Boal. Las manos que forjan un territorio

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Lendiglesia, Sampol, Castrillón y Merou en el Valle del Navia
Lendiglesia, Sampol, Castrillón y Merou en el Valle del Navia / Foto: MgDron
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La personalidad del Valle del Navia viene marcada por su orografía, tan salvaje como bella, pero también por sus moradores, que como hicieron antaño sus antecesores conviven en armonía con el territorio. En Boal, tierra por excelencia de apicultores y antiguamente de herreros, saben cómo aprovechar los recursos que ofrece el entorno. Y aunque los tiempos avanzan con la bandera de la modernidad siempre hay espacio para la tradición.

En el pueblo de Rozadas, una placa recuerda la importancia de los ferreiros para este concejo del suroccidente asturiano, al cual llegaba el mineral de hierro fundamentalmente del País Vasco. La transformación del mineral en metal dio lugar en el concejo de Boal y en otros rincones de la comarca a una importante industria de clavos, aperos de labranza, cuchillos, navajas, cerraduras, picaportes y una larga lista de utensilios.

Ahora ya no quedan en activo herreros de clavazón, aquellos que tanta fama dieron al concejo en el siglo XIX. Los claveiros, como se llamaban a los que fabricaban los clavos, lo hacían en fundiciones alimentadas por carbón y utilizando la energía del agua de arroyos y ríos. La fama del concejo era tal que se exportaban a distintos puntos de la región. Los artesanos daban forma al metal en fraguas como la de Froseira, una antigua herrería que ya no se utiliza para tales fines.

Navajas de Manuel Martínez, en Peirones
Navajas de Manuel Martínez, en Peirones / Foto: Fusión Asturias
Manuel Martínez Míjez, artesano de Boal
Manuel Martínez Míjez / Foto: Fusión Asturias

Pero siempre queda algún rescoldo del fuego, por eso en Peirones, (Peiroís, en fala) todavía se escucha en ocasiones el golpeteo del metal cuando Manuel Martínez Míjez se dispone a elaborar una de sus navajas. Lo hace por simple gusto, sin buscar interés lucrativo. Aprendió con dieciocho años a trabajar el acero a través de un curso y ahora es tornero, fresador de maquinaria convencional, y en sus ratos libres continúa una tradición existente en esta aldea. “En Peirones había un herrero, y aunque es verdad que en el concejo estaban más dedicados a la industria del clavo y a mandar material para Taramundi y los Oscos, también había gente que hacía navajas”.

Él sigue ahora utilizando la técnica tradicional para elaborar sus navajas, con una fragua de carbón para el acero de Damasco y una de gas para estirar la chapa. “Uso también radiales y lijadoras, no es como antiguamente con la piedra, pero es todo a mano. Me gusta trabajar el hierro, sobre todo forjar, porque la fragua tiene algo especial”.

Algunas de sus obras las ornamenta con piedras de quiastolita, un mineral variedad de la andalucita muy característico por sus inclusiones de grafito que dibujan una cruz, de ahí que también se la conozca como la piedra de San Pedro. “Utilizo la quiastolita porque en Asturias solo la encuentras aquí y nos la están llevando, por eso hago hincapié en ella, es lo que tenemos por esta zona”.

Él está a gusto viviendo en esta pequeña aldea que actualmente no supera los cuarenta habitantes y que se encuentra a 3,5 kilómetros de la capital del concejo, aunque en realidad él nació en Doiras, un lugar que se encuentra a tan solo cinco kilómetros y que es conocido por el embalse, uno de los tres que se encuentran en el curso del río Navia. Allí ya tenían sus abuelos la casa familiar, y él, acostumbrado a la tranquilidad de estos parajes, no se imagina viviendo en una ciudad. “Tuve oportunidad de trabajar en Avilés pero no quise salir de aquí, yo soy de casa, no me gusta el barullo. Me gusta esto tal y como es. Es verdad que aquí tienes cosas en contra como el problema del transporte, pero en realidad parecen más las distancias que los tiempos. Yo trabajo en Navia y llego en veinte minutos, que son los que te lleva salir de una ciudad”.

