Cuando faltan quienes unían 

Hay momentos en la vida en los que el tiempo, sin pedir permiso, nos obliga a bajar el ritmo. A mirar alrededor con más calma. A observar lo que antes pasaba desapercibido entre la prisa, las obligaciones y el ruido constante de lo cotidiano. 

Vengo de una temporada personal difícil. De esas que te remueven por dentro y te obligan a replantearte muchas cosas. Y, quizás por eso, he tenido la oportunidad —o la necesidad— de escuchar más. De conversar con distintas personas. De abrir espacios donde compartir reflexiones que, aunque parecen pequeñas, en realidad hablan de algo mucho más grande: el modo en que nos relacionamos hoy. 

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En varias de esas conversaciones surgió un tema que me dejó pensando: el individualismo social. 
Personas de distintas generaciones coincidían en algo que hoy parece casi una reliquia: antes, cuando había tensiones familiares, cuando una reunión se torcía o quedaba un malestar en el aire, siempre había alguien que sabía sostener. 
Casi siempre eran ellas. 
Las abuelas. 
Eran las mediadoras invisibles. Las que, sin levantar la voz, al día siguiente cogían el teléfono y llamaban, uno por uno. Quitaban hierro, suavizaban palabras, reconstruían puentes sin hacer ruido. No necesitaban discursos largos, ni teorías complejas. Solo sabían mirar más allá del orgullo y recordar lo importante: la familia. 

Gracias a ellas, las mesas seguían llenándose. 
Las reuniones continuaban. 
Los lazos, aunque tensos, no se rompían. 

Hoy, en cambio, muchas de esas mesas están vacías. 
Las familias se distancian con facilidad. Los conflictos se enquistan. Y lo más llamativo es que ya casi no hay quien medie. Quien acerque. Quien se atreva a sostener el vínculo cuando incomoda. 

Nos hemos acostumbrado a soltar antes que a reparar. 
A alejarnos antes que a entender. 

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Y en ese proceso, no solo hemos perdido reuniones familiares. También hemos dejado de conocer a quienes viven a nuestro lado. Nuestros vecinos ya no tienen nombre, ni historia, ni presencia. Compartimos paredes, pero no vidas. 

Quizás el problema no sea solo el individualismo. 
Quizás lo que falta son personas que sepan unir. 
Personas que entiendan que los vínculos requieren cuidado, paciencia y, muchas veces, la valentía de dar el primer paso. 

En medio de todas estas reflexiones, la vida también me ha enfrentado a una pérdida profunda. 
Hace poco se fue alguien que marcó un antes y un después en mi historia: José Manuel Suárez Suárez. Durante ocho años fue mi psicólogo. Pero reducirlo a eso sería quedarse muy corto. Para mí, fue mucho más. 
Fue un padre espiritual. Una presencia que me enseñó, con una paciencia infinita, todo aquello que muchas veces la vida no te da en el momento en que más lo necesitas. 
Me enseñó a entender mis emociones, a no temerlas, a gestionarlas con inteligencia. A mirar mis propias vivencias sin culpa. A comprender que no era yo el problema, que no había nada roto en mí. 

José Manuel Suárez Suárez, psicólogo recientemente fallecido.

Recuerdo perfectamente una de las lecciones que más me transformó: no eres culpable, estás viviendo dentro de una sociedad débil, que discrimina en cuanto alguien se sale del patrón establecido. 
Aquellas palabras no solo aliviaron mi dolor. Me devolvieron dignidad. 
Con él aprendí que sanar no siempre es olvidar, sino entender. Darle un lugar a lo vivido sin que eso te defina. 

Pero, sobre todo, recuerdo algo que iba más allá de cualquier tratamiento. 
Aquellas quedadas en las que no había terapia como tal. 
Solo conversación. 
Un espacio seguro.
Una voz con una entonación casi paternal que te hacía sentir que, por un momento, todo estaba bien. 
Que podías respirar. 
Que no estabas sola. 

Hoy, su ausencia deja un vacío difícil de explicar. Pero también deja algo mucho más fuerte: todo lo que sembró. 
Su forma de cuidar. 
De sostener. 
De empujar hacia adelante a quienes, de alguna manera, se sentían al margen. 
Por eso, este artículo también es para él. 
Para darle las gracias. 
Por aparecer en mi vida en el momento en que más lo necesitaba. 
Quiero pensar —y lo siento así— que desde algún lugar sigue haciendo lo mismo que aquí: cuidar, acompañar, sostener. 
Que tenemos un ángel. 
Uno que vela especialmente por quienes alguna vez se sintieron fuera de lugar. 

¿Y ahora qué hacemos con todo esto?
Porque sí, vivimos deprisa. 
Porque sí, cuesta detenerse. 
Porque sí, a veces parece que acercarse a los demás requiere una energía que no siempre tenemos. 

Pero también es cierto que el cambio no empieza en grandes gestos. 
Empieza en decisiones pequeñas, sostenidas. 
Empieza en uno. 
No se trata de convertirnos en salvadores de familias ni en mediadores perfectos. Se trata, simplemente, de empezar a ocupar ese lugar que hoy está vacío. 
Y hacerlo desde donde estamos. 

En la familia, quizá no podamos arreglarlo todo. Pero sí podemos hacer algo diferente: no alimentar el conflicto, no responder desde el orgullo, atrevernos a dar el primer paso. A veces, una llamada sincera vale más que tener razón. 

En la pareja, significa no dar por hecho. Preguntar, escuchar, volver a mirarse. Porque el individualismo también se cuela en lo íntimo cuando dejamos de cuidar el vínculo. 

En la amistad, implica sostener, aunque no sea cómodo. Interesarnos de verdad, no solo cuando todo va bien. Estar presentes, no solo disponibles. 

En el vecindario, recuperar lo básico: un saludo, una conversación breve, reconocer al otro. No hace falta construir grandes relaciones, pero sí romper el anonimato. 

Y con nosotros mismos, quizás el paso más importante: bajar la exigencia. Entender que no siempre vamos a tener tiempo, ni ganas, ni energía. Pero que incluso en medio del caos, podemos elegir no desconectarnos del todo.  

Marcar la diferencia hoy no es hacer algo extraordinario. 
Es hacer lo sencillo, pero hacerlo con intención. 
Es llamar cuando lo fácil sería no hacerlo. 
Es escuchar cuando lo cómodo sería ignorar. 
Es acercarse cuando lo habitual es distanciarse. 

Quizás nunca volvamos a tener esas abuelas que sostenían todo en silencio. 
Pero sí podemos decidir qué tipo de personas queremos ser en este momento. 
Si las que se apartan. 
O las que, poco a poco, vuelven a unir. 

Desde Pluma Milenaria con mucho cariño y con agradecimiento al equipo de Fusión Asturias. 

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Evelin Menéndez
Evelin Menéndez
Evelin Menéndez es una escritora independiente. Autora de Sangre y Alma y colaboradora de la sección Pluma Milenaria en Fusión Asturias. Organiza talleres y actividades de lectura sanadora y creativa. También está al frente del proyecto Fusión Protagonista para difundir y apoyar todo el movimiento cultural asturiano. Si tienes una historia que contar, Evelin estará encantada de ayudarte.

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Evelin Menéndez es una escritora independiente. Autora de Sangre y Alma y colaboradora de la sección Pluma Milenaria en Fusión Asturias. Organiza talleres y actividades de lectura sanadora y creativa. También está al frente del proyecto Fusión Protagonista para difundir y apoyar todo el movimiento cultural asturiano. Si tienes una historia que contar, Evelin estará encantada de ayudarte.

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