Asturias se levanta sobre pegollos: defender el hórreo es defender la vida rural

Hay patrimonios que no necesitan ser declarados para existir, pero sí para sobrevivir. Los hórreos del norte peninsular –y muy especialmente los asturianos– llevaban siglos sosteniendo silenciosamente la vida, la memoria y el paisaje. Ahora, con el Real Decreto que los reconoce como Patrimonio Cultural Inmaterial, el Estado llega a poner por escrito lo que la gente del campo sabía desde siempre: que un hórreo no es un edificio sino un latido de la gente.

En Asturias, donde aún se alzan entre 25.000 y 30.000 entre hórreos y paneras, y donde el más antiguo, datado en Villaviciosa, se construyó en 1505, la noticia ha sido muy bien recibida. Porque un hórreo no solo forma parte de un paisaje, tiene su historia y cuando la conoces, forma parte de ti y llegas a sentirlo.

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El documento que acompaña la declaración lo dice bien claro: “Un hórreo no guarda solo alimento. Guarda tiempo, decisiones; guarda formas de vivir que no se escribieron en ningún sitio”. Y es cierto. Cada tabla es una biografía. Cada esquina, una decisión familiar. Cada pegollo, un pacto con la tierra.
La declaración es un compromiso. Obliga a documentar, proteger y transmitir no solo la madera y la piedra sino también la historia, los usos y el sentir que rodea a estas construcciones. Obliga a preguntarnos qué significa conservar un hórreo en un tiempo en el que el campo se vacía y los oficios se extinguen.
Hoy faltan maestros horreros, sobran ganas de restaurar y al mismo tiempo se abre un debate sobre los usos del futuro de estas construcciones: oficinas, espacios culturales, habitaciones auxiliares… siempre sin desvirtuar su esencia. Porque si a un hórreo se le deja fuera de contexto, es como un cuerpo sin alma. Lo explica muy bien el comunicador asturiano Jaime Santos: «El hórreo que está vacío, que no tiene alma, es como el cuerpo: cuatro pellejinos, cuatro tablas. Si no tiene alma y nadie lo quiere, da igual que éste sobreviva o no».

Y es que es verdad, pues durante siglos, el hórreo fue el centro de gravedad de la vida rural. Allí se guardaban las cosechas, pero también los tesoros íntimos de la familia: el ajuar de la abuela, la foto que no se quería perder, la Singer que marcó a generaciones. Y aunque pocas veces se diga, fueron sobre todo las mujeres quienes lo usaron, lo cuidaron y lo mantuvieron vivo. Ellas sabían qué había dentro, qué faltaba, qué se estropeaba y qué se salvaba.
Bajo el hórreo se jugó, se bailó, se conversó, se compartieron comidas. Fue refugio, almacén, sala de reuniones, escenario improvisado. Fue, y sigue siendo, un lugar donde la vida transcurre sin prisa.

Aldea de Gallegos, en la parroquia de Gallegos (Mieres)
Aldea de Gallegos, en la parroquia de Gallegos (Mieres)

Lejos de ser algo del pasado, el hórreo también se proyecta hacia el futuro. En el Parque Natural de Redes, en el Laboratorio Biomimético de Ladines, se diseñan los hórreos del futuro: unas estructuras inspiradas en la naturaleza, modeladas con inteligencia artificial, construidas con nuevas tecnologías. No para sustituir a los antiguos hórreos, sino para demostrar que la tradición también sabe reinventarse. No deja de ser un proyecto audaz eso de llevar a un laboratorio lo que nació en una casería, pero no hay nada imposible, la modernidad no tiene por qué borrar la memoria, puede dialogar con ella… A ver qué sale de todo esto.

La declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial es un reconocimiento de que la vida sigue ocurriendo alrededor de estas construcciones, como dice el texto: “Son historias pequeñas y personas reales. Vida que sigue ocurriendo alrededor de ellos”. El reto ahora es doble: conservar los hórreos y conservar lo que los sostiene. Su alma, su función social, su vínculo con la tierra y con quienes la habitan.

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Porque un hórreo no se mantiene en pie solo con madera y piedra. Se mantiene con afecto, con memoria, con uso, con vida.
Mientras haya alguien que suba a él a guardar una cosecha, un retrato o un secreto familiar, seguirá siendo lo que siempre fue: el corazón elevado de Asturias.

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Mariló Hidalgo
Mariló Hidalgo
Periodista con más de 30 años de experiencia, especializada en entrevistas y reportajes de profundidad. Tras formarme en Derecho, encontré en el periodismo mi verdadera vocación. Llevo 12 años en Fusión Asturias y desde 2012 soy directora de la revista, donde escribo sobre territorio, cultura, proyectos humanos y paisajes sociales del Principado. Mi trabajo se centra en la conversación pausada, la escucha y el retrato honesto de personas que construyen Asturias desde dentro.

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Mariló Hidalgo
Periodista con más de 30 años de experiencia, especializada en entrevistas y reportajes de profundidad. Tras formarme en Derecho, encontré en el periodismo mi verdadera vocación. Llevo 12 años en Fusión Asturias y desde 2012 soy directora de la revista, donde escribo sobre territorio, cultura, proyectos humanos y paisajes sociales del Principado. Mi trabajo se centra en la conversación pausada, la escucha y el retrato honesto de personas que construyen Asturias desde dentro.

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