Semíramis González, directora de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial: «Lo que tiene verdadero poder transformador es la cultura»

Semíramis González es gestora cultural, historiadora, comisaria de arte contemporáneo y la actual directora de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial. Su nombramiento se produjo en julio de este año, pero no se incorporó hasta finales de agosto. Desde ese momento, su pasión por el arte no sólo se reafirmó, sino que también se complementó con una visión diferente: la del trabajo de gestión que tiene detrás una institución para que todo funcione como un engranaje perfecto. «He unido el resultado artístico a todo lo que es la gerencia y la gestión. He constatado lo que supone el esfuerzo del equipo para que, cuando todo esté en sala, se pueda disfrutar».

Tiene un discurso pausado, pero tremendamente comprometido. El arte tiene que atravesar la sociedad y reflejar la realidad, su diversidad y todos los pensamientos existentes desde un punto en el que, el diálogo, a través de sus múltiples formas, sea un hilo conductor. Desde su punto de vista, el arte debe de incomodar, plantear preguntas y despertar emociones. No hay porqué estar de acuerdo con lo que se plantea, pero sí tener la libertad de asomarse a otras formas de ver y pensar.   

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-Tu forma de acercarte a las cosas, ¿ha cambiado desde que eres directora?
-Lo que tiene que ver con la idea del valor que tiene el arte en el contexto contemporáneo no sólo no ha cambiado, sino que se ha reforzado. Sigo pensando que la institución tiene que estar atravesada por la concepción de lo público, tanto en el origen del presupuesto como en la finalidad del centro, que es dirigirse a la ciudadanía, abrirse a ella. Precisamente, en este año, todo el impulso que se ha dado ha sido en volver a trabajar con los colectivos, asociaciones, con una ciudadanía y una sociedad más diversa. Que los centros de arte sean esos espacios públicos donde todo el mundo encuentre algo donde sentirse parte.

-¿La Laboral es un espacio abierto y libre?
-Sí, lo es, al igual que creo que debería de serlo cualquier centro de arte o espacio cultural donde se promueva el pensamiento y la reflexión crítica sobre los problemas que tenemos en nuestro presente, desde el cambio o emergencia climática hasta la salud mental. Todo lo que nos preocupa como sociedad. Tiene que ser un lugar que, en este presente tan acelerado que vivimos, nos permita pensar las cosas de una manera más pausada.

Visita guiada en la LABoral Centro de Arte y Creación
Visita guiada / Foto: LABoral Centro de Arte

«En realidad, la creación artística y las obras actuales nos permiten algo que parece casi un privilegio hoy en día: tener tiempo para pensar de manera profunda»

-Dices que todos los museos tienen un discurso. ¿Cuál es el de La Laboral?
-En nuestro caso tenemos una particularidad y es que, al no ser un museo como tal, no trabajamos con una colección, pero sí lo hacemos como centro de arte con la producción, las residencias y todo lo que lo articula. Muchas veces lo que más vemos son las exposiciones, pero éstas son también el resultado de una residencia, una producción o una investigación. Cuando empezamos, lo digital y la tecnología estaban un poco más separadas de lo que la gente percibía en su entorno cercano. Hoy en día, todos sabemos las problemáticas y los retos a los que nos enfrentamos cuando hablamos de los entornos digitales. Éste ha sido el objetivo desde sus inicios con su fundadora Rosina Gómez Báez a la cabeza. Lo que ella planteó fue pensar de manera más profunda sobre aquellas cosas que luego estarán en nuestro día a día dentro de cuatro o cinco años.

-¿Cómo se cuenta lo mismo de muchas formas diferentes?
-Los artistas y las artistas están todo el tiempo ocupados y preocupados por muchísimas cosas, no lo hacen sólo desde lo conceptual de las ideas y de los temas que nos preocupan, sino también de su materialización. El cómo llevar esa idea a una obra concreta que al público le transmita una emoción, positiva o negativa. Son ellos los que nos permiten ponernos delante de una obra, pensar y darnos cuenta de cosas. Por eso es tan importante. Yo estoy convencida de que la creación artística y las obras actuales, tienen una importancia vital más allá del público. Y es así para todos los agentes: instituciones, empresas, universidades… En realidad, nos permiten algo que parece casi un privilegio hoy en día: tener tiempo para pensar de manera profunda.

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-¿Cuál es la responsabilidad del arte?
-Yo creo que nace para incomodar. Un arte que no lo hace, no tiene mucho que decir. Si es complaciente, a mí, por lo menos, no me interesa tanto, pero eso no significa que nos guste. Es como cuando leemos un libro y seguimos pensando en él cuando lo terminamos. Es algo que se nos queda adentro, que nos conmueve, nos remueve y nos hace formularnos muchas más preguntas. Esto es lo que me parece que ha tenido sentido y relevancia a lo largo de toda la historia del arte. Por eso siguen siendo relevantes Goya, Velázquez o Frida Kahlo. Realmente, cuando vemos sus obras, siguen diciéndonos algo porque, las preocupaciones humanas, aunque los contextos cambien, se mantienen.

