Generación perdida

Memoria, infancia y futuro: de una generación truncada en España a los sueños de una familia palestina.

Introducción y testimonio de Reem.

A veces me pregunto cómo dejamos que se perdiera una de las generaciones más extraordinarias de nuestro país. Cómo pudimos verla marcharse al exilio, desaparecer en las cárceles, morir ante un pelotón de fusilamiento o desgastarse durante años defendiendo la dignidad de sus ideas, de sus palabras, de una forma de entender la cultura no como un privilegio, sino como un lugar común desde el que transformar el mundo.
Porque no perdimos solamente a grandes escritores, pintores, músicos o intelectuales. Perdimos mucho más.

- PUBLICIDAD -

España vivía una extraordinaria efervescencia cultural y educativa. Había maestros llevando la escuela hasta lugares donde apenas había llegado antes, libros que viajaban a pueblos remotos, proyectos colectivos, bibliotecas, teatro, poesía, música; un inmenso deseo de alfabetizar, enseñar y aprender. La cultura parecía querer abandonar los salones para salir a las plazas, a las escuelas y a los caminos.

Y entonces todo aquello se quebró.

La Generación del 27. Homenaje a Luis de Góngora en Sevilla, diciembre 1927. Entre los asistentes se encuentran Rafael Alberti y Federico García Lorca, junto a otros miembros y figuras vinculadas a la generación.
La Generación del 27. Homenaje a Luis de Góngora en Sevilla, diciembre 1927. Entre los asistentes se encuentran Rafael Alberti y Federico García Lorca, junto a otros miembros y figuras vinculadas a la generación.

A veces resulta inevitable hacerse una pregunta imposible:

¿Qué habría sido de nosotros si no hubiéramos perdido aquella generación?

¿Qué habría escrito Federico García Lorca? ¿Qué poemas habría dejado Miguel Hernández si hubiera podido envejecer? ¿Qué habría creado Alberti sin el exilio? Pero, sobre todo, ¿qué habrían construido los miles de maestros, trabajadores, científicos, artistas y ciudadanos anónimos que soñaban con un país diferente? Nunca lo sabremos.

- PUBLICIDAD -

Eso es precisamente lo terrible de una generación perdida: que no podemos contar las obras que nunca fueron escritas, las canciones que nadie llegó a componer, los descubrimientos que no se hicieron, las escuelas que no pudieron abrirse ni las vidas que jamás llegaron a ser como habían imaginado.

Después llegaron décadas de dictadura, represión, silencio y exilio. Y entre quienes tuvieron que marcharse estaban también los niños.

Niños vascos evacuados en el buque Habana, 1937 durante la Guerra Civil. Para miles de menores, el exilio significó dejar atrás su hogar, su familia y una infancia interrumpida por la guerra.
Niños vascos evacuados en el buque Habana, 1937, durante la Guerra Civil. Para miles de menores, el exilio significó dejar atrás su hogar, su familia y una infancia interrumpida por la guerra.

Niños que salieron de España rumbo a Francia, México, la Unión Soviética y otros lugares llevando poco más que una maleta y el recuerdo de su casa. Algunos regresaron muchos años después. Otros construyeron su vida lejos de aquí. Muchos conservaron durante décadas la memoria de aquel viaje, de sus familias y del país que habían dejado atrás.
Eran niños. Niños que querían estudiar. Jugar. Crecer. Imaginar qué serían de mayores.
Por eso, cuando hoy miro a Palestina, me resulta imposible no pensar en ellos. No porque las historias sean iguales. No lo son. Cada guerra pertenece a un tiempo, a unas circunstancias y a un pueblo determinados. Comparar el sufrimiento como si pudiera medirse sería absurdo.

Pero hay algo que atraviesa todas las guerras y que reconocemos inmediatamente cuando miramos hacia nuestra propia memoria:

Una guerra no destruye solamente el presente. Puede destruir también el futuro.

Y eso es lo que no podemos permitirnos olvidar.

Los niños palestinos tienen nombres. Tienen familias. Tienen amigos. Tienen libros, juegos, equipos de fútbol. Quieren ser médicos, ingenieros, profesores, músicos, escritores o deportistas. Tienen sueños. Y esos sueños importan.

Muchos de ellos viven hoy desplazados, han perdido sus casas o han visto interrumpida su educación. Crecen rodeados de una violencia que ningún niño debería conocer y, aun así, siguen estudiando cuando pueden, jugando cuando encuentran un lugar donde hacerlo y preguntándose qué serán algún día.

Se aferran a su familia, a su tierra, a sus recuerdos y a su identidad como quien se aferra a aquello que todavía le permite saber quién es. Y quizá ahí esté nuestra responsabilidad.

