Quemar o morir

Cada verano España sufre incendios forestales que arrasan miles de hectáreas en pocos días. Las imágenes de grandes columnas de humo, carreteras cortadas, pueblos evacuados, vecinos devastados por las pérdidas y brigadas de extinción trabajando al límite de sus posibilidades se repiten año tras año. En 2025, la magnitud de los incendios marcó niveles históricos. Según el Servicio de Vigilancia de la Atmósfera de Copernicus (CAMS), en 2025 España alcanzó el mayor nivel anual de emisiones de carbono asociadas a incendios forestales desde que comenzaron los registros de Copernicus en 2003, tras la excepcional actividad de los incendios registrada durante el mes de agosto de ese año.

El CAMS es uno de los servicios del programa europeo Copernicus de observación de la Tierra, gestionado por el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF) por encargo de la Comisión Europea y que utiliza observaciones procedentes de satélites, estaciones terrestres y otros sistemas, combinadas con modelos numéricos, para monitorizar y predecir la composición de la atmósfera. Ahora bien, ¿cuáles son las causas de esta situación que parece empeorar año tras año?

- PUBLICIDAD -

Una de las primeras explicaciones que se nos viene a la mente es el cambio climático. Está claro que el aumento de las temperaturas, las sequías y los episodios meteorológicos extremos están cambiando las condiciones en las que se producen los incendios. De hecho, todas las predicciones futuras indican que la situación, lejos de mejorar, se va a agravar en los próximos años. La literatura científica muestra que con el avance del cambio climático cada vez más zonas de la península van a ser susceptibles de sufrir grandes incendios forestales y las zonas del norte de España, hasta ahora menos afectadas, van a empezar a estar mucho más en riesgo. Un estudio realizado en la región fronteriza entre España y Portugal, por ejemplo, proyecta un adelanto del comienzo de la temporada de peligro, un retraso de su final y un aumento de los días con condiciones meteorológicas favorables para incendios de alta intensidad.

Sin embargo, este mismo trabajo también muestra algo especialmente importante: el tipo y la cantidad de combustible presente en las zonas propensas a sufrir incendios forestales condicionan cómo se comporta el fuego, y modificar la carga de combustible puede contrarrestar parte del incremento de intensidad asociado al cambio climático. Por tanto, el problema no es solamente cuánto calor haga. Es también qué encuentra el fuego cuando llega. Esto quiere decir que la incidencia de incendios forestales de gran magnitud en los últimos años en España no responde solamente al evidente agravamiento de las condiciones climáticas, sino que también está influenciada por una elevada disponibilidad de combustible continuo en el paisaje (material inflamable disponible en la superficie y estructura del matorral, arbustos bajos, hojarasca y material leñoso fino acumulado).

Bosque lleno de matorrales

La propensión de una masa forestal a desarrollar incendios de alta intensidad depende crucialmente de la cantidad (kg/m²), la continuidad horizontal y vertical y la estructura (escalas finas frente a gruesas) del combustible accesible. Intervenciones que alteran la estructura vertical (reducción del estrato arbustivo) y disminuyen las cargas superficiales (hojarasca, matorral bajo) modulan el comportamiento del fuego, reduciendo la intensidad, la tasa de propagación y, por tanto, el área quemada y los daños colaterales. Un paisaje en el que la vegetación forma una superficie continua permite que el fuego avance mucho más fácilmente que otro en el que existen pastos, cultivos, áreas aclaradas, bosques de diferente estructura y otras discontinuidades. Esto significa que un bosque no arde simplemente porque haya árboles y haga mucho calor. Es más complejo que eso porque al final el comportamiento de un incendio depende de la interacción entre meteorología, topografía y combustible.

Teniendo eso claro, es evidente que el riesgo actual de incendio masivo es mucho mayor que el de hace unos años, ya que nuestro paisaje ha cambiado en los últimos tiempos. Durante siglos, buena parte de los montes españoles estuvo sometida a una intensa utilización humana. Había agricultura, ganadería extensiva, aprovechamiento de leñas, extracción de madera y otros usos que mantenían abiertos numerosos espacios. El abandono rural y la reducción de muchos de estos aprovechamientos han favorecido, en determinadas zonas, la expansión de la vegetación y la continuidad del combustible. Esto no significa que debamos idealizar el paisaje del pasado ni que cualquier intervención humana sea positiva. Significa algo más sencillo, y es que cuando desaparece la gestión que mantenía un determinado paisaje, ese paisaje cambia. Y si consideramos que el cambio climático está aumentando las condiciones meteorológicas favorables para incendios extremos y que, al mismo tiempo, en determinados territorios hemos permitido que aumente la continuidad del combustible, tenemos un cóctel muy peligroso en cuanto a incidencia de incendios se refiere.

