Hay lugares en los que la vida transcurre conforme a otros códigos sociales, otros ritmos y otras escalas de valores. Quienes vivimos en las sociedades del bienestar tendemos, quizá demasiado a menudo, a pensar que el mundo se parece al nuestro y que nuestros derechos, nuestras costumbres y nuestra manera de entender la vida son universales. Pero no es así. Hay muchos mundos y demasiados lugares donde la existencia acontece con otras claves, algunas de ellas difíciles de comprender desde nuestra propia realidad.
Benín es un país de África Occidental que, a diferencia de otros países de la región azotados por conflictos armados y espoliaciones de materias primas, ha podido mantener una relativa estabilidad que le facilita un cierto desarrollo. Sin embargo, las desigualdades entre unas zonas y otras son profundas. En el norte, especialmente en las áreas rurales, persisten situaciones de pobreza y dificultades de acceso a la educación que afectan de manera particular a las niñas y condicionan su futuro como mujeres.
En algunos de estos lugares perviven normas sociales y tradiciones que condicionan desde muy temprano el destino de las niñas. Algunas son apartadas de la escuela para trabajar; otras son entregadas siendo todavía muy pequeñas a hombres que comienzan a prepararlas para el matrimonio. La edad del futuro marido es variable, lo mismo tiene veinte años que cincuenta, mientras que ellas apenas han salido de la infancia. Cuando llega la adolescencia y aparece la primera menstruación, puede producirse el matrimonio y, con él, el inicio de una vida para la que nadie las ha preparado.
La niña no sabe qué está ocurriendo. Nadie le ha hablado de su cuerpo, de la sexualidad, del embarazo ni de lo que significa ser madre. Lleva años trabajando, primero ayudando en casa y luego preparándose para servir a un hombre; no conoce el mundo que existe más allá de su aldea y, por supuesto, no sabe leer ni escribir. Desconoce sus derechos porque nadie se los ha explicado. Incluso algo tan cotidiano para nosotros como celebrar un cumpleaños puede serle completamente ajeno: quizá ni siquiera sepa con exactitud cuándo nació.
En algunos de estos lugares perviven normas sociales y tradiciones que condicionan desde muy temprano el destino de las niñas. Algunas son apartadas de la escuela para trabajar; otras son entregadas siendo todavía muy pequeñas a hombres que comienzan a prepararlas para el matrimonio.
Y después llega la maternidad. Una maternidad que comienza demasiado pronto y encadena un embarazo tras otro, sin ningún tipo de control. La joven madre amamanta a su bebé hasta quedar exhausta y, cuando llega otro hijo, debe alimentar a los dos con unos recursos que apenas alcanzan para uno. Entonces, el niño de más edad, comienza a perder peso, a debilitarse, a dejar de crecer, hasta que un día los agentes comunitarios o alguna otra persona que trabaja en la zona, advierten lo que está pasando y convencen a la joven de que hay que llevar al niño a un centro especializado en el tratamiento de la malnutrición infantil.
El pasado mes de julio viajé a Nikki para visitar uno de nuestros proyectos: un internado destinado a acoger a niñas procedentes de los poblados y de entornos especialmente vulnerables. En la misma parcela hay un centro de recuperación de la malnutrición infantil. Allí me encontré con una adolescente que no tendría más de quince años. Llevaba a la espalda un bebé de cuatro o cinco meses y sostenía en el regazo a otro niño, extremadamente delgado, cubierto apenas por un trozo de tela.
La acompañé a la consulta médica para conocer la situación del pequeño. Tenía algo más de dos años y pesaba cinco kilos y medio. Sus brazos y sus piernas eran prácticamente huesos cubiertos por una piel seca y envejecida, impropia de un niño tan pequeño. Dudé de que pudiera salir adelante. El médico, sin embargo, me explicó que todavía había posibilidades, aunque tendría que permanecer en el centro hasta alcanzar al menos los ocho kilos. El tratamiento comenzaría con alimentación por sonda y medicación y, posteriormente, habría que enseñar a la madre cómo alimentarlo adecuadamente. Incluso si lograba recuperar el peso, me explicaron, podría sufrir secuelas en su desarrollo físico y cognitivo.
Miré entonces a su madre. Era apenas una adolescente y, sin embargo, había en su rostro una tristeza tan profunda que parecía haber borrado cualquier asomo de alegría. Una tristeza demasiado grande para una muchacha que apenas había comenzado a vivir.
En otra zona del centro había otra niña, de apenas dos años y medio, a punto de recibir el alta. Había conseguido alcanzar los siete kilos y, aunque todavía no podía mantenerse en pie, ya estaba fuera de peligro. Llevaba un velo que le cubría rigurosamente la cabeza y parte de un cuerpecito todavía demasiado pequeño y débil para sostenerse por sí mismo.
Son imágenes difíciles de olvidar. Porque detrás de cada una de ellas hay una historia que comienza mucho antes: en una niña que dejó de ir a la escuela, en una adolescente que fue casada demasiado pronto, en una madre que no tuvo la oportunidad de aprender cómo cuidar a sus hijos, en una pobreza que se reproduce de generación en generación.
En el centro de recuperación de malnutrición infantil de Nikki, me encontré con una adolescente que no tendría más de quince años. Llevaba a la espalda un bebé de cuatro o cinco meses y sostenía en el regazo a otro niño, extremadamente delgado. Tenía algo más de dos años y pesaba cinco kilos y medio. Sus brazos y sus piernas eran prácticamente huesos cubiertos por una piel seca y envejecida, impropia de un niño tan pequeño.
Y es precisamente en este contexto donde cobra sentido nuestro proyecto de construir un internado que permita a niñas y adolescentes de estas comunidades acceder a la educación y recibir una formación que les proporcione herramientas para decidir sobre su propia vida.
No pretendemos cambiar una cultura desde fuera ni imponer una manera de entender el mundo. Pretendemos algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: que estas niñas conozcan sus derechos, reciban educación y tengan alguna posibilidad de elegir su propio futuro.
La educación es una de las herramientas más eficaces para combatir el matrimonio infantil. El trabajo de múltiples ONGD permite afirmar que mantener a las niñas en la escuela o facilitar su regreso cuando han tenido que abandonarla es una de las vías más eficaces para reducir los matrimonios infantiles y los embarazos precoces.
Por eso confiamos en que este internado pueda ser mucho más que un edificio. Queremos que sea un lugar de protección, de aprendizaje y de oportunidades. Un espacio donde una niña pueda descubrir que su vida no está escrita de antemano.
Educar a una niña no significa solamente enseñarle a leer y escribir. Significa darle palabras para nombrar sus derechos, conocimiento para defenderlos y herramientas para decidir qué quiere hacer con su vida.
Y quizá ahí esté una de las pocas formas verdaderamente eficaces de romper el círculo: conseguir que una niña pueda imaginar para sí misma un futuro diferente del que otros han decidido.