El mundo, coronado por el viajero Alberto Campa

Tras más de cuatro décadas recorriendo el planeta, el aventurero Alberto Campa cumplió uno de sus sueños: conocer todos los países del mundo. Más allá de la magnitud de las cifras, su mayor deseo ahora es seguir viajando y aprendiendo en contacto con otras culturas.

El pasado mes de junio, Alberto visitó el último país que le quedaba por conocer. Es el segundo asturiano que lo consigue y una de las pocas personas del planeta que pueden contar una hazaña de este calibre. El naveto, afincado en Siero, lleva en su mochila nada menos que 270 países y territorios TCC (Travelers Century Club) de todos los continentes, alrededor de 900 regiones, tres vueltas al mundo y dos libros sobre sus aventuras: Una vuelta al mundo bajo cero y Una vuelta al mundo por las Islas del Pacífico.

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Lo ha hecho sin prisa, pero sin pausa y con la humildad como eterna compañera. Y para conseguirlo ha experimentado todo tipo de situaciones. Conoce lo que es pasar calor en el desierto, frío en el polo, dormir al raso, convivir con la suciedad de lugares que es mejor no describir y pasar infinitas horas trasladándose en medios de transporte de lo más variopinto. Lo habitual, autobuses, furgonetas, trenes, barcos y también aviones, pero sin descartar motocicletas y pateras en las que sentía el peligro como compañero de viaje, o medios como el camello y el elefante para llegar a remotos lugares.

Afortunadamente, Campa siempre se acuerda de nosotras y entrevistarle siempre es sinónimo de una charla agradable y sincera en la que el tiempo pasa sin que apenas te des cuenta. Sus relatos te trasladan a escenarios desconocidos, a lugares y situaciones sorprendentes que no te dejan indiferente y que, sin pretenderlo, invitan a la reflexión.

Alberto Campa en Ámsterdam (Países Bajos) en los años 80.
Alberto Campa en Ámsterdam (Países Bajos) en los años 80.

-Empezaste trabajando en una agencia de viajes, pero luego seguiste recorriendo mundo en solitario hasta conocer todos los países. ¿Cuándo finalizaste este particular macro viaje?
-El primer viaje que hice fue a Barcelona y a otras partes de Cataluña en junio de 1981, entonces me dedicaba profesionalmente a esto y hacía de guía por varios países. Para mí viajar fue siempre una pasión sin necesidad de ponerme un reto determinado, pero es verdad que cuando ya conoces 160 o 170 países y ves que te quedan pocos por conocer, sí que te apetece y te agrada intentar llegar a todos. En junio de este año estuve en Níger, el que me quedaba después de 45 años de viajero. Hay lugares que he visitado varias veces, así que, si sumara todas las repeticiones, habría estado en unos 500 países, me gusta repetir destino para conocer otras ciudades y regiones.

-¿Cuál es el continente más complicado para visitar?
-Quizá África porque es el más difícil para obtener los visados y en el que encuentras normalmente más peligros, pero es el que más me gusta y al que siempre le tuve más cariño. La zona del Sahel es muy conflictiva por la guerra, yo había estado en Sudán del Sur hace unos años y me quedaba Níger por conocer, un país que fue colonia francesa junto con Malí y Burkina Faso. No son lugares seguros porque hay secuestros, no hay estabilidad y están bajo autoridades militares.

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-¿Queda mucho por conocer?
Mucho, mucho, claro. En las entrevistas se hace hincapié en los números y está bien, pero yo intento transmitir lo difícil que es llegar a conocer todos los países del mundo. Y dentro de esa contabilización que está tan de moda hoy en día, quizá lo mejor sería registrar las regiones en vez de los países porque algunos son sólo fronteras políticas que se forjaron después de la época de la colonización, como ocurrió en África. Y esas fronteras rectilíneas no reflejan la realidad de las sociedades, las culturas, las tribus, e incluso los reinos existentes. Hay lugares como Benín o Nigeria que tienen muchos países dentro del país oficial, y dentro la vida es totalmente diferente según las distintas zonas. En el mundo hay como unas 1300 o 1500 regiones, yo estuve en unas 900 más o menos, así que tengo para viajar todo lo que quiera y conocer otros lugares que me sorprenderán.

