A menudo me preguntan con qué me quedo, si con el jardín o con el bosque. Y sé muy bien qué responder: no quiero escoger, porque los dos mundos me parecen necesarios y bellos.
En el bosque encuentro lo que nace sin que nadie de carne y hueso lo haya diseñado, lo que crece siguiendo sus propias leyes, lo que cambia sin pedir permiso. En un jardín encuentro otra forma de belleza: la que nace del diálogo entre la naturaleza y quien la observa, la cuida, la imagina y decide acompañarla.
Durante el mes de agosto tengo la oportunidad de habitar uno de esos jardines de una manera diferente. Es decir, no me deleito paseando o sentándome bajo el dosel de los árboles, sino que me deslizo velozmente, rastrillo y manguera en mano, sin perder un minuto entre tarea y tarea. En agosto soy jardinera. Y aunque llevo seis años trabajando en el Jardín Histórico del Museo Evaristo Valle, estas semanas siempre me permiten conocerlo desde un lugar distinto: desde el cuidado cotidiano, ocupando el lugar del jardinero jefe durante sus vacaciones y adentrándome, aunque sea temporalmente, en un trabajo que lleva años dejando su huella en este jardín.
Quizá sea precisamente esa experiencia la que después me permite mirarlo de otra manera cuando, durante el resto del año, lo recorro con escolares y adultos en las visitas botánicas. Conocer el jardín desde dentro, atender sus necesidades y observar sus pequeños cambios me ayuda a mostrar una parte de él que no siempre está a la vista de quien viene simplemente a pasear.
Cada mañana del mes de agosto llego cuando todavía no ha abierto sus puertas. Cuando la luz, la temperatura y los sonidos del comienzo de actividad de los animales son ajenos al ajetreo de la ciudad que despierta. Siempre pienso que esa es la mejor parte del día. No porque haga menos calor, sino porque, por un tiempo, el jardín sigue perteneciendo a quienes nunca aparecen en los folletos: los mirlos, las ardillas, los petirrojos, los insectos que aún conservan el rocío prendido en las alas y los árboles, que parecen respirar con más calma antes de que lleguen los visitantes.
Conocer el jardín desde dentro, atender sus necesidades y observar sus pequeños cambios me ayuda a mostrar una parte de él que no siempre está a la vista de quien viene simplemente a pasear.
Cada día, al cruzar la frontera entre el mundo de fuera y la vegetación del interior, un cuervo grazna desde la veleta del chapitel que corona el palacete, como si desde allí diera la voz de alarma y anunciara a todos sus habitantes que la «aguadora» ha llegado. Entonces, antes de empezar a trabajar, camino. Eso es lo primero que hago al entrar, caminar. Recorro los senderos atenta, como quien entra en casa de un viejo amigo y necesita saber cómo ha pasado la noche. Observo qué ramas han cedido con el viento, qué macizos reclaman agua, dónde han caído más hojas, qué rincón pide hoy más atención que ayer.
El jardín nunca es exactamente el mismo. Cada amanecer me entrega un paisaje ligeramente distinto y es él quien decide el orden de mi jornada, no yo. Sus necesidades se imponen y yo escucho.
Después, la faena comienza cada día con los bonsáis. Hay algo profundamente educativo en regar estos pequeños árboles. Te fuerzan a olvidar cualquier prisa. El agua no puede caer con fuerza. Debe hacerlo despacio, en gotas pequeñas, permitiendo que el sustrato vaya aceptándola poco a poco. Si uno intenta acelerar el proceso, el agua simplemente resbala y se pierde. Mientras los hidrato y refresco, me tomo a pequeños sorbos el café que llevo en el termo. Cada cual se despierta como puede.
A esa hora, esos árboles miniaturizados me recuerdan que la paciencia no es una virtud abstracta, sino un gesto repetido cientos de veces conscientemente, gota a gota.
Cuando termino con ellos, desenrollo la larga manguera azul y comienzo a recorrer el resto del jardín.
