Con motivo del 28 de junio, Día Internacional del Orgullo LGTBIQA+.
Hubo una vez una niña a la que le apasionaba el fútbol. Y un niño que vivía para el voleibol. Y miles de personas más que un día, sin que nadie se lo explicase, entendieron que el recreo no era para ellas. Que el patio tenía normas no escritas, más duras que el cemento, y que quienes no las cumplían pagaban un precio demasiado alto.
Nos robaron los patios del colegio. Nos robaron las clases de educación física, los equipos del barrio, las clases extraescolares, las excursiones donde todo el mundo sabía con quién le gustaba ir en el autobús. Nos robaron los primeros besos. Nos robaron esa infancia porosa y despreocupada que se supone que es un derecho, y que para muchas de nosotras se convirtió en un ejercicio permanente de camuflaje.
Aprendimos a encogernos. A ocupar menos espacio. A reírnos de los chistes homófobos, aunque dolieran. A no levantar la mano cuando la profesora preguntaba con quién queríamos trabajar en pareja. A que no nos escogieran a la hora de elegir los equipos en el patio del colegio. A estar con las niñas en los márgenes del patio. Y, a las niñas, a no ocupar el centro del patio. Un patio cuya centralidad y la mayor parte del espacio lo ocupaban la masculinidad y el fútbol.
Dos de cada tres personas LGTBIQA+ han sufrido LGTBI-fobia en el ámbito deportivo, según el Observatorio de ADI LGTBI+. La mitad de esos casos, durante la adolescencia. El dato es frío, pero detrás hay cuerpos concretos: el de quien dejó de jugar al fútbol para que no le llamaran marimacho o el de quien guardó en cajones sus dibujos porque eso no era de chicos. El silencio que aprendemos de pequeñas no desaparece cuando crecemos: se asienta, se normaliza, y nos cuesta años —a veces décadas— desaprenderlo y saber que tenemos derecho a ocupar espacio, a jugar, a existir en voz alta.
El Descenso LGTBIQ+ no es solo unas cuantas piraguas en el agua. Es la recuperación simbólica de algo que nos fue negado: el derecho al juego compartido, a la competencia sin miedo, a sudar y reír y perder y ganar sin que eso diga nada sobre quién debes ser.
Y luego vino el sexilio. Esa palabra que lo dice todo y que apenas aparece en los diccionarios oficiales. Marcharnos del concejo, de la aldea, de este paisaje verde y húmedo que nos vio crecer, convencidas de que en la ciudad seríamos más libres. Y lo éramos, en parte. Pero esa libertad tenía horario: ocurría de noche, en espacios cerrados, pagando un peaje invisible. La raíz quedaba atrás. El Sella, el monte, la fiesta del pueblo en agosto: todo aquello seguía existiendo, pero ya sin nosotras dentro. La noche y la ciudad son necesarias. Pero no pueden ser la única vía para pisar el cemento de la pista.
Desde Arriondas, desde el concejo de Parres, en el corazón del oriente de Asturias, llevamos cinco años construyendo algo que muchas de nosotras no tuvimos de pequeñas: un espacio de juego a la luz del día. La Romería Cuir nació de esa necesidad sencilla y profunda a la vez. Un espacio donde poder vernos las caras sin que oscurezca. Donde el deporte, la cultura, la música y el cuerpo que baila no tengan que pedir permiso para ocupar el espacio central de la pista. Donde quien creció sin poder correr detrás de un balón pueda, por fin, correr sin temer que le insulten por su expresión de género.
El Descenso LGTBIQ+ del Sella no es solo unas cuantas piraguas en el agua. Es la recuperación simbólica de algo que nos fue negado: el derecho al juego compartido, a la competencia sin miedo, a sudar y reír y perder y ganar sin que eso diga nada sobre quién debes ser. El gesto de decir que también este territorio es nuestro. Que la ruralidad no es incompatible con la diversidad. Que las personas queer no somos solo un fenómeno urbano de fin de semana.
Aprendimos también a mirar de reojo en los vestuarios y a sentir que ese mirar era una culpa. A que el despertar de algo, para lo que no teníamos ni nombre, se convirtiera en vergüenza antes de ser deseo.
“Mexábamos xuntos,
coles pirules desanimaes
y díxitilo
con mui poca fortuna
en sin denguna xixa
que me gustabes”
Poema: Xuntos de Milio Ureta (Poemes de amor simétricu).
Este 28 de junio recordamos a quienes lucharon antes que nosotras para que hoy podamos estar aquí. Recordamos también que lo ganado nunca está del todo ganado: los discursos de odio crecen, la extrema derecha no dejó de señalarnos y los algoritmos de las grandes plataformas saben que la confrontación genera más dinero que la empatía. Hay compañeras trans y no binarias que hoy siguen enfrentando una persecución que nos afecta a todas. Hay un aumento de la LGTBI-fobia en las calles y patios de los colegios. Ninguna agresión sin respuesta. Ninguna compañera sola.
Pero también celebramos. Celebramos con rabia y con alegría. Celebramos que este año volveremos a Arriondas. Que habrá música, deporte, debates, libros, canciones y cuerpos que se abrazan sin necesidad de disculparse. Que algunas de las niñas y los niños que hoy crecen entre estos montes y estos ríos tengan la libertad de jugar por todo el patio. Aquí estaremos peleando centímetro a centímetro el patio que nos quitaron. Sin pedir permiso para jugar.
Construimos un presente para nosotras porque nos robaron el pasado. Pero el futuro, ese, no nos lo va a quitar nadie.