No podemos devolverles la infancia que ya han perdido. No podemos reconstruir desde aquí cada casa derribada ni recuperar cada cuaderno desaparecido bajo los escombros. Pero sí podemos negarnos a contemplar cómo se pierde otra generación y esperar décadas para preguntarnos qué habría podido llegar a ser.
Porque ya conocemos esa pregunta. Nosotros también tuvimos que hacérnosla.

Coro del Pueblo de las Misiones Pedagógicas, hacia 1932. Las Misiones llevaron libros, música, teatro, cine y otras formas de cultura a numerosos pueblos de España.
Coro del Pueblo de las Misiones Pedagógicas, hacia 1932. Las Misiones llevaron libros, música, teatro, cine y otras formas de cultura a numerosos pueblos de España.

Tardamos muchos años en recuperar nombres, libros, fotografías y voces. En preguntar a nuestros mayores. En abrir fosas y archivos. En reconstruir biografías. En comprender cuánto había desaparecido con quienes murieron, fueron encarcelados o tuvieron que marcharse.

No deberíamos necesitar otros cuarenta años para comprender el valor de aquello que hoy todavía puede salvarse.
Hay que proteger a los niños ahora. Ayudarles a estudiar ahora. Permitirles jugar ahora. Recordarles ahora que son mucho más que la guerra que les ha tocado vivir.
Que sepan de dónde vienen, que puedan conservar su memoria y que, sobre todo, tengan la posibilidad de decidir algún día adónde quieren ir.

Porque proteger un libro, una escuela, un balón o el sueño aparentemente ingenuo de un niño de convertirse en médico puede parecer muy poca cosa frente a una guerra. Pero quizá no lo sea. Quizá sea precisamente así como se empieza a salvar una generación.

Y por eso quiero terminar dejando de hablar de generaciones, de historia y de grandes nombres. Quiero hablar de personas. De una madre. De dos niños. De mi amiga Reem y de sus hijos, Ahmed y Tamim.

Reem es palestina. Es madre. Es una mujer que sigue soñando con el futuro de sus hijos en unas circunstancias en las que hacerlo constituye ya un extraordinario acto de esperanza.

Ahmed quiere ser médico. Tamim quiere ser ingeniero. Los dos aman el fútbol. Podrían parecer sueños pequeños frente a todo lo que ocurre a su alrededor. Para mí son exactamente lo contrario. Son la prueba de que todavía hay un futuro que proteger.

Lo que viene ahora son las palabras de Reem. No hablan de geopolítica ni de grandes discursos. Hablan de una casa, de una escuela, de un campo de fútbol, de dos niños y del miedo de una madre a perderlos.

Pero, sobre todo, hablan de algo que ninguna guerra debería tener derecho a arrebatar a un niño:

La posibilidad de imaginar su mañana.

Esta es su historia.


Por Sergio Carabanchel, padrino de Hope Palestina.


Amante del rock y guitarrista por pasión. Encuentro en la literatura una forma de comprender el mundo, en el conocimiento humano una fuente inagotable de asombro y en el cine, ese espejo del alma que nos enfrenta a lo que somos. Creo en la cultura como expresión de libertad, en la curiosidad como forma de resistencia y en la rebeldía frente a la injusticia. Me conmueve la memoria de aquella generación española a la que la guerra arrebató tantas voces, sueños y oportunidades, y me duele reconocer hoy, en Palestina, el riesgo de otra generación perdida. Porque recordar nuestro pasado también debería servirnos para comprender el sufrimiento ajeno y defender el derecho de todos los pueblos a imaginar su futuro.

Sergio Carabanchel, padrino de Hope Palestina.

Sueños que no llegaron al mañana

La historia de una generación palestina entre la escuela, el fútbol y la guerra

Reem junto a Ahmed y Tamim, antes de la guerra.
Reem junto a Ahmed y Tamim, antes de la guerra.

Hay cosas que no pueden explicarse solo con palabras.
¿Cómo es crecer escuchando el sonido de los aviones en lugar del timbre de la escuela? ¿Cómo puede un niño llevar la mochila en una mano y un balón de fútbol en la otra mientras carga, dentro de sí, con un miedo que ni siquiera los adultos saben explicar?

Me llamo Reem. Soy la madre de Ahmed y Tamim.

Escribo estas palabras no solo para contar la historia de nuestra familia, sino para contar una pequeña parte de la historia de toda una generación palestina que se ha visto obligada a crecer en un tiempo que no eligió. Una generación que tenía derecho a soñar con la escuela, la universidad, el campo de fútbol y el futuro, pero que aprendió demasiado pronto palabras que ningún niño debería conocer: desplazamiento, bombardeo, miedo, pérdida del hogar, espera.
Y, a pesar de todo, hay algo que la guerra no ha conseguido arrebatarles por completo: la capacidad de soñar.

