Te sientas en algún lugar de este mundo, mirando desde detrás del cristal de un café cálido, o tal vez bajo un techo de lona que tiembla con cada ráfaga de viento. Contemplas las gotas de lluvia mientras dibujan líneas aleatorias sobre la superficie que te protege. En ese preciso instante, a miles de kilómetros de distancia, hay otros dos ojos que contemplan la misma lluvia, con la misma maravilla, con la misma opresión oculta en el pecho y el mismo deseo ardiente de sentir seguridad.
No elegimos el lugar donde nacemos; es una mera coincidencia geográfica, un tiro de dados del destino que nos otorga nuestras identidades y determina la forma del techo que recibe nuestros primeros llantos.
Pero la gran paradoja radica en que, a pesar de la disparidad de latitudes y longitudes, salimos al mundo con un mismo “software humano”.
La geografía nos otorga las circunstancias y los estímulos, pero el instinto nos da el latido del corazón. Somos asombrosamente similares; la única diferencia entre nosotros no está en la profundidad de los sentimientos, sino en los escenarios donde se presentan.
Muchos pensaron que la dureza de las circunstancias podría endurecer los corazones, o que el lujo podría hacerlos más sensibles. Pero la verdad psicológica y biológica nos dice exactamente lo contrario, porque las expresiones de miedo, alegría, tristeza y pérdida son un lenguaje universal que trasciende culturas y fronteras. Si se mostrara la imagen de un rostro humano encogido por el dolor a una persona que vive en las selvas aisladas del Amazonas, o a otra que se encuentra entre los rascacielos de Nueva York, ambas almas absorberían el mismo sentimiento en fracciones de segundo.
Somos asombrosamente similares; la única diferencia entre nosotros no está en la profundidad de los sentimientos, sino en los escenarios donde se presentan.
La “unidad de los sentimientos” se manifiesta en su forma más noble cuando nos damos cuenta de que el dolor de la pérdida no se fragmenta. La madre que pierde a su hijo en un repentino accidente de tráfico en una tranquila ciudad europea, que aprieta su ropa vieja contra el pecho para oler su aroma y mira al vacío con asombro y un silencio roto, experimenta exactamente el mismo sentimiento que una madre que pierde a su hijo a causa de un bombardeo sobre una casa o una tienda de campaña en Gaza. La geografía no hizo que el corazón de la segunda madre fuera más inmune al dolor; las lágrimas en ambos casos brotan del mismo manantial humano y puro, y la grieta que la ausencia deja en el alma es idéntica, aunque la forma de la tragedia sea distinta.
Reflexionemos sobre el “estímulo” frente al “sentimiento”. En un lugar estable de la Tierra, el estímulo del “miedo” puede ser la ansiedad por un fracaso laboral, el temor a un futuro incierto o la claustrofobia. En otro lugar, ese mismo miedo se activa con el parpadeo de un ojo, un sonido fuerte y extraño, o el temblor de la tierra bajo los pies. El resultado psicológico dentro del cuerpo humano es el mismo: aceleración del ritmo cardíaco, sequedad en la garganta y liberación de adrenalina. El miedo es el miedo, y el cuerpo responde de la misma manera, pero la geografía es la que elige el tipo de “disparador”.
Lo mismo ocurre con la alegría, un ser libre que no necesita permiso de entrada. El cerebro segrega las hormonas de la felicidad por igual; ya sea que una persona esté tomando un café lujoso en París, entusiasmada por un logro material, o que esté compartiendo un trozo de pan simple y cálido con su familia bajo la lluvia, dentro de una tienda de campaña desgastada aquí. La interacción del alma con el momento de calidez es la misma, y el gozo no se mide por la opulencia del lugar, sino por la sinceridad del momento.
Cuando nos damos cuenta de que ese ser humano que se encuentra al otro extremo del planeta siente, sufre, se alegra y teme exactamente igual que nosotros, caen las barreras ilusorias creadas por los mapas y las políticas de fronteras.
Estos pequeños detalles —la sonrisa espontánea al ver a un pequeño gato jugando en el camino, el deseo de entrelazar los dedos cuando hay ansiedad y el mirar al cielo buscando respuestas en las noches oscuras— son los hilos invisibles que tejen nuestro tejido único.