Es entonces cuando aparecen mis compañeros de trabajo. El primero suele ser un mirlo que ha construido su nido bajo el denso ramaje de una tuya que afronda hasta el suelo. Hace tiempo que dejamos de ser unos desconocidos. En cuanto me ve acercarme, abandona su escondite y se planta justo en mitad del camino impidiéndome el paso y emitiendo un insistente trino de alarma. Cualquiera diría que intenta ahuyentarme, pero yo ya sé que ese canto significa otra cosa.
Y es que a pocos metros del nido hay un viejo ciruelo rodeado por una pequeña hondonada. Me basta con llenar aquel cuenco de tierra con agua para que el mirlo cambie por completo de actitud. Entonces va dando pequeños saltos por el suelo, se introduce en su improvisada piscina y comienza a salpicar agua en todas direcciones con una alegría contagiosa.
Su canto también cambia. Ya no hay advertencias, solo ese canto vivaracho y satisfecho propio de quien acaba de encontrar exactamente lo que necesitaba. Nunca imaginé que un pájaro pudiera enseñarme a escuchar sin palabras.
Las ardillas tampoco tardan en aparecer. Al principio escapaban en cuanto me oían. Hoy recorren los troncos mientras trabajo y, de vez en cuando, se detienen a observarme con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que nunca llegan a perder del todo. Quizá las nueces y las avellanas que llevo en los bolsillos hayan ayudado a estrechar nuestra relación. Me gusta pensar que sí, aunque sospecho que la verdadera confianza siempre necesita mucho más tiempo que un puñado de frutos secos.
Al principio, las ardillas escapaban en cuanto me oían. Hoy recorren los troncos mientras trabajo y, de vez en cuando, se detienen a observarme con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que nunca llegan a perder del todo. Quizá las nueces y las avellanas que llevo en los bolsillos hayan ayudado a estrechar nuestra relación.
Los petirrojos, en cambio, son impacientes. Apenas comienzo a rastrillar las hojas, aparecen detrás de mí como si llevaran un reloj entre el plumaje. Conocen perfectamente el sonido hipnótico del rastrillo removiendo la hojarasca: frush, frush, frush. Saben que, bajo ese manto de hojas secas, empezarán a descubrirse pequeños insectos que convierten mi trabajo en su desayuno.
Yo avanzo unos metros. Ellos avanzan conmigo. Hace tiempo que dejamos de estorbarnos; ahora simplemente compartimos la jornada.
Algo parecido ocurre cuando riego las hortensias y los agapantos. El agua forma un arco brillante bajo el sol y, casi siempre, algún grupo de pequeños reyezuelos listados decide atravesarlo en pleno vuelo. Lo hacen una vez y otra más, como niños incapaces de resistirse a cruzar una fuente en verano. Se acercan tanto a mí estos diminutos pájaros que, en una ocasión, en mi quietud, uno de ellos se posó en mi hombro. Ambos nos miramos sorprendidos y él salió volando asustado por su descuidada osadía. Durante aquellos segundos olvidé la tarea que tenía entre manos y me descubrí sonriendo emocionada, porque hay espectáculos que solo existen cuando nadie los está buscando.
Ardillas y arrendajos entierran semillas donde les parece, las olvidan y, sin saberlo, van dibujando poco a poco el futuro del jardín. A ellos les debemos muchos de esos árboles que aparecen donde nadie los plantó, recordándonos que un jardín nunca pertenece del todo a quien lo diseña.
Los arrendajos son distintos. Hay una pareja que vive en este jardín y que a menudo entra en ruidosas batallas con las urracas. Son aves esquivas y durante mucho tiempo bastaba un movimiento mío para que desaparecieran sin que ni siquiera llegase a verlas. Ahora, de vez en cuando, uno de ellos se posa en la rama de un cedro, de un magnolio o de un viejo ciprés y permanece allí observándome en silencio. No reclama comida ni parece esperar nada. Simplemente mira. Y eso provoca en mí la extraña sensación de haber dejado de ser una intrusa para convertirme en una presencia habitual del paisaje.