-Tu forma de recorrer mundo nada tiene que ver con la imagen bucólica del viajero tradicional.
-Sí, algunos te dicen: ¡qué suerte que hayas estado ahí!, porque lo ven como algo sencillo, como cuando yo llevaba viajeros en circuitos organizados a Cuba o a Santo Domingo. Pero en la mayoría de los sitios, en un 70 u 80%, las cosas son más complicadas. Te tienes que buscar la vida cada día, a las 7 de la tarde no sabes dónde vas a dormir, no sabes qué transporte vas a coger al día siguiente y eso tiene una dificultad que hace que sea algo extraordinario. No es fácil ir moviéndote, los transportes dependen que haya 6 u 8 personas que completen un coche compartido, o 20 para entrar en una pequeña furgoneta; luego están los permisos, las mordidas que a veces tienes que dar para pasar un control policial y que a veces tienes que escapar de zonas en guerra en las que realmente te la juegas. El personal de una ONG o el personal diplomático tiene una cierta seguridad que les facilita la empresa con la que trabajan o colaboran, pero los viajeros entramos con una mano delante y otra atrás. A veces cruzamos fronteras sabiendo que por delante hay kilómetros y kilómetros sin policía, ni militares; vas con cierto miedo, que también es una seguridad porque hace que estés más alerta.

-Sobremanera en tu caso, que evitas planificar y prefieres ir sobre la marcha.
-Sí, mi caso es un poco contrario al de otras muchas otras personas que cuando son jóvenes viajan con pocos medios porque hay menos dinero, y luego, cuando van teniendo una estabilidad y una capacidad, se alojan en hoteles y se desplazan en avión. En mi caso, fue al revés. De chavalín iba a hoteles buenos, con transportes y todo organizado, y sin embargo en los últimos quince o veinte años pasé a ese tipo de viajes en los que cada día es una improvisación total.

-¿Cómo se saca adelante un viaje con tantas incógnitas a despejar?
-Cojo un vuelo de ida, pero luego una vez allí puedo pasar varios meses buscando cómo hacer el recorrido que tengo pensado. Es verdad que con la experiencia que tengo, ya puedo imaginarme donde encontraré transporte, donde tendré algo para comer y si podré dormir en una playa, en algún pequeño hostal de los que llamo “el inframundo” o en el suelo, si es para pasar sólo una noche. Así ha sido en la mayoría de los viajes por los lugares más desfavorecidos de Latinoamérica, África y Asia en los últimos años. A base de ser austero y de improvisar consigues llegar a más sitios con menos dinero. Quizá quien tiene mucho tiempo y un gran presupuesto lo tiene más sencillo, pero utilizando el ingenio puedes llegar igualmente a todos a esos lugares.

-Llegar sin previo aviso a una aldea o lugar en el que nadie te espera ¿tiene sus ventajas?
-También es un mecanismo de seguridad. En muchos países complicados, donde hay conflictos o guerra, es mejor no dar muchas pistas. Y ese factor sorpresa es quizá lo que tienes más a tu favor. Si alguien te quiere hacer daño y sabe que vas en un grupo que estará en tal hotel y que hará tal circuito, corres más peligro que si, por sorpresa, te alojas en un hotelín y viajas en furgonetas con tu gorra, una bolsa muy sencilla y con ropa nada elegante; así consigues pasar desapercibido. Lo consigues en casi todo el mundo salvo en África que, lógicamente, tu color de piel te delata constantemente, pero bueno sí estás moreno y un poquitín sucio puedes pasar de forma más discreta.

-Te escuché contar que, en alguna una ocasión, en vez de mochila llevabas una bolsa de basura por equipaje. Pensarían al verte que no tienes dinero, ni recursos.
-Mira, cuando por circunstancias acabas durmiendo en casas de familias muy muy humildes, como me ocurrió en las Islas del Pacífico que me daban su comida y me dejaban dormir allí, aunque fuese en el suelo, el más enrojecido era yo. Sientes que a lo mejor estás quitándoles algo de lo que tú tienes suficiente y, a veces, le dejo una propinilla o intento comprarles algo para los niños, como agradecimiento. Por otra parte, allí ves que también agradecen muchísimo que te intereses por ellos, que les preguntes por su vida, porque en cierta medida les haces un poco importantes. Y a ellos también les gusta conocer qué es lo que estoy haciendo y es muy bonito porque hay un intercambio cultural.

