En Puerma, una pequeña aldea de Les Regueres, Paz Mesa trabaja en una antigua casa de colonos campesinos rodeada de montes y luz. Allí, entre telares manuales, fibras naturales y tintes vegetales, teje piezas que nacen del territorio y de la memoria. Tras doce años en la administración pública, decidió profesionalizarse como artesana y dedicar su vida a un oficio que heredó de su madre, una niña pastora que hilaba en el monte para sobrevivir. Hoy, Paz es una de las últimas hilanderas y tejedoras de Asturias, finalista en los Premios Nacionales de Artesanía 2025, y una voz imprescindible para entender cómo la artesanía puede ser innovación, cultura y futuro desde el medio rural.
-Paz, dejaste doce años de trabajo en la administración para convertirte en artesana. ¿Qué parte de ti se despertó en ese cambio de vida?
-Llevaba varios años formándome en diferentes disciplinas: artesanía textil, tintorería natural, tejeduría… y cada vez me enganchaba más. Sentía que estaba acumulando un conocimiento que no quería dejar guardado en un cajón. A los cincuenta pensé: “Si no lo hago ahora, ya me hago mayor”. Emprender requiere mucha energía, y yo sabía que era el momento. No fue una decisión impulsiva, sino el resultado de años de aprendizaje y de sentir que podía desarrollar algo propio con todo ese conocimiento. Ahora, después de cuatro años, sé que emprender es agotador, pero también profundamente gratificante.
-Tu taller está en una antigua casa de colonos campesinos en Puerma. ¿Qué significa crear en un lugar que ya tiene memoria antes de que tú llegases?
-Significa muchísimo. La casa tiene una historia muy larga, igual que el propio nombre del lugar, que alude al agua que surge del suelo. Estás trabajando en un sitio cargado de memoria, y eso te transmite algo cada día. La artesanía siempre estuvo vinculada al territorio: según los recursos del lugar se desarrollaban unos oficios u otros. Aquí, donde vivo y trabajo, siento que el entorno forma parte del proceso creativo. No es solo un taller: es un espacio que te habla, te acompaña y te recuerda que formas parte de una historia más grande que tú.
-Has contado que tu madre hilaba en el monte cuando era niña. ¿Qué queda hoy de aquella transmisión materna en tu forma de trabajar?
-Queda todo. Mi madre nació en 1936 y, como muchos niños de su época, era pastora desde muy pequeña. Iba al monte con las ovejas y allí hilaba. Nos contaba cómo era el trabajo, cómo cuidaban los animales y cómo llevaban la lana a una prima tejedora en Castro. Esa transmisión fue constante: nos enseñó a tejer desde niñas, y nosotras la imitábamos porque siempre la veíamos con las agujas en las manos. Estoy segura de que sin esa influencia no habría llegado a este oficio. Lo que hago hoy está directamente conectado con lo que ella hacía para sobrevivir.
«Aquí, donde vivo y trabajo, siento que el entorno forma parte del proceso creativo. No es solo un taller: es un espacio que te habla, te acompaña y te recuerda que formas parte de una historia más grande que tú»
-Trabajas rodeada de montes y luz. ¿Cómo influye el paisaje asturiano en tus tejidos?
-El paisaje influye muchísimo. Cuando voy por el monte siempre estoy atenta a los colores, las paletas cromáticas, las texturas. A veces es un plegamiento en una roca, otras, un lecho de hojas o la luz en un prado. Todo eso lo llevo al telar. El entorno conforma quién eres y cómo creas. Incluso en la ciudad ocurre, pero aquí la naturaleza es tan presente que se convierte en una fuente constante de inspiración. Mis tejidos nacen de lo que veo cada día.
-¿Qué te enseñó el medio rural que no te enseñó la ciudad ni la universidad?
-Para mí el medio rural es calidad de vida. Siempre viví en pueblos, incluso durante mis estudios. Aquí encuentras tranquilidad, silencio, cercanía con la naturaleza. Vivir en el medio rural es vivir en coherencia con lo que somos. No se me ocurre vivir en la ciudad porque no la tengo en mi cabeza. El rural te enseña a relacionarte con el entorno, a respetar los ritmos naturales, a entender que la vida no es solo prisa. Es una forma de vida más natural, más coherente con lo que somos.
«La oveya xalda da una carne exquisita, una lana preciosa, y puede seguir mucho tiempo aquí entre nosotros si la cuidamos. Para mí trabajar con su lana es cuidar un tesoro»
-La oveya xalda vistió a los asturianos durante tres mil años. ¿Qué se siente al tejer con una fibra tan ligada a nuestra historia?
-Siento pasión. Son las ovejas que tenía mi madre, las que tuvieron nuestras madres y abuelas. Cuando ves que una raza lleva tres mil años con nosotros, te das cuenta de que estás trabajando con historia viva. Si no cuidas tu cultura, ¿qué te queda? La cultura es el alimento del alma. La oveya xalda da una carne exquisita, una lana preciosa, y puede seguir mucho tiempo aquí entre nosotros si la cuidamos. Para mí, trabajar con su lana es cuidar un tesoro.
-Tu oficio exige días de esquila, lavado, cardado, hilado, teñido y tejido. ¿Qué te ha enseñado la lentitud en un mundo que corre?