- PUBLICIDAD -

Es precisamente por esto por lo que las políticas centradas exclusivamente en la supresión del fuego no evitan la aparición de incendios extremos si al mismo tiempo no se reduce la carga y continuidad del combustible. De hecho, la pregunta no debería ser únicamente cómo apagar mejor los incendios. Deberíamos preguntarnos también cómo conseguir que, cuando se produzca un incendio inevitable, encuentre un territorio en el que su propagación sea más difícil y su intensidad más manejable. Sin embargo, en España la planificación de gestión del combustible forestal solo se había implementado formalmente en cerca de un 13 % de las masas forestales para el año 2014, a pesar de que ya en aquella época la cantidad de incendios era de las más altas de los países mediterráneos. Hoy en día, en el año 2026, las cosas no están mucho mejor.

Todo esto deja bien claro que gestionar el combustible disponible en las masas forestales antes de que arda no debería ser una opción, sino una obligación. Y esto lo respaldan infinidad de estudios. Un ejemplo bastante reciente es una revisión publicada en 2024, que analizó numerosos estudios sobre bosques de coníferas del oeste de Estados Unidos, encontrando reducciones importantes de la severidad posterior del fuego en áreas sometidas a tratamientos de combustible. Además, las medidas para llevar a cabo una gestión eficiente de este combustible no son nuevas ni experimentales. Existe una amplia literatura científica que demuestra que determinadas actuaciones de reducción de combustible pueden disminuir la severidad de incendios posteriores. El consenso científico sobre las medidas a tomar es amplio y sólido y de ello se hace eco el Documento de Trabajo “Propuestas de la Comunidad Científica frente a la Emergencia Climática”, publicado a principios de 2026 por la Oficina Nacional de Asesoramiento Científico (ONAC), órgano directivo del Gobierno de España encargado de establecer mecanismos institucionales para reforzar el papel del conocimiento científico en la toma de decisiones del Gobierno de España, que recoge las propuestas de expertos de toda España. Algunas de estas medidas recogidas en este documento son:

