Hay personas que sienten el mundo con una intensidad que a veces les desborda. Perciben matices, emociones y sutilezas que a otros nos pasan desapercibidos. Juan Carlos Carrasco es una de ellas. Durante años vivió esa sensibilidad como una rareza hasta descubrir que tenía un nombre y no era un defecto, sino un rasgo: la alta sensibilidad. Hoy acompaña y ayuda a quienes viven lo mismo y acaban de descubrirlo. Su libro Ser altamente sensible busca precisamente eso, ofrecer comprensión, alivio y una mirada honesta sobre un rasgo que afecta a una de cada cinco personas.
-¿Cómo recuerdas el momento en el que sentiste que tu forma de estar en el mundo era distinta? ¿Qué emoción te viene cuando vuelves a ese momento?
-Es tan primigenio que no te lo sabría definir en un momento concreto. Fue una forma de estar en el mundo difícil desde la infancia en aquellos años 80. Veía que la mayoría de los chicos eran más violentos, poco empáticos y yo, es como si entendiera mucho mejor lo que estaba bien y lo que estaba mal. Sentía que era diferente y eso de la sensibilidad, a nivel global, se ve como una debilidad. Me camuflé muy bien, nunca me pegaron, tenía muchos amigos… sobreviví fabricando un personaje sabiendo que era totalmente diferente a los demás. Era algo de origen, de nacimiento.
-Si pudieras volver a ese niño que eras, ¿qué le dirías hoy para aliviarle el camino?
-Yo creo que lo que deberíamos de decirle a cualquier niño es que está bien que sea él, que no tiene que modificarse ni ajustarse a estándares, aunque pueda cometer errores. Si el niño es altamente sensible, hay que validarle, poner límites como a cualquier otro niño porque le va a venir bien para tener referencias de cómo actuar, pero sobre todo es importante cuidar su autoestima. Ayudarle a que entienda que esa sensibilidad y esa empatía son naturales, y que no pasa nada por ser así.
-Comentas que la gran trampa del rasgo es intentar ser como el resto. ¿Recuerdas el momento en el que dejaste de luchar contra ti mismo?
-Sí, claro que lo recuerdo. Fue hace más de diez años, coincidiendo con un momento vital complicado, difícil, de preguntarte realmente quién eres y quién se supone que debes de ser… eso es un proceso agotador. Hay un momento donde descubres que hay algo dentro de ti que te dice que no es por ahí. En mi caso al descubrir el rasgo, todo empezó a encajar. Es muy habitual, es una especie de click donde ves que de repente todo cobra sentido. A veces aparecen grandes crisis, sobre todo en personas que lo descubren ya mayores y se frustran porque han desperdiciado su vida, pero lo habitual es que la persona consiga entrar en equilibrio y dejándose ser.
«Cuando era pequeño veía que la mayoría de los chicos eran más violentos, poco empáticos, y yo, es como si entendiera mucho mejor lo que estaba bien y lo que estaba mal. Sentía que era diferente, aunque eso de la sensibilidad, a nivel global, se ve como una debilidad»
-En tu libro señalas que hay muy poco material sobre las Personas de Alta Sensibilidad (PAS) pese a que una de cada cinco lo es. ¿Qué te llevó a escribirlo?
-Me dedico a esto porque necesitaba respuestas. Había un par de libros y la información en redes sociales era escasa. Indagué tanto que acabé dedicándome a ello. El libro pretende facilitar que la información sea digerible, fácil de leer y entender, tanto para quien es PAS como para quien no lo es. Falta mucho por investigar, pero reuní los estudios más destacados y los organicé para que cualquiera pueda comprender el rasgo.
-Desde tu experiencia personal, ¿qué es lo que más duele cuando aún no sabes que eres PAS?
