La tormenta envuelta en silencio

Lo más horrible de la vida es que el ser humano viva sin esperanza, sin un propósito, e incluso sin el deseo de vivir; llegar a niveles tan aterradores de desesperación que lo vuelvan incapaz de asimilar que existe una oportunidad de que su vida mejore en el futuro. Esto es exactamente lo que está sucediendo en Gaza: se ha obligado a la gente a desesperar, a perder la esperanza y a ser despojada de su humanidad.

Cuando rodeas a dos millones de personas en un área que no supera los 70 kilómetros cuadrados, donde el 80% está destruido y es inhabitable, y los bombardeas cada día mientras los privas de su derecho al tratamiento médico, a la educación y a viajar, todo esto nos conduce a un resultado inevitable: perder la esperanza en Gaza se ha convertido en la regla general, una norma que rara vez se rompe.

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Y a pesar de todo esto, Gaza ya no encabeza las pantallas de noticias porque alguien, luciendo su traje oficial, salió a decir que la guerra allí ha terminado. Sin embargo, el niño que viste ropa andrajosa y zapatos rotos, el que hace fila para conseguir agua durante el día y por la noche se prepara en su tienda para que su sangre se convierta en el alimento de mosquitos y pulgas; el niño que ha sido privado de su derecho a la educación, a jugar y a tener un hogar que lo cobije, el mismo sobre cuya cabeza pasan balas perdidas cada día y que se aterroriza al escuchar el bombardeo de una casa o de un automóvil… ese niño tiene otra opinión.

Hamdy Abu Sido, ciudadano de Gaza y fotógrafo profesional Por Hamdy Abu Sido, fotógrafo profesional y coordinador en Gaza de Hope Palestina

Y como dice Hamdy, desde que ese abominable hombre con traje decidió contarle al mundo que la guerra se había acabado, empezó quizá una de las formas más crueles de violencia: la de obligar a quienes siguen bajo las bombas a demostrar que todavía están siendo destruidos.

Porque, ¿cómo se atreve alguien que no está en Gaza a contarle al mundo entero lo que ocurre en Gaza? ¿Cómo se atreve alguien que no oye los drones, que no siente el suelo temblar, que no recoge cuerpos, que no duerme con miedo, que no busca agua, que no tiene a sus hijos bajo las bombas, a presentarse como dueño de una verdad que no está viviendo? Y peor aún: ¿cómo se atreve el mundo a creer antes a quien habla desde fuera que a quienes están dentro, sangrando, huyendo, enterrando, sobreviviendo?

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Es como si llamas a alguien que vive en otro país y te dice que está lloviendo. Que está empapado. Que el agua le entra por las ventanas. Que la calle se está inundando. Que ya no sabe dónde refugiarse. Y tú, desde tu sofá seco, decides corregirlo: “No, allí no llueve”.
Entonces esa persona te enseña el agua subiéndole por las piernas. Te enseña la casa inundada. Te enseña cómo intenta sacar a sus hijos en brazos mientras la corriente lo arrastra todo. Te enseña, en directo, que se está ahogando. Y aun así tú sigues diciendo: “No. No está lloviendo”.

Pero lo más monstruoso no es solo que un hombre seco niegue la tormenta. Lo más monstruoso es que toda la comunidad internacional mire la imagen, vea el agua, vea el cuerpo hundiéndose, vea a un pueblo entero ahogándose en directo, y aun así repita: “No. No está lloviendo”. Eso ya no es ignorancia. Es una ceguera colectiva, voluntaria y profundamente inmoral. Porque cuando alguien te dice “Me están bombardeando”, no necesitas que un traje lo confirme.

Cuando un pueblo te dice “Nos están matando”, no necesitas una rueda de prensa para autorizar su dolor. Y cuando, aun viendo los cuerpos, los escombros, el hambre, los hospitales destruidos, los niños enterrados bajo sus casas y las familias transmitiendo su propia muerte en directo, decides seguir creyendo al poder antes que a las víctimas, ya no estás confundido. Estás eligiendo. Y cuando eliges taparte los ojos ante un pueblo que está siendo enterrado vivo, ya no eres espectador: eres parte de la tierra que lo cubre.

Quizá solo entenderás la gravedad de tu silencio el día en que seas tú quien grite que se está ahogando y el mundo te responda, mirándote a los ojos, que no está lloviendo.
Quizá bastarían solo cinco minutos dentro de Gaza para que toda tu narrativa se derrumbara: porque allí no tendrías tiempo de negar la lluvia, solo de correr para que no te enterrara.

Amaya Ferrer González (España). Fundadora de Hope Palestina Por Amaya Ferrer González (España). Fundadora de Hope Palestina

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Hamdy Abu Sido y Amaya Ferrer González
Hamdy Abu Sido y Amaya Ferrer González
Hamdy A. H. Abu Sido es ciudadano de Gaza y fotógrafo profesional. Licenciado en Lengua Árabe con especialización en Medios y Comunicación por la Facultad de Artes y Ciencias Humanas de la Universidad Al-Azhar de Gaza. Amaya Ferrer González es especialista en duelo y fundadora de Hope Palestina.

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Hamdy A. H. Abu Sido es ciudadano de Gaza y fotógrafo profesional. Licenciado en Lengua Árabe con especialización en Medios y Comunicación por la Facultad de Artes y Ciencias Humanas de la Universidad Al-Azhar de Gaza. Amaya Ferrer González es especialista en duelo y fundadora de Hope Palestina.

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