Nos ha tocado verano viajero, aunque realmente no es menester hacer kilómetros para observar cosas, digamos, curiosas. Como ver a un abuelo meterse en la mar con dos nietos cuando la megafonía y las banderas rojas avisaban de unas olas y una resaca de mucho respeto. O un matrimonio discutir con el camarero para que les hiciera descuento, porque no habían podido terminar un menú del día de sidrería asturiana, contundente por definición.
En estas fechas generalmente nos relajamos, excepto si cogemos la autopista del Huerna. También bajan el ritmo las autoridades, claro, tanto que los agentes secretos que pagamos en Marruecos, eclipsados por el eclipse, no vieron venir a 70.000 personas camino de Ceuta. Un despiste lo tiene cualquiera.
Algún olvido también. Anda un obispo por aquí hablando de que sus mártires del 36 perdonaron; quizá, pero sus colegas no. Podríamos hacer una mucho más larga relación de masacrados en el bando republicano por delación del cura de la parroquia. Está escrito en los muy curiosos consejos de guerra.
Precisamente el 24 de julio estuvimos en Mataró, donde cada año, gentes de variados colores políticos rinden homenaje a Joan Peiró, anarcosindicalista, que dejó abundantes artículos de prensa bramando contra las tropelías de los propios en la retaguardia. “Que sea sacerdote no es razón para matarlo”, escribió.
El acto es sencillo, se celebra en el patio de la cárcel, se enciende una farola que representa el trabajo “dels bufadors de vidre” (industria del vidrio soplado), y sólo alumbra esa noche. Me sorprendió que el presentador acabara con un “¡Gloria a Les Santes!” Son en esa fecha las fiestas patronales, en memoria de Juliana y Semproniana parece ser, aunque el cartel oficial enseña tres tablas de surf. Comento al Comité que tienen dos santas y un santo laico, me rectifican: “¡Dos santas y un mártir!”
Sin tener delitos que imputarle le llevaron al paredón porque se negó a colaborar con los golpistas; “no se preocupe, me fusilarán por haber sido ministro”, dijo a su abogado.
Es la capital del Maresme más ciudad industrial que turística; está aquí la primera obra de Gaudí. Una nave para manufacturas, claro; una bóveda que cubre seis mil metros cuadrados sin necesidad de pilares intermedios, gracias a una hábil estructura de madera. También población vivero de cooperativas y guardiana de su historia, es Mataró este año Capital Europea del Cooperativismo.
Así como se admiraba un portugués de que todos los niños en Francia sabían hablar francés, aquí hasta los más pequeños saben contar cuando menos hasta quince; producto de la música tradicional de unas fiestas (Pasodoble “El baquetero”), que se celebran con las calles repletas permanentemente.
Ni siquiera la lluvia los mete en casa. La colla de castellers Els Capgrossos tenía un desafío: además de celebrar su trigésimo aniversario, quería rendir tributo a Mariona Galindo que veinte años atrás, cuando ella tenía doce, se mató al rematar un Castell. De forma imprevista, -sólo se calculaba lluvia en la mar-, cayó el gran chaparrón; castellers y público aguantaron hasta culminar con éxito el homenaje. La tarde anterior pudimos ver los ensayos, vivir de cerca la muy seria dificultad de levantar la torre humana. Felicidades.
Incluso abarrotadas de gente es un placer pasear por unas calles sabiamente peatonalizadas. Durante las fiestas son abundantes las recomendaciones de seguridad, como vías de salida en caso de tumultos o poner auriculares a los niños contra los ruidos. Algunos los pusieron a sus perros.
Para el bienestar ciudadano se solicita no dar de comer a las mascotas en la vía pública, de modo que si tiene usted un gorrino como animal de compañía haga el favor de traerlo merendado de casa.
Puede, no obstante, alimentarlo bien en el interior de un establecimiento en el que amén de las latas gourmet, puede usted obsequiar a su compañero canino con un helado. Lo agradecerá, sin duda, con temperaturas en torno a los 38ºC.
El poderoso crecimiento industrial trajo a Mataró multitud de gentes de otras procedencias; en el siglo XX del sur de España, posteriormente del otro lado del Estrecho. El paradigma es el barrio de Rocafonda, al que los sinvergüenzas de siempre quisieron rebautizar despectivamente como “Rocamora”, pero el asunto les ha salido rana, porque ha aparecido un héroe local que lo ha puesto de moda, un tal Yamine Lamal.
La industria del balompié ha colocado en órbita a toda la ciudad, lo mismo que en su día lo hicieran las del textil y el vidrio; tanto que aquí se puso en marcha el primer ferrocarril, en 1848. Ganó por poco al de Langreo que, si bien formó sociedad en 1846, la orografía y algunos tejemanejes societarios no le permitieron empezar hasta 1852.
Frente a la actual estación hay un monumento conmemorativo, sobre cuyo plinto aparece un Hermes alado; en la mitología griega las alas en los pies indicaban su ocupación como mensajero y, por ende, como bienhechor de los comerciantes.
Al otro lado de la mar, en la lonja de Palma de Mallorca, muestran un “ángel protector del Comercio” aparatosamente ataviado, especie celestial que no se nombra en los textos sagrados. Este Hermes parece más mundano, tanto que, llevado en velocidad por las ruedas del camino de hierro, sucintamente vestido de acuerdo con la tradición helena, casi nos enseña demasiado.