-¿Hiciste a tu manera la ruta del París-Dakar?
-Sí, y la verdad es que ese fue uno de los viajes más diferentes, porque un día decidí salir de Gijón con mi coche, e ir hacia África en solitario siguiendo el último rally Dakar que hubo en este continente, el Lisboa-Dakar del 2007. Iba tres o cuatro días por detrás de los pilotos y tenía que buscarme la vida para cruzar el desierto. Estuve 500 kilómetros subiendo y bajando dunas, enterrándome, quitando la arena para poder seguir y cruzando zonas de piedras que destrozan el coche. Tenía que ir con mucho cuidado si no quería quedarme allí. En ese viaje crucé el Sáhara dos veces, viajando hacia el sur llegué hasta el Golfo de Guinea, Malí, Burkina Faso, Benín, Togo, Ghana, recorrí todos los países en solitario y volví; fue una satisfacción.

Niña nenet, en el Ártico ruso.
Niña nenet, en el Ártico ruso.

-¿Qué momentos viajeros han ido transformando tu manera de entender la vida?
-De todos los viajes aprendes, pero hay algunos lugares que siempre te acuerdas con más cariño o con más admiración. Uno de ellos fue la India, un país al que va mucha gente y que me dejó mucho poso. Me sorprendió todo, estar en Benarés o en el Taj Mahal, recorrer las calles de Calcuta y ver esa pobreza extrema en muchas provincias también del norte.
También cuando me nombraron viajero del año 2023 y pude convivir en el Ártico ruso con los nenets, viendo las dificultades que tenía esa gente para vivir a unas temperaturas tan bajas. Ver un mundo tan excepcional, tan difícil y tan duro te hace recapacitar y pensar en la suerte que tenemos nosotros de vivir en esta zona del planeta.
Recuerdo mucho los primeros viajes, sobre todo los años que llevaba a grupos y viajeros a París, una ciudad que quiero muchísimo. También me acuerdo con mucho cariño de cuando iba con grupos a los Alpes a finales de los 80, muchos eran esquiadores y pasábamos una semana en contacto con la naturaleza en estaciones como Courmayer o Les Arcs, encima practicando un deporte muy bonito.
Y tengo mucha huella de viajes difíciles que hice con mi mujer, Mónica, en los que ella iba para acompañarme y llegó a estar en lugares muy complicados. Como cuando en Suazilandia dormimos bajo la lluvia en una tiendina de campaña de dos kilos.

-¿Sería más fácil tu trayectoria de trotamundos dejando todo atrás, sin lazos con pareja, amigos, familia y moviéndote libre sin ningún tipo de anclaje?
-Uno de los primeros conocimientos que adquieres viajando es que el lugar donde naciste y los lazos que fuiste teniendo en la vida son mucho más importantes que cualquier otra cosa. Quizá sería más fácil para conocer más, para tener más tiempo, pero yo siempre me sentí muy orgulloso de haber conseguido viajar sin haber roto con nada, manteniendo la familia, los amigos, la pareja, incluso los perrinos en casa. Si no fuera así, no estaría contento, y hay que tener ingenio para intentar tener todo lo que quieres y no tener que renunciar a una cosa bonita por otra.
Yo siempre lo tuve muy claro, puedo estar tres meses fuera de casa, y tengo una doble satisfacción, la de irme de viaje y la de volver a casa. Además, tengo la suerte de que mi pareja, no solo me lo permitió, sino que me alentó y me animó a que lo hiciese.

-¿Los 45 años de experiencias han redefinido tus criterios de lo que realmente importa?
-Claro, sí. Y la verdad es que me gusta mucho que me preguntes esto porque, aunque podamos dar cifras de lo que supone viajar por todos los países, prefiero hablar del fondo que de la forma. Siempre dije que viajar es un aprendizaje constante, es como estudiar todas las carreras al mismo tiempo, vas aprendiendo en ruta de todo lo que se pueda dar en todas las universidades. Cuanto más se viaja, más aprendizaje, porque tuviste más experiencias, observaste más cosas. Viendo a la gente de otros lugares, aprendes a tener respeto y a ser humilde. Viajando con austeridad tienes que intentar mimetizarte, parecerte un poco a la gente con la que estás conviviendo y así consigues también todas esas lecciones de vida.

