Acaba de estrenar “Origen” en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo como apertura de una nueva edición del CIMCO (Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo), una obra en la que se dan la mano tres artes: danza, música y moda. El evento está organizado por la Fundación Municipal de Cultura.
Tono Ferriol es un enamorado del arte. Da igual su manifestación. Él se encuentra cómodo y libre creando, y es en la danza donde ha encontrado la mejor forma de expresarse, de sacar lo que le quema dentro.
Reconoce que estar sin las artes vivas sería como vivir en un mundo sin color, pues para él siempre han sido su manera de comunicarse y conseguir entenderse con el mundo. El arte vincula, es un lenguaje universal y necesario que permite la unión, despierta la humanidad; una magia que sucede todos los días en cualquier rincón del mundo.
-¿En qué momento te das cuenta de que lo tuyo es bailar?
-No lo sabe casi nadie, pero empecé tocando la trompeta. Mi padre, que es valenciano, es músico, así que en mi familia tenemos la música muy arraigada y hacíamos muchas actividades extraescolares. Estuve dos años en el conservatorio de música de Oviedo, pero me di cuenta de que no era lo mío. Me costaba mucho estudiar y no me gustaba. También fui a clases de ballet. Empecé con Elisa Escuela de Danza en Oviedo e iba con mi hermana dos veces a la semana. Hacíamos festivales de fin de curso y eso sí que me gustaba. Los dos también cantábamos en el coro Divertimento de Oviedo, hacíamos zarzuelas y alguna ópera en la que necesitaban niños. A mí me encantaba estar en el escenario y la escenografía, estar en contacto con las artes vivas. En la pubertad, me cambió la voz y ya no podía cantar más en el coro de voces blancas.
-¿En qué punto se unieron los escenarios a la danza?
-Hubo un momento en el dije: vale, no quiero tocar la trompeta, pero quiero hacer algo. Me gustaba el escenario, y ahí fue cuando me di cuenta de que quería bailar. Le dije a Elisa lo que quería hacer y su respuesta fue “entonces hay que prepararse”. Ella empezó con mi formación desde los inicios y de ahí fui al Conservatorio de Gijón, donde estuve dos años (entré en cuarto). Luego terminé en Madrid, en el Conservatorio. No fue una aparición divina, me fui dando cuenta poco a poco de qué era lo que me gustaba. Al final se convirtió en un trabajo y estoy muy agradecido por eso.
«Empecé con Elisa Escuela de Danza en Oviedo e iba con mi hermana dos veces a la semana(…). A mí me encantaba estar en el escenario y la escenografía, Estar en contacto con las artes vivas»
-¿Tus padres llevaron bien que dejases la trompeta y apostases por la danza?
-Creo que lo más difícil para ellos fue la distancia. En Asturias, aunque existe mucho talento, no hay tantas oportunidades y había que viajar, salir. Desde el principio siempre me apoyaron y es algo que me alegra mucho y se lo agradezco, de hecho, lo siguen haciendo. Estoy viviendo en Bélgica y cuando pueden vienen a ver algún espectáculo y me gusta que lo hagan. Me gusta mucho venir a casa, dejarme mimar y hacer algún proyecto aquí, pero ellos siempre hacen lo posible para apoyarme y estar presentes.
-¿Qué te tiene enganchado del mundo del arte?
-Que tanta gente pueda conectar a través de diferentes disciplinas. Por ejemplo, ahora, con Origen, estamos haciendo un proyecto que aúna danza, música y moda. Gracias a él, estamos conociendo a mucha gente en el ámbito de la música porque, al fin y al cabo, estamos en un ciclo de música de cámara. También hemos contactado con Made by Kös para que nos hiciese una pieza de vestuario/escenografía y es muy satisfactorio ver el resultado. Me apasiona que podamos conectar y crear una red con todos estos artistas y disciplinas. Siempre he dicho que no me gusta demasiado estudiar, pero me gusta mucho aprender y, haciendo contactos, es como más lo consigo porque, cada uno, pone una parte para crear algo en conjunto que funciona.
-¿Existe un hilo que conecta todas las artes?
-¡Claro! El otro día decía en otra entrevista que el mundo sin danza sería como si quitásemos colores en el arte. Pero esto lo puedo extrapolar a todo. Si quitas la música, el arte plástico, la pintura… el mundo no sería igual. Imagínate que eliminases las estatuas que tiene Oviedo y que son maravillosas, ¡desaparecería la esencia de la ciudad!, de la vida en general. Todo el arte es muy importante.