-¿Y su mayor poder?
-El movernos de nuestra silla. Por eso sólo puede ser creando de manera libre. No puede tener injerencias, tampoco por parte de las instituciones. Tiene que poder realizarse con la libertad que permita ponernos delante cosas que, muchas veces, en otros contextos, resultarían imposibles, pero que aquí, por incómodas o críticas, nos permiten ser una ciudadanía más consciente. Yo creo que ahora que estamos en un momento tan acelerado, poder tener la posibilidad de detenernos con más tiempo y detalle, es casi un privilegio. Por esa velocidad a la que va todo, hoy en día, el arte tiene un papel todavía más importante que hace cuarenta años.

«Cada artista siente cuándo su obra se tiene que transmitir a través de un vídeo, de una performance o se tiene que convertir en un textil. Ellos buscan el medio que saque lo que tienen dentro»

-¿Debe estar vinculado a la vida o ser un espacio para la evasión?
-Las dos cosas van de la mano. El arte no puede estar desligado de su contexto, que es la vida en general, y también de la vida de quien la crea. Y creo que ahí es donde sigue existiendo algo particular. La forma en que los artistas y las artistas abordan el trabajo es diferenciador. Su capacidad de abstraerse, de pensar, de estar obsesionados con un tema y cómo son capaces de trasladar eso que les preocupa a un medio de expresión porque necesitan que esté en el mundo. La obra, al final, es un dispositivo de mediación. Todo esto ocurre en un espacio muy íntimo, porque las obras las hacen en sus estudios y, muchas veces, es un trabajo muy solitario, pero sólo en determinados momentos. Nunca en su concepción. Su creación sucede en un contexto global que atraviesa todo: la realidad material del artista, económica, de género, social, etc.

-El arte, ¿debe mirar al pasado, al presente o al futuro?
-Me gusta una concepción que se tiene en determinados colectivos en Latinoamérica más vinculados a pueblos originarios, donde consideran que el pasado, el presente y el futuro no son lineales, sino que son circulares, están mezclados. Esta idea, en el fondo, muchas veces atraviesa las creaciones. Estoy pensando, por ejemplo, en las obras que tuvimos aquí, que estuvieron en el Centro de Avelino Sala, hablando o dialogando con los desastres de Goya. No pueden ser obras más del presente, probablemente más del futuro y, a la vez, del pasado. No creo que haya una ruptura temporal, sino unas influencias que se mantienen a lo largo del tiempo.

Semíramis González, directora de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.
Foto: Ana Sánchez Sánchez

-Tradición y modernidad, arte o artesanía… ¿Hay algo contrapuesto o todo se da la mano en algún punto?
-Esas divisiones existen para algunas personas. Para mí, no. Sobre todo, desde los años 60 y 70. Personas que trabajaron en torno a las teorías, sobre todo feministas, discutían y rebatían la idea del arte y la artesanía, de la alta y la baja cultura. Al final, lo que quedaba en esos márgenes, como decía Griselda Pollock, que era lo textil, lo cerámico, lo artesanal, casualmente eran prácticas que realizaban muchas veces las mujeres o pueblos originarios en Latinoamérica. Cuando eran los hombres quienes hacían esas mismas prácticas, ya no eran artesanas. Hay que romper esa idea porque son divisiones que responden mucho más a una separación de clase o de género que a una separación artística real.

-¿Estáis también contribuyendo a que esas divisiones desaparezcan desde las instituciones?
-Sobre todo en la última década, más en el mercado, pero consecuentemente también en las instituciones, se ha diluido más. Vamos a ferias de arte y encontramos cerámica, textil, artistas que luego pueden trabajar en medios como la pintura, etc. Los artistas no tienen tan claras ni presentes esas divisiones. Cada uno siente cuando su obra se tiene que transmitir a través de un vídeo, de una performance o si se tiene que convertir en un textil. Ellos buscan el medio que saque lo que tienen dentro. Somos los historiadores quienes hacemos esa división, puede que con determinado interés.

«El movimiento asociativo ha sido fundamental para que haya unas reivindicaciones que vinculen o denuncien la baja representación de las mujeres en las colecciones públicas, los grandes museos o en los premios»

-¿El arte tiene género?
-Creo que no existe como tal una división en las prácticas, pero sí es distinto cómo se han leído esas obras. Incluso obras que se consideraban gran pintura o reflejaban una mayor virilidad, cuando se descubría que las hacían mujeres, los adjetivos a la hora de describirlas cambiaban. También las vidas de los y las artistas han condicionado cómo se han interpretado esas obras, muchas veces, para minusvalorar las aportaciones de las mujeres. Estoy pensando en Artemisia Gentileschi, que aprendió con su padre. Ella sabía pintar perfectamente como pintaba su padre, pero luego, su historia, se lee por su propia vida personal y eso es más una lectura de los historiadores que de la propia artista. Lógicamente, hay condiciones que sí que han marcado cómo han creado unos y otros, pero tienen más que ver con lo material, la geografía, el origen, la formación. Las condiciones materiales en las cuales un artista o una artista se forma y se dedica profesionalmente a su labor artística, condiciona qué tipo de artista va a ser, no tanto la obra que hace. Lo que sí determina es el acceso a esos espacios de trabajo profesional, de poder, el acceso al mercado, a las instituciones o los premios.