-Empezaste a viajar siendo un chaval, pero ahora eres más consciente de los peligros a los que te enfrentas. ¿Se vive con más miedo?
-No, porque la experiencia te da también el saber moverte mejor por casi todos los países del mundo. La mayoría de las veces en los viajes no planifico nada, ni siquiera llevo pensado donde me voy a quedar a pasar la primera noche de hotel. Y según vas viendo las cosas, tienes más precaución. El miedo es bueno, y cuando lo tienes, lógicamente, entras en un estado de búsqueda de la manera de salir adelante en las situaciones. También vas viendo en qué cosas no tienes que arriesgar demasiado y donde sí puedes tomar un riesgo. A lo mejor, asumes que puedas no tener para comer o no tener donde dormir, pero no te arriesgas a entrar en un sitio donde puede haber gente que podría hacerte daño, que quiera secuestrarte o coaccionarte para alguna cosa. Eso lo vas aprendiendo.

Alberto Campa en Peshawar (Pakistán).
Alberto en Peshawar (Pakistán).

-¿Es necesario viajar para salir de una visión egocéntrica en la que lo nuestro siempre es lo mejor?
-Bueno, cuando te paras a pensar, ves que el estilo de vida occidental no tiene por qué ser el mejor, aunque desde nuestro ombligo –y esto lo ves en las tertulias de televisión– se considera lo más acertado del mundo y se utiliza como vara de medir haciendo comparaciones. Si no te quedas en la forma y llegas al fondo, te das cuenta que hay muchas cosas mejores en otras sociedades. Un ejemplo, quizás el más manido, es el tema del Islam. En España las noticias que salen en los medios suelen ser negativas: un atentado, una guerra, etc. Pero en realidad todo esto es una minoría que ocurre al igual que cuando en EEUU un niño entra en un colegio y mata a seis compañeros, descarrila un tren o hay un atentado en cualquier otro sitio. Esa cultura musulmana, aunque no la comprendamos porque no la vivimos, tiene valores muchísimo mayores que la nuestra.

-¿Cómo cuáles?
-Pues, por ejemplo, la hospitalidad. Muchas veces creemos que nosotros tenemos esa supremacía y que somos más solidarios, pero sólo es verdad en la teoría. En la práctica, la persona que te va a invitar a su casa, que te invita a comer y te anima a charlar será probablemente una persona en un país islámico. Y te llevará a su casa con agrado porque su religión le dice que es bueno y que tiene que ayudarte. Aquí, en Occidente, muchas veces lo decimos, pero después no lo hacemos. Son cosas que no se conocen porque nos quedamos solo en la superficie.

-¿Hacia dónde crees que mira España?
-Durante muchas décadas, en España se miraba a Estados Unidos como esa gran potencia, el país que era el ejemplo de todo, de la democracia, pero al llegar Trump como un elefante a una chatarrería ha ido cambiando esa imagen y ahora miramos un poquito más hacia Oriente. Y aunque hay países con sistemas que no son los más democráticos del mundo, sí tienen una forma de hacer las cosas, de programarlas, una cultura del trabajo que son mejores que en Occidente.

-Y, por otro lado, asistimos a diario al problema de la inmigración.
-Sí, ahora mismo solo se habla de Ceuta y de lo que está pasando allí, pero no se ve lo que hay detrás o lo que se vive allí realmente. Algo que nos pasa en la sociedad occidental es que nos polarizamos, es decir, vemos todo blanco o negro, muy poca gente es capaz de ver la paleta de grises. ¿Qué quiero decir con eso? Que ni todos los inmigrantes que llegan son malos, ni todos son buenos, no es todo de un color o de otro. Dentro de una patera en la que vienen 100 personas, no son todas iguales, ni vienen en las mismas circunstancias. Ahí vendrá gente que está escapando de una guerra, de Sudán, de Níger o de un gobierno donde se pasa hambre, pero habrá otras personas procedentes de países donde el hambre está superado, pero vienen porque les llama mucho la atención el estilo de vida europeo y quieren esa vida. Y quien se puede permitir pagar 1.500 euros o 2.000 por un pasaje no es una persona pobre, porque con ese dinero una familia en Senegal viviría perfectamente 10 años. Desde aquí vemos todo homogéneo y nada es homogéneo.