-La desconexión con el otro, sentir que estás en otro registro. Tu elevada empatía te permite conectar con lo que la otra persona siente, pero el otro no es capaz de conectar contigo como a ti te gustaría. Es como si faltara algo, no llega a entenderte totalmente. Es un sentimiento generalizado que genera frustración y lejanía. Las PAS necesitamos justo lo contrario, conectar desde lo profundo, no hablar del tiempo, sino de cómo se siente el otro, qué necesita.
-¿Qué te gustaría que la sociedad entendiera sobre las PAS?
-Digamos que es un poco la lucha de una minoría cuya función sería el darse a los demás. Ser la cohesión del grupo, ser la empatía. La sensibilidad es lo que nos hace humanos, diría que no se pisotearan esas “flores”. La sensibilidad está mal vista. Nos educan para que seamos “buenos”, pero si eres bueno te dicen que eres tonto… Yo les diría que en vez de pretender que esas personas cambien se fijaran más en ellas, aprendieran de ellas, las escucharan… Hay personas que llegaron a mi consulta convencidas de que tenían un problema cuando lo que necesitan es información personalizada, acompañamiento, aceptarse a sí mismas, eliminar convicciones y quererse. Cada persona es un viaje distinto, pero los patrones son muy parecidos; luego está la genética, lo que haya vivido cada persona, pero hay claves en las que tropiezan casi todas las PAS, espejismos, patrones parecidos… y es un gusto acompañarlos en ese proceso que yo también he vivido. Lógicamente, no puedo dar nada por hecho. Es un acompañamiento.
«Tu elevada empatía te permite conectar con lo que la otra persona siente, pero el otro no es capaz de conectar contigo como a ti te gustaría. Es como si faltara algo, no llega a entenderte totalmente. Es un sentimiento generalizado que genera frustración y lejanía»
-¿La soledad fue un refugio, un castigo o te llevó a descubrir algo?
-En un primer momento era como vivir en un desierto rodeado de personas. Antes lo sentía así, ahora no. Entender el rasgo y aceptarlo es lo que hace que todo eso se desvanezca. Es comprender que estás en otro registro, que tu elevada empatía es capaz de conectar contigo. Es como una incongruencia, tú entiendes al otro, le aconsejas, pero el otro no es capaz de conectar contigo. Aunque lo pretenda, no llega a entenderte. Por lo general sentimos que falta algo ahí, hay desconexión con el otro y eso es lo más doloroso porque nosotros necesitamos conectar con el otro desde lo profundo, no hablar del tiempo, hablar de cosas realmente importantes: cómo se siente la otra persona, qué necesita, qué puedo aportarle.
-¿Qué relación tienes hoy con tus emociones? ¿Te suponen un desafío o una brújula?
-¡Una brújula absoluta! Entender todo esto ha hecho que mis emociones no sean de la intensidad habitual en las PAS. Diría que tengo más control que personas que no lo son incluso. He trabajado mucho para entender que no hay emociones buenas ni malas, ver qué hay detrás de las cosas y sobretodo, ser amable conmigo mismo. Ahora tengo una relación muy buena con ellas.
-A tu consulta supongo que llegarán personas convencidas de que tienen un problema. ¿Qué es lo primero que intentas que comprendan?
-Les doy información personalizada sobre el rasgo según sus características. El acompañamiento busca que la persona se acepte a sí misma y viva un camino similar al mío. Cada cliente es un viaje a su interior distinto, pero los patrones son parecidos, muchas convicciones que tienen son espejismos. Les acompaño, vemos qué hay ahí y también si podemos despejarlo hasta que la persona se encuentre a sí misma y explote sus capacidades.
«Hay personas que llegaron a mi consulta convencidas de que tenían un problema cuando lo que necesitan es información personalizada, acompañamiento, aceptarse a sí mismas, eliminar convicciones y quererse. Cada persona es un viaje distinto, pero los patrones son muy parecidos»
-Después de tantos años de estudio y acompañamiento, ¿sigues sorprendiéndote y conociendo más cosas de ti mismo?
