En Llanera, un gimnasio de toda la vida se ha convertido en un pequeño laboratorio de convivencia, creatividad y transformación social. Al frente está Candela Guerrero, profesora de danza, educadora social y una de esas personas que entienden el movimiento como un lenguaje capaz de sanar, unir y denunciar. Su proyecto, Centro Mar De Violetas, que combina deporte, danza, activismo y comunidad, se ha convertido en un punto de encuentro para niñas, adolescentes, personas adultas y mayores que encuentran allí algo más que una clase: encuentran un lugar.
-¿Cuándo descubriste que la danza podía ser algo más que una disciplina artística y convertirse en una herramienta de transformación social?
-Estoy vinculada al movimiento asociativo desde que tengo 14 años y siempre sentí que la danza y lo social podían ir de la mano. Poco a poco me fui formando; he trabajado en la asociación comunitaria y desde la práctica fui aprendiendo a desarrollar proyectos en el ámbito comunitario a través del cuerpo, de la danza y de la intervención artística. Y bueno, hasta hoy, que ya soy una señora mayor.
-¿Cómo influyó tu formación como educadora social en tu manera de entender el movimiento y el trabajo con comunidades? ¿Qué llegó antes, la danza o lo social?
-Primero fui trabajadora social, pero siempre bailé. Había una parte que tenía que ver con que yo era bailarina y estudiaba en una escuela, así que me fui formando paralelamente en ambas cosas.
Creo que la danza tiene dos cosas muy importantes: una, que nos ayuda a trascender mensajes y a generar experiencias desde el cuerpo que nos vinculan como seres humanos más allá de los discursos. Eso es una herramienta muy fuerte para incluir la diversidad, porque puedes manejar muchos niveles de comunicación y lenguaje que no pasan por el entendimiento racional común.
Y luego está la parte de empoderar y potenciar al individuo: trabajar barreras, fortalecer habilidades, ayudar a sentirnos bien, a mimar el cuerpo. La danza tiene que ver con cuidar el cuerpo e impulsarlo, no con agobiarlo o forzarlo. No trabajamos desde la normatividad clásica. Los cuerpos de nuestras alumnas son maravillosos tal y como son, y desde ahí se genera el movimiento. La transformación ocurre en muchos niveles: en lo individual, en lo colectivo y también en lo que comunicamos con las obras.
-¿Qué te llevó a dedicar tu vida a acompañar a personas vulnerables a través del cuerpo y la expresión?
-Es que siempre fui así, muy prosocial. Ya en el cole me interesaban la solidaridad y el apoyo mutuo. Luego crecí vinculada al tejido asociativo, muchos años en temas de solidaridad internacional y cooperación al desarrollo. Estuve de cooperante un tiempo en distintos países. Ahora volvemos, pero desde el centro: este año nos vamos a Colombia con una visita de Verificación de Derechos Humanos y también a los campamentos de refugiados, al Festival de Cine del Sáhara. Me gusta estar rodeada de gente, construir entre las personas y hacer pueblo. Estoy muy vinculada a Llanera y creo que aquí hay muchos tesoros humanos.
«Estoy vinculada al movimiento asociativo desde que tengo 14 años y siempre sentí que la danza y lo social podían ir de la mano»
-Después de tantas experiencias en el ámbito de la solidaridad y el asociacionismo, abrís el Centro MDV Llanera. ¿Qué tipo de experiencia encuentra quien entra por la puerta?
-El centro es el gimnasio de toda la vida del pueblo que nos delegaron con mucho cariño los anteriores dueños. Yo venía solo a preguntar si había una sala para dar clase de danza y al final me propusieron coger el centro al completo.
Tiene la parte común de gimnasio, pero también funciona aquí una asociación juvenil y creamos la asociación La Mar de Violetas. Así que pasan muchas cosas a la vez: puedes estar presentando un proyecto de Colombia mientras hay clase de spinning y sale alguien de Pilates. Todo es bienvenido.
Nos gusta así. No queremos encerrarnos en una burbuja de solidaridad. ¿Qué es más social que llevarte bien con tus vecinos? Cuidarlos a través del deporte, de la actividad física, y desde ahí trascender hacia la educación en valores.
Estamos en proceso de unificar el centro y la asociación en una cooperativa de iniciativa social. No cambia nada hacia fuera, es una reorganización interna.
