Cada verano, cuando las olas de calor golpean España, miles de personas se ven obligadas a improvisar estrategias para sobrevivir en ciudades que no fueron diseñadas para el calor. Quien no tiene aire acondicionado –y no olvidemos que no es un lujo, sino una desigualdad– busca sombra como quien busca agua desesperadamente cuando tiene sed. Se camina pegado a las fachadas, se espera bajo un árbol, se cruza la calle corriendo para evitar ese tramo de sol que quema. La sombra se convierte en un refugio, pero también en un síntoma: algo falla en nuestras ciudades.
La umbrología, –menuda palabreja– es una disciplina emergente dentro de la arquitectura que estudia la sombra como infraestructura y como derecho, pues bien, ellos explican claramente que el urbanismo solar del siglo XIX nos ha dejado ciudades que hoy son inhabitables durante muchas horas, más con las olas de calor que estamos sufriendo este verano: “La sombra influye directamente en cómo utilizamos un espacio público y en el tiempo que estamos dispuestos a permanecer en él”. Y si influye en cómo vivimos, entonces también influye en nuestros derechos. Por tanto, ya no hablamos de una cuestión de confort sino de justicia climática.
Asturias tiene algo que otras regiones empiezan a reclamar, sombra natural. Valles cerrados, bosques densos, umbrías profundas donde la luz apenas entra. Aquí, la sombra no la hemos diseñado, más bien la hemos heredado. Y eso, en tiempos de emergencia climática, es un privilegio inmenso que debemos defender con uñas y dientes.
Pero sería ingenuo pensar que estamos a salvo. Las ciudades asturianas también sufren episodios de calor cada vez más intensos y, aunque tenemos más verde que la media, no siempre es un verde útil. Grandes extensiones de césped que se recalientan, plazas duras sin árboles, parques que ofrecen luz, pero no refugio.
La pregunta que nos plantea la umbrología es, ¿qué lugar debería de ocupar la sombra en el diseño urbano? Asturias no puede limitarse a celebrar su paisaje, debe convertirlo en política pública para que llegue a todos los ciudadanos.
Mientras Barcelona experimenta con prototipos efímeros y Sevilla entolda calles para sobrevivir al verano, Asturias tiene la oportunidad de ir un paso más allá, reconocer la sombra como infraestructura esencial. Igual que el agua potable, que el transporte público, que la vivienda digna… La sombra es movilidad segura, salud pública, igualdad…Y la sombra es, sobre todo, un derecho climático que debe garantizarse en cada barrio, en cada plaza, en cada escuela.
Según datos del Instituto de Salud Carlos III, julio fue el mes con más fallecimientos por altas temperaturas. Entre los meses de mayo y agosto se produjeron en Asturias 140 muertes asociadas a las altas temperaturas. El año pasado, en este mismo período, se registraron 55 fallecimientos por calor.
Hace un par de años entrevistamos a Arantza Pérez, ingeniera forestal y responsable de Arbolar, Premio Semillero Valnalón 2024. Nos comentaba que su iniciativa no era solo ambiental, sino que tenía un trasfondo político porque se trataba de transformar espacios urbanos en pequeños bosques con especies autóctonas que generen biodiversidad, una forma de devolver derechos donde antes solo había hormigón.
La sombra que generan estos bosques no es decorativa, es refugio climático, salud, justicia y sobre todo, futuro.
Asturias, que ya sabe lo que es vivir bajo la sombra vegetal, tiene aquí una oportunidad histórica: convertir esa sabiduría natural en política urbana. No basta con tener bosques, hay que llevarlos a donde más se necesitan.
La naturaleza asturiana lleva siglos enseñándonos cómo se combate el calor: sombra, humedad, diversidad, refugios frescos. Pero nuestras ciudades aún no han aprendido la lección.
La sombra no es para nada un capricho, ni un detalle estético, tampoco es un lujo para quien puede permitírselo. Es un derecho climático que debe ser garantizado, protegido y ampliado. Y Asturias, que vive entre umbrías naturales, tiene la responsabilidad –y la oportunidad– de liderar esta reivindicación.
Porque la sombra no solo nos protege del sol, nos protege del olvido, de la desigualdad. Nos protege del futuro que ya está aquí.