La verdadera conciencia comienza cuando dejamos de ver a los demás a través de la lente de la “diferencia” y empezamos a verlos como copias al carbón de nosotros mismos, colocados por el destino en circunstancias distintas. Cuando nos damos cuenta de que ese ser humano que se encuentra al otro extremo del planeta siente, sufre, se alegra y teme exactamente igual que nosotros, caen las barreras ilusorias creadas por los mapas y las políticas de fronteras.
Al fin y al cabo, todos caminamos bajo el peso de los mismos sueños y temores. Los detalles de nuestra vida diaria pueden diferir, y la calidad de los techos que nos protegen puede cambiar, pero los corazones debajo de ellos laten en el mismo idioma.
Por eso, debemos recordar siempre que en esta existencia compartida no somos más que una sola familia, unida por el dolor y la esperanza, y separada únicamente por… la casualidad del lugar de nacimiento.
Desde este lado del cristal
Desde esa ventana que Hamdy abre con sus palabras, yo entro.
Entro desde aquí. Desde Europa. Desde este lado del cristal. Desde una casa que no tiembla con las bombas. Desde un lugar donde la lluvia puede caer sobre la ventana sin convertirse en amenaza. Desde una vida en la que el techo todavía significa refugio, y no una pregunta.
Entro despacio, porque hay textos que no se leen de pie. Hay textos ante los que una tiene que sentarse. Tragar saliva. Respirar antes de seguir.
Textos que no se atraviesan deprisa, porque lo que dicen no pasa solo por la mente: baja al cuerpo, toca la memoria, despierta preguntas que quizá llevaban mucho tiempo esperando.
Son palabras que radiografían el alma de quien las lee. Palabras que parecen hablar de lluvia, de techos, de geografía, pero que en realidad hablan de la forma más sencilla y más profunda de reconocernos: mirar al otro y comprender que no está tan lejos, que no es tan distinto, que bajo otra circunstancia podría ser cualquiera de nosotros.
Aquí, desde este lado del mundo, la vida continúa.
Los cafés siguen abiertos. Las calles permanecen iluminadas. Las casas conservan sus paredes firmes. La lluvia golpea los cristales y, muchas veces, todavía podemos contemplarla como algo bello. El frío se combate con calefacción. El hambre se resuelve abriendo una nevera, entrando en una tienda, pagando una compra. El miedo suele tener otros nombres: futuro, dinero, soledad, cansancio, incertidumbre.
Y, sin embargo, para algunas personas, Gaza dejó hace tiempo de ser un lugar lejano.
Desde Europa, el dolor de Gaza tiene una forma extraña. No cae sobre nosotros como cae sobre quienes están allí. No nos despierta el sonido real de las bombas. No nos obliga a correr con una mochila en la mano. No nos deja bajo la lluvia sin paredes. Pero entra de otra manera: por la conciencia, por la impotencia, por el vínculo.
Hay quienes estamos aquí solo con el cuerpo. El cuerpo camina por calles seguras, responde mensajes, abre puertas, compra comida, duerme bajo un techo estable. Pero el alma vive en otro sitio. Se queda atrapada en una tienda de campaña, en una casa sin ventanas, en una llamada que se corta, en una fotografía enviada con esfuerzo, en un “estamos vivos” que llega tarde y aun así sostiene el día entero.
Desde Europa, el dolor de Gaza tiene una forma extraña. No cae sobre nosotros como cae sobre quienes están allí. No nos despierta el sonido real de las bombas. No nos obliga a correr con una mochila en la mano. No nos deja bajo la lluvia sin paredes. Pero entra de otra manera: por la conciencia, por la impotencia, por el vínculo.
Y cuando entra de verdad, ya no se va.
Una parte de la vida cotidiana, aquí en Europa, empieza a volverse irreal. Las conversaciones parecen llegar desde muy lejos. Las preocupaciones de siempre siguen siendo humanas, pero pierden tamaño frente a lo que sabemos que ocurre al otro lado del mismo cielo. Alguien puede estar sentado frente a una mesa, rodeado de normalidad, y recordar de pronto que, en ese mismo instante, otra persona está buscando pan, agua, señal, refugio o una forma de no derrumbarse.
Entonces el cristal deja de proteger del todo.
Porque el cristal separa del frío, de la lluvia, del viento. Pero no separa de la conciencia cuando la conciencia ya ha cruzado la frontera.
