13 de enero. Día Mundial de Lucha contra la Depresión.
Ocurre, a veces, que despertar se convierte en aullido, un lento crujir del alma, desgarrador para quien lo siente, pero absolutamente invisible para el resto. Una oscuridad de tormenta se adueña del cuerpo y del pensamiento y, por más que luches contra las sombras, éstas parecen pesar más que el mundo entero. Qué difícil es hablar de algo que te ocurre pero que apenas puedes expresar con palabras. La depresión va invadiendo pequeñas parcelas de tu vida hasta devorarlo todo: “quien lo probó lo sabe”. La impotencia y la desesperación ante algo que no puedes mostrar de un modo físico u objetivo a tu entorno, a la sociedad entera, se convierte en una losa de silencio indescifrable que pesa demasiado.
El dolor del alma exige unos tiempos y ritmo que esta sociedad no entiende, no permite, es necesario avanzar por encima de todo lo gris, sonreír sin fuerzas y buscar lo positivo para no molestar con dolor alguno ni padecimiento; no hay tiempo para los duelos, la enfermedad o la oscuridad que ha invadido cuerpo y rostro. Tampoco comprensión hacia aquello que no se muestra como herida exterior sino como desgarro del alma, un término que apenas nadie utiliza ya en modo alguno y sin embargo define nuestra vida entera, nuestro propósito. Por tanto, quien sufre de forma sigilosa pero extremadamente fiera esta carcoma que roe lentamente y te va alejando de todo y de todos hasta convertirte en un pequeño islote aislado por temor a ser visto se convierte en algo crónico por soledad y falta de empatía. No se permite lugar de tristeza alguno en este hoy que nos devora tras la inmediatez, tras la falta de recursos y herramientas para afrontar una vida que puede ser extremadamente bella y también atroz. Buscamos la salida rápida y cuando vemos a alguien que no posee la respuesta a su dolencia ni encaja con los tiempos sociales nos alejamos. Todo lo contrario que el reino animal que protege a quien sufre, al herido o incluso lo sitúa delante de la manada para protegerlo y también admira la sabiduría adquirida por su dolor.
No es este tiempo un lugar para el hábito de la compasión bien entendida, no desde el privilegio sino desde tender la mano hacia el otro e intentar comprender su dolor tan solo con un gesto, sin intentar de un modo absurdo tapar aquello que no somos capaces de comprender (o más bien no deseamos mirar de frente por miedo). Quizás sea la primera vez que la humanidad no convive con la muerte y la sombra que nos acompaña, sino que la aleja, puesto que teme mirar de frente todo tipo de realidad que no sea aquello que encaja con un positivismo engañoso, cruel y con una finalidad explícita de culpabilizar al sujeto de todos sus padecimientos para que su mirada no se fije en el objetivo adecuado: los derechos que no se cumplen y se vulneran, desde el estado general de las cosas, gobierno exterior e interior.
Qué gran revolución sería el más pequeño e ínfimo detalle de que cada quien se preocupase realmente por la persona que tiene al lado, que se encuentra cerca o lejos y que a modo casi infantil intentase tender un puente o cadena de favores tan simple como escuchar sin juzgar, en vez de dar consejos fáciles, colocarse en el lugar del otro, dejar espacio, tiempo, validar al otro y simplemente decir: ¿Cómo puedo ayudarte? Decir tan solo: “Estoy aquí”.