Hay centros asturianos que nacen grandes y otros se hacen grandes. El de Guadarrama pertenece a la segunda categoría: un local pequeño, ocho socios al principio, y un proyecto que parecía casi imposible. Pero la Asturianía, cuando se vive lejos de casa, tiene una forma particular de crecer: se vuelve motor, refugio y bandera.
Hoy, aquel pequeño centro de la Sierra de Madrid ha logrado algo que parecía reservado solo a las grandes instituciones: una banda de gaitas nacida fuera de Asturias que ha representado oficialmente al Principado en el Festival Intercéltico de Lorient, el mayor escaparate celta del mundo.
Detrás de ese hito hay trabajo, sacrificio, raíces y una comunidad que se niega a renunciar a lo que es. José Luis G. de la Cera, presidente de la Casa de Asturias en Guadarrama, lo cuenta con la emoción de quien sabe que lo conseguido no es casualidad, sino fruto de una Asturianía que se defiende incluso cuando el paisaje alrededor es de pinos y granito, y no de mar y práu.
-¿Qué papel juega hoy la Casa de Asturias en Guadarrama en la vida cultural de la diáspora asturiana en Madrid?
-La Casa de Asturias de Guadarrama cubre una zona enorme del noroeste de Madrid: toda la Sierra, parte de Ávila, parte de Segovia y localidades como Navacerrada, Cercedilla, Villalba o Galapagar. Incluso tenemos socios que vienen desde Guadalajara y de distintos puntos de Madrid. Durante años, toda esa área estaba un poco huérfana de actividad asturiana. No había un lugar donde reunirse, tocar, aprender o celebrar nuestras tradiciones. Por eso decidimos montar el centro, para que la gente que vive lejos de Asturias pudiera seguir disfrutando de la Asturianía, de la música, de las fiestas y de ese sentimiento de comunidad que nos caracteriza. Hoy somos un punto de encuentro, un espacio cultural y, sobre todo, un lugar donde la gente se siente en casa.
-¿Cómo ha evolucionado el centro desde su fundación?
-Empezamos siendo ocho socios y ahora somos casi noventa. Y todo esto con una sede de apenas ocho metros cuadrados. Ese dato resume muy bien lo que somos: un centro pequeño que hace cosas grandes. Nadie nos dijo que no se podía hacer… y lo hicimos. Con el tiempo nos hemos convertido en un referente, no solo musical, sino también de gestión cultural. Organizamos conferencias, concursos, fiestas tradicionales, actividades con invitados de Asturias… y el Ayuntamiento ya nos ha cedido un local más grande porque el primero se quedó pequeño. Lo que más sorprende a la gente es que todo esto se hace desde la humildad, con pocos recursos, pero con una enorme voluntad de mantener viva la cultura asturiana.
«Somos un centro pequeño que hace cosas grandes (…) y con el tiempo nos hemos convertido en un referente, no solo musical, sino también de gestión cultural»
-La música estuvo presente desde el principio. ¿Cómo nació la banda de gaitas?
-La banda “La Tarabica” nació el mismo año que el centro. Soy muy aficionado a la música tradicional asturiana y tenía claro que la gaita tenía que ser el corazón del proyecto. Al principio aquello, más que una banda de gaitas, parecía la “banda de Pancho Villa”. Pero con años de trabajo y formación, se ha convertido en una de las bandas más importantes de Madrid y, probablemente, esté entre las diez mejores de Asturias. La clave fue crear una escuela. Cada componente tiene una clase semanal individual y, cuando pasa a la banda, además, un ensayo. En la actualidad tenemos una treintena de alumnos de gaita y percusión (tambor tradicional, caja, timbal, bombo y pandereta). Yo doy clases todos los días, incluso sábados y domingos. Es un esfuerzo enorme, pero es la única manera de tener una banda que suene de verdad. La formación continua es fundamental. Acabamos de volver de Lorient y ya estamos trabajando en el repertorio del año que viene.
-¿Qué significó representar oficialmente a Asturias en el Festival de Lorient?
-Fue una alegría infinita. Representar a tu país en el festival celta más importante del mundo es algo que no se olvida. Para quienes nos tomamos muy en serio la Asturianía, estar allí fue un reconocimiento a catorce años de trabajo, especialmente a los últimos seis, que han sido durísimos. Pero también te diré que hubo vértigo. Éramos la primera banda de la diáspora en acudir a un evento de esa índole y eso implica una responsabilidad enorme: hacerlo bien, que todo salga perfecto, que nadie pueda decir que fuimos por casualidad o elegidos a dedo. Sabíamos que nuestra actuación podía abrir la puerta a otros centros asturianos y eso nos dio aún más fuerza.
-¿Cómo recibisteis la noticia?
-Nos avisaron desde la delegación del Festival y desde la Dirección General de Migración. Fue una emoción tremenda. Yo siempre digo que las cosas llegan cuando se merecen y, en este caso, había muchísimo trabajo detrás. No hubo trampa ni cartón, nuestra banda es buena, muy buena, y los vídeos así lo demuestran. Para mí, escuchar la palabra “Lorient” ya es emocionante, así que imagínate cuando nos dijeron que íbamos nosotros.
-¿Qué puertas abre vuestra participación en Lorient para otras bandas de la diáspora?
-Creo que va a motivar a mucha gente. Que una banda de fuera haya ido a ese festival demuestra que se pueden hacer las cosas bien y que el trabajo serio tiene recompensa. Ojalá sirva para dar visibilidad a quienes están en los centros asturianos trabajando con mucha dedicación. Y ojalá anime a más gente a subirse a este carro: a formarse, a ensayar, a crear escuela y a apostar por la calidad.