Intuyo que las decenas de robles y nogales que brotan en los lugares más insospechados del jardín han sido sembrados por los grandes jardineros del bosque, que han tenido a bien establecerse y trabajar aquí. Ardillas y arrendajos entierran semillas donde les parece, las olvidan y, sin saberlo, van dibujando poco a poco el futuro del jardín. A ellos les debemos muchos de esos árboles que aparecen donde nadie los plantó, recordándonos que un jardín nunca pertenece del todo a quien lo diseña.
El verano, por supuesto, también pesa. Hay montañas de hojas que arrastrar hasta el contenedor, ramas que retirar y caminos que barrer. El sol del mediodía cae sobre los claros del jardín con una intensidad que obliga a bajar el ritmo. Mi camiseta termina empapada y mis brazos recuerdan cada saco levantado. No hay músculo en mi cuerpo que no sea consciente del esfuerzo al que lo someto. Sin embargo, nunca he sentido ese cansancio como una carga. Hay fatigas que vacían y otras que, de algún modo difícil de explicar, llenan.
A menudo, mientras riego, observo cómo el agua desaparece lentamente entre la tierra resentida por los días secos. Pienso en las raíces invisibles (para mí que la esperan), en la hierba que recuperará el verde unas horas después, en los árboles que soportan en silencio el calor de la brasa de la estación. Me gusta imaginar que cada gota encuentra exactamente el lugar donde hace falta. Regar deja entonces de ser una tarea para convertirse en una conversación silenciosa con el jardín. Casi puedo sentir el alivio del agua recibida al ver la tierra embebida.
Y quizá eso sea lo que más he aprendido durante este tiempo: que cuidar un jardín no consiste únicamente en mantenerlo bonito. Consiste en observarlo. En aprender sus ritmos. En reconocer cuándo necesita agua, cuándo una rama pide ser retirada o cuándo es mejor no intervenir.
Un jardín también habla. Solo hay que permanecer el tiempo suficiente para aprender su lenguaje.
Mientras riego, barro, recojo hojas o lleno de agua la pequeña piscina de un mirlo, tengo la impresión de que el jardín hace exactamente lo mismo conmigo. Sin decir una sola palabra, me recuerda cada día que la naturaleza no solo necesita cuidados. También sabe cuidar de quienes aprenden a amarla en todas sus formas.
Cuando llega la tarde y por fin se abren las puertas y comienzan a entrar los primeros visitantes, el hechizo se rompe con suavidad. El jardín vuelve a ser de todos. Para entonces, yo ya habré recogido la manguera y guardado el rastrillo. Pero durante unas horas he tenido el privilegio de habitar un mundo que casi nadie conoce. Y hay días en los que me pregunto si realmente soy yo quien cuida de este lugar en agosto. Porque mientras riego, barro, recojo hojas o lleno de agua la pequeña piscina de un mirlo, tengo la impresión de que el jardín hace exactamente lo mismo conmigo. Sin decir una sola palabra, me recuerda cada día que la naturaleza no solo necesita cuidados. También sabe cuidar de quienes aprenden a amarla en todas sus formas.
Quizá por eso, después de estos años trabajando aquí, sigo descubriendo nuevas maneras de nombrar lo que este jardín significa. No porque deje de conocerlo, sino porque los lugares cambian cada vez que alguien los mira desde un ángulo diferente.
Hace poco tuve precisamente una de esas oportunidades. Guillermo Cuadrado, de Segogarden, paisajista y gran conocedor del mundo de los jardines, vino a visitar La Redonda con un grupo de personas en su recorrido por jardines de Asturias. Y sí, yo conocía ya sus senderos, sus árboles, sus rincones y muchas de sus pequeñas historias. No vino a descubrirme el jardín. Pero durante aquella visita compartió conmigo su manera de leerlo. Y entre las muchas cosas que hablamos hubo una expresión que se quedó resonando en mi cabeza: un jardín vanguardista.
Nunca había utilizado esas palabras para definirlo. Y, sin embargo, cuanto más pensaba en ellas, más sentido empezaban a tener.
