Porque admirar la fuerza de quienes sobreviven puede acabar ocultando aquello que nunca deberían haberse visto obligados a soportar.
Gaza no resiste porque el sufrimiento la haga más noble, más fuerte o más hermosa. Resiste porque no le han dejado otra opción. Y cuando el mundo contempla esa resistencia sin preguntarse por qué sigue siendo necesaria, la admiración puede convertirse, incluso de manera involuntaria, en una forma de normalización.
Lo vemos cada día en las redes sociales: niños sonriendo entre los escombros, madres cocinando con leña, familias levantando refugios con restos de madera o jóvenes intentando estudiar dentro de una tienda de campaña. Debajo aparecen miles de comentarios sobre su fortaleza, su capacidad de adaptación y su extraordinaria resiliencia.
Muchas de esas palabras nacen de la solidaridad y de una emoción sincera. Pero debemos tener cuidado con la mirada que construimos alrededor de ellas.
Esto no es un reality show. No estamos asistiendo a una sucesión de escenas creadas para conmovernos, inspirarnos o devolvernos la esperanza. Estamos contemplando una realidad que ni tú ni yo vivimos únicamente porque un golpe del destino decidió que naciéramos en otro lugar.
Pero tengamos algo por seguro: esa sería nuestra vida hoy si hubiéramos nacido en Gaza. Y de eso no hay ninguna duda.
Seríamos nosotros quienes buscaríamos agua durante horas. Quienes cocinaríamos con leña porque no quedaría otra alternativa. Quienes intentaríamos proteger a nuestros hijos dentro de una tienda de campaña. Quienes tendríamos que mostrar nuestras heridas, nuestra hambre o la destrucción de nuestro hogar para demostrar ante desconocidos que necesitamos ayuda.
Esto no es un reality show. No estamos asistiendo a una sucesión de escenas creadas para conmovernos, inspirarnos o devolvernos la esperanza. Estamos contemplando una realidad que ni tú ni yo vivimos.
Por eso resulta tan peligroso convertir esas escenas en historias inspiradoras.
Cocinar con leña no es creatividad.
Estudiar entre ruinas no es una lección de perseverancia.
Construir un refugio con restos de una casa destruida no es capacidad de superación.
Son respuestas desesperadas ante unas condiciones que ningún ser humano debería verse obligado a soportar.
Las familias palestinas no existen para producir cada día nuevas imágenes capaces de mantener nuestra atención. No tienen que sonreír entre los escombros para ofrecernos esperanza. No tienen que mostrarse fuertes para tranquilizar nuestra conciencia. No deberían tener que convertir su sufrimiento en contenido para merecer ayuda.
También tienen derecho a agotarse. A no grabarse. A no responder. A no querer contar una vez más todo lo que han perdido. A recibir ayuda sin tener que exhibir públicamente el momento más doloroso de sus vidas.
Ahmed no observa Gaza desde fuera. La vive. (…) Por eso su reflexión no nace de una teoría distante, sino de la experiencia de quien ha visto cómo el sufrimiento palestino es convertido demasiadas veces en imagen, símbolo o relato inspirador.
Fue Ahmed Ghazi quien puso palabras precisas a este peligro. Ahmed es nuestro primer coordinador en Gaza y forma parte de la columna vertebral de HOPE Palestina. Desde el principio, su conocimiento del territorio, su capacidad para sostener a las familias y su compromiso con el proyecto ayudaron a convertir una intención solidaria en una red real de acompañamiento humano sin igual.
Ahmed no observa Gaza desde fuera. La vive. Conoce el miedo, el desplazamiento, la pérdida y la responsabilidad de cuidar a otras personas mientras su propia vida también permanece amenazada. Por eso su reflexión no nace de una teoría distante, sino de la experiencia de quien ha visto cómo el sufrimiento palestino es convertido demasiadas veces en imagen, símbolo o relato inspirador.