-Sí, pero lo vivo con naturalidad. Son cosas sutiles de la vida cotidiana, la experiencia personal también suma. Percibo cosas que aún me sorprenden, pero sé de dónde vienen. Esa es una de las cosas más maravillosas de la vida, nunca terminas de aprender.
-Dices que ser PAS puede ser el romance más increíble o la mayor tragedia. ¿Por qué?
-Personalmente he vivido ambas. Ahora estoy en romance y espero que sea para siempre, pero he tenido grandes crisis. Vivimos todo con mucha intensidad, el enamoramiento, la entrega… damos el 150 %. Y, por otro lado, los duelos –rupturas, pérdidas, incluso de mascotas– son mucho más duraderos y difíciles de afrontar que para el resto de la gente.
-¿Cómo se vive esa sobreestimulación de la que hablas en el libro? ¿Qué ocurre en el cuerpo y en la mente?
-Todos nos sobreestimulamos, pero una PAS tiene el umbral más bajo. Es similar al estrés, pero para que se visualice, es más intenso y frecuente y dependiendo de la situación vital, puede tener consecuencias físicas y mentales. En trabajos de alta exigencia, se vienen abajo antes que los demás. En la adolescencia, cuando salen mucho –varios días seguidos–, ven que los demás aguantan más y ellos tienen que parar. El desgaste cognitivo es mayor.
«Las PAS necesitamos conectar con el otro desde lo profundo, no hablar del tiempo, hablar de cosas realmente importantes: cómo se siente la otra persona, qué necesita, qué puedo aportarle»
-Hay personas que se identifican como supersensibles sin ser PAS. ¿Cuál es la diferencia?
-Todos tenemos empatía en mayor o menor medida, pero digamos que hay una parte de personas altamente sensibles que están al otro lado del espectro. ¿Cómo identificarlo? Hay cuatro pilares para reconocerlo: procesamiento profundo de la información, emocionalidad y empatía, sensibilidad a las sutilezas y sobreestimulación. Tienen que estar todos estos elementos presentes. Las consultas de los psicólogos están llenas de Personas Altamente Sensibles, necesitamos más conexión con el otro.
Hoy todos nos comemos la cabeza, tenemos emociones, pero las PAS están en el extremo del espectro. También hay personas con traumas que parecen sensibles sin serlo. Hay que observar con calma. Si alguien dice “de un tiempo a esta parte me siento más sensible”, es una bandera roja: ser PAS se siente desde la infancia.
-Defiendes que la alta sensibilidad es una estrategia en la evolución del hombre. ¿Qué papel cumple hoy en esta sociedad tan acelerada?
-Poco tiene que hacer. Estamos fuera de juego en una sociedad que avanza hacia el individualismo y la desconexión. Estamos hiperconectados, pero en el fondo más desconectados que nunca. Las PAS sufren más porque necesitan conexión profunda. Dentro de un grupo, su función es ser la conciencia, la empatía, la coherencia. En empresas esto no se explota, pero una PAS en equilibrio es un líder excepcional porque cohesiona, evita conflictos, extrae lo mejor de cada persona.
El mundo va hacia otro lado, ha cambiado nuestro entorno en décimas de segundo y nuestra respuesta dentro de esta dinámica ha variado con el tiempo para asegurar nuestra supervivencia. Hay que “escuchar” todos los días para actuar en consecuencia.
«Percibo cosas que aún me sorprenden, pero sé de dónde vienen. Esa es una de las cosas más maravillosas de la vida, nunca terminas de aprender»
-En tus sesiones insistes en que la clave no es la intensidad emocional, sino cómo se interpreta. ¿Cómo se aprende a reinterpretar esas emociones?
-Pues con tiempo y mucho trabajo. Tengo formación como coach y la aprovecho. Cuestiono mucho las afirmaciones de la persona, pido pruebas. A veces encontramos que no hay nada detrás o que está mal interpretado. Otras, aparecen cosas que hacen un mapa más cercano a la realidad. En cualquier caso, la persona no se anula, descubre quién es y se deja ser.