Quizá eso es lo que Hamdy nombra con tanta claridad: que la distancia no basta para dividir lo humano. El mapa puede separar los cuerpos, pero no siempre consigue separar los corazones. Una persona puede estar en Europa y sentir que Gaza le respira dentro.
El mapa puede separar los cuerpos, pero no siempre consigue separar los corazones. Una persona puede estar en Europa y sentir que Gaza le respira dentro.
No se trata de comparar sufrimientos. No sería justo. Quien está en Gaza vive una realidad que ningún texto escrito desde la seguridad puede abarcar por completo. Pero también existe otra herida: la de mirar desde lejos sin poder apartar la mirada. La de querer a personas que están allí. La de esperar mensajes como quien espera oxígeno. La de dormir con el teléfono cerca porque el silencio también pesa. La de seguir con la vida, sí, pero sin poder hacerlo como antes.
Porque hay una diferencia profunda entre vivir lejos y sentirse lejos.
Quienes hemos dejado entrar Gaza en el corazón seguimos estando lejos en kilómetros, pero no en presencia. Y aun esa distancia física, si la miramos frente a lo vasto del universo, se vuelve casi pequeña. Somos puntos diminutos bajo el mismo cielo, habitantes del mismo planeta, respirando dentro de una misma inmensidad.
Quizá estamos más cerca de lo que pensamos.
Y cuando, además, dos personas logran entenderse aunque hablen idiomas distintos, cuando una palabra traducida conserva el temblor de quien la escribió; cuando el dolor, la ternura o la esperanza atraviesan lenguas, alfabetos y fronteras, esa distancia se acorta todavía más.
El cuerpo permanece aquí, en un lugar seguro, mientras algo más íntimo —la conciencia, el alma, la responsabilidad— cruza cada día esa distancia que los mapas insisten en marcar.
La lluvia que aquí dibuja líneas suaves sobre el cristal, allí puede caer sobre una lona cansada. El mismo cielo que aquí miramos buscando respuestas, allí se mira también buscando señales de peligro. La misma noche que aquí invita al descanso, allí puede estar llena de sonidos que nadie debería aprender a distinguir.
Y aun así, debajo de todos esos escenarios distintos, reconocemos lo mismo: el deseo de que quienes queremos sigan vivos mañana; la necesidad de una mano, la búsqueda de una respuesta, la esperanza sostenida incluso cuando parece una locura sostenerla.
Somos puntos diminutos bajo el mismo cielo, habitantes del mismo planeta, respirando dentro de una misma inmensidad.
Quizá estamos más cerca de lo que pensamos.
Hay algo más profundo, más antiguo, más universal: el miedo a perder.
Todos conocemos, de una forma u otra, ese temblor. La posibilidad de que la vida nos arrebate a quienes queremos. La llamada que nadie desea recibir. La enfermedad que llega sin permiso. El deterioro del cuerpo. Las despedidas que ocurren antes de tiempo. Las palabras que no dijimos. Los abrazos que quedaron pendientes. Las preguntas que ya no tendrán respuesta.
Porque no hace falta vivir una guerra para conocer la herida de la pérdida.
Cada ser humano lleva dentro sus ausencias: nombres, fechas, habitaciones vacías, fotografías que algunos días resultan imposibles de mirar, voces que ya no suenan pero siguen viviendo en alguna parte del cuerpo.
Las pérdidas nos fragmentan. Nos dividen entre lo que fuimos antes y lo que aprendimos a ser después. Nos obligan a seguir caminando con una parte de nosotros detenida en otro tiempo, en otra casa, en otro abrazo, en una despedida que quizá nunca pudo hacerse como necesitábamos.
También conocemos la soledad. No solo la de estar sin nadie, sino esa otra más honda: la de sentir que nadie alcanza del todo el lugar exacto donde duele. Aparece en mitad de una noche tranquila, en una casa caliente, detrás de un cristal seguro, cuando todo parece estar en calma por fuera y, sin embargo, algo dentro tiembla.
Por eso las palabras de Hamdy atraviesan tanto. Porque hablan de Gaza, sí. Pero también de todos los lugares donde el ser humano teme, extraña, espera y se rompe. Hablan de esa verdad sencilla y brutal: que nadie está a salvo de amar, y por tanto nadie está a salvo de perder.
Quizá esa sea la gran tarea de quienes estamos aquí: continuar viviendo, pero no como si nada. Cumplir con nuestras obligaciones sin apagar el corazón. Habitar nuestros techos firmes recordando a quienes resisten bajo techos frágiles.