«Con años de trabajo y formación, nos hemos convertido en una de las bandas más importantes de Madrid y, probablemente, estemos entre las diez mejores de Asturias. La clave fue crear una escuela»
-Como presidente y como músico, ¿qué momento del Festival te emocionó más?
-Sin duda el desfile de la Gran Parada. Hay un instante en el que pasas bajo un arco y entras en una zona roja, rodeado de miles de personas. Toda mi vida había visto eso en los vídeos, pero jamás imaginé que podría vivirlo en primera persona. En ese momento piensas en todo lo que has pasado hasta llegar allí: alegrías, disgustos, horas de ensayo, viajes, sacrificios. Pero luego ves a la gente disfrutando, bailando muñeiras, danzas bretonas… y eso te eleva el espíritu. Además, ves cómo la música asturiana fuera de Asturias triunfa. Es singular, tiene un sonido muy característico que empatiza con la gente. Los bretones, además, tienen una sensibilidad especial hacia la música tradicional.
-¿Cómo reaccionó la banda ante todo ello?
-Muy bien. Existe la famosa “maldición de Lorient”, que dice que la mitad de la banda se va después de asistir al Festival, pero en nuestro caso fue al revés: volvimos reforzados. Para llegar allí hay que demostrar nivel durante años: festivales, circuitos, convivencias, ensayos… Eso crea vínculos y disciplina. Aquí todos los miembros colaboran codo con codo en mejorar. En Lorient todo funcionó, cumplimos con nuestro papel y la gente disfrutó del festival. La banda volvió con más orgullo, más unión y más ganas de seguir creciendo.
-En la nota de prensa decíais que “desde fuera de Asturias se pueden hacer cosas con mucha calidad”. ¿Qué hay detrás de esa calidad?
-Horas de ensayo, compromiso y raíces. A veces desde fuera se mira con doble rasero, como si lo que se hace en la diáspora valiera menos. Pero no es así. Hay centros que se juntan para tocar un rato, y está muy bien. Y hay otros que trabajan muchísimo, como nosotros, o como otros grupos de baile y pandereta que podrían ir perfectamente al Lorient. Lo importante es que se entienda que en Guadarrama, con lo que tenemos (somos 7.500 habitantes, no cinco millones como Madrid), hemos llegado muy lejos y eso debería valorarse.
«Para quienes nos tomamos muy en serio la Asturianía, estar en el Lorient fue un reconocimiento a catorce años de trabajo, especialmente a los últimos seis, que han sido durísimos. Pero también te diré que hubo vértigo. Éramos la primera banda de la diáspora en acudir a un evento de esa índole y eso implica una responsabilidad enorme»
-¿Qué tipo de repertorio tenéis?
-Bastante amplio. Tenemos temas tradicionales asturianos (canciones de chigre, muñeiras, jotas, pasodobles) y hemos incorporado también otras piezas provenientes de otras culturas del Arco Atlántico (Galicia, Bretaña, Escocia). Tenemos la banda y también una bandina tradicional (4 o 5 gaitas, tambor y bombo tradicional) para cuando tenemos que actuar en espacios más reducidos.
-Además de la banda, tenéis un grupo de panderetas y otro de baile tradicional. ¿Cómo se organizan?
-El grupo de panderetas está más parado, pero el de baile está creciendo mucho. Ya tenemos dos personas que llevan el repertorio y enseñan a las demás, y este año se ha apuntado más gente. La mayoría se forma en la Escuela de Asturianía o en otros centros. En la banda, en cambio, no nos nutrimos de la Escuela de Asturianía porque nuestro formato es distinto: trabajamos percusión de alta tensión y un estilo más marcial, como las grandes bandas de Asturias.
¿Cómo se mantiene el vínculo emocional con Asturias desde Guadarrama? ¿Qué actividades organizáis?
-Hacemos pocas cosas, pero de mucha calidad. Tenemos por un lado el Concurso Nacional de Fotografía “Asturias, la mirada pasajera” que recibe unas 700 fotos al año y tiene un nivel altísimo. También organizamos un concurso de fabada, con más de 200 participantes. Y el Amagüestu, que se ha convertido en una cita obligatoria en la Sierra de Madrid: castañas, música, baile, bandas invitadas… El año pasado el auditorio estaba literalmente botando. Además, hacemos conferencias sobre temas asturianos, apoyamos actividades de otros centros y participamos en iniciativas culturales donde haya presencia asturiana. Todo esto mantiene vivo el vínculo emocional: Asturias está presente todo el año.
-¿Cómo es la relación con el Ayuntamiento y los vecinos de Guadarrama?
-Muy buena. Al principio algo chocaba, porque Guadarrama es un pueblo con sus propias costumbres y nosotros llegábamos con las nuestras. Pero ahora está totalmente normalizado. El Ayuntamiento nos apoya en todo, nos recibió tras volver de Lorient y nos cedió el local que tenemos actualmente. Vivimos en Guadarrama, pero nuestra identidad es asturiana. Defendemos nuestras raíces sin imponer nada a nadie: si te gusta, vienes; si no, no pasa nada. Y creo que eso ha generado respeto y orgullo. A mí me hace mucha gracia ver el bombo gigante de la banda, el más grande del mercado, con la palabra “Guadarrama” bien visible. Eso dice mucho.