Asturias empieza a moverse y lo hace desde dentro, casi en silencio, hacia un lugar inesperado: la economía del espacio. No es un salto brusco, sino una evolución natural de cosas que ya estaban aquí y teníamos que ponerlas en valor.
No es habitual que instituciones como la NASA, la ESA, el DLR alemán o el CSIC vengan hasta aquí. Y, sin embargo, han venido. Han escuchado. Han avalado el “potencial científico, tecnológico e industrial” de esta comunidad para participar en la nueva economía del espacio. Y una no puede evitar preguntarse qué significa eso para una tierra que durante décadas miró hacia abajo, hacia sus minas, hacia el subsuelo, hacia aquello que sostenía la vida de tantas familias. Quizá por eso sorprende tanto que ahora sean precisamente dichas minas las que despierten ese interés internacional.
El pozo Santiago, en Aller, por lo visto reúne las cualidades necesarias para convertirse en una plataforma de investigación sobre habitabilidad lunar. Se proyecta como un laboratorio subterráneo de vanguardia, ya que sus galerías mineras simulan las condiciones de los tubos de lava de la Luna permitiendo investigar la habitabilidad en entornos extremos, biominería y tecnologías espaciales. Este proyecto cuenta con el aval de expertos globales, exdirectivos de la NASA y está impulsado desde el principio por el Principado y Hunosa. El consejero de Ciencia, Borja Sánchez, explicaba que “se trata de desarrollar una infraestructura única en el mundo donde puedan llevarse a cabo procesos científicos y tecnológicos que permitan a Asturias ocupar un lugar relevante en la carrera espacial”. Y va más allá, cuando recuerda que “nuestra experiencia industrial no pertenece solo al pasado, sino que puede convertirse en una ventaja competitiva para desarrollar tecnologías, materiales y soluciones destinadas a operar en condiciones extremas, tanto bajo tierra como fuera de nuestro planeta”, afirmaba Sánchez.
Por otro lado, en el pozo Carrio de Laviana, ya se estudian cultivos subterráneos en condiciones extremas, similares a las del satélite terrestre. En sus instalaciones mineras el SERIDA y socios tecnológicos están llevando a cabo bioprocesos en condiciones extremas que simulan hábitats espaciales y lunares. El proyecto aprovecha la estabilidad de temperatura y humedad de la antigua bocamina para albergar los primeros cultivos bajo tierra de España. Estas pruebas podrían servir como base para diseñar la alimentación del futuro y los sistemas de soporte vital aplicables a futuras bases planetarias o espaciales. Una mina de carbón se transforma en una mina de innovación.
Y mientras esto ocurre, la Universidad de Oviedo avanza en silencio, pero con paso firme. El rector Ignacio Villaverde está convencido de que “el sector espacial va a experimentar un crecimiento importante en los próximos años, para el que el Principado se encuentra en una muy buena posición de partida”. La institución trabaja en un futuro “hub aeroespacial”, apoyado en un proyecto internacional de “defensa planetaria”, con la participación de la investigadora Noemí Pinilla-Alonso, en el uso del telescopio Two Meter Twin del Teide y en una colaboración con la Munster Technological University de Cork para crear un ecosistema de industria aeroespacial en Asturias. Esta entidad académica está liderando el “aterrizaje del ilusionante sector aeroespacial en el Principado, un sector que va a experimentar un crecimiento importante en los próximos años, para el que el Principado se encuentra en una muy buena posición de partida”, ha reconocido el consejero de Ciencia, Borja Sánchez. Son hechos, no promesas.
Lo que destacaría de todo esto es que estas nuevas ideas surgen de una transformación que parte de identificar lo que ya tenemos y preguntarnos qué podemos hacer con ello. El consejero Borja Sánchez comentaba que una comunidad pequeña como la nuestra puede hacer contribuciones importantes cuando identifica sus fortalezas y trabaja con ambición. Y eso es lo que está ocurriendo. Asturias está reconociendo sus fortalezas -minería, ingeniería del subsuelo, seguridad en entornos complejos, ciencia aplicada, industria tecnológica- y está empezando a unirlas.
Cuando alguien como Pete Worden, exdirector del Centro de Investigación Ames de la NASA, afirma que “Asturias tiene todo lo necesario para formar parte de la nueva economía del espacio”, una siente orgullo y responsabilidad porque esto no va solo de instituciones, ni de congresos, ni de titulares. Va de nosotros. De cómo queremos que esta tierra se sitúe en un sector que combina biominería, robótica autónoma, nuevos materiales, inteligencia artificial, salud espacial, defensa planetaria y la futura construcción de infraestructuras fuera de la Tierra. La pregunta es… ¿qué queremos hacer con ello?