Bofetadas en el alma

“He visto muchos cataclismos en mi vida, pero todo está como antes y el hombre no ha cambiado”
(Sinuhé, el egipcio)

Hace muchos años leí este libro del escritor de novela histórica, Mika Waltari, lo hice por recomendación de un guía de Egipto. Lo había comenzado a leer tiempo atrás y lo había apartado de mi camino porque me resultaba muy duro y no daba crédito a algunas de las cosas que allí se contaban, a la violencia que se vivía en la vida cotidiana y especialmente, a la violencia de los castigos cuando se cometían robos, adulterios y, en situaciones más graves, castigos como cortarles la nariz, mutilaciones y/o enviarlos a las minas a trabajos forzados. Pero voy más allá, cuando los ejércitos del faraón Akenatón, dirigidos por Horemheb, derrotaron al pueblo hitita… yo iba de sorpresa en sorpresa.

Los hititas eran una potencia militar avanzada, sin embargo, fueron vencidos por las tropas de Horembeb en una de sus incursiones para bien de Egipto.

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Pero no es la historia del poder de Egipto lo que voy a contar sino las primeras veces que yo me fui enterando de atrocidades que el ser humano cometía con sus congéneres, por tanto no hay orden en lo que expongo sino hechos concretos durísimos.

Uno de ellos era el siguiente, observado en el pueblo conquistado: los hititas a los prisioneros les sacaban los ojos para que no pudieran distraerse cuando sacaban agua de un pozo moviendo una noria como si fueran animales.
Yo nunca había oído nada igual, entre otros muchos episodios que ocurren en el discurrir de la lectura.

Historias recogidas por Sinuhé, el egipcio a lo largo de sus incursiones por distintos países para conocer cómo se desarrollaba la medicina fuera de Egipto, tal como le había ordenado el Faraón Akenatón, puesto que Sinuhé era el médico real.

Pero también las recogidas por Sinuhé cuando a petición del General Horemeb le acompañó como médico de las tropas egipcias en sus batallas: historias de muerte, de sangre, de heridos, de conquistas y de saqueos.

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A los enemigos muertos en campo de batalla se les cortaba la mano derecha y las llevaban a presencia del faraón para hacerle conocer las bajas enemigas, objetivamente. Y a los prisioneros que sobrevivían se les ponían marcas a fuego en la piel y pasaban a la condición de esclavos. Este fue uno de mis primeros contactos con el horror.

“Y supo de repente que jamás encontraría satisfacción en el amor sino en el odio, en odiar y ser odiado”
(Grenouille en El Perfume)

Otro libro que, aun siendo novela, me puso en contacto con el psicópata en grado extremo: “El Perfume” de Patrick Süskind.
El personaje principal es Jean-Baptiste Grenouille, un muchacho rescatado de la basura del Mercado de Les Halles en París cuando su madre, nada más parir, lo arrojó a la basura junto con tripas de pescado, cabezas y vísceras para que se muriera. Pero su llanto alertó a la gente y fue descubierto, y salvado.

Su vida trascurrió de forma muy oscura, llegó a trabajar para un perfumista y se convirtió en el mejor perfumista de Francia, pero sus perfumes estaban elaborados de una sustancia que nunca nadie pudiera imaginar, perfumes humanos. Creo que mucha gente ha visto la película, así evito repetir la frialdad con que consigue el material para elaborar su perfume, una fragancia que es capaz de cautivar a todo el mundo y que finalmente le lleva a su propia muerte de una forma atroz.

Y yo, no cesaba de decir dos cosas al respecto: Una, que debería ser un libro prohibido, porque siempre puede dar pistas a tantos psicópatas que andan por ahí merodeando y, en segundo lugar, pensaba y pienso que el autor debe ser un “presunto” psicópata, porque, de lo contrario, ¿cómo es posible que sea capaz de imaginar prácticas tan macabras? De hecho, es un personaje extraño que lleva una vida retirada, no concede entrevistas, rechaza premios, no aparece en público y apenas hay tres o cuatro fotos suyas. Actualmente tiene 77 años.

“Lo atractivo de la Edad Media es el contraste de las vidas de la gente que eran muy pobres y brutales y, aun así, llegaron a construir catedrales sublimes”
(Ken Follet)

Así que la lectura de “Los Pilares de la Tierra” fue un libro de historia, ambición, amor, conspiraciones y luchas por el poder, ambientado en Inglaterra de la Edad Media. Se supone que fue leído por unos 27 millones de personas.