-En base a tu experiencia, ¿has notado una evolución respecto a este tema?
-Creo que ha habido un cambio importante, especialmente en el caso español, gracias al impulso de las asociaciones y de la sociedad civil. El movimiento asociativo ha sido fundamental para que haya unas reivindicaciones que vinculen o denuncien la baja representación de las mujeres en las colecciones públicas, los grandes museos o en los premios. Lo hace porque hay una respuesta social que lo reivindica y, consecuentemente, existen personas que dentro de las instituciones tienen esa perspectiva. Tampoco es algo que se mantenga solo. Esto es hoy, a octubre de 2026. En octubre de 2028, no tengo claro que estemos en el mismo lugar. Nada se puede dar por hecho y debemos mantener la vigilancia y la exigencia.

«Lo que una obra te puede decir, para bien o para mal, es importante porque ya nos está haciendo pensar. Y pensar, no significa estar de acuerdo»

-¿Qué importancia tiene que el arte salga a la calle y conecte con asociaciones, colectivos, culturas y se enriquezca de ello?
-Esto me parece fundamental porque, sino, dejamos de ser relevantes para la sociedad. Tenemos que reflejar, por ejemplo, lo que ocurre cuando nos subimos a un autobús. Si echamos un vistazo a nuestro alrededor vemos que hay personas diversas, de diferentes generaciones, de lugares geográficamente distintos… Tenemos que reflejar lo que nos encontramos en nuestro día a día. Hay que conseguir que, quienes todavía no nos visitan o no sientan que lo que estamos contando les apele, no lo perciban así. Tenemos que salir para que la gente decida venir.

-¿Cuántas formas hay de entender el arte?
-Ahí está lo importante de la creación artística y cultural. Tú puedes ver una película o leer un libro que ha sido un éxito y a ti no decirte nada. O incluso, no gustarte. Eso también está bien. Lo que una obra te puede decir, para bien o para mal, es importante porque ya nos está haciendo pensar. Y pensar no significa estar de acuerdo. Puedes decir que estás en contra, que no te ha gustado, que te ha incomodado o que no estás en línea con lo que plantea esa obra. Esto es lo que hace que la cultura sea relevante y que podamos tener espacios de reflexión e, incluso, de confrontación, pero de una manera crítica, arraigada en fundamentos y que no implique enfrentamiento y crispación.

Laboratorio de fabricación digital  en LABoral Centro de Arte y Creación Industrial
Laboratorio de fabricación digital / Foto: LABoral Centro de Arte

-¿Hace falta saber de arte para acercarse a él?
-La gente, cuando llega, viene pensando que tiene que saber mucho, pero se da cuenta de que no le hace falta. Sólo hay que dejarse llevar por las obras. A mí no me interesa ese sentir inmediato que dura 15 segundos porque te ha provocado una emoción y pasas a la siguiente. ¡No! Me interesa eso que te provoca y que te hace pensar sobre salud mental, la emergencia climática que estamos viviendo, la diversidad… Me interesa el pensamiento que te llevas a casa y que te hace ir más allá. Eso es un lujo.

-¿El arte puede ser un punto de encuentro?
-Yo creo que sí. Pensamos que el poder lo tienen las redes sociales o TikTok, pero es porque es el discurso público que se ha generalizado. Lo que tiene verdadero poder transformador es la cultura. Si no, no se daría el caso de que, en lugares en los que gobiernan posiciones ideológicas de extrema derecha, lo primero que intentan destruir, dejar sin presupuesto y desmantelar son las instituciones culturales. El arte no funciona desde una respuesta ni emoción inmediata que es lo que generan las redes sociales, sino desde un compromiso y reflexión mayor en donde pueda haber posiciones encontradas, como ha pasado siempre, pero prevaleciendo la razón, el debate, el argumento. No tanto la emoción y el discurso fácil.

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Marta Malde
Marta Malde
Periodista con más de 25 años de experiencia, inicié mi trayectoria profesional en Galicia, trabajando a pie de calle temas de territorio, cultura, gastronomía y vinos. Posteriormente me trasladé a Asturias, con la que mantengo un vínculo familiar, para continuar mi desarrollo profesional. Estoy especializada en entrevistas en profundidad con un enfoque basado, principalmente, en escuchar. En Fusión Asturias combino mi labor periodística con el ámbito del marketing, siendo responsable del departamento comercial de la revista.

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