Noelia Velasco, escritora: «Estamos destinados a recordar que seguimos formando parte de la Naturaleza»

Ganadora del premio Desnivel de Literatura en 2023 con su primer libro, “Una ventana al bosque”, la asturiana Noelia Velasco vuelve con “El bosque en mi”, una novela en la que viaja de nuevo al interior del bosque y también de ella misma.
Una mujer. Una cabaña. Un perro. Un burro. Un bosque… y una necesidad innata, casi ancestral, de volver a conectar con el lugar del que todos venimos: la naturaleza. Hablar con Noelia es volver a la raíz. Conversar con palabras que significan lo que realmente son y viajar hacia una transformación personal que unas veces trae la calma y otras muchas, la tormenta.

En su currículo dice que es guía de naturaleza –actualmente trabaja en los Jardines de la Fundación Evaristo Valle, Gijón–, monitora forestal y fotógrafa, con formación multidisciplinar en gestión forestal, educación medioambiental y como guía de montaña y sendas verdes. Pero ella es mucho más que todo esto…  

- PUBLICIDAD -

-¿Has vuelto a recordar esa niña que nació con una capacidad inmensa de amar?
-Sí, porque he sido siempre muy consciente de ella. Supongo que, de alguna manera, a los niños que fuimos, siempre los tenemos dentro. Recuerdo una niña muy dulce, obediente, responsable, trabajadora, observadora, silenciosa y solitaria. Me da mucha ternura acordarme de ella porque, a veces, la etapa adulta nos envuelve en tantas capas que no dejan salir todo ese amor con el que naces.

-¿Escribir estos libros te ayuda a salvarte de ti misma?
-Sí, claro. Escribir es un viaje hacia adentro, es algo terapéutico, pero no lo hago voluntariamente como tal. Con los años y la experiencia, me he dado cuenta de que ha sido así desde que soy una niña. Tengo una dislexia leída y escrita muy alta y de pequeñita lo pasé muy mal en el colegio. Era una época en la que la dislexia no se nombraba, simplemente te tildaban de burra. Viví maltrato por parte de mis profesores y supongo que, en parte, por eso era una niña tan silenciosa y solitaria. Crecí sintiéndome tonta. Hubo un momento de mi vida, quizá con 12 años, que me obsesioné con leer y escribir. Fue mi tabla de salvación. De hecho, cuando llegué al instituto, los profesores no entendían cómo alguien como yo no había dejado ya los estudios. Ahí fue cuando me llevaron al psicólogo y empezó a cambiar todo un poco. Desde que publico libros, algunas personas me preguntan cómo puedo escribir tanto y tan rápido. Les digo que, cuando llevas haciéndolo tantísimos años como una herramienta para encontrarte y comprenderte, acabas desarrollando una habilidad. Para mí, escribir es casi un poder, una varita mágica que me ha ayudado a sobrevivir a un mundo hostil.

-En un momento en el que estamos convirtiendo la vida en un estar permanentemente fuera, ¿utilizas la escritura para irte dentro?
-Sí. Es una catarsis. Es como tener diálogos contigo misma porque, al final, escribo para mí y ahí me puedo desnudar. No tengo miedo a estar expuesta. Se ha dado la circunstancia de que tres de las cosas que he escrito últimamente se han publicado y, si a alguien le valen, genial, pero no eran para nadie. A mí me sirve para no olvidarme, ahora que estoy un poquito más expuesta, que siempre he sido una ermitaña. Hay algo dentro de las redes sociales, una fuerza que va sola. Se retroalimenta y todo el tiempo hay una invitación muy poderosa a que te estés observando a través de los demás, a que te compares, a conseguir cosas, a ser alguien. Por eso, todo el tiempo, hago el trabajo de recordarme porque escribo. Así no me pierdo y no llego a lugares que no me interesan en absoluto.

-Realmente, ¿nadie te prepara para verte sin máscaras?
-Nadie. El sistema y las sociedades que hemos ido creando, que ahora ya tienen su propio egregor que se mueve y alimenta solo, están diseñados para que, desde que nacemos, vayamos poniéndonos máscaras. Lo hacemos sin darnos cuenta porque son mecanismos sociales aprendidos. Desde pequeñitos ya estamos proyectados a intentar ser algo que no somos. Tú vas a querer llegar lo antes posible a esa imagen de lo que tú u otros consideraron que deberías ser. Si siendo adulto te das cuenta de que estás hecho de multitud de máscaras y de muros protectores, a lo mejor, con pico y pala, puedes ir tirándolos para que, entre las rendijas, puedas ver quién eres de verdad.