Desde esa realidad escribe el siguiente artículo:
Cuando la resiliencia oculta el genocidio en Gaza
Por Ahmed Ghazi Al-Farra, consultor palestino y primer coordinador de proyectos humanitarios en Gaza en Hope Palestina.
Lo más peligroso que puede ocurrir durante un genocidio no es únicamente que el mundo se acostumbre a las imágenes de destrucción. Lo verdaderamente peligroso es que llegue a admirar la forma en que las víctimas consiguen sobrevivir a ella.
En la era de las pantallas permanentes, vemos cada día imágenes de niños gazatíes sonriendo entre los escombros, familias desplazadas construyendo refugios improvisados con restos de madera o madres cocinando con leña porque ya no existe otra alternativa. Las redes sociales se llenan de mensajes de admiración: «¡Qué pueblo tan fuerte!», «Su resiliencia es extraordinaria», «Son capaces de crear vida entre las ruinas».
Estas palabras suelen nacer de la solidaridad y de una sincera voluntad de acompañamiento. Sin embargo, también pueden revelar una trampa ética y psicológica de enorme alcance. Poco a poco, la atención deja de centrarse en el crimen que debe detenerse y comienza a concentrarse en la extraordinaria capacidad de las víctimas para resistirlo.
Podríamos describir este fenómeno como una forma de romantización del sufrimiento o, incluso, de la propia tragedia: un proceso en el que la admiración por la capacidad humana de sobrevivir termina eclipsando la obligación moral de detener aquello que hace necesaria esa supervivencia.
El problema comienza cuando la historia de la resiliencia sustituye a la historia del crimen. Entonces, el foco deja de estar en los bombardeos, el bloqueo, el hambre o el desplazamiento forzado, y pasa a centrarse en la capacidad de la población para adaptarse a esas condiciones.
Diversas aproximaciones desde la psicología explican que, cuando una persona se enfrenta repetidamente a una tragedia sobre la que siente que no tiene capacidad de intervención, puede buscar elementos esperanzadores para aliviar su propia sensación de impotencia. En ese contexto, la resiliencia de las víctimas puede convertirse en un refugio emocional para el espectador.
Conceptos como la fatiga de la compasión o el entumecimiento psíquico describen cómo la exposición continua al sufrimiento puede reducir, con el tiempo, la capacidad de reacción moral ante una tragedia prolongada.
El problema comienza cuando la historia de la resiliencia sustituye a la historia del crimen. Entonces, el foco deja de estar en los bombardeos, el bloqueo, el hambre o el desplazamiento forzado, y pasa a centrarse en la capacidad de la población para adaptarse a esas condiciones. La cámara deja de señalar las causas de la tragedia para fijarse principalmente en las estrategias de supervivencia.
Cocinar con leña deja de verse como una consecuencia de la destrucción y comienza a presentarse como un ejemplo de creatividad. Estudiar en una tienda de campaña deja de ser la evidencia del colapso de un sistema educativo y se transforma en una «historia inspiradora». Buscar agua en condiciones extremas pasa a interpretarse como ingenio, en lugar de ser reconocido como la consecuencia de una privación inaceptable.
Pero nada de eso es normal. Ninguna de esas escenas representa una elección libre. Son mecanismos desesperados de supervivencia de una población privada de sus derechos humanos fundamentales.
Los palestinos no son héroes mitológicos. Son seres humanos. Tienen miedo. Sufren. Pierden a sus hijos, a sus padres, sus hogares y sus proyectos de vida. También se cansan. También necesitan protección, dignidad y justicia.
Este fenómeno no es exclusivo de Gaza. En muchas crisis humanitarias, el relato termina desplazándose desde las causas de la violencia hacia la admirable capacidad de las personas para soportarla. Sin embargo, en Gaza este desplazamiento resulta especialmente peligroso porque corre el riesgo de normalizar una tragedia provocada por decisiones humanas y, por tanto, susceptible de responsabilidad política y jurídica internacional.
Cuando la resiliencia se convierte en otra carga existe otra consecuencia aún más profunda.