Antes de que la guerra lo ocupara todo

Para nosotros, la educación siempre fue mucho más que libros, cuadernos o títulos. Era el camino que queríamos que nuestros hijos recorrieran hacia el futuro. El fútbol también formaba parte de nuestra vida.

Mohammed junto a Ahmed y Tamim. El fútbol ha formado parte de la vida de la familia y de sus sueños.
Mohammed junto a Ahmed y Tamim. El fútbol ha formado parte de la vida de la familia y de sus sueños.

Mohammed pasó muchos años en los terrenos de juego como futbolista de las selecciones palestinas. Para él, el deporte siempre fue un espacio de vida, pertenencia y esperanza. Por eso era natural que Ahmed y Tamim crecieran viendo en el fútbol algo más que un juego.
El campo era ese lugar donde un niño podía correr, encontrarse con sus amigos y olvidarse durante unas horas de todo lo que ocurría a su alrededor.

Entonces llegó la guerra. Y lo cambió todo.

El 12 de diciembre de 2024, nuestra casa en la ciudad de Gaza fue destruida. No perdimos solamente unas paredes. Perdimos el lugar donde estaban nuestros recuerdos, las pequeñas cosas de nuestra vida cotidiana, los objetos de nuestros hijos y todo aquello que forma un hogar y que uno nunca imagina que tendrá que abandonar de esa manera.

Ahmed y Tamim ante los restos de su casa destruida en Gaza.
Ahmed y Tamim ante los restos de su casa destruida en Gaza.

Fuimos desplazándonos de un lugar a otro hasta llegar al campamento de Al-Shati, al oeste de Gaza. En cada traslado intentábamos conservar algo de la vida de nuestros hijos. Intentábamos decirles que la escuela seguía siendo importante. Que todavía podían jugar al fútbol. Que el futuro seguía existiendo. Pero ¿cómo se le explica a un niño que debe estudiar cuando ni siquiera tú sabes qué ocurrirá en las próximas horas?

Ahmed, un niño que conoció demasiado pronto el miedo

Al comienzo de la guerra, Ahmed resultó herido.

Hay pocas cosas más difíciles para una madre o un padre que ver a su hijo herido y comprender que el peligro ha alcanzado precisamente aquello que más quieres proteger.

Ahmed tenía sueños sencillos, los sueños que debería tener cualquier niño. Le gustaba jugar al fútbol. Y quería ser médico. Pero la guerra hizo que conociera el dolor y el miedo a una edad en la que solo debería haber conocido el juego, la escuela y la curiosidad por descubrir el mundo.

Pasaron los días y Ahmed fue creciendo en medio de todo aquello. Nosotros intentamos proteger su sueño. Cuando fue posible, volvió a estudiar. Siguió jugando al fútbol. Y continuó diciendo que quería convertirse en médico.

Era nuestra manera de recordarle algo que la guerra parecía querer borrar: Ahmed no era solamente un niño viviendo una guerra. Era un niño con un futuro. Y ese futuro merecía ser protegido.

Pero el miedo regresó. En septiembre de 2026, hace apenas unos días, Ahmed y Tamim volvieron a resultar heridos. Afortunadamente, sus heridas fueron leves. Pero lo que vivimos en aquellos instantes no lo fue.
Cuando ves un dron atacando a personas a pocos metros del lugar donde están tus hijos, todo lo demás desaparece. No piensas en el mañana. No piensas en el dinero. No piensas en la casa que perdiste ni en las cosas que algún día quizá puedas recuperar. Solo existe una pregunta: ¿Estarán bien mis hijos?

Entonces comprendes hasta qué punto tus deseos se han vuelto pequeños y, al mismo tiempo, inmensos. Quieres que Ahmed y Tamim sigan vivos. Que despierten al día siguiente. Que cojan sus libros. Que vayan a jugar al fútbol. Que discutan por cualquier tontería. Que se rían.
Son cosas absolutamente normales para millones de niños. Para nosotros se han convertido en grandes deseos.

Cuando estudiar y jugar se convierten en una forma de defender la vida

Quizá por eso la educación y el deporte han dejado de ser para nosotros simples actividades. Se han convertido en una manera de recuperar la infancia.

Cuando Ahmed va a la escuela no va solamente a aprender matemáticas, ciencias o lengua. Va a vivir, durante unas horas, la vida que debería tener cualquier niño. Y cuando Tamim juega al fútbol no corre solamente detrás de un balón. Durante un rato corre lejos del miedo, de la destrucción y de las noticias.