Alberto Campa en Zinga, una pequeña isla ugandesa ubicada en el lago Victoria (República Centroafricana).
Alberto Campa en Zinga, una pequeña isla ugandesa ubicada en el lago Victoria (República Centroafricana).

-¿Qué soluciones puede haber ante esas crisis migratorias?
-La solución a la inmigración está más en ayudar en origen y no cuando alguien llega aquí. Lógicamente necesitamos inmigrantes y, de hecho, son gente fenomenal que en la mayoría de los trabajos se les aprecia muchísimo porque a veces son incluso más trabajadores. Lo ideal es preparar a esas personas para que puedan venir a trabajar de una forma organizada, de una forma ordenada, como ocurrió con los españoles que salimos hacia Suiza o hacia Alemania, pero no tirando vallas y entrando a mansalva.

 -¿Qué expectativas tienen territorios como África?
-Por la educación que tenemos, creemos que África es el continente pobre, desfavorecido, donde hay hambrunas, donde hay catástrofes y te puedo decir una cosa: es justo lo contrario. Si se explota bien y se permite que la gente puede trabajar de una forma mejor, África va a ser el granero del mundo, va a ser el continente que tiene más recursos.
Vemos África como si fuese solo el Sáhara, el Sahel y lugares con pobreza donde no crece nada, pero es que la mayoría de este continente es superfértil y se da todo. Si yo tuviese que emigrar, a lo mejor iría allí porque podría tener algún sitio donde cultivar.

-¿Los medios de comunicación dan informaciones que no se ajustan a la realidad?
-Sí, eso es más que evidente, pero solo para las personas que son capaces de ver un poco más allá de la noticia y no se creen todo a pies juntillas. A veces veo tertulias de televisión donde se dicen cosas que son totalmente desacertadas, erróneas o al menos no son verdad en su totalidad, pero lo hacen con una facilidad de palabra y con una seguridad que la mayoría de la gente se las va a creer. Y muchas de esas personas no estuvieron en África o por lo menos no en esos lugares desfavorecidos, en los que verdaderamente están los problemas. La mayoría de las noticias son un poco sesgadas, no se profundiza y se da una opinión en base a la línea editorial que te marca. Pero si profundizas, vas a ver muchos más matices y no se puede dar la opinión de algo que ni siquiera se conoce.

-En uno de tus viajes encontraste a un hombre que dedicó toda su vida a salvar manatíes, ¿qué otros encuentros te han causado hondas impresiones?
-Sí, hay muchos, por muchas razones. Eso que dices del manatí fue hace quince años en Belice, ese hombre vivía cerca de la costa y dedicó su vida a ayudar a esos animales que tenía cerca. Hay que darle un valor enorme a eso, yo no hubiese sido capaz de estar ahí tanto tiempo o hubiese querido hacer otras cosas. Estas cosas hay que intentar transmitirla y hacerlas llegar al resto de la gente para que vean la importancia que tienen.
Me acuerdo también de cuando estuve en Kazán, una ciudad que Rusia atacó recientemente por la guerra de Ucrania. Había 20 grados bajo cero, y un señor muy humilde estaba quitando la nieve de las aceras sin nadie más que le ayudara. Solo hablaba ruso, así que nos comunicamos cómo pudimos, pero cuando me interesé por él le prestó mucho. Y como esta persona puede ser alguien que está limpiando un váter en un lugar en el que tú casi no te atreves ni a entrar, y sin embargo lo limpia y huele todos los días.
Tampoco olvido a una familia en una isla de Indonesia, en Sumatra, una isla que es musulmana. Tenía ganas de llegar a ver el Krakatoa, ese volcán que había explotado hace tantos años y que originó el mayor tsunami que hubo en la historia. Fui acercándome, y en una de las islas me acogió una gente que vivía justo al lado del volcán. Estaba la abuelina, un señor que era un militar del ejército indonesio, su mujer y los niños. Un par de años después hubo otro estallido del Krakatoa y murieron los habitantes de todas las islas. Toda esa gente que conocí ya no está, es imposible que pudieran salir de allí.

