Hubo un tiempo en que José Díaz se ganaba la vida entre proyectos de interiorismo, decoración y construcción. Hoy dedica su vida a algo más difícil de medir: compartir silencio, calma y tiempo. Tras la experiencia de 100 días de soledad, ha decidido abrir las puertas de su cabaña en el Parque Natural de Redes y compartir con otras personas aquello que lleva años disfrutando. Hablamos con él sobre su nuevo proyecto vital, Redes de ensueño, nacido sin prisas y fiel a una forma de vida que reivindica lo esencial.
«Hay personas que nacen unidas a un lugar, como si fuesen una raíz más de su tierra. Yo no fui uno de ellos. Durante años caminé, miré, escuché… buscando sin saber exactamente qué. Hasta que un día llegué a Redes. No sé explicarlo del todo, pero sentí una llamada profunda, casi telúrica, como si este valle me reconociera antes incluso de que yo lo hiciera. Aquí entendí que había encontrado mi lugar en el mundo.
Desde entonces he pasado media vida recorriendo estas montañas, aprendiendo a leer sus silencios, a escuchar sus voces y a descubrir sus secretos. Poco a poco, este paisaje dejó de ser solo un entorno para convertirse en parte de mi propia historia. Y he querido compartir todo lo que me ha regalado a través de mis libros “Mi cabaña, mi mundo”, “Sentidos, Asturias a flor de piel”, “Entradas al paraíso” y “100 días de soledad. Diario de una experiencia”. También en el documental “100 días de soledad”, producido por Wanda Films y TVE, y más tarde adquirido por Netflix».
Algunas de las experiencias que él propone llevan nombres reveladores como Baños de Bosque, Reajustando nuestro reloj, Retiro de inspiración o Lugares sorprendentes. Más que actividades, parecen invitaciones a recuperar algo que hemos ido dejando por el camino.

-Tu nuevo proyecto nace de forma muy natural. ¿En qué momento sentiste que aquello que compartías con familiares y amigos podía convertirse en una experiencia abierta a otras personas?
-La verdad es que fue algo muy progresivo. Yo lo hacía por afición, porque me gustaba compartir aquello que había descubierto con la gente más cercana a mí. Después empezaron a llamarme para hacer alguna visita guiada y, hace tres o cuatro años, algunos de mis hijos me animaron a abrir un Instagram. Yo soy bastante antirredes, pero aquello atrajo mucha gente y generó una demanda que antes no tenía. Yo solo quiero compartir mi refugio, no como alojamiento, sino como un espacio donde convivir, charlar o mirar por la ventana… luego está la autenticidad de este paraje y un conjunto de experiencias que nacen de la vida real en estas montañas, con su magia, su silencio y su verdad. Cada visita es personal y se adapta a las personas que vienen
-¿Tiene relación este proyecto con lo que aprendiste durante aquellos “100 días de soledad” que nos compartiste en su día, tanto en libro como en documental?
-No exactamente, porque antes de aquellos cien días ya pasaba mucho tiempo en la cabaña. Venía unos setenta u ochenta días al año y la soledad era algo que ya conocía. Quizá sí influyó en hacerme ver que aquello, que era mi lugar de descanso y de recarga, también podía convertirse en una forma de vida. Eso sí que era algo que nunca había imaginado.
«Yo solo quiero compartir mi refugio, no como alojamiento, sino como un espacio donde convivir, charlar o mirar por la ventana… luego está la autenticidad de este paraje y un conjunto de experiencias que nacen de la vida real en estas montañas, con su magia, su silencio y su verdad»
-Insistes, una y otra vez, en que tu propuesta no se trata de un turismo al uso. ¿Por qué?
-Porque no me interesan los grupos ni las experiencias cerradas. Siempre fui partidario de trabajar con poca gente y dedicar tiempo a las personas. Estoy muy comprometido con la zona y creo que es mejor apostar por un turismo de calidad que por uno de cantidad. Además, también es una forma de apoyar a los pueblos, a los ganaderos y a la gente que sigue viviendo aquí.
-La cabaña ocupa un lugar central en el proyecto. ¿Qué ocurre allí que la hace tan especial en este camino?