Desde este lado del mundo, muchas veces no sabemos qué hacer con todo lo que sentimos. La culpa puede aparecer al abrir un grifo de agua caliente, al tener comida, abrigo, silencio. La impotencia se vuelve física. Seguir funcionando puede parecer una traición, pero detenerse tampoco ayuda a nadie.
Entonces, sólo queda una forma honesta de estar: no desconectarse. Impedir que Gaza se convierta en una noticia más. Recordar que detrás de cada cifra hay un rostro. No dejar que la distancia anestesie el vínculo ni que la rutina borre la conciencia.
Quizá esa sea la gran tarea de quienes estamos aquí: continuar viviendo, pero no como si nada. Cumplir con nuestras obligaciones sin apagar el corazón. Habitar nuestros techos firmes recordando a quienes resisten bajo techos frágiles. Mirar la lluvia sabiendo que no cae igual sobre todos.
Cuando esa conciencia entra, transforma la manera de estar en el mundo. Una mesa llena ya no es solo una mesa llena. El silencio de una casa segura adquiere otro peso. Una noche tranquila se vuelve un privilegio inmenso. La palabra hogar se pronuncia con más cuidado.
Gaza cambia el significado de las cosas simples. Un techo deja de ser una estructura y se convierte en milagro. El pan deja de ser alimento y se convierte en dignidad. El agua deja de ser costumbre y se convierte en vida. Un mensaje deja de ser texto y se convierte en prueba de existencia. Una llamada deja de ser comunicación y se convierte en puente entre dos mundos.
Por eso las palabras de Hamdy no solo hablan de quienes están allí. También hablan de quienes, estando aquí, ya no pueden mirar desde la distancia cómoda de antes. Hablan de esa humanidad común que se despierta cuando comprendemos que el otro no es una abstracción. Podría ser nuestra madre, nuestro hermano, nuestro hijo, nuestro amigo. En realidad, es una versión posible de nosotros mismos colocada por el azar en otro punto del mapa.
La casualidad del nacimiento nos entregó techos distintos. Pero no corazones distintos.
Quizá no podamos cambiar la geografía. Pero podemos impedir que la geografía decida cuánto importa una vida. Podemos negarnos a vivir desconectados.
Cuando una persona en Europa comprende eso de verdad, algo se rompe y algo nace al mismo tiempo. Se rompe la ilusión de separación. Nace una responsabilidad más profunda. Sentir pena ya no basta. Mirar tampoco. Decir “qué terrible” se queda pequeño. El corazón empieza a pedir coherencia, presencia, memoria, acción.
Quizá no podamos cambiar la geografía. Pero podemos impedir que la geografía decida cuánto importa una vida. Podemos negarnos a vivir desconectados.
Hamdy habla de la unidad de los corazones.
Y desde este lado del cristal solo puedo responder que sí. Que es verdad.
El miedo no tiene nacionalidad.
La pérdida no tiene pasaporte.
El hambre no entiende de fronteras.
La esperanza no pertenece a un solo pueblo.
Y el corazón humano, cuando tiembla, cuando espera, cuando se rompe o cuando resiste, habla siempre un idioma común.
La geografía puede repartir circunstancias desiguales. Pero no puede fabricar corazones distintos.
Quizá la verdadera conciencia empieza exactamente ahí: cuando dejamos de mirar al otro como alguien lejano y comprendemos, por fin, que bajo cualquier techo, bajo cualquier cielo, bajo cualquier lluvia, vive una versión posible de nosotros mismos.
Una sola familia humana.
Separada por mapas.
Sostenida por la esperanza.
Y atravesada, todavía, por esa verdad sencilla que nadie puede negar: la unidad de los corazones.
Os animo a que sigáis en esa línea. Hace falta.
Gracias Carlos por tu comentario.
Los artículos de Amaya y Hamdy son siempre un baño de realidad que nos recuerda que hay que seguir luchando para que todos tengamos los mismos derechos y que no se nos olvide que, mientras un ser humano no pueda vivir libre, ninguno podremos hacerlo. Igual de duro que de real.
Aproximadamente, publicamos un artículo de ellos cada mes. Te animamos a que sigas leyéndolos y, si te apetece, nos vayas comentando tus impresiones. ¡Nos encantará leerlas!