La historia de Nader, su familia y todo lo que un genocidio puede arrancar de una vida construida durante años.
Acompañar a las familias de Gaza tiene una consecuencia que probablemente nunca imaginé cuando nació HOPE Palestina: la distancia desaparece.
Al principio conoces nombres. Después conoces voces. Más tarde conoces a sus hijos, sus trabajos, sus casas, sus preocupaciones, sus bromas, sus enfados, sus planes y esa infinidad de pequeñas cosas con las que está construida cualquier vida.
Y entonces ocurre algo inevitable.
Dejas de pensar en “ellos”. Porque empiezas a reconocerte.
Quizá nunca hayas vivido bajo un bombardeo. Quizá nunca hayas tenido que abandonar tu casa con lo puesto ni hayas tenido que explicarles a tus hijos por qué esa noche tampoco habrá suficiente comida.
Pero probablemente sabes lo que significa trabajar durante años para conseguir algo.
Sabes lo que cuesta construir una casa.
Sabes lo que significa endeudarte pensando que podrás devolver ese dinero con tu trabajo.
Sabes lo que es mirar a tus hijos e imaginar su futuro.
Sabes lo que es querer proteger aquello que amas.
Eso también era la vida de Nader.
Por eso, antes de leer su historia, me gustaría proponerte algo. No la leas pensando qué harías tú por alguien que vive en Gaza. Léela preguntándote qué sentirías si esa vida hubiera sido la tuya.
Porque podrías haber sido tú.
Soy Nader… y esta es la historia de mi familia
Me llamo Nader Hamad. Soy ingeniero eléctrico palestino y nací en Beit Hanoun, en el norte de la Franja de Gaza.
Soy marido y padre de tres niños: Anwar, Youssef y Lina.
Antes del genocidio nuestra vida era sencilla. No éramos ricos, pero vivíamos con dignidad y estabilidad. Teníamos nuestros proyectos, nuestros planes y nuestros sueños para el futuro.
Después de muchos años trabajando y esforzándonos, en 2022 conseguí finalmente construir nuestra primera casa. Para terminarla sacrificamos prácticamente todo lo que teníamos.
Mi mujer vendió su oro. Vendimos nuestro coche. Pedimos dinero prestado a familiares y amigos.
Aquella casa significaba muchísimo para nosotros.
No era solo un edificio. Era el lugar donde imaginábamos que crecerían nuestros hijos. Donde celebraríamos cumpleaños. Donde estudiarían. Donde discutiríamos, reiríamos, descansaríamos y construiríamos nuestros recuerdos.
Era nuestro hogar.
Yo trabajaba como ingeniero eléctrico en el sector de la construcción. Cada mañana salía a trabajar pensando que estaba construyendo un futuro mejor, no solo para mis clientes, también para mi familia.
Mi esposa había dedicado su vida a criar a nuestros hijos.
Nuestro sueño era sencillo: ofrecerles una buena educación, estabilidad y una vida tranquila.
En octubre de 2023 todo cambió.
En cuestión de días, la vida que conocíamos desapareció. Como cientos de miles de familias palestinas, tuvimos que abandonar nuestra casa llevando con nosotros muy pocas cosas.
Entonces comenzó nuestro viaje.
De Beit Hanoun fuimos a Beit Lahia. Después a Jabalia. Después a Deir al-Balah. Más tarde a Jan Yunis. Y luego regresamos de nuevo a Deir al-Balah.
En octubre de 2023 todo cambió. En cuestión de días, la vida que conocíamos desapareció. Como cientos de miles de familias palestinas, tuvimos que abandonar nuestra casa llevando con nosotros muy pocas cosas.
Cada desplazamiento significaba volver a empezar sin saber cuánto tiempo permaneceríamos allí ni cuál sería el siguiente lugar.
Cuando se anunció una tregua temporal, regresamos a nuestra querida Beit Hanoun. Volvimos pensando que quizá todavía podríamos empezar de nuevo. Que podríamos reconstruir algo entre los escombros. Pero aquella esperanza duró poco.
Cuando el genocidio continuó, tuvimos que marcharnos nuevamente. Esta vez fuimos hacia la ciudad de Gaza y posteriormente a Nuseirat.
Allí seguimos viviendo actualmente. En una tienda de campaña.
Nuestro recorrido no ha sido simplemente un desplazamiento de una ciudad a otra. Ha sido una búsqueda continua de un lugar donde seguir vivos.
Hemos escapado de la muerte más de una vez. Los ataques han caído tan cerca que hemos sentido temblar la tierra bajo nuestros pies. Escuchas explosiones alrededor y cada vez que sobrevives aparece inevitablemente una pregunta: ¿Será la próxima?
Vivir así cambia a una persona.
Pero el genocidio no destruyó únicamente nuestra casa. Había algo que continuaba existiendo incluso después de que el hogar desapareciera: las deudas.
El dinero que pedí prestado para construir aquella casa seguía debiéndolo. Las personas que me lo prestaron también estaban atravesando situaciones terribles. También tenían necesidades. También tenían familias. Y tenían derecho a recuperar su dinero. Nunca pude culparlas.