Tamim quiere ser ingeniero. Dice que algún día le gustaría ayudar a reconstruir la casa, la escuela, el campo de fútbol y todos los lugares que han sido destruidos. Puede parecer un sueño demasiado grande para un niño. En Gaza, quizá sea uno de los sueños más necesarios.

Porque no queremos que nuestros hijos crezcan definiéndose únicamente por la guerra. No queremos que Ahmed sea recordado solamente como un niño que sobrevivió a un bombardeo. Ni que Tamim sea simplemente un niño que conoció el desplazamiento. Queremos que puedan recordar que, incluso en medio de todo aquello, fueron niños que soñaban.

Ahmed quiere ser médico. Tamim quiere ser ingeniero. Los dos aman el fútbol. Y eso basta para seguir creyendo que todavía existe un futuro.

Entre Gaza y España: cuando la cultura se pone del lado de la vida

Cuando pensamos en España, recordamos que también el pueblo español conoció la guerra, el miedo y la pérdida, y que aquella experiencia dejó una profunda huella en su literatura, su arte y su memoria.

Federico García Lorca escribió sobre el ser humano, la vida y el dolor, y su poesía terminó formando parte de la memoria cultural española y universal.
Miguel Hernández escribió, en medio de una época marcada por la guerra, sobre la pobreza, el amor, el sufrimiento y la esperanza.
Y Pablo Picasso convirtió el dolor provocado por la violencia en una obra artística capaz de atravesar generaciones y recordar que aquello que les ocurre a los seres humanos no debería desaparecer con el paso del tiempo.

Como ellos, muchos escritores y artistas españoles transformaron una experiencia histórica terrible en memoria, cultura y creación. No recordamos estos nombres para comparar guerras ni para medir el sufrimiento de unos pueblos frente al de otros. Cada pueblo tiene su historia. Cada familia tiene sus heridas.
Los recordamos porque la cultura nos enseña algo esencial: una guerra puede destruir una casa, pero no necesariamente puede destruir un sueño. Y porque los niños que hoy viven rodeados de miedo pueden convertirse mañana en médicos, ingenieros, profesores, deportistas, poetas o artistas capaces de construir una vida diferente.

Por eso, ayudar a un niño palestino a continuar sus estudios, ofrecerle un lugar donde jugar o permitirle seguir persiguiendo aquello que sueña ser algún día es mucho más que prestar una ayuda temporal. Es ayudar a proteger su futuro.

El campo de fútbol también puede ser una escuela

En Gaza, un campo de fútbol ya no es solamente un lugar donde practicar un deporte. Puede ser un espacio para recuperar la alegría. Para encontrarse con otros niños. Para aprender a confiar. Para colaborar. Para sentirse parte de algo.
Cuando un niño corre detrás del balón junto a sus compañeros, durante un rato siente que no está solo.

Mohammed en un campo de fútbol en Gaza.
Mohammed en un campo de fútbol en Gaza.

Quizá por eso Mohammed nunca ha dejado de creer en el deporte, incluso después de tantos años difíciles y aunque muchas actividades deportivas hayan tenido que detenerse.
Porque regresar al campo no significa únicamente volver a jugar al fútbol. Significa recuperar una idea mucho más importante: que la vida puede continuar. Que un niño palestino merece un lugar donde jugar. Una escuela donde aprender. Y un futuro con el que poder soñar.

¿Qué queremos para Ahmed y Tamim?

No pedimos una vida perfecta.

Sabemos que el camino será largo. Sabemos que las heridas de una guerra no desaparecen de un día para otro y que muchas de las cosas que hemos perdido quizá nunca regresen. Pero nuestros deseos son sencillos.

Queremos que Ahmed pueda continuar estudiando y acercarse poco a poco a su sueño de convertirse en médico.
Queremos que Tamim pueda aprender y conservar su sueño de ser ingeniero.
Queremos que jueguen al fútbol sin tener miedo cuando escuchen un sonido en el cielo.
Que puedan ir a la escuela sin que nosotros tengamos que preguntarnos si el camino será seguro.
Que tengan una casa en la que puedan sentirse protegidos.
Y que algún día puedan mirar hacia atrás y decir: Pasamos por todo aquello, pero la guerra no consiguió llevarse nuestro futuro.

Los sueños pueden retrasarse, pero no tienen por qué morir

A veces pienso en todos los niños que han vivido esta guerra junto a nosotros y me pregunto cuántos sueños no llegaron al día siguiente.

