Inmigrantes de otros mundos

Fronteras, responsabilidad y convivencia.

En la web de la Casa Blanca, la inmigración aparece envuelta en una inquietante estética extraterrestre que convierte al extranjero en la amenaza de “los otros”. Pero tras ese lenguaje no hay seres de otros mundos, sino personas que cruzan fronteras impulsadas por la necesidad y la esperanza.
España conoce bien esa historia. Y Asturias, en particular, la conserva como una memoria reciente y familiar.

Durante décadas, miles de asturianos partieron hacia América —Cuba, México, Argentina— o hacia distintos países de Europa. Salían de puertos cercanos, con despedidas contenidas y horizontes inciertos, llevando consigo poco más que su voluntad de resistir. También fuimos “los otros” en busca de un futuro más digno.

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También fuimos observados con recelo. También tuvimos que demostrar, una y otra vez, que merecíamos un lugar. Aprendimos lenguas nuevas, nos adaptamos, soportamos condiciones duras. Y, aun así, echamos raíces: trabajando, construyendo e integrándonos. Lo hicimos sin dejar de ser quienes éramos, empezando de nuevo y sin olvidar nuestro origen.

Esa memoria no es un adorno del pasado. Es una realidad latente que se encuentra, donde quiera que vayas. La historia insiste —con una claridad incómoda— en ofrecernos un espejo.

Hoy en España, y en ciudades como Gijón, Oviedo o Avilés, la inmigración forma parte del presente. Está en los barrios, en las escuelas, en los espacios públicos. Y sí, plantea desafíos reales: integración, convivencia, adaptación cultural, etc. Negarlos sería irresponsable.

Pero también sería irresponsable negar que muchas personas y muchos barrios sienten que las actuales políticas migratorias se están aplicando sin suficiente planificación, sin límites claros y sin una participación ciudadana real.

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Nosotros, como sociedad y como vecinos, tenemos derecho a decir y decidir que no estamos de acuerdo con una política de fronteras abiertas —o percibida como tal— cuando no va acompañada de control, previsión, recursos y criterios transparentes.

Defender una política migratoria ordenada no equivale a rechazar a quienes llegan. Reclamar el control de las fronteras no significa negar la dignidad de las personas. Y pedir que la capacidad de acogida sea limitada y planificada no convierte automáticamente a nadie en xenófobo.

La política tiene el deber de distinguir entre la compasión y la improvisación. Una frontera abierta de facto, sin vías legales suficientes, cooperación internacional eficaz ni medios adecuados para recibir, identificar, proteger o devolver conforme a la ley, no constituye una política humanitaria completa: genera desorden, frustración y una presión injusta tanto sobre quienes llegan como en especial sobre las comunidades que los reciben.

Las crisis fronterizas nacen de conflictos, pobreza, redes de tráfico, decisiones diplomáticas ambiguas y una gestión deficiente de las fronteras. Cuando las señales políticas son contradictorias y no existen controles ni estrategias claras, puede consolidarse la percepción de que la entrada irregular abre una vía de permanencia. Ese es el llamado efecto llamada: quizá no explique por sí solo los movimientos migratorios, pero tampoco debe descartarse por razones ideológicas. Toda decisión política, y también toda ausencia de decisión, produce consecuencias desastrosas de invasión.

Ahora bien, la responsabilidad no recae únicamente sobre quienes llegan. También corresponde a los gobiernos que anuncian acogidas sin recursos suficientes y a las instituciones que toman decisiones sin contar con los vecinos.

Antes de abrir de par en par las puertas, convendría “barrer la casa por dentro”: atender prioritariamente a las personas españolas en situación de vulnerabilidad, combatir la pobreza y garantizar el acceso a la vivienda, el empleo, la sanidad, la educación y la protección social. Ningún ciudadano en situación de vulnerabilidad debería sentirse abandonado ni relegado; las instituciones deben garantizar primero la protección social.

Defender una política migratoria ordenada no significa negar la dignidad de quienes buscan una vida mejor. Significa exigir vías legales, límites razonables, planificación y un marco claro de derechos y deberes. Integrar a los recién llegados, no consiste únicamente en acoger: también implica orientar, facilitar el aprendizaje del idioma, promover la autonomía, exigir responsabilidades y garantizar una convivencia equilibrada, sin concentrar la presión en los mismos barrios ni ignorar las necesidades y preocupaciones de sus vecinos.

Asturias fue tierra de partida y hoy es también tierra de llegada. Nuestra memoria emigrante debe hacernos más humanos. Al final, cada paso que alguien da al llegar a una nueva tierra contiene un eco antiguo… el eco de quienes partieron antes, de quienes también fueron juzgados, de quienes tuvieron que empezar desde cero.

Una sociedad madura no debe elegir entre compasión y seguridad, sino exigir ambas. Porque, como recuerda el refranero, “la caridad bien entendida empieza por uno mismo”: primero hay que cuidar y ordenar la casa, para poder abrir la puerta al mundo con justicia, dignidad y sensatez.

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Carlos Sánchez Pérez
Carlos Sánchez Pérez
Carlos Sánchez Pérez (Madrid, 1966) es un pensador y autor comprometido con la dignidad humana y la transformación social. Su trayectoria internacional, ha forjado una mirada profundamente humanista en sus escritos. Impulsor de iniciativas en defensa de los derechos de los más vulnerables, ha convertido la reflexión en acción a través de proyectos sociales y propuestas de alcance internacional. Su escritura es una invitación a cuestionar, comprender y mirar de frente la condición humana. Más que escribir, busca despertar consciencia.

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Carlos Sánchez Pérez (Madrid, 1966) es un pensador y autor comprometido con la dignidad humana y la transformación social. Su trayectoria internacional, ha forjado una mirada profundamente humanista en sus escritos. Impulsor de iniciativas en defensa de los derechos de los más vulnerables, ha convertido la reflexión en acción a través de proyectos sociales y propuestas de alcance internacional. Su escritura es una invitación a cuestionar, comprender y mirar de frente la condición humana. Más que escribir, busca despertar consciencia.

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