- PUBLICIDAD -
Un sendero atraviesa el bosque.

-¿Y cómo te ayuda el bosque a asumir quién eres con naturalidad y sin reproches?
-Nada de lo que hay en el bosque o en la naturaleza tiene ninguna opinión sobre ti. Hay dos cosas que los seres humanos hacemos fabulosamente: juiciar y opinar. Los seres vivos que hay en la naturaleza son el más auténtico aquí y ahora del que tanto se habla y que tampoco conocemos. La vida no está en hablar, pensar u opinar, sino en sentir. Esto lo tenemos complicado porque hemos dejado de practicarlo.

-Dices en el libro que “en el bosque, el concepto bueno y malo no tienen significado concreto”. En nuestra vida, ¿qué significado debería tener?
-Creo que son conceptos infantiles. La vida es más compleja y profunda. Tenemos mucha tendencia a generalizar, y a veces lo necesitamos porque no podemos vivir en permanente profundidad porque es todo tan vasto que sería muy cansado. Cuando estás en la naturaleza, te acabas dando cuenta de cómo lo bueno y malo es según el prisma con el que lo mires. Funciona como un gran espejo en el que reflejarnos. El modo en el que vive y su forma de estar en el mundo es bastante más coherente, ecológica y, también, mucho más económica. Ahí no hay desperdicio ninguno, todo tiene un sentido. Es un camino que te lleva a otro lugar, por eso me parece un espacio increíble en el que poder volver a uno mismo.

-¿Hay diferencias entre el bosque interior y el exterior?
-Todos tenemos nuestras fronteras. Ahí es donde uno tiene que acceder a la reflexión para poder valorar y ver con realidad dónde ha puesto sus límites y valorar si hay que moverlos o no. Deberíamos ser como los árboles. Tener la fuerza férrea para convocarnos en un sitio y, a la vez, que nuestras ramas sean flexibles y que se puedan mover para no quebrarse.

-¿Existe algo que podemos necesitar que no esté en la naturaleza?
-No. Venimos de ahí y todo está en ella. Lo que pasa es que algunos han sacado tanto los pies del tiesto que ya no la sienten. Hay que volver al bosque, al monte, a la montaña, a la playa… a cualquiera de los ecosistemas increíbles que tiene este planeta. Pero no hacerlo de cualquier manera, sino sintiéndonos parte de ello. Todo está ahí, pero tienes que darte permiso. Sucedería lo mismo si vas al psicólogo. Él empleará todas sus herramientas, pero si tú no abres las puertas, no va a servir de nada. Si no dejas entrar, no existe cambio. No te transforma.

-¿Cómo traduces el “abrir las puertas”?
-Lo primero, encontrar el silencio. Abandonar esas conversaciones interiores que tenemos permanentemente y sentir la vida que está a nuestro alrededor. Conectarnos a ella observando, deteniéndonos, haciendo cosas que habitualmente no hacemos. Vivimos entre ruidos y murmullos, abocados a la rapidez y a conseguir cosas. Bastaría con darnos permiso para estar en silencio e ir quitándonos capas.

Noelia y Aire Ventisca (el perro protagonista en el libro "El bosque en mí").
Noelia y Aire Ventisca (el perro protagonista en el libro).

-¿Quién se atreve con esto a día de hoy?
-Impone mucho. Si estás oculto porque has sufrido y te estás protegiendo, es difícil desnudarse delante de otros seres humanos que te van a juzgar. Pero en la naturaleza eso no pasa. También es verdad que hay personas que pasan mucho tiempo fuera y no viven esa transformación porque no se lo permiten a sí mismos. Sé que es difícil y se pasa mal porque no es algo que suceda de un día para otro. Es un trabajo constante de mucha envergadura. Hay momentos en los que vas a ver cosas de ti que te asustan y que duelen tanto que necesites parar y volver la mirada hacia afuera otra vez. Y está bien que sea así porque no es fácil y necesitas respirar. De todas formas, creo que lo más importante cuando uno da ese paso es la actitud. Pasar tiempo en la naturaleza tiene un poder sanador porque, al final, es estar en casa.

-¿Por eso dices que el bosque es refugio, no sólo por lo que guarda sino por lo que despierta?
-¡Claro! Por mi experiencia, cuando he pasado por momentos difíciles, durasen lo que durasen y no he tirado la toalla, el recuerdo que te dejan no es de amargura. Esas situaciones duras las guardo con cariño y, con los años, me he dado cuenta de que ha sido porque hice el trabajo. Te da la sensación de que esa angustia y esa inquietud que te carcome están por encima de ti y no se va a acabar nunca, pero no es cierto. La clave está en que cojas el toro por los cuernos y lo enfrentes. Lo más bonito que te puede pasar es que, incluso a las partes más ásperas de tu vida, puedas volver mentalmente sin que resulten un trago amargo.

