Los científicos llevan décadas advirtiendo a la humanidad de que nos dirigimos al colapso de nuestra civilización, que es necesario cambiar el rumbo. La cantidad de gases de efecto invernadero en la atmósfera es hoy más del doble de la que había cuando el primer humano pisó la tierra hace 300 000 años. Pero el incremento no ha sido gradual, esta acumulación se ha producido sobre todo en los últimos 200 años como consecuencia de las actividades humanas.
Nos adentramos en territorio desconocido. La temperatura ha aumentado más de lo que predecían los modelos más pesimistas, los regímenes de precipitaciones están cambiando, lo cual resulta en sequías e inundaciones, los fenómenos climáticos extremos son más intensos y letales; los glaciares desaparecen, cambian las corrientes en el océano, que sube de nivel y se acidifica, y los incendios cada vez son más frecuentes, más destructivos y más grandes.
También estamos perdiendo especies más rápido que durante las cinco extinciones masivas que nos muestra el registro fósil. El cambio climático, la deforestación y la sobreexplotación de especies y ecosistemas provocan una tasa de extinción sin precedentes. Algunos científicos piensan que hemos entrado ya en la sexta extinción masiva.
Las crisis ecológica y climática se retroalimentan en bucle. Por ejemplo, los grandes incendios forestales, agravados por sequías y olas de calor, destruyen bosques y plantaciones forestales mientras liberan grandes cantidades de CO2 y otros gases que agravan el cambio climático. Además, la degradación de ecosistemas marinos y terrestres reduce su capacidad para capturar y secuestrar carbono de la atmósfera, limitando así su potencial de mitigación.
El cambio climático, la deforestación y la sobreexplotación de especies y ecosistemas provocan una tasa de extinción sin precedentes. Algunos científicos piensan que hemos entrado ya en la sexta extinción masiva.
Pero hay una buena noticia: sabemos lo que tenemos que hacer para salir de la espiral, o al menos suavizar el colapso. En primer lugar, debemos dejar de producir energía a escala industrial quemando cosas (ni carbón, ni gas, ni basura, ni árboles, ni nada) y liberando con ello CO2 a la atmósfera. También tenemos que reducir las emisiones de otros gases de efecto invernadero, como metano e hidrofluorocarburos (HFCs). El sistema económico debe olvidarse de la mentalidad extractivista que nos ha llevado a consumir hasta sobrepasar los límites de la biosfera. Nuestro bienestar no se puede medir en términos de Producto Interior Bruto. Algunos economistas proponen alternativas al sistema capitalista que nos ha traído hasta aquí. La solución sería un decrecimiento planificado y justo, porque, por las buenas o por las malas, vamos a decrecer.
Somos muchos y consumimos mucho más de lo que necesitamos. Debemos de tratar de estabilizar la población humana, e implementar políticas para reducir su crecimiento, fundamentalmente garantizando el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad. Volver a dietas basadas en vegetales y reducir el consumo de productos animales, sobre todo rumiantes, tendrá consecuencias positivas para la salud, a la vez que se reducen la deforestación y las emisiones de metano. Por último, tenemos que proteger y permitir la regeneración de los ecosistemas que capturan y almacenan carbono atmosférico, lo cual contribuye también a mitigar la crisis de biodiversidad.
Son soluciones globales para problemas globales, pero podemos hacer algo al respecto a escala local. Sin embargo, parece que aquí remamos en dirección contraria de lo que recomiendan los científicos, algunos ya a gritos en vista de que ni corporaciones, ni gobiernos los escuchan. Asturias no es el paraíso natural ni el refugio climático que tratan de vender en campañas publicitarias para incrementar los ingresos del turismo.
Con la excusa de la descarbonización, las administraciones subvencionan la instalación de aerogeneradores en zonas de alto valor ecológico y la quema de árboles en plantas de biomasa para producir electricidad a escala industrial. Aunque mientras tanto se sigue extrayendo carbón en minas de dudosa legalidad. En lugar de mejorar la eficiencia y reducir el consumo energético, se toman medidas para maximizar el beneficio de las grandes compañías energéticas mientras se agrava la triple crisis en la que estamos: energética, ecológica y climática.
Volver a dietas basadas en vegetales y reducir el consumo de productos animales, sobre todo rumiantes, tendrá consecuencias positivas para la salud, a la vez que se reducen la deforestación y las emisiones de metano.
Pero parece que la preocupación de los políticos asturianos está en fomentar la natalidad y que sigamos siendo más de un millón, en un planeta en el que ya vamos hacia los nueve mil millones de personas. Los datos macroeconómicos sugieren que este año volveremos a crecer, aunque puede que no tanto como el 2.6% del año pasado. Decrecimiento se ha convertido en una palabra tabú.
Las medidas legales para promover la conservación de especies y permitir la regeneración de ecosistemas se han ido relajando. Por ejemplo, los espacios protegidos (parques naturales y reservas de la biosfera) se usan como reclamos publicitarios para atraer más y más turistas. Mientras tanto la sobreexplotación ganadera sigue avanzando dentro y fuera de esos espacios, con efectos secundarios asociados como incendios para generar pastos, contaminación por purines y matanzas de lobos. Pero la preocupación se centra en el abandono rural.
Ya ni siquiera los bosques mejor conservados de Asturias están a salvo. Se financian actuaciones para impedir la regeneración natural de ecosistemas por procesos de sucesión ecológica en zonas donde la explotación agrícola, ganadera o forestal se han reducido. En las zonas más fértiles de la región se promueve el cultivo de pinos y eucaliptos.
Tenemos poca capacidad de influir en las decisiones de gobiernos y organismos internacionales, pero sí podemos pedirle a la administración asturiana que escuche las recomendaciones de los científicos. Y exigirle que empiece a actuar en consecuencia.
Es hora de despertar si queremos evitar el colapso de los ecosistemas y el clima que sustentan la vida tal como la conocemos.
Asturias es un escenario privilegiado para cambiar de orientación, vivimos un momento de cambio y de falta de competitividad evidente a nivel industrial. Es una buena oportunidad para cambiar de rumbo y preservar las pocas joyas naturales que aún quedan con bajo impacto y podrían ser la base de una vuelta al respeto por los ecosistemas que llevan siglos sosteniéndonos.
¡Gracias por tu comentario!
Encontrar el equilibrio entre una cosa y otra será la clave de que, en un futuro, podamos seguir disfrutando de todas estas joyas naturales que tú mencionas.
Un saludo.