamos esperando a la salida para decirte:
“Se puede”.
Porque sí, hay personas que se mueren de cáncer, y no voy a insultar tu inteligencia negándolo.
Pero también hay muchísimas personas —millones— que siguen aquí.
Que vuelven a amar y a disfrutar de un atardecer sin el nudo en la garganta.
Personas que reconstruyen su vida, aunque sea con piezas diferentes.

Hoy el cáncer ya no es un sinónimo inevitable de muerte.
Es una palabra de lucha, de camino y, sobre todo, de esperanza científica y humana.
Si hoy crees que todo se ha terminado, te pido un favor: respira.
Esto no se acaba hoy.
Aunque ahora mismo la oscuridad sea tan espesa que no veas tus propias manos, hay vida al otro lado del tratamiento.
Hay mañanas de sol esperándote.
Yo soy la prueba viviente.
Siete años después, sigo aquí.
Con mis cicatrices, con mi memoria intacta y con una gratitud que me desborda el pecho por cada minuto ganado.
Y quiero dejarte esta certeza como si fuera un abrazo apretado:
tú también puedes estar aquí para contarlo.
Porque la vida sigue latiendo debajo de la cicatriz.

“Mi cuerpo tiene cicatrices, mi país también y no pienso tapar ninguna”.

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Mar Villanueva
Mar Villanueva
Superviviente de cáncer de mama triple negativo. Activista social. Autora del libro "Princesa guerrera".

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Superviviente de cáncer de mama triple negativo. Activista social. Autora del libro "Princesa guerrera".

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