Un artículo conjunto de Hamdy Abu Sido, coordinador de HOPE Palestina en Gaza y fotógrafo profesional, y Amaya Ferrer, presidenta de la Asociación HOPE Palestina, Andorra.
Desde Gaza.
En Gaza, el espectro de la hambruna no precisa de tiempo para regresar; acecha tras las puertas cerradas, a la espera de un simple trazo de pluma o de la señal de un funcionario que, imperturbable desde su despacho climatizado, decreta la inanición de dos millones de personas para arrancar un rédito político o militar.
Hace dos semanas, con el cierre repentino del paso de Karem Abu Salem, regresaron de golpe a la memoria aquellos días de los que la gente creía haber escapado o cuya pesadilla pensaba haber postergado; días en los que el hambre se entrelaza con el miedo, y la búsqueda de un pedazo de pan se convierte en una epopeya cotidiana que consume la dignidad. El seguimiento de las noticias sobre los camiones se transforma en una angustiosa vigilia que atañe a la supervivencia de cada hogar por separado, como si el destino de un pueblo entero dependiera del chirrido de una puerta de hierro.
Cuando el hambre se administra como arma de guerra, no busca únicamente quebrantar los cuerpos, sino poner a prueba la capacidad del alma para resistir, transformando el derecho más elemental a la vida en una cruel e interminable batalla de desgaste.
La hambruna en Gaza jamás ha sido un simple indicador estadístico en los informes humanitarios, ni una carencia pasajera de calorías; la hambruna aquí es el rostro de una madre que contiene las lágrimas mientras reparte las escasas sobras que no calman el apetito para apaciguar el vientre de sus hijos; es el quiebre de un padre que se queda con las manos vacías, impotente ante el desamparo de sus pequeños; son niños a los que se les arrebata la inocencia para aprender, a una edad demasiado temprana, que un pedazo de pan ya no es un derecho elemental, sino un anhelo esquivo y postergado.
Cuando el hambre se administra como arma de guerra, no busca únicamente quebrantar los cuerpos, sino poner a prueba la capacidad del alma para resistir, transformando el derecho más elemental a la vida en una cruel e interminable batalla de desgaste.
El hambre que no siento, el dolor que sí conozco
Hay miles de kilómetros entre Andorra y Gaza. Dos realidades tan diferentes que cuesta comprender que puedan existir al mismo tiempo. Aquí abrimos la nevera sin pensar demasiado en ello, elegimos qué vamos a comer y nos acostamos dando por hecho que mañana podremos volver a hacerlo. Allí, una madre puede pasar la noche preguntándose cómo conseguirá alimentar a sus hijos al día siguiente.
Llevo demasiado tiempo acompañando a familias de Gaza como para no reconocer la crudeza de las palabras de Hamdy. Yo no conozco los efectos del hambre en mi cuerpo, pero sí conozco el dolor de escuchar a alguien a quien quiero decirme que tiene hambre. Conozco la alegría de saber que una familia ha conseguido un poco de pan y la impotencia de dejar el teléfono sobre la mesa para continuar con mi vida, sabiendo que, mientras yo decido qué voy a cenar, alguien al otro lado intenta averiguar si mañana tendrá algo que ofrecer a sus hijos.
Hamdy no es solamente alguien que escribe sobre el hambre mientras la padece. Es uno de nuestros coordinadores en Gaza, un hombre de una inteligencia extraordinaria, fotógrafo y una de las personas que sostienen el trabajo de HOPE Palestina incluso en las circunstancias más difíciles. Como él, tantas personas a las que acompañamos tienen conocimientos, capacidades, sueños y proyectos que deberían poder desarrollar sin dedicar cada día sus fuerzas a sobrevivir.
las cifras, aunque nunca podrán explicar por completo este sufrimiento, son estremecedoras. Según las proyecciones del IPC para el segundo semestre de 2026, más de 1,4 millones de personas se enfrentan a niveles graves de inseguridad alimentaria en Gaza.
Desde HOPE Palestina no acompañamos cifras ni expedientes. Acompañamos personas con nombres, historias, familias y sueños. Personas con las que hemos construido vínculos reales y cuyo sufrimiento ya no podemos contemplar desde la distancia.
Y las cifras, aunque nunca podrán explicar por completo este sufrimiento, son estremecedoras. Según las proyecciones del IPC para el segundo semestre de 2026, más de 1,4 millones de personas se enfrentan a niveles graves de inseguridad alimentaria en Gaza. La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA) documentó más de 2.800 niños admitidos para tratamiento por desnutrición en septiembre, incluidos más de 360 con desnutrición aguda grave.
La misma agencia de la ONU registró en septiembre una inflación media del 204 % respecto a los precios anteriores a octubre de 2023. A mediados de ese mes, un saco de 25 kilos de harina llegó a costar entre 63 y 75 séqueles (entre 17 y 21 euros aproximadamente), según los datos oficiales recogidos por el Ministerio de Desarrollo Social palestino. Mientras tanto, las distribuciones humanitarias apenas cubrían la mitad de las necesidades calóricas mínimas de las familias receptoras.

Por su parte, UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina, advertía en octubre de que 1,98 millones de personas, el 94 % de la población de Gaza, necesitaban asistencia para conseguir alojamiento y artículos esenciales. Más de 235.000 personas se encontraban en lugares expuestos a inundaciones ante la llegada del invierno.
Hay algo profundamente perturbador en que la supervivencia de millones de personas dependa de decisiones tomadas a miles de kilómetros de sus hogares, muchas veces por quienes jamás han sentido hambre ni conocido los efectos de la desnutrición. Pero también debemos hablar de quienes, pudiendo intervenir, deciden no hacerlo. Porque la inacción también es una decisión, y sus consecuencias las pagan quienes no tienen la posibilidad de elegir.
Quizás lo más inquietante sea la facilidad con la que el mundo parece acostumbrarse a todo esto. A las cifras, a las imágenes, a los informes. Como si el hambre de un niño pudiera convertirse en una noticia más.
Quizás lo más inquietante sea la facilidad con la que el mundo parece acostumbrarse a todo esto. A las cifras, a las imágenes, a los informes. Como si el hambre de un niño pudiera convertirse en una noticia más.
No voy a decir que sé lo que significa pasar hambre. No lo sé. Sería injusto apropiarme de un sufrimiento que no he vivido. Pero sí sé que hay dolores que no necesitamos sentir en nuestro propio cuerpo para que nos atraviesen.
Y si algo he aprendido acompañando a las familias de Gaza es que la distancia entre dos seres humanos no siempre se mide en kilómetros. A veces basta una voz al otro lado del teléfono para que miles de kilómetros dejen de importar.
Porque el hambre sigue estando allí. Y la responsabilidad de no acostumbrarnos a ella, aquí.
Fuentes oficiales
Datos publicados o disponibles hasta el 30 de octubre de 2026.
* [UNRWA España — Informe actualizado de la situación en Gaza, octubre de 2026
* [OCHA — Informe humanitario del 15 de octubre de 2026
* [OCHA — Informe humanitario del 2 de octubre de 2026
* [IPC — Análisis de inseguridad alimentaria en Gaza, 2026]