-¿Demasiado mal trago para lo que estamos acostumbrados?
-Por supuesto que hay días que te ocultas y bajas las persianas, pero, en mi caso, siempre hay un momento en el que digo: ¡hasta aquí! ¿Qué es lo que me hace sentir bien? ¿Qué necesito? Y, aunque no me apetezca hacerlo, sé que me va a ayudar. Algo que me ha servido siempre de catarsis ha sido ponerlo en voz alta, no quedarme nada dentro. Hablar con mis amigos de confianza de manera honesta y contarles cómo me estoy sintiendo. Cuando lo expresas, el monstruo se hace un poco más pequeño. Si, además, sales de casa, respiras y te vas a dar una vuelta al bosque, ese día vuelves un poco diferente. Lo que está claro es que, en la vida, las cosas importantes siempre implican un esfuerzo.

-¿No eres nadie sin el que tienes al lado?
-En esas noches oscuras del alma, cuando has puesto todo de tu parte para salir de ahí y lo consigues, no te sientes orgullosa de haber pasado por eso, pero sí agradecida porque sabes que no lo hiciste sola. No hay nada que consigamos únicamente por nosotros mismos. Todo es siempre un gran trabajo de cooperación y eso es lo que te enseña la naturaleza. Nos empeñamos en tirarnos flores de todo lo que conseguimos y, cuando he llegado a lugares importantes, ha habido un equipo a mi alrededor. ¿Cómo no me voy a sentir agradecida si voy al bosque, a la playa o me siento en un parque y ya me encuentro mejor? ¿Cómo no dar las gracias cuando hablo con un amigo en un momento duro y me escucha?

-¿Cómo es de importante la soledad?
-La cuestión está en saber discernir en qué momentos necesitamos compañía y cuándo soledad. Por ejemplo, yo necesito muchos momentos de soledad porque me lleva más tiempo que a otras personas llegar a ciertos lugares. El mundo es muy complejo, pero a todos nos viene bien de vez en cuando esa soledad voluntaria que nada tiene que ver con la impuesta. De todas formas, si en algún momento llega la impuesta y has practicado el estar a solas contigo misma, te va a ser mucho más fácil convivir con ella y buscar recursos. Al final, es observarse a uno mismo con honestidad, desde la calma, y saber en qué momento vital te encuentras y qué necesidades tienes. Todos tenemos nuestras zonas oscuras y no hay nada más maravilloso que verlas de frente, unirte a ellas y que trasciendan. Duele, pero es transformador. También es importante tener a alguien con quien puedas hablar y que no te esté diciendo lo que tienes que hacer todo el rato. Lo que más necesitamos los seres humanos es sentirnos escuchados. Lo más importante es que las emociones pasen por cada uno porque tienen información sobre nosotros, pero que no nos hagamos dueños de ellas.

-“El fin de la naturaleza es despertar en nosotros el recuerdo de lo que fuimos y estamos destinados a volver a ser”. ¿Qué es?
-Naturaleza. Estamos destinados a recordarlo y sentir que seguimos formando parte de ella. No amamos por lo que los demás hacen por nosotros. Eso da igual. Lo hacemos en base a la relación que establezcamos. Regalar cosas no es suficiente para que se enamoren de nosotros o nos quieran más. Esto no va de conseguir, sino de establecer relaciones profundas y auténticas. Esto es lo que necesitamos hacer de nuevo con la naturaleza. Está muy bien que los árboles nos den oxígeno o materia prima, pero sigue siendo algo que tenemos demasiado intelectualizado. Hay que volver a salir, tocar, oler y sentir. Yo lo veo en los niños cuando trabajo con ellos. No sirve de nada que estés en un aula explicándoles cosas de los árboles, las plantas o los animales. Tienen que estar en contacto directo.

Noelia Velasco y su perro Aire paseando en bosque en pleno otoño.

-¿Identificas en ti el paso de las estaciones?
-Sí, totalmente. Más en el lugar en el que vivimos donde están tan marcadas. El invierno me pide encuevarme, encender una hoguera. Ese color anaranjado del fuego, que también enciendes en otoño, es como mantener el sol encendido y poder seguir metiendo la luz en nuestro interior, aunque sea simbólicamente. La primavera es la externalización: llega el sol de nuevo, salen todas las flores y a nosotros nos invita también a mostrarnos. El verano es la explosión total. El fuego, el madurar de todo lo que ha ido surgiendo en la primavera. Es la época en la que empiezas a explorar qué ha quedado de todo lo nuevo que surgió, qué cosas están abocadas a convertirse en fruto o cuáles se van con el viento para formar parte de otro ciclo.