Fue un fenómeno social, la gente lo leía en todas partes, en el autobús, en la playa, en el ambulatorio, en el parque… No existían en aquel momento las Redes Sociales, de manera que si íbamos a cualquier sitio en el que tuviéramos que esperar llevábamos un libro. En la sala de espera, la gente ya no miraba revistas, venía con el libro bajo el brazo.

Como yo lo había leído se me ocurrió preguntarle a la gente qué personaje les parecía más atractivo, entonces descubrí que esta era una información muy interesante. Y así lo sigo haciendo si se da el caso. Otro libro que me da lugar a preguntar de la misma manera es “El secreto de Dorian Grey” de Oscar Wilde.

Pero no es esta la cuestión porque lo que quiero decir es cómo descubrí la maldad de muchos personajes y su forma de actuar a través de la lectura.
Había un personaje que me inspirada desasosiego cada vez que aparecía. Su nombre, William Hamleigh. No sé, es como si temiera pasar página y que reapareciera. Otra conducta de un psicópata,  un hombre que no le importaba violar o matar.

Más fueron las experiencias, bien a través de las lecturas, programas de televisión u otros que me pusieron en contacto con la maldad. Por lo que respecta a programas de televisión hubo especialmente uno que me demostró lo que yo negaba. Se titulaba “El Mundo TV”, liderado por el periodista Melchor Miralles, donde se hacían entrevistas con cámara oculta y así quedó al descubierto que había médicos que negociaban con la venta de órganos. Era en Latinoamérica pero no cabe duda que puede ser en muchos otros continentes. Otro bofetón a mis creencias.

Y así, sin querer y sin buscar, fui descubriendo la dura realidad. Una realidad que yo negaba. Aún así tenía la esperanza y decía para mí que eran hechos que sucedían antes, que ahora vivimos en un mundo mejor y somos más cultos y tenemos un largo aprendizaje, por lo que no se repetirían los mismos sucesos. Además, cuando la Covid-19 creíamos que íbamos a salir mucho mejores; la humanidad, el sentido de humanidad, saldría favorecida porque habíamos aprendido que cualquiera podía morir, ricos y pobres, reyes o súbditos. Pero ese sentido de solidaridad pronto quedó en el olvido.

También me sorprende mucho que digan que hay que dejar presentes lugares de la historia donde se han producido hechos graves para que no se repitan. El caso más significativo es el de los campos de concentración, especialmente Auschwitz-Birkenau.
Entonces, no se puede comprender cómo estando tan cerca el genocidio nazi y allí presentes las pruebas de la atrocidad se vuelve a repetir la historia, y lo que más sorprende es que muchos de los que sufrieron en los campos, cuando fueron liberados, se fueron a Israel y sus hijos nacieron allí y son conocedores de lo que sufrió su pueblo. Entonces, ¿cómo se entiende que ellos hagan lo mismo, tratando de borrar de la faz de la Tierra al pueblo palestino?

Yo no lo puedo entender. Así como las vueltas que le dieron para concluir que sí, que era un genocidio. Y mientras esos señores se reunían, ¿cuántos palestinos se estaban muriendo en condiciones degradantes? Y el mundo seguía callando.

O sea, lo de “dejar presente” para que no se repita la historia no me parece a mí que sea la panacea.

El caso es que el mundo sigue mirando a otra parte y los hechos se siguen repitiendo, hechos como los cometidos por Jeffrey Epstein, el multimillonario amigo de Trump, que junto a Ghislaine Maxwell (su pareja sentimental) reclutaban a jóvenes menores con falsas promesas económicas o laborales para abusar de ellas, tanto él como sus invitados, gente importante naturalmente. Los lugareños la llamaban “La Isla de la Pedofilia” o “Isla de las orgías”.

En cualquier caso, cabe pensar que en tales orgías hubiera mucho más dolor del que uno se puede imaginar. ¿Qué fue de aquellas niñas, de aquellas jóvenes?

Tenemos las imágenes del horror cuando la policía de Trump, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) cometía aquellos atropellos que uno no puede imaginar. Metiendo a la fuerza en sus furgones a mujeres que estaban esperando a sus niños a la salida de las escuelas. Aquellas imágenes y aquella brutalidad no se pueden comprender.

Y otro presidente, Milei, con sus locuras, recientemente sacando a los indígenas de su tierra, de sus pueblos. Y de Netanyahu… ¿qué decir?

Presidentes que en vez de engrandecer a su pueblo viven para su propio engrandecimiento.

Y aquí estamos, tal como dijo Sinuhé, el egipcio: “No ha ocurrido nada nuevo ante mis ojos, pero todo lo que ha sucedido acaecerá también en el porvenir”.

Pero yo no lo creía.

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