  • Realización de quemas prescritas o controladas (“prescribed burning”). Quemar deliberadamente un monte puede parecer contradictorio cuando hablamos de prevención de incendios, pero el objetivo no es provocar un incendio, sino utilizar fuego de baja intensidad bajo condiciones cuidadosamente seleccionadas para eliminar parte del combustible acumulado. La quema controlada permite reducir los combustibles finos (hojarasca, material herbáceo, pequeños arbustos) que propagan fuego de alta intensidad. La propuesta, por tanto, no es quemar más indiscriminadamente, sino planificar dónde, cuándo y con qué intensidad tiene sentido hacerlo, integrando información meteorológica, estado de la vegetación, objetivos ecológicos y necesidades de protección. Este tipo de quemas ha demostrado una eficacia muy significativa. Un estudio de 2024 demuestra que, en las zonas mediterráneas, terrenos tratados con quemas controladas muestran una menor severidad en incendios posteriores, incluso con condiciones meteorológicas adversas. Además, estas quemas no tienen impactos ecológicos muy significativos (mucho menores que los de los incendios no controlados), como demuestran varias publicaciones. Esta medida ha demostrado gran eficacia en países como Francia e Italia, por lo que España no debería ser una excepción.
Bombero forestal en una quema controlada.
La quema controlada permite reducir los combustibles finos (hojarasca, material herbáceo, pequeños arbustos) que propagan fuego de alta intensidad.
  • Implementación de campañas de desbroce mecánico y tratamiento de combustibles (shredding, thinning). Los desbroces sistemáticos de las zonas forestales ayudan a mantener la cantidad de combustible en valores que eviten una propagación rápida y violenta de los incendios. No todos los montes necesitan el mismo tratamiento. En algunos lugares será necesario reducir el matorral; en otros, disminuir la densidad de determinadas masas; en otros, crear zonas de transición entre bosque y espacios abiertos. Ensayos experimentales y modelizaciones en áreas mediterráneas muestran reducciones significativas de exposición y probabilidad de grandes incendios cuando se combinan desbroces con quemas controladas. Modelizaciones de diferentes tratamientos de combustible en Cerdeña (Italia), comparando zonas sin tratamiento con zonas con desbroce y quemas prescritas, muestran que estas medidas combinadas reducen significativamente la incidencia de incendios simulados bajo distintos vientos.
  • Creación y mantenimiento adecuado de cortafuegos (firebreaks). Los cortafuegos son franjas de terreno sin vegetación o con vegetación reducida que se crean para prevenir la propagación de incendios forestales al interrumpir la continuidad de los combustibles vegetales. Sin embargo, el concepto de cortafuegos no debería reducirse a una simple franja de terreno desnudo dibujada sobre un mapa. Una discontinuidad eficaz debe diseñarse teniendo en cuenta el comportamiento esperado del fuego, la topografía, el viento y la estructura de la vegetación, y debe mantenerse con el tiempo. Los cortafuegos muestran una enorme eficacia para combatir la propagación de los incendios. Un estudio publicado en 2024 analizó 563 encuentros reales entre incendios y cortafuegos o áreas de discontinuidad en Andalucía. Los autores encontraron que estas estructuras habían contribuido a contener el fuego en el 46,9 % de los casos. A su vez, también demostraron que su eficacia depende enormemente de cómo estén diseñados y de las condiciones del incendio. Los cortafuegos no son barreras mágicas que detienen por sí solas cualquier incendio. Funcionan mejor cuando forman parte de una estrategia de extinción y están correctamente situados y mantenidos, especialmente si se integran en una red estratégica y se complementan con tratamientos perimetrales. También se ha demostrado que la presencia de cortafuegos combinada con el mulching (uso de astillas de madera) es eficaz para controlar la erosión y reducir condiciones favorables para la propagación del fuego, especialmente tras incendios o en zonas con pendiente.
  • Control de la estructura del paisaje, de la diversidad de especies y del tamaño de las unidades forestales. La creación de los llamados paisajes en mosaico es probablemente la medida más importante a escala territorial. En lugar de grandes superficies homogéneas y continuas, podemos combinar masas forestales, pastos, cultivos, zonas de matorral, áreas abiertas y corredores naturales. Esa heterogeneidad puede dificultar la propagación del fuego y, además, generar refugios y zonas menos afectadas durante un incendio. Un estudio de la Universidad Sueca de Ciencias Forestales utilizando diferentes modelos muestra que, en bosques boreales, reducir el tamaño de las masas forestales homogéneas, aumentar la heterogeneidad del paisaje y alternar especies más resistentes al fuego (por ejemplo, especies de hoja caduca entre coníferas) disminuye drásticamente la probabilidad de propagación de incendios grandes.
    También el ganado puede desempeñar un papel esencial. El pastoreo dirigido permite reducir vegetación y mantener abiertas determinadas áreas de manera continuada. La combinación de fuego controlado y pastoreo, conocida como herbivoría pírica, está siendo estudiada precisamente como una herramienta para modificar la estructura del combustible y mantener paisajes más heterogéneos.
El pastoreo dirigido permite reducir vegetación y mantener abiertas determinadas áreas de manera continuada.
El pastoreo dirigido permite reducir vegetación y mantener abiertas determinadas áreas de manera continuada.

Experimentos recientes en Europa han demostrado que el fuego puede atraer al ganado hacia las zonas quemadas y que el pastoreo posterior reduce la altura de la vegetación y la proporción de superficie que vuelve a quemarse. En los Pirineos, otro estudio publicado en 2024 analizó específicamente la combinación de quemas prescritas y pastoreo dirigido en zonas de matorral. Los autores observaron cambios en la estructura de la vegetación y en la disponibilidad de nutrientes y señalaron que la combinación de ambas herramientas puede ser útil para restaurar espacios abiertos invadidos por matorral.

  • Reducción y homogeneización de las barreras y condicionantes legales y fomento de la gestión local del entorno. Las variaciones institucionales entre distintas regiones de un mismo país y entre países dificultan la aplicación uniforme de quemas controladas y otras medidas de conservación. Si a las trabas legales les sumamos la problemática de la despoblación rural, las consecuencias son un aumento de la superficie forestal sin uso agropecuario o de pastoreo que claramente favorece la continuidad del combustible forestal. En otros países como Francia o Italia esta situación se trata de paliar fomentando la gestión local del entorno, a veces mediante propiedad comunal o gestión vecinal, que ayuda a mantener los paisajes más fragmentados y menos cargados de combustible.

