Octubre, cuando la naturaleza guarda su luz

Hay un momento del año en que la naturaleza parece cambiar de lenguaje.

En octubre, los árboles caducifolios comienzan a desprenderse de aquello que durante meses les permitió recibir la luz. Las hojas amarillean, se enrojecen, caen. Los frutos maduran y muchas plantas comienzan a retirar sus fuerzas hacia las raíces. El paisaje pierde progresivamente su exuberancia y, sin embargo, bajo esa aparente desaparición, la vida continúa trabajando.

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Desde la mirada de la antroposofía, el otoño puede contemplarse como un gran movimiento de interiorización. La naturaleza, que durante el verano se ha entregado al exterior, comienza a recogerse. Y este movimiento puede convertirse también en una imagen para nosotros, los humanos.

En primavera, la vida asciende. En verano, se expande. En otoño, comienza a regresar hacia dentro. Y octubre pertenece a ese momento de retorno. La luz exterior disminuye, pero precisamente por eso puede comenzar a adquirir importancia otra luz: la luz interior del ser humano.

Mujer camina por un bosque otoñal

Esta idea está profundamente relacionada con el significado espiritual que Rudolf Steiner otorgó al otoño y, especialmente, al impulso de Micael. La festividad de Micael, celebrada el 29 de septiembre, abre un tiempo en el que el ser humano está llamado a desarrollar una fuerza que no dependa únicamente de las condiciones exteriores.

Micael representa el valor, la claridad y la capacidad de enfrentarse conscientemente a aquello que amenaza con dominar nuestra vida interior. El dragón que aparece en su imagen puede ser contemplado simbólicamente como aquello que nos hace perder nuestra libertad interior: nuestros miedos y automatismos, los pensamientos repetitivos o las fuerzas que nos arrastran sin que seamos plenamente conscientes de ellas.

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Octubre prolonga esa llamada. Ya no se trata solamente de contemplar cómo la naturaleza cambia, sino de preguntarnos qué necesitamos transformar nosotros.

Los árboles nos ofrecen una de las imágenes más poderosas de este proceso. Durante el verano han fabricado y acumulado reservas. Ahora dejan caer sus hojas. No intentan conservar aquello que ya ha cumplido su función. El árbol sabe desprenderse.
Y puede que esa sea una de las enseñanzas ocultas del otoño: para conservar la vida no siempre hay que aferrarse a lo que hemos tenido. Hay cosas que deben caer.

Bosque en otoño.

Una hoja que cae no es una derrota del árbol. Es parte de su sabiduría. La planta retira sus fuerzas del exterior para protegerlas y conducirlas hacia otro lugar. Lo que desde fuera parece muerte es, en realidad, una transformación. También nosotros atravesamos continuamente estos pequeños otoños. Lo vemos en las ideas que dejan de servirnos, las relaciones que cambian, las costumbres que necesitamos abandonar. Esas versiones de nosotros mismos que ya han cumplido su propósito.

De modo que este mes, blindado por la calidez de los colores más terrenales, indicándonos quizás su acción con ese regreso a las entrañas, puede ser un buen momento para preguntarnos: ¿Qué estoy intentando conservar cuando ya debería dejarlo caer?

La naturaleza no responde con palabras. Responde con sus procesos.
Mientras las hojas desaparecen, las semillas permanecen.
Mientras el paisaje se vacía, la vida se concentra.
Mientras disminuye la luz exterior, algo se prepara en la oscuridad.
Esta es, posiblemente, una de las grandes imágenes espirituales del otoño: la vida no desaparece cuando deja de mostrarse.

Bosque en otoño.

La semilla permanece escondida durante meses antes de volver a despertar. Las raíces trabajan lejos de nuestra mirada. El suelo se convierte en refugio. La oscuridad deja de ser únicamente ausencia de luz y se convierte en espacio de gestación. Por eso octubre puede invitarnos a cambiar nuestra relación con la oscuridad.

No toda oscuridad es pérdida.
Hay oscuridades que protegen.
Hay silencios que preparan.
Hay momentos en los que necesitamos retirarnos del ruido del mundo para escuchar algo que solamente puede percibirse desde dentro. El otoño es el gran conductor que nos lleva lentamente hacia el impulso del invierno. Pero antes de llegar a él nos ofrece octubre: un tiempo de transformación, de desprendimiento y de consciencia.

Quizás caminar por un bosque en octubre sea, en el fondo, caminar junto a una antigua enseñanza: la naturaleza no pierde su luz; aprende a guardarla. Y nosotros también podemos cultivar esa inspiración. Pues cuando los días se acortan, podemos comenzar a buscar nuestra propia fuente de luz. No para negar la oscuridad, sino para atravesarla llevando dentro aquello que necesitamos conservar.

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Noelia Velasco
Noelia Velasco
Noelia Velasco es guía de naturaleza, monitora forestal y fotógrafa. Tiene formación multidisciplinar en gestión forestal, educación medioambiental y guía de montaña. Actualmente trabaja como Guía de Naturaleza en los jardines del Museo Evaristo Valle en Gijón. Con su novela “Una ventana al bosque”, ganó el Premio Desnivel de Literatura 2023.

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Noelia Velasco
Noelia Velasco
Noelia Velasco es guía de naturaleza, monitora forestal y fotógrafa. Tiene formación multidisciplinar en gestión forestal, educación medioambiental y guía de montaña. Actualmente trabaja como Guía de Naturaleza en los jardines del Museo Evaristo Valle en Gijón. Con su novela “Una ventana al bosque”, ganó el Premio Desnivel de Literatura 2023.

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