La verdad sobre las mentiras de los Reyes

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El Rincón de Teobaldo
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“¿Qué te trajeron los Reyes?” “¡En esos nun hay enfotu! Nun traen, lleven, ¿nun ves el eneméritu? Encima llévalo bien llueñe, tan campechanu”.

Alcanzado el uso de razón, ya sólo nos engañan si nos dejamos. Que en muchas ocasiones nos dejamos; podemos elegir gobernantes y lo hacemos sin pensar, lo que ya exasperaba en el siglo XVI a Etienne de la Boétie; pedía a los ciudadanos que no llegaran a ser “encubridores del ladrón que os roba, cómplices del asesino que os mata, traidores de vosotros mismos” (“Discurso de la servidumbre voluntaria”, publicado póstumamente a cargo de su amigo de Michel de Montaigne). Ya que la naturaleza no ha puesto a nadie en situación de servidumbre tened cuidado con “aquellos que nacen reyes…desde su lactancia maman todo lo que es propio del tirano y ven a los pueblos que les están sometidos como si fuesen sus siervos hereditarios…usan del reino como de su herencia”.

Llaman en muchos países a este día en que escribo el de Reyes. Impropiamente, porque de los cuatro evangelistas, solamente uno se refiere al hecho que se celebra, y lo despacha en una línea: “Y unos magos venidos de Oriente vinieron a Jerusalén preguntando”. (Mateo 2, 1-2). Ni reyes, ni tres, ni de ningún color de piel. O sea, que el alcalde de Madrid no puede ser apedreado por desteñir a Baltasar; esas cosas que copia de sus amiguitos de extrema derecha, que no pueden ver un negro ni en pintura (sic)

Puede que fueran sabios estrelleros, pero tenían poco de profetas, porque prepararon una buena. Despistados, andaban preguntando por toda Jerusalén cuando realmente Myriam estaba pariendo a Jeshua en Belén, a dos horas de camello. Y luego, la preguntita, “¿Dónde está el Rey de los Judíos?” Así es que mosquearon al Herodes, monarca elegido por Roma, gendarme del Imperio en una zona conflictiva, como hoy Netanyahu con los USA.

Ni reyes, ni tres, ni de ningún color de piel. O sea, que el alcalde de Madrid no puede ser apedreado por desteñir a Baltasar.

¿Magos? Por aquellos tiempos algunas definiciones eran confusas. Heródoto de Halicarnaso, 430 años antes, llama magos a los medos, que mandaban, -presuntamente como usurpadores-, en el Imperio aqueménida. Fueron derrocados por un golpe de mano de siete nobles persas. Inmediatamente que los descabezaron, -método electoral muy en boga entonces-, se pusieron a discutir, reunidos en Susa, qué tipo de estado organizar. Darío, que al final sería elegido, resume muy bien las tres posibilidades: un gobierno del pueblo, una administración de los nobles, o una monarquía. Otanes se apunta a la primera opción, despreciando la corona para sí y sus descendientes, “pues tal gobierno no es agradable, ni provechoso para la sociedad avasallada”.

Los magos que se citan en Mateo dieron guerra hasta después de muertos. Eduardo Mendoza habla de una tumba con sus restos en la aldea de Sava, Irán, usando las mismas palabras que escribiera Marco Polo. Sin embargo, cien años antes del libro del italiano, ya la catedral de Colonia afirmaba tener tales restos. He llamado a Santiago Camblor, biólogo de Lada, becado en Alemania, para ver si puede aclararme el misterio, pero las actuales condiciones sanitarias le impiden investigar.

Sin embargo, pone un poco de luz el argentino Ignacio Hutin en la revista Infobae, explicando que todo este lío y algunos otros se deben al afán coleccionista de Elena, la madre de Constantino; llevada por un forofismo de la nueva religión hebrea que para sí quisieran los Abogados Cristianos, viajó a Palestina y se dedicó a comprar recuerdos como cualquier turista de parroquia en viaje a Tierra Santa. Así adquirió y repartió tantos pedazos de la cruz verdadera que tal parece que al nazareno lo crucificaron tres veces, se trajo los pañales del Niño Jesús (es de suponer que limpios), trozos de la corona de espinas, y los huesecillos de los pobres magos, que depositó con todo el cargamento en Constantinopla (la finca de su hijo). Para ver cómo fueron a parar a la iglesia alemana se puede leer el artículo de Hutin, “El extraño periplo de los restos de los Reyes Magos hasta su descanso final en el descomunal relicario de la Catedral de Colonia”

Relicario de los Reyes Magos en Colonia
Relicario de los Reyes Magos en Colonia

Bueno, total que esto pasó a ser una fiesta de propaganda de la monarquía, y al día de hoy un instrumento de chantaje para la infancia: “Pórtate bien, sé obediente, no contestes a la abuela…que si no los Reyes no te traerán nada”. La niña se ve obligada a besar a la madrina, aunque tenga bigote, y el niño a no llamar pesado al abuelo que le cuenta su mili. Desde luego, las personas mayores son bien raras, se lamentaba el Principito. Pero en el pecado llevan la penitencia; la picardía infantil, la necesidad de descubrir secretos para parecer adultos, lleva a los padres a tener que explicar, tarde y mal, que han estado engañando a su prole, y que eso de los Reyes Magos es tan cierto como lo de Caperucita y el lobo.

La confianza decae; daño colateral, no se pueden usar cuentos para afianzar conductas morales. Las jóvenes mentes traicionadas pueden tener reacciones inesperadamente desagradables para sus progenitores. Me tomo la licencia de citar al amigo Julio Obeso, poeta pese a ser de buena familia cristiana, que me contaba los apuros de su padre para intentar explicar de la mejor manera que les había mentido. Después de un monólogo confuso, preguntó a los niños mayores si tenían alguna pregunta. Julio: “¡Oye, papa! Si eso de los Reyes ye mentira, ¿entós lo de dios, la virgen y eso tamién, no?” “Jamás en la vida mi padre me dio hostia tal”.

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