No estamos, por tanto, hablando de inventar una solución. Estamos hablando de aplicar de forma sistemática herramientas que ya cuentan con evidencia científica y experiencia práctica. Tampoco hay, como se podría llegar a pensar, dos posiciones enfrentadas, una que defiende la conservación y otra que defiende la explotación del monte. El consenso científico ya existe y es sólido y apunta a la necesidad de gestionar activamente el combustible y adaptar el paisaje a un régimen de incendios que está cambiando. La discusión no es entonces si hay que intervenir o no, está claro que hay que actuar, sino qué actuaciones deben realizarse en cada territorio, con qué intensidad, con qué frecuencia y bajo qué criterios ambientales.
Teniendo claro que la evidencia científica demuestra que hay que tomar medidas, es obvio que el monte necesita quien lo gestione y quien ejecute las acciones que se requieran. Y entonces, ¿quién debería tener la capacidad para ejecutar y mantener esa gestión?

Incendio forestal sin control.

Una cosa que es indudable es que una estrategia diseñada únicamente desde un despacho puede ser técnicamente impecable y ser un fracaso cuando se aplica sobre el terreno. Los habitantes y trabajadores del medio rural conocen aspectos que ningún modelo puede recoger completamente. Cosas que pueden parecer menores, pero que en realidad no lo son, como, por ejemplo, por dónde se puede acceder con maquinaria, qué caminos siguen siendo transitables, dónde se concentra el matorral, qué parcelas están abandonadas, dónde entra el ganado y dónde no, qué puntos de agua existen o qué actuaciones pueden mantenerse realmente durante años son aspectos que solo la gente que habita un territorio conoce. Este conocimiento local no debe sustituir al conocimiento científico, pero tampoco despreciarse, sino que debe incorporarse a él. La solución no pasa por apartar a la gente del campo, a los locales, de la gestión, sino por combinar cartografía, teledetección, modelos de comportamiento del fuego y criterios ecológicos con la experiencia de propietarios, ganaderos, comunidades locales y gestores forestales. Las administraciones deben proporcionar planificación, recursos y garantías ambientales. La ciencia debe aportar la evidencia necesaria para decidir. Y las personas que viven en el territorio deben recuperar capacidad real para participar en su gestión. Porque una de las grandes dificultades de la prevención no es saber qué habría que hacer, eso ya se sabe. Es conseguir lo más difícil, que alguien pueda hacerlo y mantenerlo, es decir, pasar de la teoría a la práctica, y para ello nadie mejor que la gente que está sobre el terreno. No se está planteando aquí la disyuntiva del “tú o yo”, sino la necesidad de devolver capacidad de gestión a quienes viven y trabajan en el territorio, integrando su conocimiento con la ciencia y la planificación pública.

En definitiva, no podemos gestionar el clima, pero sí el combustible que almacenamos en nuestros bosques. Parece claro que en el futuro el cambio climático va a seguir aumentando las condiciones favorables para incendios extremos, pero no podemos permitirnos actuar como si el único factor relevante fuera el clima. Podemos y debemos reducir combustible, porque la alternativa no es elegir entre dejar arder el monte o intervenir sobre él. La verdadera pregunta que tenemos que hacernos es si queremos gestionar el paisaje antes de que llegue el incendio o esperar a gestionarlo cuando ya esté ardiendo. ¿Cuál de las dos opciones elegirías tú?

¿De cuánta utilidad te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Pablo Cayado Llosa, Villaviciosa ConCiencia
Pablo Cayado Llosa, Villaviciosa ConCiencia
Pablo Cayado Llosa es presidente de Villaviciosa ConCiencia y profesor e investigador del Departamento de Física de la Universidad de Oviedo.

DEJA UN COMENTARIO

¡Por favor, introduce tu comentario!
Introduce aquí tu nombre

Más del autor /a

Últimos artículos

Lo más leído

Pablo Cayado Llosa, Villaviciosa ConCiencia
Pablo Cayado Llosa, Villaviciosa ConCiencia
Pablo Cayado Llosa es presidente de Villaviciosa ConCiencia y profesor e investigador del Departamento de Física de la Universidad de Oviedo.

Más del autor /a