Fraternidad en medio del fuego

En esta ocasión, es Ahmed Gazhi, ciudadano de Gaza, quien acompaña a Amaya Ferrer en su segundo artículo.

Hay vínculos que nacen en la calma.
Y otros nacen en el corazón del fuego, cuando la vida deja de darse por sentada.
Hope Palestina nace de algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy difícil de sostener: la imposibilidad de mirar hacia otro lado ante el genocidio que está ocurriendo en Gaza.
Es una organización de voluntariado internacional, pero, sobre todo, es un espacio donde lo que une a las personas no es una ideología, sino algo mucho más básico: lo insoportable que resulta el sufrimiento ajeno cuando se siente de verdad.
Desde ahí, tratamos de dar una respuesta humana.
Visibilizando.
Acompañando.
Sosteniendo.

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No funcionamos como una base de datos.
Somos un puente. Un puente entre personas que quieren ayudar y familias que necesitan ser vistas, escuchadas y acompañadas. Cuando una familia entra en el proyecto, no queda registrada en un sistema.
Nos conocemos.
Hablamos.
Nos vemos en videollamadas.
Escuchamos sus historias.
Y a partir de ahí, ocurre algo que no se puede forzar: se crea un vínculo.
Un vínculo humano, donde las familias son acompañadas por sus padrinos y madrinas: personas a las que les duele Gaza y deciden implicarse.
De humano a humano.

Así es como conocí a Ahmed Ghazi y a su familia, una de las primeras en formar parte del proyecto.
Y así empezó todo.
Desde algo muy concreto: estar.
Estar en lo difícil.
Estar cuando había que decidir.
Estar cuando no había respuestas fáciles.
Ahmed vive en Gaza.
Y cuando digo Gaza, hablo de bombardeos, de pérdidas constantes, de noches atravesadas por el miedo, de una vida que deja de darse por sentada.
En ese contexto, hay algo que sigue ocurriendo: dar.
Dar cuando falta todo.
Dar incluso cuando uno mismo está sosteniendo su propio miedo y el de su familia.

Con el tiempo, hubo tres cosas que se hicieron claras en nuestro vínculo: la confianza, la determinación y la admiración.
Pero, por encima de todo, hay algo que atraviesa esta historia y que me importa que se entienda:
los vínculos que pueden nacer en estos contextos trascienden todo.
La distancia.
El idioma.
La cultura.
La religión.
Incluso el propio contexto.
Porque cuando dos personas se encuentran en lo esencial, todo lo demás deja de ser una barrera.
Y eso es lo que ha ocurrido aquí.

Ahmed forma parte del equipo de dirección de Hope Palestina, donde tomamos decisiones que afectan directamente a la vida de familias concretas.
Junto con otros coordinadores dentro de Gaza, forma parte de la columna vertebral de Hope Palestina.
Y ese nivel de responsabilidad no es ligero.
Ha habido momentos en los que sostener todo esto se me ha hecho muy difícil.
No solo por la carga organizativa, sino por el nivel de exposición al trauma.
Ha sido abrumador.
He visto personas morir en directo.
He presenciado ataques.
Me he despedido de familias en medio de disparos.
Y, aun así, hay algo dentro de mí que ha seguido adelante.
Algo que no sé explicar del todo, pero que me ha permitido no soltar.
Y es precisamente ahí donde esta historia cambia.
Porque en esos momentos, yo también he sido sostenida.
Por Ahmed.
Y por otras familias.

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Cuando hablo de acompañamiento, hablo de esto.
De que no hay un lado que da y otro que recibe.
Hay un sostén mutuo.
Yo también he estado a su lado.
En medio de bombardeos.
En medio de pérdidas.
Y nunca nos hemos soltado.
Pero hay algo más que no se puede dejar fuera.
Ahmed no es solo parte de un proyecto.
Es un padre.
Un padre que cada día sostiene el miedo y la incertidumbre de su familia.
Amal, su compañera, y sus cuatro hijos son el centro de todo.
Y ahí la admiración se vuelve inevitable.
Porque sostenerse ya es difícil.
Pero sostener a otros en medio de todo esto…
eso es profundamente humano.