Porque quizá hay jardines que son vanguardistas no porque hayan sido concebidos para parecer modernos, sino porque fueron capaces de adelantarse a su tiempo. Jardines que no necesitan renunciar a su historia para seguir siendo contemporáneos.
Y entonces empecé a mirar La Redonda desde esa palabra. Su historia es, en cierto modo, una historia de transformaciones. El jardín comenzó a configurarse entre finales del siglo XIX y comienzos del XX bajo una fuerte influencia de la tradición inglesa, con caminos sinuosos y una apariencia naturalista, pero incorporó también otros lenguajes: la geometría, la topiaria y, posteriormente, una parte regular de inspiración francesa.
En apenas 16.000 metros cuadrados conviven más de 120 especies de árboles y arbustos, muchas de ellas centenarias. Especies llegadas de lugares lejanos que encontraron aquí un nuevo territorio y que hoy forman parte inseparable de la identidad del jardín. Son quienes dan sentido a buena parte de mis jornadas.
Lo vanguardista quizá esté precisamente en esa mezcla. En no haber escogido entre lo natural y lo diseñado. Entre la curva y la línea. Entre el crecimiento libre y la forma creada por la mano humana.
Después llegó el arte. Desde la apertura en 1983 del Museo conmemorado a Valle, el gran pintor, las esculturas contemporáneas junto con las clásicas que ya lo habitaban, comenzaron a incorporarse al paisaje hasta convertir el jardín en algo más que un jardín: un museo al aire libre, dedicado a la contemplación y a la educación por igual.
Las obras aquí no están simplemente colocadas entre los árboles; conviven con ellos. A veces desaparecen entre las ramas. Otras veces la vegetación parece formar parte de ellas. Lo vivo y verde cambia su percepción, la luz modifica sus formas y el paso de las estaciones transforma el escenario. El jardín se convierte en museo y el museo se convierte en jardín. Sin duda, es un jardín que no eligió entre naturaleza y arte: decidió ponerlos a dialogar.
Quizá ahí resida su verdadera vanguardia. En haber entendido, mucho antes de que necesitáramos ponerle nombre, que la naturaleza y el arte podían compartir un mismo espacio sin que ninguno tuviera que imponerse al otro.
Las obras aquí no están simplemente colocadas entre los árboles; conviven con ellos. (…) El jardín se convierte en museo y el museo se convierte en jardín. Sin duda, es un jardín que no eligió entre naturaleza y arte: decidió ponerlos a dialogar.
Un jardín vanguardista no tiene por qué ser un jardín meramente actual. Puede ser un espacio que incorpora nuevas miradas y conversa con el pasado. Que conserva su memoria sin quedar atrapado en ella. De modo que, en este caso, la historia no es solamente aquello que permanece. También es aquello que sucede. Una rama cae. Un pájaro construye un nido. Una ardilla atraviesa un sendero. Una escultura se cubre de sombra. Una raíz encuentra agua. Una persona llega cada mañana con sus aperos y, sin darse cuenta, añade una pequeña capa más a la historia del lugar.
Y quizá por eso sigo sin querer decantarme cuando me preguntan con qué me quedo, si con el jardín o con el bosque. Después de todo este tiempo, escoger uno sería traicionar al otro. La naturaleza no termina donde comienza la mano humana, ni empieza donde esta desaparece. El jardín y el bosque son parte de una misma trama, hecha de lo que la naturaleza crea por sí misma y de aquello que el ser humano transforma, cuida y vuelve a crear. Todo vive entrelazado, sin fronteras verdaderas; y puede que sea precisamente ahí, en ese lugar donde ya no sabemos dónde acaba una cosa y empieza la otra, donde está lo que siempre he buscado.
En el bosque hay una armonía que nace sin diseño aparente, que sigue sus propias leyes. En el jardín, la belleza surge de aquello que nace cuando el ser humano decide dialogar con la naturaleza. Uno me muestra lo que ocurre cuando dejamos hacer. El otro, lo que puede ocurrir cuando aprendemos a acompañar.
Y los dos me enseñan lo mismo: a mirar.