Hay cifras que no deberían existir. Hay números que, cuando aparecen, deberían detenerlo todo: las máquinas, los discursos, los balances de productividad. Pero en Asturias –en esta tierra que presume de dignidad obrera, de memoria minera, de manos que levantaron industrias enteras– la muerte en el trabajo se ha vuelto casi una rutina. Un murmullo oscuro que se cuela entre titulares de economía, promesas de crecimiento, silencios que pesan más que cualquier estadística.
En 2025, la siniestralidad laboral en el Principado creció, se agravó, se hizo más mortal. Los sindicatos lo advirtieron, los datos de Sadei lo confirmaron, las familias lo lloraron. Casi el doble de fallecidos en algunos periodos respecto a 2024, un aumento sostenido de accidentes graves, un 36,8% más solo en el primer trimestre; un repunte del 3,7% en los siniestros con baja hasta octubre. Y detrás de cada porcentaje, una persona con nombres y apellidos que ya no vuelve a casa.
La industria y los servicios –los sectores que sostienen buena parte del empleo asturiano– concentran la mayor parte de los accidentes graves. La construcción sigue sumando tragedias. Y la minería, esa herida que nunca termina de cerrar, volvió a teñirse de luto: dos mineros fallecidos en Vega de Rengos (Cangas del Narcea) meses después de que cinco trabajadores fallecieran y cuatro resultaran heridos en la mina de Zarréu (Degaña). Historias que se repiten como si el tiempo no hubiera pasado, como si la precariedad fuera un destino inevitable.
Asturias ha visto morir a trabajadores aplastados por máquinas, desplomados desde tejados, atrapados en derrumbes, electrocutados, asfixiados por grisú… Diecinueve víctimas mortales en total en 2025, según distintas fuentes sindicales. Y lo más doloroso es que muchas de estas muertes no fueron “accidentes” sino consecuencias de la prisa, la subcontratación en cadena, la falta de controles, de servicios de prevención ajenos que apenas cumplen requisitos, de empresas que externalizan riesgos como quien cambia de chaqueta.
Porque aquí, como en el resto del país, se ha instalado una cultura del exceso: correr más, producir más, callar más, aunque sea a costa de la seguridad y la vida. Mientras tanto, la sociedad parece mirar hacia otro lado. No hay “trending topic” por ellos. No hay minutos de silencio. No hay portadas. Las familias dicen que una víctima laboral muere dos veces: una en su puesto de trabajo y otra en la indiferencia colectiva, en el olvido.
El Principado ha anunciado planes de choque, inspecciones, revisiones de servicios de prevención, seguimiento semanal de partes de accidentes, advertencias a empresas que superan la media de siniestralidad. Medidas necesarias, sí, pero lentas. Porque la precariedad no espera; mientras se revisan expedientes, los accidentes siguen creciendo.
Y, aun así, hay algo que resiste, algo que no se resigna: las concentraciones en Oviedo, las movilizaciones convocadas por CCOO y UGT, la manifestación del pasado 30 de octubre en Gijón, la solidaridad obrera que llevó a la Brigada de Salvamento Minero a acudir al rescate pese a estar en conflicto laboral. Esa fuerza colectiva nos recuerda que el trabajo debería servir para ganarse la vida, no para perderla.
Quizá el verdadero problema es que hemos normalizado lo inaceptable como si fuera un peaje inevitable, pero cada accidente, cada caída, cada derrumbe, cada vida que no regresa a su casa, nos está gritando que esto no es normal ni aceptable.
Asturias no puede seguir enterrando trabajadores mientras se discute si la prevención es un gasto o una inversión. No puede permitirse que nueve de cada diez empresas deleguen su seguridad en servicios externos que apenas cumplen. No se puede seguir mirando hacia otro lado cuando los datos muestran un crecimiento sostenido de la siniestralidad, cuando los sindicatos alertan de que “algo falla”, cuando las familias entierran a quienes solo querían ganarse el pan. Ninguna economía vale más que un trabajador que vuelve a casa. Porque cada muerte laboral es un fracaso colectivo.
El Plan de Choque contra la Siniestralidad Laboral en Asturias puesto en marcha a finales de 2024 no está dando los resultados que se esperaban. Habrá que mirar dónde están los fallos y adoptar en la mayor brevedad las medidas que sean necesarias para detener esta sangría.