Manuela Rodríguez en su fábrica de embutido artesanal de Sampol
Manuela Rodríguez / Foto: Fusión Asturias

En Sampol, a doce kilómetros del núcleo de Boal, tres mujeres (Gonzalina, Patricia y Manuela) han dado un paso adelante y apoyándose en el acervo popular consiguen sacar rentabilidad a una de las tradiciones más antiguas del occidente asturiano: el San Martín, la matanza del cerdo. Con una pequeña fábrica ubicada en lo que antaño era el antiguo pajar de la casa familiar, producen embutidos artesanales siguiendo las pautas que desde niñas vieron hacer en sus casas. “Mis suegros siempre fueron ganaderos pero cuando sus hijos eran pequeños quisieron probar a vivir en Oviedo, ya que entonces la ganadería y la agricultura no tenían mucha proyección de futuro. Estuvieron unos años trabajando y viviendo fuera pero se dieron cuenta que lo que querían era regresar al pueblo y vivir en su casa. En 2006 empezaron con la documentación para levantar la fábrica de embutidos, y en 2008 se puso en marcha”, explica Manuela Rodríguez.

La receta que utilizan en este lugar, también conocido como Pico de Fiel por una peña cercana, es la de una matanza tradicional, con la única diferencia de que los cerdos van al matadero, donde se someten a exámenes veterinarios, requisito obligatorio para poder comercializar la carne. Luego, el proceso continúa con una elaboración artesanal. “No utilizamos aditivos artificiales y una de las características es que ahumamos en un ahumadero natural con madera de roble. Otros productos también los salamos con sal marina gruesa natural. La gente identifica el embutido, siempre dicen ‘son igual que los que hacía mi madre o mi abuela’”.

“El proceso de elaboración de nuestros embutidos sigue siendo artesanal. La gente siempre dice que son como los que hacía su madre o su abuela”

(Manuela Rodríguez, de Embutido artesanal Pico de Fiel)

La aldea de Sampol ronda los sesenta vecinos, una cifra que no está nada mal para las alarmantes cifras de despoblamiento que ofrece este concejo asturiano. Y aunque Manuela reconoce ciertas desventajas en esta ubicación, como la carretera de acceso, “que es estrecha y a veces hay maleza”, también valora otras ventajas. “Lo mejor de vivir en un pueblo es la tranquilidad y el poder criar a los hijos en un entorno como el nuestro. Aquí hay muy buena educación, como hay pocos niños los profesores se vuelcan un montón y al fin y al cabo estamos a una hora y cuarto del centro de Asturias, las distancias no son tan largas. Si vives en Madrid y tienes que cruzar la ciudad para ir a trabajar te puede llevar dos horas, aquí no hay semáforos, llegas y aparcas”.

María Jesús González, agricultura y apicultora de Boal
María Jesús González / Foto: Fusión Asturias

Otros pueblos del concejo no tienen la suerte de los anteriores. En Merou, por ejemplo, solo permanece habitada una vivienda y eso dificulta el mantenimiento de los caminos y la conservación del lugar. María Jesús González, agricultora y apicultora, vive con su madre y sus dos hijos en el que es su pueblo natal. A ella lo de cultivar el campo le viene de familia pues su bisabuela ya se dedicaba a ello y los conocimientos han ido pasando de una generación a otra. El lugar, en la zona baja del concejo, es ideal para las plantaciones porque posee un microclima especial que favorece a los productos de huerta “aquí el sol da desde que sale hasta que se pone. Cualquier cosa que sembremos en este pueblo se nos da bien, desde fruta hasta productos de la huerta”, explica María Jesús.

