Hay noticias que parecen hablar de campos, de parcelas o de contratos de arrendamiento. Y, sin embargo, hablan de personas.
En los últimos meses me he encontrado con varias historias que, aunque suceden en lugares diferentes de Asturias, parecen formar parte de una misma conversación. Una familia costarricense que cambia la costa mediterránea por una pequeña aldea de Allande. Un ayuntamiento que busca fórmulas para poner tierras en manos de quienes quieran trabajarlas y atraer nuevos pobladores a un concejo que lucha por mantenerse vivo. Una pareja que decidió instalarse en una braña prácticamente abandonada y devolverle el pulso a un lugar del que casi todos se habían marchado.
Historias distintas que comparten una misma idea: la de que aún quedan oportunidades allí donde otros solo ven ausencia.
Durante años hemos asociado el progreso al movimiento constante. Evolucionar parecía significar marcharse a las ciudades, buscar horizontes más amplios, dejar atrás aquello que olía a pasado. Mientras tanto, muchas tierras quedaron sin cultivar, muchas aldeas fueron perdiendo habitantes y muchos conocimientos dejaron de transmitirse porque ya no parecía necesario conservarlos.
Pero últimamente está ocurriendo algo curioso. Cada vez aparecen más personas que hacen el camino inverso. No llegan al medio rural buscando una postal ni una vuelta romántica al pasado. Llegan buscando algo que resulta cada vez más difícil de encontrar: espacio, tiempo, comunidad, contacto con la naturaleza y la posibilidad de construir una vida con otro ritmo.
Cada vez aparecen más personas que Llegan al medio rural buscando algo que ya es difícil de encontrar: espacio, tiempo, comunidad, contacto con la naturaleza y la posibilidad de construir una vida con otro ritmo.
Quizá por eso resulta tan interesante lo que está ocurriendo alrededor del Banco de Tierras y programas como Arrendalia, una herramienta que convierte terrenos abandonados en nuevos proyectos de vida. Detrás de la gestión de fincas hay algo mucho más importante: la posibilidad de conectar territorios que necesitan actividad con personas que buscan comenzar de nuevo. En Allande, por ejemplo, la llegada de esta familia de Costa Rica –padre, madre y cuatro hijos– supone mucho más que un contrato de arrendamiento. Supone nuevas voces en una escuela, nuevas relaciones vecinales y nuevas razones para creer que el futuro no está escrito de antemano.
Algo parecido sucede en San Tirso de Abres. Allí han decidido mirar los terrenos que rodean los núcleos rurales desde una perspectiva diferente. Lo que para muchos sería solo una medida contra los incendios, el Ayuntamiento intenta transformarlo en una oportunidad para recuperar la actividad, facilitando parcelas a agricultores y ganaderos para atraer población. Han entendido que la mejor manera de proteger un territorio es conseguir que vuelva a ser habitado y cuidado.
Quizá la historia de Teixidiello, una braña vaqueira en el concejo de Cudillero, sea la más simbólica de todas. Ana y Máximo subieron hasta este lugar, contemplaron las ruinas y vieron algo que para otros resultaba invisible: una oportunidad. Allí donde el abandono parecía haber dicho la última palabra, comenzaron a imaginar otra historia. Años después, viven conectados a la naturaleza, abastecidos por agua de manantial y energía solar, y sueñan con que otras personas vuelvan a habitar ese rincón de la montaña. Quieren que vuelva a ser un lugar vivo.
Asturias lleva décadas hablando de despoblación. Quizá sea hora de empezar a hablar también de repoblación. No como una gran estrategia diseñada desde un despacho, sino como la suma de pequeñas historias que empiezan a repetirse.
Tal vez lo más llamativo de todos estos proyectos es que no pretenden inventar un mundo nuevo, al contrario. Muchos de ellos se apoyan en ideas de antaño como recuperar la tierra, aprovechar los recursos cercanos, habitar con respeto, conocer el territorio antes de transformarlo y entender que el progreso no siempre consiste en construir algo más grande, sino en cuidar mejor lo que ya existe.
Con todo lo visto hasta ahora me surge una pregunta: ¿Y si algunas de las respuestas a los desafíos del presente estuvieran precisamente en esos lugares que durante demasiado tiempo hemos considerado periféricos?
Asturias lleva décadas hablando de despoblación. Quizá sea hora de empezar a hablar también de repoblación. No como una gran estrategia diseñada desde un despacho, sino como la suma de pequeñas historias que empiezan a repetirse. Una finca que vuelve a cultivarse. Una casa que vuelve a abrir sus ventanas. Una familia que llega. Una aldea que deja de estar sola.
A veces el futuro no entra por la puerta principal, llega despacio, por un camino de tierra que parecía conducir solo al pasado.

