Hablar de Juanjo Arrojo es como hacerlo de un superhéroe de la fotografía que lleva más de cuarenta años caleyando por Asturias. En vez de capa, lleva su inseparable boina y su fiel amiga, la cámara. Con ella refleja el paisaje del Paraíso Natural, la riqueza de su paisanaje y muchas otras cosas. Aunque jubilado, es de los que muere con las botas puestas.
Más te vale entrar en la “cueva” de este vecino de Gijón con tiempo, porque descuida que no saldrás de allí pronto. Son tantas las imágenes espectaculares que puedes encontrar en el cuarto que dedica al archivo fotográfico, que las horas pueden convertirse en minutos. «Entre negativos y diapositives hay 2 millones de imágenes; sólo de hórreos, alrededor de 900», confiesa el fotógrafo que ha hecho de su idilio con Asturias toda una profesión.
Por eso no es de extrañar que haya sumado a su larga lista de reconocimientos el Premio Imagen y Comunicación del 40 Aniversario de Asturias Paraíso Natural. Juanjo Arrojo (Turón, Mieres, 1950) lleva desde los años 80 inmortalizando el paisaje, el patrimonio arquitectónico y religioso de Asturias, sus tradiciones y productos, sus fiestas y un largo etcétera. A este derroche hay que añadir que es de los que disfruta haciendo su trabajo y, con su marcado deje asturiano, corre como un galgo cuando cuenta las mil y una anécdotas que le han pasado.
-A pesar de que hace 12 años que te jubilaste, no has parado de emprender proyectos. ¿Qué tienes previsto ahora?
-Hice hace poco un libro sobre Gijón, preparé uno sobre Asturias y es posible que tenga que hacer también uno sobre Oviedo. Entre los proyectos también estoy en trámites con el Ayuntamiento de Gijón por si preparamos una publicación del Jardín Botánico Atlántico.
Y lo que sí tengo claro es que quiero preparar a finales de año una publicación sobre el río Navia, si no lo puedo hacer con Editorial Delallama, pondré en marcha un crowdfunding o hablaré con una editorial gallega.
-¿Por qué el río Navia?
-A menudo hablamos del Nalón, del Sella, del Cares… pero resulta que del Occidente no se habla absolutamente nada. Y es un río que tiene lo mismo que los otros: paisaje, arte, cultura y además tres embalses, ¡vamos, la de Dios! Este verano pienso ponerme a prepararlo, sobre todo la parte de Galicia porque la de Asturias la tengo bastante completa. En seis, siete u ocho salidas lo soluciono. Estoy muy ilusionado con ese libro, porque merece mucho la pena.
Juanjo Arrojo ha sumado a su larga lista de reconocimientos el Premio Imagen y Comunicación del 40 Aniversario de Asturias Paraíso Natural.
–¡Quién diría que estás jubilado!, si no paras.
–Y no solo eso, lo mejor es que lo estoy disfrutando, porque son temas que a mí me llenan mucho, me gusta hacerlos. Todo lo que es Asturias me interesa, y hay una posibilidad para otra publicación que iría sobre el arquitecto Ignacio Álvarez Castelao y todos esos edificios que se hicieron de hormigón, una monstruosidad, como las viviendas de la Central Térmica de Arbón, unas casas que se hicieron en Navia y que fueron diseñadas por este hombre. Las de Soto Ribera también son diseñadas por este arquitecto, y también el depósito de agua de Oviedo. De todo esto tengo bastantes semeyes (*), aunque aún tendría que hacer alguna.
También quiero preparar un gran reportaje sobre los pastores de Picos de Europa, sobre todo de la zona de Onís. Iba a hacerlo este año y no pude, a ver si lo consigo este. Queden tres o cuatro pastores, no queden más, y la idea es pasar con ellos dos o tres noches como hice en el año 90 con los antiguos pastores. Pero bueno, vamos a ir paso a paso.
-Tengo una curiosidad… ¿alguna vez Susana, tu mujer, te ha reñido por estar más casado con Asturias que con ella?
-No, siempre me dejó a mi aire. Yo la invitaba a ir a sitios donde sabía que no tendría que caminar mucho, y en varias ocasiones disfrutó mucho, pero desde hace unos años para acá ya no se apunta. En ese sentido somos muy diferentes. Sin embargo, está encantada porque ahora tiene a los nietos en Gijón y ejerce mucho de abuela.