Tenemos la parte deportiva, la escuela de danza, la compañía de danza social –la única en Asturias–, la asociación juvenil y la asociación La Mar de Violetas, donde trabajamos participación y transiciones ecosociales.
-¿Qué sucede cuando un grupo de personas que no se conocen empiezan a bailar juntas?
-Depende de lo que haga el profesor. En mi caso, normalmente viven una experiencia significativa: eso que te pasa y hace que nada vuelva a ser igual. No tiene por qué ser algo social. A veces ir a un concurso juntas, apoyarse, cuidarse, alegrarse por las otras, ya es una experiencia significativa. Trabajamos mucho los grupos humanos para cuidarse y enfrentar el mayor mal de la sociedad: la soledad. Aquí intentamos que nadie se sienta solo/a.
-¿Ese efecto de comunidad también se da en los grupos de personas adultas y mayores?
-Sí, claro. Por ejemplo, ahora parece que estamos siempre de fiesta, pero es porque celebramos mucho. Hacemos cosas para que salgan a bailar. Por ejemplo, hay grupos de zumba y baile para quienes encontrarse aquí es muy guay; hay muy buen ambiente, se cuidan mucho entre ellos. Conocemos el nombre de las personas y saben que si pasa algo estamos aquí.
También está quien viene, hace ejercicio y se va. Cada uno en su nivel de necesidad. Pero tienen un espacio social del que tirar si hay dificultad. Y las hay: salud mental, problemas cotidianos… los abordamos a diario.
-¿Por qué es tan importante volver a conectar con el cuerpo en una sociedad tan desconectada de sí misma en la que vivimos?
-Porque es un alimento y porque la relación con el cuerpo es también la relación con los demás y con el territorio. Siempre decimos la frase de nuestra compañera Yayo: Necesitamos vidas dignas que merezcan la alegría de ser vividas. Y para eso hay que empezar por uno mismo. Nosotras conectamos muy rápido el bienestar social y comunitario con venir a Pilates. Ayuda a la conexión.
«La danza es una herramienta muy fuerte para incluir la diversidad, porque puedes manejar muchos niveles de comunicación y lenguaje que no pasan por el entendimiento racional común»
-¿Qué valores esenciales crees que transmite la danza que resultan imprescindibles para la vida?
-La creatividad, que es fundamental para enfrentar un mundo cambiante e inseguro. La disciplina: mejorar, trabajar, aceptar límites, gestionar frustraciones. El compañerismo: cuidar a las otras, entender que cada persona aporta algo a la belleza de una coreografía. La mirada apreciativa: mirar personas y espacios con posibilidades. Y habilidades de comunicación. La danza te da un poco de todo. Yo siempre les digo a mis bailarinas que la danza nos salva de la vida.
-¿Qué cambios personales has visto en las personas que pasan por tus clases?
-Muchos. Yo nunca escondo los problemas de las bailarinas; les propongo que los bailen. Tengo una alumna que tuvo un TCA (Trastorno de Conducta Alimentaria) muchos años y ahora está construyendo una pieza sobre su propio problema. Tiene que escribirlo, enfrentarlo, transmitirlo con el cuerpo. En ese recorrido también acuna sus propios dolores. Hay quien solo viene a clase y ya está, y hay quien lo usa como herramienta de bienestar y cuidado. La danza puede ser una herramienta de resiliencia total si lo permites.
-¿Qué puede comunicar el cuerpo que a veces las palabras no consiguen expresar?
-Hay un proceso que tiene que ver con el empoderamiento y la libertad: pasar del silencio a la palabra. Si le metes perspectiva de género, más aún. A veces no podemos ser palabra, pero sí podemos ser movimiento. Son pasos hacia la expresión, que es lo que nos permite ser libres.
-¿Cómo construís ese espacio seguro donde cada persona pueda expresarse sin miedo a lo que piensen los demás?
-Cada bailarina es un mundo, pero todas saben que me importan de verdad. No es postureo. Las quiero mucho, incluso cuando las riño. Estoy muy pendiente, sobre todo en la etapa de 11 a 14 años, que es la más complicada. Si entran con mala cara, me entero. Pregunto con respeto. Y no solo yo: todo el equipo de Mar de Violetas.
