Han pasado mil días sobre mi familia, y no son simples números, sino mil eternidades de miedo y muerte postergada. Mil días en los que observo los rostros de mis hijos cada noche, siento sus respiraciones y me pregunto con el corazón temblando: ¿seguiremos juntos hasta el amanecer o seremos solo un número más borrado del registro civil?
En cada segundo de estos largos días, he cargado con el peso inmenso de protegerlos; buscando una seguridad inexistente bajo los bombardeos, un bocado para aliviar su hambre y un sorbo de agua limpia en medio de un asedio asfixiante que devora nuestras vidas. Como padre de cuatro hijos pequeños que intentan crecer en medio de la nada, y de dos hijos mayores que ven sus estudios universitarios suspendidos por la destrucción, el dolor de ver sus derechos robados es indescriptible. Mis hijos han crecido antes de tiempo. Las risas abandonaron sus ojos, y sus sueños infantiles fueron reemplazados por preguntas crueles sobre el desplazamiento, la pérdida y la supervivencia.
Esta realidad la vivo en dos frentes muy duros. Además de proteger a los míos, me desempeño como el primer coordinador administrativo y de campo de nuestra iniciativa humanitaria internacional. Desde esta responsabilidad, me toca gestionar los expedientes de innumerables familias que lo han perdido todo y coordinar la ayuda de los voluntarios en el terreno. Cada día es una batalla contrarreloj para conseguir alimentos, agua y apoyo para cientos de personas en la misma situación límite, mientras el asedio intenta asfixiar cualquier rastro de dignidad.
Mil días respirando paciencia frente a la destrucción, recogiendo los pedazos de nuestras almas tras cada ataque y aferrándonos los unos a los otros como si nos despidiéramos a cada instante. Nuestro hogar, que antes rebosaba de vida, nuestros pequeños detalles y nuestros recuerdos, todo ha quedado suspendido al borde del abismo.
Pero a pesar de este dolor interminable y del silencio del mundo que nos rodea, hoy seguimos de pie juntos. Nuestra resistencia como familia y como equipo humanitario no es solo supervivencia; es un acto de rebeldía y un rechazo absoluto al exterminio. No somos estadísticas de la muerte; somos una historia de amor, de resistencia y de una vida que se niega a apagarse. Seguiremos aferrados a la esperanza, a nuestra labor y a nosotros mismos hasta que esta oscuridad desaparezca.
Gracias por hacernos participes de vuestras vivencias tan duras y q no queremos ver en este mal llamado primer mundo. No tenemos derecho a quejarnos de nada, somos unos privilegiados. Solo me cabe deciros gracias, gracias, gracias.
Gracias por tu comentario María Rosa.
Son un espejo perfecto en el que poder mirarnos y ver, hasta qué punto, sabemos valorar el auténtico significado de las cosas. Tanto de las grandes como de las mas insignificantes.
Te animamos a que sigas su día a día a través de los artículos que iremos publicando.
Un saludo,
Deseo con toda el alma que pronto llegue la paz que tanto merecen, y que cada lágrima derramada se transforme algún día en alegría y justicia
Hola, gracias por tu comentario.
Ojalá llegue pronto ese día y ojalá que nosotros podamos verlo y celebrarlo junto a ellos (aunque sea en la distancia).
Nadie merece vivir ese atropello. Nadie merece que le nieguen un futuro libre y en paz.
Gracias Ahned por ayudarnos a tomar más conciencia de lo que estáis viviendo en Gaza. Tú testimonio es muy impresionante. Ya 1000 días de tanto horror y tanta injusticia.
Gracias!!
Si a nosotros estos 1000 días nos parecen una eternidad… ¿cómo lo estarán viviendo ellos?
Para ellos todo el apoyo y la fuerza.