El Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) y el Centro Asturiano de Buenos Aires han firmado un acuerdo que llevará, por primera vez, la programación cultural del Instituto hasta la diáspora asturiana en Argentina. Un gesto que trasciende lo institucional y se convierte en un puente afectivo entre Asturias y quienes mantienen viva su memoria al otro lado del océano.
Hay gestos que, escritos en un papel, parecen apenas un acuerdo administrativo. Pero el convenio firmado entre ambos pertenece a esa categoría de actos que trascienden su forma: una alianza que no solo une instituciones, sino que convoca a la memoria de quienes, desde hace más de un siglo, sostienen la identidad asturiana lejos de casa.
Por primera vez, la programación cultural del RIDEA viajará -en presencia o en voz digital- hasta un Centro Asturiano en el exterior. Y lo hará hacia Argentina, tierra donde generaciones de emigrantes levantaron sociedades, familias y sueños sin renunciar nunca a la tierrina. En Buenos Aires, donde la gaita suena con un eco distinto, pero igual de verdadero, se abrirá una ventana para que charlas y conferencias sobre el patrimonio asturiano crucen el Atlántico como antaño lo hicieron los barcos que llevaban esperanza en sus bodegas.
El convenio, rubricado por el director del RIDEA, Ramón Rodríguez, y la presidenta del Centro Asturiano porteño, Pilar Simón, nace de un reconocimiento mutuo: ambas instituciones comparten la misión de proteger y difundir la cultura asturiana, de custodiar un patrimonio que no cabe en vitrinas porque vive en la lengua, en la música, en los gestos cotidianos de quienes se saben asturianos, aunque el Cantábrico quede lejos.
En Buenos Aires, donde la gaita suena con un eco distinto, abrirá una ventana para que charlas y conferencias sobre el patrimonio asturiano crucen el Atlántico como antaño lo hicieron los barcos que llevaban esperanza en sus bodegas.
El RIDEA aportará conocimiento, ponentes y contenidos; el Centro Asturiano de Buenos Aires facilitará los desplazamientos y la acogida. Pero más allá de las obligaciones formales, lo que se firma es un pacto emocional para que Asturias siga viva allí donde haya alguien dispuesto a recordarla.
La chispa de esta alianza surgió del jurista Javier Junceda, cuyo nombramiento como “Socio de honor” del Centro Asturiano de Buenos Aires el pasado mayo abrió un camino que ahora se convierte en puente. Su gesto tenía un trasfondo íntimo: el regreso simbólico a la ciudad donde nació su abuelo Paco Moreno, uno de tantos hijos de la emigración ultramarina que vivieron con un pie en cada orilla del océano. Historias como la suya explican por qué estos acuerdos no son meros trámites, sino actos de justicia con la memoria.
Los centros asturianos en el exterior -cerca de una veintena repartidos por América y Europa- no son solo sedes sociales: son hogares culturales, guardianes de una identidad que se transmite como se transmiten las cosas importantes, de abuelos a nietos, de canción en canción, de fiesta en fiesta. Según datos oficiales, más de 130.000 asturianos y descendientes viven fuera de España, y muchos de ellos encuentran en estas instituciones un refugio emocional, un pedazo de Asturias que no se marchita.
Con este acuerdo, el RIDEA no solo envía conferencias: envía un mensaje. Dice a la diáspora que no está sola, que la cultura que sostuvieron durante décadas sigue siendo un tesoro compartido. Dice que Asturias no olvida a quienes la llevaron consigo cuando partieron, que la identidad, cuando se cuida, no se pierde: se multiplica.
Y así, una vez más, Asturias cruza el mar. No para buscar fortuna, como en otros tiempos, sino para reencontrarse con su propia historia. Para decir, con la serenidad de quien conoce su raíz, que la cultura es el puente más sólido entre las orillas del mundo.