-Dice Alex Galán (documentalista) que, en el frío, es como si notase un nexo a una identidad suya que está ahí preservada.
-Totalmente de acuerdo. Es momento de recogimiento, de hacer introspección y valorar todo lo que ha sucedido. Analizar lo que ha estado bien, lo que hay que hacer de otra manera, escoger lo que necesita ser impulsado. Es un tiempo de introspección importante y fíjate lo que pasa en Navidades. Es cuando más nos convocan al estrés, luces, música, salir, nervios, ruido, todo rápido… Para nosotros, diciembre, debería ser todo lo contrario: calma y recogimiento.

-Escribes en el libro que “La tierra evoluciona trepidantemente y nos exige a nosotros que nos transformemos con ella”. ¿Vamos al ritmo que deberíamos de ir?
-Creo que hay una parte de la humanidad que sí y otra que no. Es una decisión personal que hay que respetar, aunque, a veces, sea muy difícil porque tiene implicaciones en los demás. No vivimos aislados. La tierra tiene una evolución muy rápida, más ahora que estamos al final de un cambio de ciclo importantísimo y nuestro planeta, que es un gran ser vivo, necesita que estemos a la altura y se evolucione en consciencia. Para nosotros sería genial poder acompañarlo elevándonos también. Así podríamos soportar todos esos cambios que vienen. Pero esto es una decisión de cada uno y no podemos hacer nada más que centrarnos en nuestro camino. Cuando eres coherente de pensamiento, palabra y obra, consigues tener ese impacto en los demás. No se trata de convencer a nadie sino de hacerlo tú y, si le vale a alguien, estupendo.

-¿Hay algo que te de miedo de manera especial?
-Más que miedo, me da pena el grado de manipulación al que estamos sometidos. Que hayamos caído de forma tan entregada a la mentira de estar enfrentados. Que luchemos por cosas que no van con nosotros y que vienen diseñadas desde otros lugares. Cuando miras a tu alrededor y ves cómo está el planeta, piensas: ¿cómo vamos a defender a cualquiera de estos señores? Están creando un mundo bochornoso y duro. Me da mucha pena que estemos invirtiendo energía en defender ideologías sin darnos cuenta del gran engaño en el que nos han envuelto.

-¿Qué tendríamos que aprender de la naturaleza que nos transformaría para siempre?
-La antigua teoría habla de que la naturaleza es competitiva, y nada más lejos de la realidad: hay una unidad. Ser conscientes de esto sería lo más transformador del mundo. Es muy complejo por todos los muros que hemos construido a nuestro alrededor que nos impiden sentir, pero imagínate lo que implicaría sentirte parte de la persona, árbol o animal que tengas enfrente. A quien lo ha vislumbrado, le ha cambiado su manera de relacionarse y ver el mundo. Si pudiéramos asomarnos a esa ventana durante unos segundos, toda esa fachada con la que vivimos se caería de golpe y estaríamos en otro lugar.

¿De cuánta utilidad te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 5 / 5. Recuento de votos: 10

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Temas relacionados: Entrevistas Fusión Asturias
Marta Malde
Marta Malde
Periodista con más de 25 años de experiencia, inicié mi trayectoria profesional en Galicia, trabajando a pie de calle temas de territorio, cultura, gastronomía y vinos. Posteriormente me trasladé a Asturias, con la que mantengo un vínculo familiar, para continuar mi desarrollo profesional. Estoy especializada en entrevistas en profundidad con un enfoque basado, principalmente, en escuchar. En Fusión Asturias combino mi labor periodística con el ámbito del marketing, siendo responsable del departamento comercial de la revista.

DEJA UN COMENTARIO

¡Por favor, introduce tu comentario!
Introduce aquí tu nombre

Más del autor /a

Últimos artículos

Lo más leído

Marta Malde
Marta Malde
Periodista con más de 25 años de experiencia, inicié mi trayectoria profesional en Galicia, trabajando a pie de calle temas de territorio, cultura, gastronomía y vinos. Posteriormente me trasladé a Asturias, con la que mantengo un vínculo familiar, para continuar mi desarrollo profesional. Estoy especializada en entrevistas en profundidad con un enfoque basado, principalmente, en escuchar. En Fusión Asturias combino mi labor periodística con el ámbito del marketing, siendo responsable del departamento comercial de la revista.

Más del autor /a