El arte de vivir

“Lo menos frecuente de este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe”
(Oscar Wilde)

Y es que la vida no se resuelve sola, la vida solo nos ofrece el escenario y nosotros vamos creando nuestro rol a través de la interacción con los demás personajes. Tenemos la oportunidad de ser creadores, de experimentar sensaciones y emociones según lo que vamos haciendo, de buscar fórmulas. Y de adquirir conocimientos.
En definitiva, ser artistas de vida.

Partimos del filósofo francés Roger-Pol Droit (1949) que como nadie y a través de experiencias filosóficas introduce la filosofía dentro de nuestros hogares, de nuestra rutina… La filosofía que propone este autor nos está esperando en cualquier rincón. Y nos las propone desde un lenguaje cotidiano que desprende positivismo y humor.

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En el libro “101 experiencias de Filosofía cotidiana” pone en nuestras manos experiencias que cada uno de nosotros podemos realizar, practicar. Podemos elegir las que nos convengan y a partir de ese conocimiento también nosotros somos o podemos ser, creadores de experiencias.

Todo este “corpus” filosófico que el autor nos propone es producto de vivencias, experiencias, observaciones y reflexiones.
Concretamente a partir de dos cuestiones fundamentales:

  1. Plantearse la siguiente cuestión: ¿Qué haría usted si solo le quedara una hora de vida? Porque es este tiempo, el momento de la verdad, ya nadie hace trampas y nadie necesita mentir. Es a través de la respuesta a esta cuestión donde descubrimos qué nos gustaría hacer, a quién ver, de quién despedirnos. Traslademos esas respuestas a nuestro hacer antes de que sea demasiado tarde.
  2. Segunda cuestión: el ejercicio de “volver a ser niño”, viajar a nuestra infancia para recuperar aquello que define al niño: su espíritu lúdico y creativo, inocente y alegre. Porque la infancia puede ser un tiempo pasado pero el espíritu de la infancia es un recurso perpetuo.
    En todo caso es la oportunidad de experimentar momentos únicos, diferentes, mágicos.

Algunas de las experiencias que el autor propone son:

  1. Correr por un cementerio. Durante una hora. Efecto piadoso. Moverse entre gente petrificada. Nosotros escapando de la muerte. Descaro. Irresponsabilidad. Sentir ese desdoblamiento vida/ muerte.
  2. Observar el movimiento de las hormigas. El trabajo, la organización, el trasporte de hierbas, el esfuerzo, la constancia. Efecto reflexivo. Media hora.
  3. Caminar a oscuras. Experiencia en la que la seguridad desaparece. Observe su cuerpo que se pone en alerta, los brazos preparados, como más extendidos por si hay que apartar algún peligro… Todo es igual pero el entorno se ha vuelto hostil, es el tiempo de las sombras y los miedos.

En el libro, tal como dice su título, pone 101 experiencias en nuestras manos, cada cual elige la que le atraiga, y a partir de ellas se trata de sumar.

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Y para sumar yo sugiero la siguiente: “saque sus fotos de la caja de galletas”, media hora. Vaya mirándolas y anote lo primero que se le ocurra. ¿Qué le sugiere la foto, el rostro, los ojos? No se trata de describir dónde estaba y con quién, se trata de descubrir emociones, sentimientos, alegría, lágrimas, inocencia, decepción…
Una experiencia gráfica que recorre nuestra vida, un trayecto de vida, un ejercicio que nos recuerda cómo se va construyendo una persona, la persona que hoy soy. No renuncie a nada, no esconda nada, no haga trampas. Y, de paso, vaya rescatando al niño que fue, al adolescente que fue, los sueños que tuvo. Aquellos tiempos están dentro de nosotros.
¿Qué descubrió con este experimento? Esa es la cuestión.
Otro día puede repetir la experiencia con cartas, con notas, con lo que tenga guardado en esas “cajas” que abrigan nuestra historia.

La segunda experiencia que propongo tiene que ver con la belleza del entorno, con la creatividad.
Cuenta la historia que una mujer cualquiera, en cualquier país del mundo, que tenía un único deseo: hacer bello el lugar por donde pasaba diariamente, convertir el trayecto en un paseo alegre mediante el lenguaje del color… un regalo a los sentidos. Para ello iba sembrando semillas, sencillamente.
Poco tiempo después las semillas se convirtieron en hermosas flores que ofrecían al caminante una explosión de color y olor.
Este ejercicio es muy fácil de hacer, pero a partir de la idea, podemos hacer lo mismo o hacer nuestro propio experimento.

Cuento mi propia experiencia:

Hay personajes, en todas las artes, sea en la música, la pintura, la escultura, etc. que nos llegan al corazón, que nos fascinan y suele ocurrir entonces que tratamos de conocerlos, de acercarnos a su vida.
Así que un personaje que me fascina, entre otros obviamente, fue el pintor neerlandés Vincent van Gogh que alcanzó fama después de su muerte, con la venta de “Los girasoles” casi cien años después.
Fue un pintor prolífico que pintó unos 900 cuadros e hizo más de 1.600 dibujos a través de los distintos periodos de su vida: Realismo, Impresionismo…
Una figura central en su vida fue su hermano Theo, marchante de arte en París, quien le apoyó económicamente de manera continua. El único cuadro que en vida vendió, fue a través de su hermano.

Pero vamos a mi experiencia filosófica:
Vincent van Gogh pasó los últimos meses de su vida en Auvers Sur Oise, un pueblecito francés a unos 35 Km de París y fue allí donde decidió su muerte. En aquel lugar se encuentra, en “abierto”, el hostal donde se alojaba y donde despidió su vida. Allí se encuentra la casa del doctor Gachet, que lo atendió en vida y en el lecho de muerte; y allí se encuentra su tumba, junto a la de su hermano (que falleció 6 meses después y que, se supone, también puso fin a su vida voluntariamente).
Pues bien, mi deseo era visitar su tumba. La tumba de los hermanos y allí fui, pero ¿cuál fue mi locura filosófica, mi experiencia? Pinté, con mil amores, una teja con girasoles y a Francia me dirigí. La teja viajó a París, estuvo alojada durante días en el Hotel Aida Marais aunos 200 metros de la Plaza de la República… y un día, después de haber pateado París durante varios días, mi marido y yo cogimos el tren en dirección a Auvers Sur Oise. La teja se quedó en la tumba de los hermanos (la gente lleva girasoles), pero los míos tenían un soporte material y fue muy curioso observar a la gente fotografiando la tumba y, de paso, la teja.  
No sé el tiempo que habrá durado la teja allí o si aún está, pero fue una experiencia que jamás olvidaré. Espero volver.

Practico “a pies juntillas” las teorías que sugiero. En todo caso, camino tras la utopía. Porque, en la imaginación también está nuestra vida.

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