-Charlemos de tu trayectoria, ¿cuándo empezaste tus primeros reportajes?
-Tenía 17 o 18 años, entonces yo ya hacía algo de montaña y fui a hacer una travesía por Picos de Europa y recuerdo que me dejaron una cámara de plástico. En el grupo de montaña en el que iba había un rapaz, Emilio Fueyo, que era aficionado a la fotografía, él me revelaba las fotos y me decidí a comprar una cámara. Pasaba horas y horas con él viendo todo el proceso.
Con 24 años me vine a vivir a Oviedo y fue cuando me decidí a montar un pequeño laboratorio en casa y a revelar por mi cuenta. Entonces, vi que aquello empezaba a funcionar, aunque solo hacía cosas para mí.
-¿Cuál fue tu primer encargo?
-Por aquél entonces tenía un primo que trabajaba en el Colegio de Arquitectos de Asturias. Un día me dijo: «Juanjo, el presidente del Colegio de Arquitectos quiere hablar contigo porque quiere ofrecerte un trabajo». Y hostia, fui para allá. De aquella, yo todavía trabajaba en Minas de Figaredo, y me dijo que quería hacer un reportaje de todas las casas de indianos de Asturias. Le dije que sí, aunque solo tenía libre el domingo o algún día de fiesta, y mientras iba por la zona centro, aún me rendía la cosa, pero cuando tenía que viajar a Los Oscos o a Luarca echaba medio día para llegar y luego, una vez allí, solo podía estar dos o tres horas. Pero bueno, poco a poco fui haciendo cosas y gustaban.
«En 1980 conseguí el carnet que ponía ‘Confederación Nacional de Fotógrafos Profesionales de España’. Aunque yo siempre dije que lo de ser profesional no te lo da un carnet, te lo da el cliente»
-¿Fue cuando le dijiste adiós a la mina?
-Sí, en el 80, que me decido a coger el trabajo y dejo la mina. Lógicamente, compré una cámara potente, una Mamiya, y facturaba por mediación de un colega con el que yo había hecho el Atlas de Asturias de Ayalga. Hoy con que te des de alta en Hacienda y en la Seguridad Social ya eres fotógrafo, pero de aquella no, había que sacar un carnet. Y me fui a Madrid, a presentarme al examen, pero empezaron a preguntarme cosas como qué era la hidroquinona, el baño de paro o los grados Kelvin, y yo de todo eso no tenía ni puta idea. Cuando empecé a ver todo aquello, llamé al paisano que nos controlaba y le dije: “oiga, me gustaría saber dónde puedo estudiar todo esto que nos están planteando”. Hoy en Internet tienes la de Dios de coses, y hay libros de fotografía, pero en esa época, prácticamente no había nada. Luego cogí los papeles y marché. A los seis meses regresé con les oreyes gaches, pero conseguí el carnet que ponía Confederación Nacional de Fotógrafos Profesionales de España. Aunque yo siempre dije que lo de ser profesional no te lo da un carnet, te lo da el cliente.
-Así que las casas de indianos fueron tu rampa de lanzamiento profesional.
-Estuve casi seis años con ese tema, tres años para el occidente, tres años para el oriente y por el invierno andaba por la zona centro de Asturias. El trabajo implicaba reunir todos los datos posibles: quién había construido la casa, a dónde había emigrado… también tenía que hacer un croquis de ella y de cómo se llegaba. Lo disfruté como un enano, porque estaba haciendo lo que me gustaba: viajar por Asturias conociendo sitios y cosas nuevas.
En un momento dado, el presidente del Colegio de Arquitectos me dijo que, ya que estaba haciendo las casas de indianos, que aprovechase los viajes para sacar otros ejemplos de arquitectura potente: casonas, palacios, casas tradicionales… En ese tiempo comencé también a preparar un tema sobre horrios, cabazos y paneres con Tito Cobo y Matilde Zarracina, así que con todo lo que afotaba conseguí un archivo potente. Un día tuve un problema con el nuevo presidente, que me reclamaba que entregase los negativos y le dije que se acabó, que ya no hacía más casas de indianos, ni otras cosas para el Colegio.
-¿Cuál fue tu siguiente paso?