Pero cada vez que alguien me pedía que devolviera una deuda sentía algo difícil de explicar. Seguía pagando una casa que ya no existía.
Aquel lugar por el que habíamos vendido nuestras cosas, por el que nos habíamos endeudado y por el que habíamos trabajado durante años había desaparecido, pero la responsabilidad permanecía.
Ese sentimiento ha dejado una huella muy profunda en mí.
Pienso constantemente en cómo proteger a mi familia, cómo alimentar a mis hijos, cómo devolver lo que debo y cómo volver algún día a empezar.
En Gaza, en Deir al-Balah y ahora en Nuseirat, hubo momentos en los que conseguir un poco de pan o agua limpia se convirtió en una batalla diaria. (…) Vimos cómo nuestros cuerpos se debilitaban y cómo perdíamos peso.
Hubo días en los que no sabíamos de dónde llegaría la siguiente comida.
Y después llegó otra de las experiencias más duras de este genocidio: el hambre.
Mis hijos han conocido el hambre real. No como una palabra que aparece en los libros de historia, sino como una experiencia cotidiana.
En Gaza, en Deir al-Balah y ahora en Nuseirat, hubo momentos en los que conseguir un poco de pan o agua limpia se convirtió en una batalla diaria.
Los precios subieron hasta niveles imposibles.
Muchos productos básicos desaparecieron.
Vimos cómo nuestros cuerpos se debilitaban y cómo perdíamos peso.
Hubo días en los que no sabíamos de dónde llegaría la siguiente comida.
Y no conozco un dolor mayor para un padre que ver a sus hijos acostarse con hambre.
El genocidio también les arrebató algo que para nosotros siempre había sido fundamental: su educación.
Las escuelas desaparecieron de sus vidas. Muchas aulas se transformaron en refugios y otras quedaron destruidas.
En lugar de aprender matemáticas, ciencias o idiomas, nuestros hijos aprendieron a reconocer los sonidos de los aviones, los drones y las explosiones.
Pero me negué a aceptar que aquello fuera todo lo que aprenderían. Siempre que pude intenté enseñarles yo mismo.
Finalmente conseguí matricularlos en un pequeño centro para estudiar inglés. Porque, incluso ahora, sigo creyendo que la educación puede ser el puente hacia otro futuro.
Y ellos todavía tienen sueños.
Anwar sueña con crecer, convertirse en una persona de éxito y participar algún día en la reconstrucción de Gaza.
Youssef quiere algo todavía más sencillo. Quiere jugar al fútbol con sus amigos en un lugar seguro, sin mirar al cielo.
Y mi pequeña Lina merece descubrir qué significa realmente ser una niña. Celebrar un cumpleaños sin explosiones. Jugar en un parque. Dormir una noche entera sin miedo.
El sueño de mi mujer tampoco es extraordinario. Quiere una casa segura para nuestros hijos. Un techo. Tranquilidad. Una vida que no sea interrumpida constantemente por el sonido de los bombardeos.
¿Y yo?
Yo quiero volver a ser ingeniero. Quiero trabajar. Quiero pagar mis deudas con dignidad. Quiero volver a construir una casa para mi familia. Quiero que mis hijos puedan vivir algún día una vida normal. Nada más.
Pero la realidad en Gaza continúa siendo extremadamente dura.
Las familias siguen perdiéndolo todo en instantes. Los precios continúan aumentando y conseguir alimentos, medicamentos o agua potable sigue siendo difícil.
No cuento mi historia para pedir lástima. La cuento porque detrás de cada cifra que aparece en las noticias existe una persona. Existe una familia. Existía una casa. Existía un trabajo. Existían planes para el próximo año. Existían cumpleaños que alguien esperaba celebrar.
Mi familia es una de esas familias.
Y al mismo tiempo sentimos que algo está ocurriendo fuera.
La atención disminuye.
Los titulares cambian.
Las cámaras se marchan.
Pero nuestra realidad permanece.
No cuento mi historia para pedir lástima. La cuento porque detrás de cada cifra que aparece en las noticias existe una persona. Existe una familia. Existía una casa. Existía un trabajo. Existían planes para el próximo año. Existían cumpleaños que alguien esperaba celebrar.
Mi familia es una de esas familias.
Hemos sobrevivido al desplazamiento, al hambre, al miedo, a los bombardeos y a las pérdidas. Y todavía seguimos aquí, todavía creemos que nuestras vidas tienen el mismo valor que cualquier otra vida. Y que nuestros hijos merecen las mismas oportunidades que cualquier niño del mundo.
Si mi historia ha llegado hasta ti, solo te pediría una cosa: no permitas que Gaza se convierta en una noticia más.
Recuerda que detrás de cada cifra hay personas intentando conservar exactamente aquello que tú también intentarías conservar:
Su familia.
Su hogar.
Su dignidad.
Su vida.
Nuestra historia todavía no ha terminado.
Seguimos aquí.