Es una vieja palabra castellana, aunque a día de hoy poco usada, quizá por un asunto de exquisitez lingüística. La mayoría de las veces se oye la expresión water, de importación. La academia ya ha españolizado váter y explica que procede del inglés water-closet, una forma extraña de designar la misma habitación; es decir, un lugar reservado, retraído de las miradas ajenas, un retrete.
Sin embargo, curiosamente, es común escuchar en el Reino Unido la palabra toilet, que es de procedencia francesa. La toilette fue un invento de las elegantes, un sitio para, desagües fisiológicos aparte, retocar el tocado sin miradas ajenas. En la puerta se expresa claramente la diferencia entre escusados para señoras o para caballeros.
Para terminar de liar el asunto, en alguna película americana, de esas de protagonistas buscando glamour; por ejemplo, “Cómo casarse con un millonario”, se lee Powder Room, equivalente a nuestro tocador de señoras.
Son sitios muy adecuados para que decoradores y otros artistas se esmeren en diseñar espacio, mobiliario o rótulos. En tiempos de debate sobre la adjudicación de género tienen problemas con la iconografía; en la Facultad de Biología de Colonia lo han solucionado de manera imaginativa.
La competencia entre diseñadores se expresa en otros elementos decorativos que buscan crear ambientes originales. En un restaurante de Budapest no solamente disfrutamos de una rica, alimenticia y tonificante gulyásleves (sopa de goulash), sino la singularidad de los lavamanos.
Contrapartida local, las casas de comidas pueden esforzarse en tener un entorno agradable, pero llega a estropearlo todo el estado del evacuatorio; es habitual su abandono en cualquiera de nuestras estaciones de trenes o buses. Mucho cuento con el turismo, pero cuando llegan son recibidos los viajeros con desagradables chapuzas sanitarias.
Hace ya mucho tiempo que estas pequeñas habitaciones retiradas están inventadas. Para los romanos la expresión usual era letrinas, designaban con ella aquellos habitáculos para evacuar detritus hacia los ríos. Los construían no solamente en las ciudades, sino en los campamentos militares. En ese sentido eran más prácticos que los hebreos, entre quienes el equipo militar incluía un palo con el que enterrar sus evacuaciones; tenía un sentido religioso: como Yahvé andaba por todas partes no era cosa de que pasease por el campamento y se pringara las sandalias.
Las casas de las poblaciones no solían disponer de elementos sanitarios, la gente evacuaba en orinales que luego se vaciaban directamente desde la ventana a la vía pública. La falta de sanidad favorecía el desarrollo de epidemias, pestes y otras desgracias públicas.
En estos tiempos es impensable un hogar sin su aseo. La pulcritud avanza, se construyen retretes portátiles para que trabajadores de la construcción o asistentes a eventos masivos puedan disponer de una higiene adecuada. En la maratón de Poznan (Polonia) no solamente se cuida la salud de participantes y público, sino que de manera colorida distinguen entre señoras y caballeros.
En los Estados Unidos de América del Norte, una parte de la ciudadanía ha encontrado en estos muebles urbanos la forma de felicitar el 14 de junio al señor presidente en su cumpleaños. Así como los golpistas que en su nombre asaltaron el Casa Blanca ensuciaron las paredes con sus excrementos, proponen ahora devolverle la gracia. Hágale usted donación de sus excrementos, pero con civismo, In the toilet, not the Oval Office; en las letrinas, no en el despacho oval.
Y es que los aires imperiales que se maneja Don Donald Tramposo son fuente de inspiración para toda clase de artistas. Estos prácticos rollos de papel higiénico se pueden comprar en Londres, en el famoso Camden Market; un paseo matinal por él siempre merece la pena.
Para esta misma función se ponían antaño a disposición del público recortes de papel sujetos en un gancho. Celine en “Viaje al final de la noche” (1932) describe los baños públicos de New York como “cavernas fecales” donde “los periódicos, nada más leídos…eran deshojados al instante por aquella jauría de trabajadores rectales”.
Era ejemplo de civilización, porque pocas páginas antes había contado su aventura africana; en el ambiente hostil de la selva se encontró a un español, pobre militar, en una antigua colonia de la Corona de Castilla. Cuenta: “Para ser un español colonizador, era sorprendentemente africanófobo, hasta el punto de que se negaba a utilizar en el retrete hojas de plátano, y tenía a su disposición cortados para ese uso, toda una pila de ejemplares del Boletín de Asturias”.
Como agradecimiento de su hospitalidad le regaló unos botes de fabada. En la novela no especifica la marca.