-Visitas lugares en los que se vive mucha dureza. Cuando regresas ¿traes en el equipaje cierto dolor emocional?
-Casi te voy a decir que no, es algo que fui aprendiendo a medida que iba viajando más y más. Quizás sí al principio, como cuando en el año 2005 Mónica y yo fuimos a Sri Lanka a los pocos días de sufrir el tsunami del Índico que mató a 230.000 personas. Estábamos en la agencia de viajes y muchos clientes nos trajeron medicamentos y otras ayudas, lo cogimos todo, llevamos casi 50 kilos de medicinas y fuimos repartiéndolas por la zona más golpeada por la ola. Vimos mucha muerte, mucha destrucción, gente abrazándose y llorando porque, no solo habían perdido la casa, también a sus hijos, a su mujer… Esas cosas te hacen sentir muy mal.
Ayudamos lo que pudimos y luego nos fuimos unos días al interior, a ver en Ceilán esos maravillosos campos de té en los que las mujeres van metiendo las hojinas en los cestos que llevan en la cabeza y visitamos también refugios de elefantes. Viendo esta otra parte, poco a poco, te vas dando cuenta que la vida y el mundo están formados por momentos buenos y malos y, aunque está bien ver lo malo y aprender de ello, siempre tienes que intentar centrarte en lo bueno. No puedes pasarte toda la vida lamentándote de algo o llorando por algo.

Niñas polinesias.
Niñas polinesias.

-¿Regresaste a Sri Lanka?
-No, pero diez años más tarde volvieron allí unas amigas y les dije que hicieran unas fotos, para ver cómo estaba todo lo que habíamos conocido nosotros y lo que vimos fue una total normalidad. Una catástrofe natural es muy diferente a un atentado, a un asesinato, a algo que provoca el hombre. Cuando lo provoca la naturaleza también es algo que es inevitable y a lo mejor hasta tiene una cierta, por así decirlo, razón de ser, y tienes que seguir viviendo. Viví muchos momentos y los recuerdo, pero vuelvo de los viajes con una sensación más buena que mala, aunque haya visto pobreza y haya tenido en brazos a críos desnudos, aunque haya estado en sitios donde los animales son costillas puras.

-Puestos a elegir, ¿dónde encuentras la felicidad como viajero?
-En lo geográfico, aunque haya pobreza, a mí me dan más felicidad las sonrisas, los abrazos y el espíritu africano que no a lo mejor el estilo americano. Y con esto no quiero generalizar, porque en todos los sitios hay ambas cosas. Pero sí es verdad que hay sociedades en las que, en general, se busca la felicidad a través de conseguir cosas materiales, mientras que en otros sitios está, no en lo material, sino en otras cosas que no se pueden comprar.
Te pongo como ejemplo el abrazo. Ahora mismo, aquí solo se lo puedes dar a una persona con la que tengas una cierta confianza, de hecho, a mucha gente le parecería mal incluso un beso. Y en las sociedades africanas cuando tú conoces a una persona en una parada del autobús le das un abrazo o un beso; es lo más normal. Las mujeres te ponen al niño encima, y allí sentados compartimos el sudor, el calor, y todo esto no tiene una connotación sexual como pueda pensarse aquí. Eso lo sientes en África o lo puedes sentir en Asia, donde la gente te contesta con una sonrisa, aunque esté trabajando en un campo de arroz con treinta grados, con las piernas y las rodillas destrozadas por la artrosis.
O en lugares como Oceanía o la Polinesia, donde la mayor felicidad es vivir la vida en estado puro, es decir, sentir el sol cuando sale por la mañana, sentir el agua cuando te bañas allí con las familias o con los niños, beber de un coco o comer un pescado que acaba de salir del mar. Todo eso puede suponer cuatro euros, así que puedo ser feliz a lo mejor por cien euros al mes y sin embargo aquí, como mínimo, necesitas mil euros al mes.

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Isabel G. Muñiz
Isabel G. Muñiz
Periodista y reportera de Fusión Asturias desde 1994, especializada en turismo, patrimonio natural y experiencias locales en los concejos del Principado. Gallega de origen y asturiana de adopción desde hace más de 35 años. También realizo entrevistas divulgativas sobre talento cultural, científico, deportivo y social.

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Periodista y reportera de Fusión Asturias desde 1994, especializada en turismo, patrimonio natural y experiencias locales en los concejos del Principado. Gallega de origen y asturiana de adopción desde hace más de 35 años. También realizo entrevistas divulgativas sobre talento cultural, científico, deportivo y social.

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