¿Cuántos niños querían ser médicos? ¿Cuántos querían ser ingenieros, futbolistas, profesores o artistas? ¿Cuántos cuadernos quedaron bajo los escombros? ¿Cuántos balones permanecieron dentro de una casa destruida? ¿Cuántos niños se fueron a dormir esperando despertarse para vivir una mañana cualquiera y, en cambio, despertaron con miedo? Son preguntas dolorosas, pero también nos obligan a aferrarnos con más fuerza a todo aquello que todavía podemos salvar.

No podemos cambiar lo ocurrido. No podemos devolver a nuestros hijos los años que la guerra les ha quitado. Pero podemos intentar proteger los que están por venir.
Podemos ayudarles a estudiar. Podemos darles la oportunidad de jugar. Podemos permitirles seguir soñando. Y podemos recordarles cada día que su futuro todavía no está escrito.

Ahmed y Tamim no son solamente dos niños de una familia palestina. Son parte de toda una generación que merece otra oportunidad. Una generación que no eligió la guerra. Que no eligió abandonar su casa. Que no eligió crecer antes de tiempo. Una generación que simplemente quiere vivir. Aprender. Jugar. Amar. Soñar.

Quizá ese sea el verdadero sentido de todo lo que intentamos hacer por nuestros hijos: poner en sus manos algo más poderoso que el miedo. Un libro. Un balón. Y un sueño.
Porque algunos sueños quizá hayan tardado en llegar al mañana. Pero no han muerto.

Y nosotros seguiremos intentándolo para que Ahmed y Tamim, y todos los niños de Gaza, puedan alcanzar algún día ese mañana que merecen. Un mañana en el que la vida sea más fuerte que la guerra. En el que la educación sea más fuerte que la ignorancia. En el que un campo de fútbol vuelva a ser un lugar para la alegría y no para el miedo.
Y en el que un niño pueda levantar los ojos hacia el cielo, no para preguntarse qué va a ocurrir, sino para buscar en él su futuro.

Por Reem


Me llamo Reem y tengo 31. Me gradué en Lengua Árabe y trabajaba como profesora antes de la guerra. Tenía muchos sueños y una pequeña vida llena de amor, calidez y recuerdos hermosos, en nuestro hogar, donde compartía mi vida con mi familia.
Pero la guerra nos arrebató todo lo hermoso: mi trabajo, mis sueños y nuestro pequeño hogar, que guardaba cada detalle de nuestra vida y nuestros recuerdos. De repente, me encontré frente a una realidad que jamás habría imaginado. Me convertí en una madre que lucha cada día para conseguir un trozo de pan para sus hijos, que intenta protegerlos de la muerte y encontrar un lugar seguro para ellos en medio de tanto miedo y destrucción.

He visto la muerte ante mis ojos muchas veces y he vivido momentos que las palabras no pueden describir. No existe un dolor comparable al de una madre que ve a su hijo gritar de dolor después de resultar herido y se siente impotente ante su sufrimiento, mientras lo único que desea es poder quitarle el dolor y protegerlo de todo mal. No hay nada más difícil que tener que buscar seguridad para tus hijos en un lugar donde la seguridad ya no existe.

Mi mensaje es para todas las personas que puedan escucharme, para cada corazón que todavía late con humanidad: seguimos aquí, seguimos soñando y amando la vida. No queremos más que vivir en paz, que nuestros hijos puedan crecer sin miedo, recuperar sus sueños y su infancia, y que algún día yo pueda volver a mi vida, a mi profesión como profesora y a mis sueños, que no han desaparecido a pesar de todo lo que ha sucedido.

Reem, ciudadana de Gaza, junto a sus hijos Ahmed y Tamim.

¿De cuánta utilidad te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 5 / 5. Recuento de votos: 2

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Temas relacionados: El Espejo de GazaSociedad
Reem y Sergio Carabanchel
Reem y Sergio Carabanchel
Reem es ciudadana de Gaza, graduada en Lengua Árabe y profesora antes de la guerra. Sergio Carabanchel es padrino de Hope Palestina.

2 COMENTARIOS

    • Es un honor para nosotras poder contribuir de alguna manera a dar voz a todos aquellos a los que se la quitaron.
      Gracias por tu reconocimiento.

DEJA UN COMENTARIO

¡Por favor, introduce tu comentario!
Introduce aquí tu nombre

Más del autor /a

Últimos artículos

Lo más leído

Reem y Sergio Carabanchel
Reem y Sergio Carabanchel
Reem es ciudadana de Gaza, graduada en Lengua Árabe y profesora antes de la guerra. Sergio Carabanchel es padrino de Hope Palestina.

Más del autor /a