-Como ya tenía un archivo potente, porque también había retratado iglesias, capillas, cementerios y fotos de los concejos, me fui a Turismo y a Cultura con un dossier debajo de cada brazo. Pedro Piñera me remitió a Tomás Flores que era el director general de Turismo y tuve la gran suerte de que no habían hecho nada sobre turismo, y empezaron a encargarme cosas. La primera carpeta que editó la Consejería para meter fueyes llevaba fotos mías, de aquella todavía no había ni folletos. Unos meses más tarde me llamaron también de Cultura, y Graciano García, que era el director general, me propuso hacer el “Atlas de Asturias” junto con Ediciones Nobel. Y de ahí surgieron algunos libros con esta editorial, luego hice muchos otros títulos con Everest, hasta que cerró. Allí estaba Ana Roza que, tras el cierre, decidió arrancar con Delallama y con ella sigo publicando.
«A mí no se me perdió nada en Cancún. A mí me pierde Asturias y me gusta seguir aprendiendo y conociendo nuestra idiosincrasia»
-La fotografía para ti es una forma de vida y, dado que eres un culo inquieto y has probado de todo, ¿qué ha sido lo más complicado en esta profesión?
-Dentro de los trabayos que me encargaron hubo un tema que no fue fácil: fotografiar las cuevas de Asturias. Después de dejar el trabajo de los indianos presenté una solicitud en Cultura para que me dejasen retratarlas, pero me lo denegaron. Y resulta que, al año siguiente, la Sociedad Regional de Turismo me pidió un presupuesto para esto y llegamos a un acuerdo. Yo de cuevas no tenía ni puñetera idea y claro, como entonces no había nada digital, todo era película, tenías que tener una fe como un caballo porque las fotos las veías una semana después. No te dejaban meter focos de luz caliente, así que iba con flashes y pantallas, y al principio llevé muchas desilusiones, pero poco a poco fui cogiéndole el tranquillo. Entregué a la Consejería 150 diapositives y quizá haya sido lo que más me costó echar a andar. Ahora soy el único especialista de Asturias en este tema.
-¿Las fotos más espectaculares son las que más preparación necesitan?
-No siempre. Yo siempre digo lo mismo, que sales con la cámara con un proyecto predeterminado, pero luego lo encuentras o no lo encuentras. Hubo un día que estaba en Cangas de Onís y al ir subiendo veo a la Basílica de Covadonga emergiendo entre un mar de niebla, pero ese día no sé por qué no paré a hacer la foto. Y luego me dije: «¡hostia, pues esto tengo que conseguirlo!». Y lo intenté en varias ocasiones hasta que conseguí una imagen de la Basílica dándole el sol, detrás de ella una montaña totalmente negra y con un precioso mar de nubes en el valle y un poco más arriba, en un hueco, se veían iluminados algunos pueblos de Cangas. Esa fue una foto que me costó cuatro o cinco salidas, pero la mayoría me las encuentro sobre la marcha, yendo a los sitios.
Otra fue el año pasado yendo hacia un pueblín de San Martín de Oscos, un lugar aislado y en un día un poco murnio, pero de repente, después de pasar San Esteban de los Buitres, sale el sol y veo que a mano izquierda estaba el río abajo y que había dos arcoíris. En momentos así tienes que tener la mente y la cámara preparada, para hacerlo rápido. Y de esas, hay muchísimas.
También está la famosa semeya de la vaca que hice bajando de Los Arrudos en otoño. Empecé a escuchar los esquilos de les vaques y en una curva aparece este hombre y empiezo a hablar con él, porque a mí me gusta preguntar de todo. Me despido de él y cuando el paisano da la vuelta y se empieza a alejar de mí veo cómo entra el sol entre los árboles y se refleja el vaho de la respiración de la vaca en un charco. Y ahí estaba la foto, me la encontré y tenía la cabeza preparada, porque otras veces veo la foto, me acojono y no la hago.
«Yo siempre digo lo mismo: sales con la cámara con un proyecto predeterminado, pero luego lo encuentras o no lo encuentras. (…) Y hay momentos en los que tienes que tener la mente y la cámara preparada para hacer la foto rápido»
-Tu profesión no ha sido solo la fotografía, también el paisanaje, las tradiciones… ¿Podría decirse que también te has dedicado a la etnografía fotográfica?