Niños gazatíes juegan con su cometa sobre los escombros de una Gaza destruida por la guerra.

Y hay un deseo que aparece una y otra vez: el de poder abrazarlos.
De poder estar allí sin una pantalla de por medio.
De poder mirarlos a los ojos y que no haga falta decir nada más.
Para mí, Ahmed es mi hermano mayor espiritual.
No desde la idealización, sino desde lo vivido.
Desde la confianza que no se rompe.
Desde la determinación compartida cuando todo tiembla.
Y desde una admiración profunda que nace de verlo sostener la vida, incluso cuando todo alrededor amenaza con romperla.
A veces me cuesta ponerle nombre a lo que despierta en mí…
pero sé que no es solo mío.
Todas las madrinas y padrinos que lo acompañan hablan de él con el mismo cariño, con esa mezcla de respeto, admiración y algo más difícil de explicar… eso que nace cuando alguien te toca el alma.

En un mundo que insiste en separarnos, hay vínculos que hacen exactamente lo contrario.
Lo que nos une no es pensar igual ni venir del mismo lugar.
Es reconocernos en lo esencial.
Y quizá ahí esté la verdadera fraternidad.
No en lo que se dice, sino en lo que se sostiene cuando la vida arde… y, aun así, elegimos no soltarnos.

Y si algo he aprendido en todo este proceso es que estos vínculos no son una excepción.
Se pueden crear.
A veces, solo hace falta dar el paso.
Acompañar a una familia desde este lugar no es solo una forma de ayudar.
Es una experiencia profundamente transformadora.
Porque el vínculo que se crea está lleno de humanidad, de amor y de verdad.
Y nadie está solo en ese proceso.
Todo está diseñado de forma profesional para que tengas las herramientas para hacerlo.
Para sostener.
Para acompañar.
Para cuidar también a quienes deciden implicarse.
Porque aquí no se trata solo de ayudar.
Se trata de encontrarse.
Y si algo sé con certeza, es que en algún lugar del mundo hay un hombre al que llamo hermano sin compartir sangre, pero compartiendo algo mucho más difícil de encontrar: una fraternidad nacida en el corazón del fuego.
Y que, pase lo que pase, incluso cuando todo arde, nunca nos hemos soltado… ni nos vamos a soltar.

Amaya Ferrer González, especialista en duelo y fundadora de Hope Palestina. Por Amaya Ferrer González

Ahmed Gazhi, auditor de empresas y coordinador de Hope Palestina en Gaza, con su hija pequeña Salma.
Ahmed Gazhi con su hija pequeña Salma.

Quizás desde aquí puedo decir algo desde el otro lado de este puente.
Desde Gaza, donde las historias no se escriben con tinta, sino con lo que atravesamos cada día.
Aquí no buscamos compasión, ni esperamos que alguien venga a salvarnos.
Solo intentamos sobrevivir… y aferrarnos a lo que queda de nuestra humanidad en medio de todo esto.
Cuando estos vínculos comenzaron a formarse, no nos sentimos como “casos” que reciben ayuda, sino como personas que, por fin, eran vistas.
Como si alguien realmente nos escuchara… no desde la obligación, sino desde un sentir profundo.
Y eso lo cambia todo.

Porque lo más difícil de esta guerra no es solo el miedo o la pérdida, sino la sensación de que podrías desaparecer… y ser olvidado.
Pero aquí, no fuimos olvidados.
Cada mensaje, cada llamada, cada gesto de presencia… nos repetía una verdad sencilla: no están solos.
Con el tiempo, dejó de existir un lado que da y otro que recibe.
Se convirtió en algo compartido… un espacio donde todos nos sostenemos.
Ellos nos sostienen, y nosotros también los sostenemos a ellos.