También limitamos actitudes, normalizamos emociones como la envidia o la competitividad, pero educamos en otras conductas. La danza siempre fue muy competitiva y arrasadora. Aquí no dejamos que sea así. El proceso es más importante que el resultado, aunque luego los resultados también acompañen.
-La gestión emocional parece tener un peso importante en tus clases. ¿Cómo la integras en el trabajo corporal?
-Con herramientas concretas. Siempre hago una acogida al principio del curso. Hacemos ejercicios de movimiento para la cohesión grupal, para expresarse, para cooperar. El grupo será de una manera u otra según cómo trabaje el profesor. Yo siempre genero dinámicas cooperativas, y luego ellas cooperan entre sí y se hacen amigas.
«La danza siempre fue muy competitiva y arrasadora. Aquí no dejamos que sea así»
-¿Qué mensajes sociales quieres transmitir a través de este proyecto?
-Sobre todo que necesitamos urgentemente poner la vida en el centro. En estos tiempos de colapso económico, climático, con noticias terribles que atentan contra la infancia, la vida de todas y todos debe ser la prioridad. Y desde ahí, aprender a relacionarnos de otra manera. Estar orgullosos de lo que somos, de nuestras raíces.
-En tu caso, ¿la utilizas también como herramienta de denuncia y sensibilización?
-Sí. Creo firmemente que la danza puede convertirse en una forma de activismo. Desde lo individual -sentirnos bien- hasta lo sociológico: denunciar Trastornos de la Conducta Alimentaria, salud mental, memoria histórica, cambio climático. Hace mucha falta.
-¿Qué te ha enseñado la danza sobre ti misma que no te haya enseñado ninguna otra experiencia vital?
-A acunarme, tener un refugio, entender que cada aprendizaje tiene un movimiento y una cualidad diferente. A veces no puedes adaptarte a lo que te pasa, porque es muy doloroso, pero por lo menos te acuna.
-¿Qué le dirías a alguien que asegura que “no sabe bailar”?
-Que da igual. A lo mejor no llegas a ser profesional si eres mayor, pero eso no importa. Hay una parte que es técnica y otra que es movimiento. Al movimiento todo el mundo está invitado. No puedes pasar por la vida con ganas de bailar sin hacerlo. Siempre habrá un estilo o un nivel al que puedas acceder. Puede bailar todo el mundo, incluso con movilidad reducida. Es demasiado amplio y diverso como para perdérselo como experiencia.
-¿Qué parte de tu historia personal te conecta más con ese deseo de transformar el mundo?
-Mi hijo. La maternidad. Tener un hijo de cuatro años me conecta con el presente y con el futuro que quiero para él. Con las relaciones que quiero que tenga. Con su capacidad para refugiarse en el arte. Hay un dolor del que no le voy a poder proteger. Eso me conecta con los recursos que él pueda tener para protegerse donde yo no llegue. Hace cinco años te habría contestado otra cosa más militante, pero ahora mismo la vida de mi hijo es el centro.
-Si pudieras cambiar una sola cosa en el mundo a través de la danza, ¿cuál sería?
-La hostilidad. Los discursos de odio y la apatía que generan. El cansancio que genera que la gente se odie. Eso últimamente me tiene…
Es algo que intento reflejar en mis clases, esa llamada a la inclusión y la diversidad. Aquí tiene cabida todo el mundo.
-Antes incluso de abrir el centro ya estabais implicadas en proyectos asociativos que buscaban generar cohesión. ¿De dónde nace esa forma de entender lo comunitario? ¿Cómo se pueden implicar instituciones, familias y barrios para generar ese movimiento comunitario del que hablas?
-De que la gente se sienta parte. También lo hace Llanera Sin Barreras, donde soy socia sin tener discapacidad. En Llanera tenemos un filón de gente capaz de hacer pueblo, una escuela de vida. Somos un espacio abierto, orgulloso de donde es, amable; que permite expresarse y formar parte de él. Eso en sí mismo ya es transformador. Sabes que aquí estás un poco a salvo.
En el centro MDV de Llanera, la danza no es solo técnica ni espectáculo: es refugio, comunidad, denuncia, celebración y aprendizaje. Candela Guerrero lo resume con una frase que repite a sus alumnas y que atraviesa toda la conversación: “La danza nos salva de la vida”