-¿Qué experimentas en esos procesos, son también personales?
-Aprendo muchísimo de mí mismo. Hay clientes que me dicen que tengo que acabar loco de escuchar cada día a tantas personas, pero es al revés, es como una terapia personal, me genera satisfacción, sentido vital y equilibrio. No paro de aprender.
-¿Este libro no te ha supuesto desnudarte en algún momento?
-No, la verdad es que he vivido todo con mucha naturalidad. Utilizo a personajes (Juan Carlos), como alter ego. Muchas situaciones que viven las he vivido yo. Empecé el libro hace años, lo tenía muy avanzado, pero la verdad es que me pareció un poco como Don Quijote de la Mancha, quería contarlo todo y aquello me parecía que no lo iba a leer nadie. La intención era escribir el libro que me habría gustado encontrar: cercano, fácil, con el que conectar.
«Estamos fuera de juego en una sociedad que avanza hacia el individualismo y la desconexión. Estamos hiperconectados, pero en el fondo más desconectados que nunca. Las PAS sufren más porque necesitan conexión profunda»
-Una vez descubierto el rasgo, ¿te sientes en paz?
-Sí, no hablo de una paz absoluta, pero conmigo mismo sí. Me ha transformado muchísimo dedicarme a esto y profundizar. Hace años pensaba que era inalcanzable. Vamos a ver, todos tenemos problemas, pero en general estoy bastante en paz conmigo mismo.
-Muchas personas PAS dicen sentirse como extraterrestres. ¿Encontrar el rasgo ayuda a aterrizar?
-Sí, lo explico con una metáfora de El Planeta de los Simios: el protagonista cree estar en otro planeta, rodeado de seres distintos, hasta que descubre los restos de la Estatua de la Libertad y comprende que está en su casa. Una persona altamente sensible, cuando descubre el rasgo y acepta lo que tiene que aceptar, empieza a sentirse en paz y a entender que este planeta también es suyo, es su casa.
-¿Te dedicas solo a esto?
-Sí. Estoy en Gijón, aunque en ocasiones trabajo desde Galicia porque tengo allí a mi pareja. Ahora quiero poner en marcha una escuela para formar a otras personas en lo que yo hago. Además de coaching, mentoring, y alta sensibilidad, he grabado procesos reales con personas que se prestaron a ello. El alumno podrá verlos y aprender. Mi aspiración es que algún día dejemos de ser necesarios, aunque sea una quimera.
Tengo en mente poner en marcha una Escuela de Acompañamiento Humanista para ayudar a identificar y normalizar esta situación.
La experiencia hace mucho. Pasar por esto me permite hablar desde mí mismo, y eso llega a la gente. Lo que buscamos no es ganar dinero sino sentirnos en paz y ayudar a otros en ese camino es un regalo.
Juan Carlos Carrasco habla de la alta sensibilidad, la experiencia vivida. Escucharlo es comprender que este rasgo no es un adorno ni una rareza, sino una forma profunda de estar en el mundo. Una manera de percibir, sentir y relacionarse que, cuando se reconoce, deja de doler y empieza a tener sentido.
En su testimonio aparece la infancia, el camuflaje, la soledad, la sobreestimulación… pero también la paz, el equilibrio y ese “click” que transforma la vida cuando uno descubre que no está roto, sino que simplemente funciona de otra manera. Carrasco acompaña a quienes llegan a su consulta con la misma pregunta que él se hizo hace años: “¿Qué me pasa?”. Y lo hace desde un lugar honesto, sin promesas rápidas, con la certeza de que cada persona es un viaje distinto.
Quizá por eso su mensaje final es tan sencillo: la sensibilidad no es un problema, es una brújula. Y cuando se aprende a escucharla, el mundo deja de ser un territorio extraño para convertirse, por fin, en casa.