La vida en un pueblo sin vecinos no resulta fácil, la soledad a veces se convierte en un gran gigante con el que es difícil lidiar, especialmente durante los meses de invierno. La empresaria boalesa no se plantea otras opciones porque este es su medio de subsistencia. “Como aquí no hay nadie si quedas sin agua tienes que ir al pozo, si te pare una vaca, tienes que llamar a algún amigo a ver si puede acercarse y echar una mano”.

Desde luego, ocupación tiene de sobra. Cuando hablamos con ella acaba de regresar de cambiar las múltiples trampas que tiene para mantener a raya a la población de avispa asiática que ataca a sus abejas. Lleva treinta años metida de lleno en la producción de miel, y es un trabajo que le gusta aunque presenta dificultades, “a veces las colmenas pesan alrededor de veinte kilos y cuando toca lo que aquí llamamos esmelgar me cuesta mucho hacerlo. Un año que lo hice sola, tenía que sacar primero media colmena, la bajaba hasta el remolque y volvía a subir al monte para coger la otra parte. Si la necesidad te obliga, te apañas”.

Panera en Merou, Boal
Panera en Merou / Foto: Fusión Asturias

La vida en un pueblo sin vecinos no resulta fácil, la soledad a veces se convierte en un gran gigante con el que es difícil lidiar, especialmente durante los meses de invierno

La producción de María Jesús ronda los 3.000 kilos de miel anuales, aunque en años buenos alcanza los 5.000. “En este sector un mes puedes ganar mucho y otro solo te da para cubrir gastos. Mi hijo mayor está apartado de todo esto y no sé si el pequeño tendrá interés por las abejas, pero preferiría que se ganasen un sueldo con algo más seguro”.

Las excelentes vistas que hay sobre el cauce del Navia en Merou muestran la belleza del entorno y María Jesús no duda en recomendar la visita a lugares como el puente de Castrillón, desde donde se puede emprender una bonita ruta que conduce hasta Doiras. “Boal es muy recomendable para quienes quieran pasar un fin de semana, tiene cosas muy guapas para ver, desde antiguas hasta modernas”, explica la agricultora.

Julio Fernández, apicultor de Boal
Julio Fernández / Foto: Fusión Asturias

Para Julio Fernández la apicultura es una forma de vida además de una fuente económica. Cuando era pequeño, su padre, uno de los principales impulsores de la Feria de la Miel, le inculcó el amor por esta afición que él ha convertido en su profesión. “Empecé muy joven con mi padre. Teníamos las colmenas en Carrugueiro, al principio era un hobby y lo destinábamos a autoconsumo, pero fueron aumentando el número de colmenas y cuando mis padres se jubilaron decidí ponerme al frente de la explotación y hacerla profesional”.

Ahora este empresario tiene veinticuatro asentamientos y un total aproximado de 750 colmenas repartidas por todo el concejo de Boal a excepción de unas pocas en el municipio vecino de Illano. Como el resto de apicultores tiene que hacer frente a muchas amenazas que se ciernen sobre el sector apícola, algunas muy conocidas como el ácaro Varroa y otras de reciente aparición como la avispa asiática (Vespa velutina). Aunque para él, de momento, no son las peores. “Se le está dando más difusión a la velutina y hay una alerta social por los problemas que genera en las playas o los parques, pero seguimos teniendo problemas tan importantes como la varroa que lleva con nosotros treinta años y es imposible erradicarla. También está empezando a haber un problema con la avispilla del castaño y desde hace unos años estamos teniendo grandes dificultades por culpa de la climatología. El cambio climático está causando verdaderos estragos y para mí es más peligroso que la velutina”. Los cambios en las estaciones requieren de una constante actualización en los métodos de trabajo, ya que no es posible realizar una planificación como se hacía anteriormente. “Ahora tenemos un mes de febrero con calor y un mes de julio con agua y frío. Todo cambia, como la forma de alimentar las colmenas, y las épocas de crías de colmenas o de recolección de miel se ven alteradas”.

