Introducción.
A priori parece imposible llegar a un acuerdo sobre cuál de los 365 días del año es el más triste. Cada persona tiene experiencias y contextos diferentes que hacen que el resultado pueda variar y dar lugar a infinidad de posibilidades. Para el psicólogo Cliff Arnall, sin embargo, es posible aplicar una fórmula matemática considerando ciertos factores que ocurren en el hemisferio norte. Entre ellos se encuentran el clima, deudas económicas derivadas del periodo festivo o la motivación con respecto a los propósitos de año nuevo. A partir de esta creencia, sin base científica confirmada, se sitúa esta fecha el tercer lunes del mes de enero y nace el Blue Monday: el día más triste del año.
En el noroccidente de Asturias tienen otra respuesta para esto. Para un naviego, el día más triste del año es el 18 de agosto. Cinco días más tarde, el 23 de agosto, lo es para un luarqués. Por último, los de Veiga afirmarán rotundamente que el día más triste del año es el 11 de septiembre. A pesar de ser fechas sin aparente relación entre sí, todas marcan un final: el de las fiestas patronales de cada pueblo.
Un 14 de agosto del siglo XIII, un grupo de aventurados pescadores se hicieron a la mar para dedicarse a las faenas que les incumbían en las aguas del occidente astur. Inmersos en el cometido que se les había sido encomendado, no tomaron alerta de que, progresivamente, el oleaje se hacía más intenso. Así, los desgraciados pescadores se vieron atrapados en una gran tempestad. Desesperados y sin más esperanza de salvación que implorar a los cielos, pidieron ayuda a la Santísima Virgen. Casi de inmediato parecieron sus súplicas atendidas, ya que la aterrada comitiva fue arrojada sobre una peña. En sus alrededores, flotando en las ya tranquilas aguas del mar Cantábrico, flotaba una pequeña estatuilla de Nuestra Señora. Tomado el acontecimiento como algo con tintes inexplicablemente divinos, los marineros la proclamaron su Patrona. Regresaron a Navia con las embarcaciones formadas de dos en dos, escoltando a una que se erigía por encima de las demás en la que se había entronizado la imagen de la Virgen. El júbilo por la vuelta de los camaradas perdidos en altamar fue tal que, al día siguiente, día de la Virgen, la imagen de la nueva Patrona se colocó en la ermita existente en el pueblo. Desde entonces, las calles de Navia vuelven a llenarse de semejante alegría y alboroto todos los 14, 15, 16 y 17 de agosto para continuar celebrando las fiestas en honor a la divinidad. Con unos pescadores, un naufragio y poca esperanza comenzaba, allá por los albores del siglo XIII, la historia de las fiestas de Nuestra Señora de la Barca y San Roque en la villa naviega.
Con unos pescadores, un naufragio y poca esperanza comenzaba, allá por los albores del siglo XIII, la historia de las fiestas de Nuestra Señora de la Barca y San Roque en la villa naviega.
El 22 de agosto la villa de Luarca homenajea a San Timoteo, el más querido de los discípulos de San Pablo y obispo de Éfeso. Nació en Licaonia en el año 30, hijo de padre pagano y madre judeocristiana, y murió mártir en la ciudad de la que era obispo en el año 97. Predicó con su maestro en Tesalonia, Filipos y Berea. Al parecer fue un obediente discípulo del Apóstol siendo un gran obispo aun sin hechos relevantes. Se desconocen los acontecimientos y la vida de San Timoteo salvo por las dos epístolas que le dirigió San Pablo. “¿Andaría Timoteo difundiendo la palabra por España y llegaría a Luarca, decidiéndose entonces a morar en este maravilloso lugar?”, se preguntaba José Antonio Carracedo en 1986. Fuera como fuera la vida del Santo, lo que está claro es que continúa en la romería que en la villa blanca sigue celebrándose cada 22 de agosto.
El 22 de agosto la villa de Luarca homenajea a San Timoteo, el más querido de los discípulos de San Pablo y obispo de Éfeso.