-Claro, y a aprender, porque yo tengo el bachiller básico, no tengo más, pero lo poco que sé lo aprendí en los pueblos y de la gente. Me acuerdo cuando hice una travesía a Picos de Europa, había estado en Vegarredonda y había un pastor, Remis, con el que había quedado para patear por allí. Dormí en el refugio y al día siguiente, a las 7 de la mañana y con un día despejadísimo, arrancamos para Caín. En esto veo que coge un paragües y lo pone a la espalda, y le pregunto: «Remis, ¿y ese paragües?» Y me responde el chavalín: «¿Ves aquella nube? (era como un puño a lo lejos), pues no te garantizo que no llueva a partir del mediodía». Y oye, así fue, clavao.
Y cuando voy a las excavaciones, que trabajo mucho con arqueólogos y geólogos, aprendo, y eso es un bagaje espiritual y de sapiencia que a mí me llena. Vamos metiéndonos en las cuevas, como dicen ellos, “a picar piedras” y voy distinguiendo qué hay de cuarcita, qué hay de quiastolita, etc.
-¿Asturias es una superescuela?
-Claro, claro.
-Y ahora que ya has pateado tanto y conocido aún más, ¿qué cosas te hacen disfrutar especialmente?
-Cualquier cosa que sea Asturias. Mira, ahora mismo estoy metido en tres o cuatro asociaciones, una de ellas es la Asociación del Románico Rural Asturiano y estamos haciendo unos trabajos en Gijón que, con lo que estamos fotografiando, algún catedrático va a tener que reformar lo que dice porque, a veces, los expertos ven un capitel en una iglesia a 5 o incluso 7 metros y les parece una cosa u otra, pero claro cuando llego yo con mi 400 pueden ver realmente lo que hay y lo que ellos piensan que es una cosa resulta que representa otra distinta. Este es un tema que me apasiona, que documento, y que disfruto. Descubro cosas que de otra manera a lo mejor no podría.
–Que sigas teniendo tantos proyectos ¿es porque nunca has perdido las ganas de aprender?
–Claro, porque a ver, yo a la escuela fui al colegio de los frailes y aprendí lo que aprendí. De hecho, solo aprendí con uno de ellos, el de cuarto, con el resto iba a las clases porque tenía que ir. Luego con 18 años ya me metí en la mina y el bachiller lo hice nocturno.
Y a partir de ahí, ye verdad que leo mucho, algo de novela y literatura, pero generalmente biografías y coses de Asturias que es lo que presta, lo que tira. A mí no se me perdió nada en Cancún. A mí me pierde Asturias y me gusta seguir aprendiendo y conociendo nuestra idiosincrasia. Teníamos, por ejemplo, un proyecto guapo con el azabache, porque tengo fotos de las antiguas minas de Tomás Noval que muestran que ya había azabache en la época medieval, pero se nos murió María (María Pérez, maestra azabachera). No obstante, en primavera voy a retomar las charlas que dimos sobre este tema y que en este caso también tienen que ver con Extremadura y Galicia.
-Te recuerdo siempre diciendo que vaya sitios más guapos hay en Asturias, pero también cabreado con muchas cosas que ibas encontrando. ¿Cuál es tu retrato del Principado de Asturias?
-A ver, tenemos una Asturias que no la valoramos, no nos la creemos nosotros mismos y se está degradando de una manera… Yo hay veces que llevo a gente a conocer sitios y me da vergüenza ajena de ver cómo están.
Cuando estaba en la asociación de ASPE habíamos montado una revista y yo había propuesto hacer un apartado dedicado a los miradores, pero ¿qué pasa?, que hay mucha desidia. Mira por ejemplo en Cudillero, que se monta un mirador acojonante, el mirador de la Playa de Aguilar, pero hoy ya no vale nada porque dejaron crecer árboles delante y ahora ya no se ve la playa, y aún encima son árboles que no valen nada, porque si aún fuesen tejos o carbayos…
O en El Espín, en la desembocadura del Navia, que allí está la base donde atracaban los barcos para dejar el material que con el teleférico se llevaban para Grandas de Salime. Todavía se ven los pilotes donde estaba la columna de carga, pero ahora está lleno de líquenes, y esto, que pertenece a Coaña, no cuesta ningún trabajo limpialo con agua, jabón y una esponja.
Y si vas a Candamo, en la sierra donde está el Espacio Histórico Frente del Nalón los carteles están hechos una porquería. Un año que fui con un grupo y nos acompañaban niños, cogí una bayeta y con el agua con detergente de lavavajillas y vinagre que llevo para limpiar el coche, le dimos una pasada; quedaron relucientes. ¿Tanto trabajo cuesta? Hay veces que me encorajino por ver cosas como esta que son sencillas; no hay que tener que hacer grandes inversiones. Solo tener un poco de cuidado.