-Me ha enseñado que las cosas llevan su tiempo y que no sirve de nada querer acelerarlas. Para obtener 100 gramos de hilo se echa prácticamente un día. Y eso sin contar los baños de tinte, que requieren reposo entre cada uno. La economía te presiona, porque tienes que ser rentable para vivir, pero el trabajo tiene sus tiempos. Igual que los tintes naturales: si no reposan, no funcionan. La artesanía te obliga a parar, a respetar los ritmos. Y cuando conoces el tiempo que lleva una prenda, la valoras de otra manera. No la compras para tenerla en un armario, la cuidas.
-Defiendes que hay que recuperar la conciencia textil. ¿Cuál sería el primer gesto que te gustaría ver en la gente antes de comprar una prenda?
-Lo primero reflexionar si la necesitamos o no. Tenemos un problema de calentamiento global y cada prenda implica emisiones. Incluso si la energía es humana, hay un coste. Y cuando la ropa es muy barata, alguien lo está pagando: el medio ambiente y las trabajadoras explotadas. Recuperar la conciencia textil es recuperar una conciencia de clase. Pensar qué hay detrás de lo que vestimos.
Como no se puede valorar lo que no se conoce, para mí es fundamental transmitir el oficio, por eso a lo largo del año imparto cursos y talleres relacionados con la tejeduría en telar, el procesado de la lana y la tintorería natural.
-¿Qué te preocupa más: la pérdida de saberes o la pérdida de sensibilidad hacia lo que vestimos?
-Me preocupa que ya no sepamos lo que cuesta vestirse. Antes, para tener ropa, había que empezar desde cero: esquilar, lavar, hilar, tejer. Ahora accedemos a la ropa a un precio muy bajo porque alguien en otro lugar de alguna forma lo está pagando. Esa desconexión nos hace perder sensibilidad y también saberes. La conciencia textil nos ayuda a entender el valor del trabajo y del territorio.
«Para obtener 100 gramos de hilo se echa prácticamente un día. Y eso sin contar los baños de tinte, que requieren reposo entre cada uno. La artesanía te obliga a respetar los ritmos»
-Has sido reconocida como Mujer del Año en Las Regueras. ¿Qué significa ser mujer artesana en un territorio donde los oficios textiles han sido sostenidos históricamente por mujeres?
-Significa visibilizar oficios que fueron invisibles por ser femeninos. Muchas piezas elaboradas por mujeres acabaron en la basura o en el suelo como alfombras. Eran trabajos extraordinarios que no se valoraban. La artesanía textil es un oficio claramente femenino que ahora está recuperando fuerza, y es importante mostrar que detrás hay cultura, historia y un trabajo enorme de las mujeres.
–Has colaborado con universidades, diseñadores y proyectos europeos. ¿Cómo se innova sin traicionar la esencia del oficio?
-La artesanía contemporánea es un diálogo entre tradición e innovación. Yo trabajo con telares manuales sin electricidad, como los que se usaron hasta los años 50 en Asturias, pero también utilizo software de diseño para tejedoras.
También he estado experimentando con materiales como las algas. Las algas son plantas, igual que el lino o el cáñamo. Probé cómo cogían el tinte, cómo soportaban la tensión del telar, cómo resistían el roce… y funcionó. El resultado es un tejido confortable, respirable, biodegradable y sin tóxicos. Innovar no es traicionar, es evolucionar desde lo que siempre fue artesanía.
«he estado experimentando con materiales como las algas. Las algas son plantas, igual que el lino o el cáñamo. Probé cómo cogían el tinte, cómo soportaban la tensión del telar, cómo resistían el roce… y funcionó. El resultado es un tejido confortable, respirable, biodegradable y sin tóxicos»
-¿Qué piezas has creado con ese tejido de algas?
-Elaboré cuatro chales en distintos tonos y con distintos tintes. El tejido tiene un brillo similar a la seda y una resistencia muy buena. Incluso lo combiné con seda y funcionaron igual de bien. Son piezas elegantes, con mucha luz, y muy apropiadas para ese tipo de prenda.
-Fuiste finalista en los Premios Nacionales de Artesanía. ¿Qué sentiste, teniendo en cuenta que emprendes desde un pueblo pequeño?
-Mucha emoción. No crees que pueda ser posible porque eres una única artesana, sola en tu empresa. Pero cuando ves que tu trabajo llega tan lejos, te impulsa y te motiva. La artesanía tiene problemas de relevo generacional y de visibilidad. La imagen que tiene la sociedad es que es algo de nuestras abuelas, y revertir eso requiere campañas, implicación de artesanas, de la administración y la sociedad. Estar entre los finalistas ayuda muchísimo a cambiar esa visión.
-¿Qué reconocimiento te ha tocado más el corazón?
-Todos te llegan al corazón. Los pequeños, los del concejo, porque te reconocen en casa. Y los grandes, como el Premio Nacional, porque te visibilizan muchísimo. Cada reconocimiento es emocionante y enriquecedor.
Paz habla de artesanía, pero en realidad habla de cultura, de memoria, de futuro, de mujeres y de tierra. En su taller, entre montes y luz, teje una forma de estar en el mundo que no quiere oír hablar de prisas ni desarraigo. Con sus manos teje hilos ancestrales que, gracias a mujeres como ella, siguen manteniendo viva la memoria, la identidad y la tradición.