En Veiga, sin embargo, si hay un mes que destaque por encima de los demás, ese es septiembre. Los días 7, 8, 9 y 10 se celebran las fiestas de la patrona de los marineros locales, Nuestra Señora de la Atalaya, tan queridas incluso fuera de las fronteras del pueblo pixoto. La talla de la Virgen se apareció, milagrosamente, a unos implorantes marineros que pedían salvación al verse atrapados en el medio de una gran tempestad. Regresados de una pieza, los una vez náufragos mostraron al pueblo la talla de la Reina de los Mares que les había devuelto a tierra sanos y salvos. Tiempo después, en 1609, una capilla fue levantada en su honor allá donde tierra y mar confluyen en Puerto de Vega: su verde balcón, el campo de la Atalaya. “Sabido es de todos, que hay tres cosas fundamentales en nuestra vida, que nos la hacen dichosa: la salud, el dinero y el amor. Diríase que el tres, es nuestro número venturoso. Y, ¿qué mayor ventura, que poder llegar a Puerto de Vega por tres rutas diferentes?”. Bajo las siglas C.G.L.S. se firmaba este texto del libro de las fiestas de 1986. Muchos son los atractivos de este pueblo marinero pero, si les preguntan a sus habitantes, en su mayoría coincidirán en que lo mejor de Vega, momento en el que confluyen las tres rutas de llegada (sobre todo la primera), son las Telayas.
La talla de la Virgen se apareció, milagrosamente, a unos implorantes marineros que pedían salvación al verse atrapados en el medio de una gran tempestad. Regresados de una pieza, los una vez náufragos mostraron al pueblo la talla de la Reina de los Mares que les había devuelto a tierra sanos y salvos.
Después de tantos días plagados de júbilo, alegría y diversión, no parece descabellado pensar que su término tenga como consecuencia un profundo vacío en los asistentes. Las fiestas tienen una importancia fundamental en un contexto actual marcado por la imperante necesidad de producir: todo tiene que ser rentable, todo tiene que servir para algo. Conviene, entonces, salvaguardar los pequeños oasis de lo que el sociólogo Byung-Chul Han denomina «vida contemplativa», aquello que no tiene como fin la consecución de un beneficio: el para nada. En este sentido, el tiempo de fiesta se contrapone profundamente al tiempo de producción asociado al trabajo al quedar despojado de toda funcionalidad o utilidad. Las fiestas son un refugio temporal y espacial en el que descansar de la rueda capitalista que insta a los sujetos a producir siempre más, a rendir siempre más. Como apunta Carmen Morán en La belleza de las fiestas, sirven «para tomar aire, enloquecer dentro de un espacio y un tiempo acotados».
Las fiestas se perfilan como un horizonte que perseguir en nuestro tiempo de trabajo: son una meta a alcanzar, un puerto al que llegar. Son una constante en una era moderna marcada por la incertidumbre, son un refugio de estabilidad y certeza en un mundo excesivamente acelerado e imprevisible. Porque todo puede estar cambiando en nuestra vida, pero siempre sabremos qué fechas reservar para las fiestas de nuestro pueblo. Las de casa. Fiestas que constituyen un escenario para la reconexión con una comunidad cada vez más diluida en valores individuales de mejora personal promovidos por el capitalismo tardío. Las fiestas se convierten simultáneamente en un lugar de disolución de la identidad (individual) y de afirmación de la misma (colectiva).
Las fiestas populares son un tiempo muerto de embriagante disfrute y desconexión completamente necesario en una época en la que todo parece sobrepasarnos.
De esto trata “El día más triste del año”, un reportaje multimedia sobre las fiestas de Nuestra Señora de La Barca y San Roque (Navia), San Timoteo (Luarca) y las Telayas (Puerto de Vega) que nace como Trabajo de Final de Grado de la titulación de Periodismo en la Universidad de Santiago de Compostela. Escribe Andrea R. Regodeseves, coañesa de nacimiento y habitual de la villa naviega, una periodista y comunicadora con mucho arraigo y sentimiento por el noroccidente astur.
Este reportaje pretende ser un momento de respiro, de pararse y de apreciar un patrimonio cultural e inmaterial de tan altísimo valor como es la fiesta. Así que, igual que el tiempo de fiesta, este es un tiempo de disfrute. Pueden disfrutar de “El día más triste del año” en su totalidad a través de este enlace.