«Tenemos una Asturias que no la valoramos, no nos la creemos nosotros mismos y se está degradando de una manera… Yo hay veces que llevo a gente a conocer sitios y me da vergüenza ajena de ver cómo están»
-¿Nunca te interesó la política? Porque igual podrías cambiar muchas cosas.
-No, mira, hubo una época, en los años 80, 90 y 2000, que para los del PSOE yo era del PP, y para los del PP, era del PSOE. Y yo siempre dije lo mismo, que a mí quien me contrata, lo hace por mi trabajo, no por mis ideas políticas. Lógicamente, yo tengo las mías, pero nunca quise saber nada de política porque veo que hay todo un mundo de trepas.
-Entiendo que molestases, nunca fuiste una persona de callarte las cosas.
-Claro, puedo estar equivocado, pero yo digo las cosas como las veo. Si alguien me lo rebate y me da argumentos, bien, fantástico, pero tengo los míos, que son en los que creo.
-¿Sigues utilizando la playa del Silencio como lugar de retiro cuando tienes que tomar un poco de aire fresco?
-Si tengo tiempo sí, me acerco y paso una tarde o lo que sea. Y si estoy muy agobiado y no puedo ir hasta allí, como estoy viviendo en Gijón, me acerco hasta la playa, hasta el muelle, doy una vuelta por ahí y ya quedó el espíritu limpio. El agua es esencial para mí en todos sus aspectos, por esto también estoy con el proyecto del Río Navia.
«A mí quien me contrata lo hace por mi trabajo, no por mis ideas políticas. Lógicamente, yo tengo las mías, pero nunca quise saber nada de política porque veo que hay todo un mundo de trepas»
-Tienes raíces mineras porque naciste en Turón, has vivido junto al mar en tu infancia y también le has dado a la montaña, el trío que define a esta región: mar, mina y montaña. Lo tuyo parece de libro.
-Sí, a ver, hice algo de escalada, también travesías y ahora quiero retomar el tema, porque por cuestiones de salud, tuve una operación este año, llevo un tiempo sin poder hacer muchas cosas. Echo en falta coger la furgo, las cámaras y perderme por cualquier sitio. Si hay fotos, bien, pero si no las hay, tampoco pasa nada. Quiero empaparme de los sitios, recordar y revivir los que ya conozco e incluso encontrar sitios nuevos, que de vez en cuando todavía encuentro alguno.
Tengo ganas de acabar ya con todo esto para ponerme a caleyar, como yo digo, y seguir publicando. ¡Joer, que no se conoce Asturias! Ni dios sabe lo que es una Sampedra, las piedras mágicas del Occidente, las quiastolitas. O ¿quién sabe que Juan Manuel Villabrille, un escultor del siglo XVI que estuvo en la corte de Carlos V, tiene unas esculturas en madera acojonantes? Entre ellas, un San José en la Colegiata de Pravia. Todo esto, lo hablas con la mayoría de la gente y queden con la boca abierta.
-Tu infancia no fue nada fácil y, en general en la vida tuviste que hacerte a ti mismo y pelear mucho. ¿Te sientes de alguna forma recompensado con todo lo que está dando la fotografía?
-Sí. Sobre todo, por los momentos de estar disfrutando de lo que ves, de lo que fotografías, de lo que tratas y hablas con la gente, de lo que aprendes. Pero sí es verdad que hay un problema con los archivos fotográficos que tengo, porque yo ahora estoy en la cuenta atrás. Cualquier día me voy para el otro lado y ¿qué va a pasar con todo esto? Son alrededor de dos millones de fotos, y no precisamente de bodas, bautizos y comuniones, porque son imágenes de la evolución de Asturias en los últimos 40 o 50 años.
No es por mí, o porque me interese crematísticamente la pasta, que también, porque tengo una fía y dos nietos, y, además, si yo voy por delante, también queda aquí Susana. Pero fueron muchos años de patear Asturias, muchos años de comer y dormir fuera de casa. Si los cedo sin más, ¿de qué me sirve?, ¿para que me pongan una medalla?
En una ocasión que se hizo una exposición fotográfica en Revillagigedo hablé con el director del Museo del Pueblo de Asturias sobre este tema, y ya le dije que cuando quisiese, me llamase.
(*) Fotografías.