-Hoy quedan muy pocos lugares donde todavía exista silencio, soledad e incluso el frío. Allí estás apartado del mundo. No hay luces, no hay ruidos artificiales, todo lo que escuchas es naturaleza. Yo ya estoy acostumbrado, pero quien viene de una ciudad siente que entra en un mundo completamente distinto y que había olvidado que existía.
-Han llegado personas de muchos países. ¿Qué crees que encuentran en Redes que no hallan en otros lugares?
-Sobre todo, tranquilidad y sosiego. Me han visitado personas de Nueva York, Francia, Inglaterra, Japón… y les cuesta creer que pueda existir un lugar así tan cerca de todo y, al mismo tiempo, tan alejado del ruido. Puedes ir por la mañana a la playa, darte un baño y por la tarde encontrarte en un espacio donde estás totalmente solo. Para mucha gente es algo que simplemente no forma parte de su realidad cotidiana salvo que te vayas al norte de Alaska.

«Me han visitado personas de Nueva York, Francia, Inglaterra, Japón… y les cuesta creer que pueda existir un lugar así tan cerca de todo y, al mismo tiempo, tan alejado del ruido»
-Y ¿qué recibes tú de quienes te visitan?
-Me llama mucho la atención una frase que escucho a menudo después de dos o tres días de estancia aquí: “Voy a contarte algo que nadie sabe”. La gente llega con muchas cosas dentro y cuando por fin tienen tiempo para parar, aparecen pensamientos y emociones que estaban escondidos. A veces se desahogan, se emocionan o hablan de cuestiones que nunca habían contado. Es un intercambio sin lugar a dudas.
-Hablas mucho del silencio. ¿Qué papel juega en tu forma de acompañar a las personas?
-Lo es prácticamente todo. Incluso cuando caminamos intento no ir demasiado cerca. Me gusta que cada persona experimente ese espacio por sí misma. Además, el silencio de la montaña no es un silencio vacío, está lleno de cosas, de sensaciones. Está lleno de sonidos: el viento, las hojas, los arroyos, los pájaros. Son sonidos muy relajantes y agradables.
-José, ¿cuándo comenzó tu relación con Redes? ¿Lo recuerdas?
-Hace mucho tiempo, probablemente cuando tenía trece o catorce años, incluso antes iba con mi padrino. Luego empecé a venir solo o con mis primos y aquello fue creciendo poco a poco. Hasta cuando me casé, parte del viaje lo pasé en una cabaña familiar de Redes. Es un vínculo que viene de muy lejos. El amor y la pasión por este lugar me viene desde siempre.
«El silencio de la montaña no es un silencio vacío, está lleno de cosas, de sensaciones. Está lleno de sonidos: el viento, las hojas, los arroyos, los pájaros. Son sonidos muy relajantes y agradables»
-En propuestas que haces en tu web como lo que denominas “Baños de bosque” hablas de caminar despacio. ¿Qué cambia cuando una persona entra en ese ritmo?
-Te aseguro que cambia todo. La gente llega acelerada, mirando el reloj, pensando en horarios y obligaciones. Yo intento romper con todo eso. Vamos improvisando, sin planificar demasiado. Con el tiempo dejan de mirar tanto el reloj, levantan la vista y empiezan a observar lo que tienen delante. Les sorprende mucho, pero luego les atrae porque descubren una forma diferente de vivir y de caminar por el mundo.
-¿Cómo sabes que alguien empieza a conectar con el entorno?
-Se nota en cómo mira. Al principio todavía están pensando en lo que dejaron atrás. Aquí nos despertamos tranquilamente, sin despertador. Rompemos con eso de “a qué hora salimos” y “a qué hora llegamos a esa cumbre”. El ritmo no lo marca el reloj. Si queremos ver fauna salvaje, posiblemente tengamos que madrugar más. Después empiezan a detenerse ante una flor, un árbol o un sonido. Abren más los ojos. El cambio entre el primer día y el último suele ser importante.
«La gente llega acelerada, mirando el reloj, pensando en horarios y obligaciones. Yo intento romper con todo eso. Vamos improvisando, sin planificar demasiado»

-Una de las ideas que más repites es la importancia de lo sencillo. ¿Qué te enseñó la vida en la cabaña?