-En tu Instagram hay un vídeo tuyo de pequeño en el que estás bailando y lo acompañas de un texto que dice: “Si el suelo quema, yo bailo”. ¿Sigue quemando a menudo?
-Sí. Mi sensación es que hay momentos en la vida en los que no paras, estás en modo automático y no te das cuenta de qué está pasando. El suelo te quema y tú no intentas apagarlo ni apartarte. Obviamente claro que sigue quemando, tanto en mi vida como en el mundo en general. Tienes mil cosas que hacer, lidiar con familia, amigos, con este problema del jefe, con cualquier cosa. Siempre va a haber cosas, lo que pasa es que tienes que saber cómo gestionarlas, cómo respondes. Mi forma de hacerlo es bailando.
«la danza te hace ver la vida de otro color. No puedes decir que todo sea blanco o negro porque nada es nunca así, pero ayuda mucho y deberíamos usarlo como herramienta para unirnos»
-¿El arte te permite una manera de mirar sin prejuicios?
-¡Ojalá! Me encantaría, pero, por desgracia, somos humanos con lo bueno y lo malo que ello implica. Es algo en lo que hay que trabajar con uno mismo. Pero sí que es cierto que la danza, por ejemplo, te hace ver la vida de otro color. No puedes decir que todo sea blanco o negro porque nada es nunca así, pero ayuda mucho y deberíamos usarlo como herramienta para unirnos.
-¿Cuál es el lenguaje de la danza?
-Últimamente intento acercarme más a certámenes y a la danza más local y hay mucha palabra todo el rato. Obviamente, el lenguaje es la principal forma de comunicación, pero con tanto “ruido” me lio un poco y no sé qué es lo que queremos hacer y qué idea queremos transmitir. Al final es arte y, como tal, es subjetivo. Cada uno tiene su percepción, pero no sé si el lenguaje hablado nos está ayudando o está diluyendo lo que realmente es. Es una pregunta difícil porque, para mí, la danza cambia cada día. Lo que hice en el ensayo de ayer no será lo mismo que haga al día siguiente y ahí radica el secreto. No quiero ser elitista y decir que esto sólo nos sucede a los bailarines porque, en realidad, todo el mundo danza en su día a día. Cuando estás esperando al bus, escuchas a tu artista favorito y estás moviendo el pie al ritmo de la música, en una discoteca, en una fiesta de prao… ¡Todo es danza!

-¿Existe un vínculo directo entre el bailar y nuestro origen?
-Esa es la esencia ya desde la prehistoria o cuando las tribus bailaban alrededor de una hoguera. Por supuesto que ha evolucionado, lo hace a cada minuto que pasa. Para mí, está en constante cambio y eso no es bueno ni malo. También tiene algo muy especial y es que está al alcance de todo el mundo. No estamos hablando de ballet, estilo neoclásico, flamenco o cosas específicas. Me estoy refiriendo al movimiento. Es la unión entre los seres humanos. Ahora que el mundo está tan hecho trizas, lo que creo que despierta este arte es la humanidad en las personas. Es como decir: no somos animales, no somos unos brutos. Tenemos sensibilidad y creemos en el arte. A lo mejor, hay una salida a todo esto.
-Sobre un escenario, ¿todas las emociones son necesarias?
-Sí y no. Te pongo el ejemplo con el mundo del teatro que me parece un poco más entendible. Hay actores que utilizan experiencias personales para meterse en un personaje. Tienes a otros que, simplemente, lo trabajan, pero no meten nada personal ni abren ninguna herida. En la danza pasa lo mismo. Yo siempre he dicho que no me gusta mezclar lo personal con lo profesional. Sí que es verdad que, cuando estás haciendo un personaje que requiere mucha demanda de emoción, al final te conviertes en él. Obviamente, en cada movimiento, estás empleando el alma y esto te hace reaccionar. Tienes que darlo todo cuando estás en el escenario tanto física como emocionalmente. Lo que no puede suceder es que te coma el personaje. Tienes que aprender a hacer una barrera y al bajar del escenario volver a ser Tono otra vez. No puedes crear una relación tóxica entre el arte y la persona.
«El baile tiene algo muy especial y es que está al alcance de todo el mundo. No estamos hablando de ballet, estilo neoclásico, flamenco o cosas específicas. Me estoy refiriendo al movimiento. Es la unión entre los seres humanos»
-¿Eres capaz de aislar tu estado emocional de lo que estás haciendo?