“El cambio climático está causando verdaderos estragos y para mí es más peligroso que la velutina”

(Julio Fernández, apicultor)

A pesar de las dificultades, la miel de Boal sigue siendo la gran embajadora del concejo, y para mantener la gran calidad de este producto Julio dedica parte de su tiempo a mejorar la genética de las abejas, seleccionando las colmenas de mayor producción y mansedumbre y las que menos enjambran. En un horizonte futuro, tiene previsto ampliar el negocio con fines turísticos. “Me gustaría organizar visitas guiadas a un colmenar y un pequeño museo”.
El boalés compatibiliza su dedicación a estos pequeños insectos con su afición por el fútbol sala, lo que le hace tener poco tiempo libre.

“Yo estoy encantado viviendo en el concejo de Boal, porque la vida en el pueblo te da tranquilidad, la gente es muy cercana y se valoran otras cosas como la relación y la amistad. Tienes Internet en todos los domicilios y las comunicaciones son buenas”.

Francisco Pérez, panadero de Boal
Francisco Pérez / Foto: Fusión Asturias

El olor a pan recién hecho es uno de los aromas inconfundibles a los que es difícil resistirse, más aún si el producto se elabora siguiendo pautas artesanales. En el núcleo de Boal, capital del concejo, la localidad que aglutina todos los servicios, Francisco Pérez tiene una amplia experiencia en este campo. Él es un claro ejemplo de cómo los conocimientos tradicionales pasan de padres a hijos, generación tras generación. Lleva toda la vida viendo crecer las masas, pues sus padres y sus abuelos también se dedicaron al oficio, “nací donde tengo la panadería”. Ahora que está jubilado es su hijo quien continúa con el legado, preparando cada día hogazas, barras, panes de centeno y maíz… “Aquí lo hacemos todo de forma artesanal y sin añadir ningún producto químico”, explica este trabajador que conoce a la perfección la geografía del concejo y los municipios cercanos. Es lo que tiene trabajar con un producto tan básico que ha de repartirse diariamente, con escasísimas excepciones. Incluso cuando la climatología presenta su cara más adversa, los panaderos rurales recorren las carreteras locales sorteando todo tipo de peligros. Pero a Francisco siempre le apasionó su trabajo, por eso no hay inconveniente que valga aunque reconoce que no es la primera vez que yendo por la nieve “me he ido monte abajo, tuve ocasiones para ponerme a temblar”.

Afortunadamente para él ahora nieva mucho menos en la zona, las carreteras han mejorado y el reparto se ha vuelto algo más fácil. La labor de los panaderos es fundamental en territorios como Boal aquejados de un gran despoblamiento ya que, en ocasiones, estos profesionales son los únicos que acceden diariamente a determinados rincones del concejo, adentrándose por estrechos trazados e inacabables curvas como las que ofrece la carretera AS-35 que une Boal con Villayón, cuyas precarias condiciones han provocado la puesta en marcha de una petición en la plataforma change.org, tras un desgraciado accidente. En ella se solicita al Gobierno del Principado el ensanche de esta vía, altamente peligrosa. La mejora de las comunicaciones es una de las cuentas pendientes de este territorio que tiene mucho que ofrecer, sin duda sería también una baza importante en la lucha contra el abandono del medio rural.

El concejo limita al norte con
El Franco y Coaña, al sur con Illano, al oeste con Castropol y al este con Villayón.
Comúnmente se cree que el nombre de Boal (Bual en gallego-asturiano) significa “terreno frecuentado y apropiado para pasto del ganado vacuno” o bien “corral de bueyes”. La tradición ganadera del municipio se refleja también en su escudo que porta la imagen de un buey.

1 COMENTARIO

  1. Las manos que forjan un territorio…Manuel, Manuela, María Jesús, Julio (el hijo de Naro), Francisco (Paquito de San Roque) y el xatin..😍
    Mi pueblo ( te quiero tanto…)

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