-Me lo enseñó todo. Allí tienes que quedarte con lo esencial. No puedes acumular cosas. De hecho, casi siempre bajo más objetos de los que subo. Es un espacio relativamente pequeño en comparación con una casa; eso te obliga a elegir, no puedes tener de todo. Si calculas que vas a tener cinco o seis personas invitadas, pues tienes cubiertos y platos en base a eso, ni uno más. Intento tener lo justo. Los budistas dicen que nacemos desnudos, sin nada y luego nos echamos a la espalda una mochila en la que vamos metiendo cosas innecesarias que al final nos hace soportar un peso que llega a ser casi insoportable… Yo tengo la sensación de que voy quitando peso a la mochila que todos cargamos durante la vida y eso hace que todo sea más ligero y sencillo.
-Sueles decir que tus mejores ideas nacen caminando por el Parque de Redes. ¿Qué tiene ese paisaje que parece que ordena tus pensamientos?
-He viajado a muchos lugares que se consideran especiales –selva amazónica, Orinoco–, pero cada vez estoy más convencido de que Redes tiene todo lo que necesito. Muchas de las mejores ideas de mis libros, de mis fotografías o de mis proyectos surgieron caminando por estas montañas. No entiendo que asturianos estén viajando a Indonesia, Tailandia o el Tibet –salvo que quieran subir ochomiles– y no conozcan la cordillera cantábrica. Aquí hay rincones donde te sopla el espíritu. Respiras de una forma diferente, el ritmo del corazón te baja, te relajas, puedes ver animales salvajes que campan a sus anchas y te sientes parte de todo ello.
-Con más de 50.000 seguidores en Instagram, ¿cómo convives este proyecto tan íntimo con esa exposición pública?
-Intento que las redes sean un medio y no un fin. Les dedico muy poco tiempo. Lo que sí me gusta es leer todos los mensajes de la gente. Muchos son asturianos que viven fuera y me cuentan que a través de mis vídeos sienten que están aquí otra vez. Eso me anima a seguir compartiendo lo que vivo.
«Todo guarda algún secreto. Mucha gente me anima a ir a Picos de Europa, a los Alpes… y pienso que me harían falta más de veinte vidas para conocer los alrededores de mi cabaña en Redes»
-¿Qué busca la gente cuando llama a tu puerta?
-Tranquilidad. Salirse un poco del mundo y bajar el ritmo. A veces también buscan reencontrarse con alguien o consigo mismo. Lo que ofrece este lugar es precisamente eso, tiempo para pensar qué es lo que de verdad importa.
-Después de tantos años recorriendo Redes, ¿sigues encontrando motivos para sorprenderte?
-Constantemente. Cuanto más observas la naturaleza, más cosas aparecen ante tus ojos. Dejas el todoterreno cuando llegas a la cabaña y encuentras un silencio que te acompaña hasta que te marchas. Puedes mirar un paisaje cientos de veces, pero cuando te detienes en un rincón concreto descubres un mundo entero. Siempre hay algo nuevo. Sinceramente, necesitaría muchas vidas para conocer de verdad todo lo que hay alrededor de esta cabaña.
Dentro de mi afición por la fotografía –cuando empecé a hacer macro– descubrí que veinte centímetros cuadrados de bosque contenían mucha más vida de la que veías a simple vista. Todo guarda algún secreto, constantemente estás descubriendo vida, nuevos árboles, rincones, rutas. Mucha gente me anima a ir a Picos de Europa, a los Alpes… y pienso que me harían falta más de veinte vidas para conocer los alrededores de mi cabaña en Redes.

-Cuando ofreces en tu web las distintas actividades y pones un precio, dices que no es por la manutención en esos días que pasan contigo, sino para valorar tus conocimientos del medio y por las experiencias que puedes contagiar. Ese me parece un planteamiento muy honesto…
-Es curioso, no te lo niego. Dentro del perfil de las personas que vienen muchas veces me dicen porqué no cobro por adelantado. Y fíjate, nunca me ha preocupado lo más mínimo porque he comprobado que una vez que la gente vive la experiencia no le cuesta pagar. Los llevo a lugares que he tardado años en descubrir y eso me parece un privilegio. Por otro lado, no tengo ningún interés económico detrás porque esto no es un negocio, solo quiero cubrir mis necesidades básicas que con los años son muy pocas.

