Hay oficios que no solo se aprenden: se escuchan. Permanecen en silencio durante años, escondidos entre la maleza de los montes, en las manos de quienes los practicaron antes, en los ritmos lentos de la naturaleza. La cestería de madera de castaño es uno de ellos.
Esta actividad tradicional está profundamente ligada al paisaje y a la vida rural. Durante generaciones, ha formado parte de la economía cotidiana, dando respuesta a necesidades concretas con los recursos del entorno. Hoy, sin embargo, este saber se encuentra en riesgo de desaparecer.
Mi camino hacia este oficio nace desde otro lugar: el de la interpretación del patrimonio. Como intérprete, mi labor ha sido siempre acercar el territorio a las personas, traducir sus códigos y hacer visible aquello que, sin mediación, podría perderse. En ese proceso, la cestería apareció no solo como una técnica, sino como un lenguaje capaz de contener historia, cultura y relación con la naturaleza.
Iniciarme en este oficio fue, por tanto, una forma de actuar: una decisión consciente de contribuir a la recuperación de un conocimiento en vías de extinción. En ese aprendizaje, fue fundamental la figura de mi maestra cestera, Margarita González, quien me enseñó el oficio y me entregó el testigo de un saber transmitido de generación en generación.
El proyecto toma forma bajo el nombre de Curupal en el Biescu, que condensa una historia personal y territorial. “Curupal” es el nombre que me dieron comunidades indígenas en la Patagonia, donde viví durante años; un nombre que habla de identidad, de vínculo y de camino recorrido. “El Biescu”, por su parte, remite al bosque asturiano, al lugar donde hoy se asienta mi trabajo, en Boal, en el valle del Navia, del Principáu d’Asturies. Juntos, ambos términos expresan un tránsito: de un territorio a otro, de una experiencia vivida a una práctica arraigada en el presente.
La cestería de castaño se convierte así en un punto de encuentro entre esas dos geografías. Para esta actividad el trabajo comienza en el monte, con la selección de la madera y el respeto a los ciclos del árbol. Continúa en el taller, donde cada tira se abre, se prepara y se teje siguiendo técnicas tradicionales que requieren tiempo, precisión y escucha, heredadas de quienes han mantenido vivo este oficio.
Cada pieza resultante es, en esencia, un objeto útil. Pero también es algo más: una forma de narrar el territorio. Las cestas conservan el rastro del bosque, la memoria de un oficio y la intención de quien las trabaja. Son, de algún modo, pequeñas traducciones materiales del paisaje.
En este sentido, Curupal en el Biescu no se limita a la producción artesanal, sino que actúa como una forma de mediación cultural. A través de cada objeto, se establece un vínculo entre quien lo utiliza y el origen de los materiales, los procesos y la historia que contiene.
Frente al actual modelo de consumo rápido y deslocalizado, la cestería de castaño propone otra manera de relacionarse con los objetos: desde la duración, el cuidado y el sentido. Recuperar este oficio no implica fijarlo en el pasado, sino permitir que siga vivo, adaptándose sin perder su esencia.
Porque cada cesta no es solo un objeto.
Es una historia que se puede tocar.
Es tradición que vive entre las manos.
Es el bosque, todavía, latiendo en casa.