-A mí no me cuesta porque soy muy metódico. Siempre intento no darle tanta importancia a lo que estoy haciendo y eso me ayuda a hacerlo mejor o a quitarme estrés. Cuando estoy en el escenario y he tenido un mal día, me da igual. Intento ser lo más profesional posible. Claro que muchas veces tengo que hacer cosas que no me gustan, pero hay que comer. Así que te quejas, pero en cuanto te subes ahí, lo haces lo mejor que puedes. Siempre lo comparo con una profesión que a mí me resulta muy difícil que es la del cirujano. A veces me digo: “¿De qué te preocupas si solo tienes que hacer pasos? No tienes que operar a nadie a vida o muerte”. Si la intervención de ese médico dependiese de haber tenido un mal día, eso significaría que el paciente tiene pocas posibilidades de salir bien del quirófano. Cuando veo nerviosos a mis compañeros el comentario habitual es: ¡Relajaros! Sólo tenemos que hacer cuatro pasos sobre el escenario. Si nos confundimos el público no se va a morir y puede que ni se den cuenta. Estamos aquí para entretener y para hacer que el día de la gente que viene a vernos, mejore.
-La diferencia, el viajar, la fusión, ¿enriquece el arte?
-Muchísimo. Por suerte o por desgracia –digo esto porque podría haber estado en España trabajando si hubiese oportunidades–, he estado en muchos países y cada lugar y cultura son algo diferente pero que está unido. En mi caso, la danza es lo que unifica todo. Ahora que me estoy adentrando en el mundo de la coreografía, algo que me inspira mucho es estar en países diferentes. El arte que veo en la calle, una persona en una tienda, una postura de alguien que espera, todo me sirve para crear. A día de hoy no sería el Tono que soy si no hubiese viajado y visto todo lo que vi.

-¿Qué te sugiere un escenario vacío?
-Muchas posibilidades. Tenemos algo maravilloso con lo que podemos crear que es la imaginación. Un escenario vacío son infinitas posibilidades, es hacer que lo imposible sea posible. Ahora mismo hay producciones que son una pasada en cuanto a los efectos que crean. Me encanta la sensación de empezar una producción, montar la escenografía, las luces y demás.
-Desde el escenario, ¿percibes las sensaciones del público?
-Depende del escenario. Hay algunos en los que el público está lejos o muy oscuro. Sin embargo, en el auditorio de Oviedo, la luz rebota contra las paredes, ves todo mucho mejor y te das cuenta de las expresiones de la gente. Hace dos años estrenamos en Bélgica Notre-Dame de París, de Víctor Hugo. Fue uno de los personajes más demandantes que hice. Ahí sí que notaba mucho la conexión con el público. Había un momento en el que, después de haber sido torturado, ser el hazme reír de París, de haber sido atado, tenía que darme la vuelta y estar un minuto viendo al público. Hubo veces que hasta lloré y ese ha sido uno de los momentos en lo que más he conectado con ellos porque, algunos, tambien lloraban, en otros percibías esa incomodidad de no permitirse sentir, otros no sabían qué hacer. Fue muy interesante.
«Bailar en silencio significa hacerlo con la respiración de la audiencia, con el caramelo de la señora de la segunda fila que tiene la boca seca, con el de la cuarta fila que está tosiendo y no puede más… Eso también es bonito. Es una tensión continua que se crea»
-¿Eres capaz de danzar en silencio?
-Sí. En Origen, hay algunos momentos de silencio con danza y creo que es algo muy importante. También es verdad que el silencio absoluto no existe. Bailar en silencio significa hacerlo con la respiración de la audiencia, con el caramelo de la señora de la segunda fila que tiene la boca seca, con el de la cuarta fila que está tosiendo y no puede más… Eso también es bonito. Es una tensión continua que se crea y, en esta obra concretamente, no sólo entre los bailarines y el pianista sino también con el público. En el momento en el que la música se para, el público se queda cara a cara con el bailarín. Para alguna gente es algo incómodo porque no saben cómo reaccionar frente a alguien que se está moviendo en silencio y al que están escuchado respirar. Para otra parte de la audiencia, es maravilloso.
-En ese silencio, ¿qué es lo que te marca el ritmo?
-Mi propia respiración. Lo hago mucho y muy alto. Me gusta sentir el flujo de oxígeno. Ayuda también a que mis músculos se muevan mejor. Voy respirando y mi cuerpo va respondiendo.