Cuando la resiliencia se convierte en la única imagen aceptable del pueblo palestino, la propia resiliencia acaba transformándose en una exigencia.
Entonces parece que a los palestinos ya no se les permite agotarse, derrumbarse o expresar su dolor; como si su humanidad dependiera de demostrar una y otra vez una capacidad infinita para soportar lo insoportable.
Pero los palestinos no son héroes mitológicos. Son seres humanos. Tienen miedo. Sufren. Pierden a sus hijos, a sus padres, sus hogares y sus proyectos de vida. También se cansan. También necesitan protección, dignidad y justicia.
Lo que necesitan no son únicamente elogios por su capacidad de resistir, sino que desaparezcan las condiciones que les obligan a resistir.
Paradójicamente, las historias de resiliencia pueden ofrecer una salida cómoda a la conciencia colectiva. Admirar la fortaleza de las víctimas exige muy poco. Reconocer que existe una tragedia causada por decisiones humanas obliga a formular una pregunta mucho más incómoda:¿Qué estamos dispuestos a hacer para detenerla? Cuando cambia la pregunta, cambia toda la historia.
la pregunta que debería interpelar cada mañana a la conciencia del mundo no es «¿Cómo es posible que Gaza siga resistiendo?», Sino: «¿Por qué seguimos admirando la capacidad de Gaza para resistir, en lugar de impedir que tenga que hacerlo?»
La mayor victoria de cualquier injusticia no consiste únicamente en destruir ciudades o desplazar poblaciones. Consiste también en conseguir que el mundo deje de formular la pregunta correcta.
En lugar de preguntarse:
¿Quién destruyó Gaza?
¿Quién bombardea barrios enteros?
¿Quién priva a millones de personas de agua, alimentos y atención médica?
La conversación acaba desplazándose hacia otras preguntas:
¿Cómo consiguen seguir en pie?
¿Cómo pueden seguir sonriendo?
Y cuando cambia la pregunta, cambia también el relato. El crimen desaparece progresivamente del centro de la escena, mientras la capacidad de adaptación de las víctimas ocupa todo el espacio.
Nadie pide al mundo que ignore la extraordinaria fortaleza de los palestinos. Esa fortaleza existe y merece reconocimiento. Lo que pedimos es que esa admiración nunca sirva, ni siquiera de manera involuntaria, para desviar la atención del hecho esencial.
Porque nadie nace para convertirse en un símbolo de resiliencia frente a las bombas, el hambre o el desplazamiento.
La verdadera aspiración de cualquier sociedad no debería ser aprender a sobrevivir al horror, sino impedir que ese horror continúe.
Por eso, la pregunta que debería interpelar cada mañana a la conciencia del mundo no es:
«¿Cómo es posible que Gaza siga resistiendo?»
Sino esta otra:
«¿Por qué seguimos admirando la capacidad de Gaza para resistir, en lugar de impedir que tenga que hacerlo?»
La resiliencia puede ser una respuesta humana ante la devastación, pero jamás debería convertirse en una justificación para prolongarla.
No debemos pedir a Gaza que siga ofreciéndonos ejemplos de fortaleza.
No debemos necesitar sus sonrisas entre los escombros para recuperar nuestra esperanza.
No debemos transformar su supervivencia en una lección moral destinada a quienes observamos desde lugares seguros.
La fortaleza de un pueblo no exime al mundo de su responsabilidad. Al contrario.
Debería recordarnos que detrás de cada imagen de resistencia existe una vida que merece algo más que sobrevivir.
Merece descansar. Merece elegir. Merece construir sin miedo a que todo vuelva a ser destruido. Merece vivir sin tener que demostrar, cada día, hasta dónde puede soportar el ser humano.
Y quizá ahí esté el verdadero peligro de romantizar el sufrimiento: en convertir la capacidad de sobrevivir en una imagen hermosa mientras dejamos intactas las condiciones que hacen necesaria esa supervivencia.
Gaza no necesita que la admiremos por resistir.
Necesita que el mundo deje de obligarla a hacerlo.