Puede parecer difícil de entender, pero incluso desde el dolor, el ser humano sigue siendo capaz de dar.
De sostener… incluso cuando está roto.
Y fue ahí donde viví otro tipo de shock.
No el de la guerra, sino uno más profundo: cultural, moral… inesperado.
Crecí creyendo que los lazos de sangre son los más fuertes.
Que la familia es el primer refugio cuando todo se derrumba.
Y tenía muchos familiares, dentro y fuera de Gaza… personas que yo creía que eran una certeza. Pero la realidad fue otra.

Me dolió descubrir que no encontré ese sentimiento en ellos, esa cercanía que siempre creí natural. Y, sin embargo, la encontré en otros.
Personas que no son de mi sangre, ni de mi familia, ni de mi pasado. Personas que sienten nuestro dolor… nuestro miedo… como si les perteneciera. Más cerca que muchos de los lazos con los que crecí. Ellos se convirtieron en el apoyo.
En la familia.
Son quienes preguntan por nosotros, quienes nos tranquilizan, quienes permanecen… a pesar de la distancia.

Amaya fue la primera.
Me dijo: “No te voy a dejar solo. Voy a quedarme a tu lado”.
Y durante mucho tiempo… no supe cómo entenderlo.
Me preguntaba: ¿Por qué ella sí?, ¿y por qué otros, más cercanos por sangre, no?
¿No nos enseñaron que la sangre es lo más fuerte?
Pero con el tiempo… entendí.

Niños gazatíes juegan con su cometa en la Franja de Gaza

Hay un vínculo que va más allá de todo eso.
Más profundo que la sangre, más amplio que la religión, más verdadero que cualquier identidad.
Un vínculo espiritual… imposible de explicar con palabras.
Es sentir el dolor de otro ser humano, aunque no lo conozcas.
Es que algo dentro de ti responda… sin شروط (condiciones).

De Amaya aprendí algo que no habría aprendido ni viviendo otra vida: cómo sentir el dolor ajeno, cómo despojarse de todo… para quedarse con una sola verdad: que somos humanos, creados por el mismo Creador, y de la misma alma.
Hoy, cuando miro estos vínculos, no veo un proyecto.
Veo una familia.
Una familia que no está unida por la sangre, sino por una elección… la de quedarse.
A pesar de todo.
Y quizás eso es lo que realmente significa todo esto: que incluso en el corazón del fuego, no hemos perdido la capacidad de amar… ni de sostenernos unos a otros.
Y pase lo que pase… no nos vamos a soltar.

Ahmed Gazhi. Auditor de empresas y coordinador de Hope Palestina en Gaza Por Ahmed Gazhi

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Amaya Ferrer y Ahmed Ghazi
Amaya Ferrer y Ahmed Ghazi
Amaya Ferrer González es especialista en duelo y fundadora de Hope Palestina. Ahmed Ghazi es auditor de empresas y coordinador de Hope Palestina en Gaza.

4 COMENTARIOS

  1. Maravilloso artículo lleno de esperanza. A pesar de todo, la empatía y el amor es lo que mueve el mundo. Gracias a ambos por mostrar y tener tanta Humanidad

    • ¡Hola Alicia!
      Totalmente de acuerdo. La empatía y el amor son los lenguajes universales que mueven el mundo y conectan a las personas que todavía saben mirar desde la humanidad que nos hace a todos iguales.
      Mientras sigan existiendo, hay esperanza.
      Gracias por tu comentario.

  2. Excelentes testimonios. Hope Palestina cubre un hueco esencial de humanidad, unas ausencias que a otras organizaciones, por su mayor volumen y burocracia, se les puede escapar. Una labor encomiable, de David ante Goliath.
    Gracias.

    • Gracias por tu comentario, Tony.
      Muchas veces se hace más desde lo pequeño que desde lo grande. Cuando lo que de verdad importa es mejorar la vida de las personas y hacer que el amor y el derecho a poder vivir libre en tu tierra triunfen, no hay nada que te pare.
      Mientras podamos, su voz seguirá sonando en Fusión Asturias.

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