Leía en Instagram una publicación de Finca La Maye y Estudio Arvense: “Te imaginas dentro de 50 años un mundo lleno de abuelas que no saben hacer nada de esto?”. La frase estaba unida a un video en el que se muestran conservas, pasta fresca hecha a mano, recolección de huevos… lo que viene siendo saberes básicos y tradicionales. Pero la duda que plantean es muy buena. ¿Cuál será el conocimiento que transmitan esos abuelos y abuelas del mañana?
Nuestro momento, ahora en este contexto social y cultural, padece la terrible pérdida de la autosuficiencia analógica. Estos superpoderes que se supone nos da la digitalización no hace sino alejarnos de lo que tiene valor, nos vuelve dependientes, nos amarra y nos retiene en un rango de cadena muy corto.
Nuestro momento, ahora en este contexto social y cultural, padece la terrible pérdida de la autosuficiencia analógica.
Hemos delegado a terceros nuestras capacidades y nuestra libertad. La alimentación, la costura… todo depende de otros ajenos, a muchos kilómetros de distancia donde todo se enfría por el camino mientras se maquilla para que quede bonito. El progreso vira a convertirse en antónimo de sí mismo. ¿En qué momento se convirtió en un lujo el handmade cuando toda la puta vida se hicieron las cosas en casa? El desarrollo propicio se eleva solo a unos pocos, a aquellos que saben guiarnos hacia la dependencia, hacia el aturdimiento visual y sonoro mientras nos ofrecen falsa comodidad a golpe de euros. Si vamos a un supermercado conocidísimo nos encontramos en que ya no solo nos ofrece comida elaborada, también nos da una minibarra y taburetes donde sentarse a comerla mientras se disfruta del incómodo espacio cedido. O preferimos que nos traigan la comida a casa, sobre todo si llueve y hace frío: “que se joda el del globito y se ponga un chubasquero, y si no le gusta que se dedique a otra cosa”.
Puede que ese saber decadente ya no tenga transmisores orales, y a los pocos que quedan no se les presta atención. Preferimos ver tiktoks, reels o vídeos en youtube de extraños haciendo cosas hiper maquilladas, poco realistas y con una imaginería romantizada que se queda solo en espectáculo, pues quien lo ve lo idolatra pero no lo practica, lo cual tiene la misma utilidad técnica y práctica que una sitcom: solo entretiene. Toda la información del mundo a disposición y la gente solo hace scroll. Habrá que darle sentido al saber hacer haciendo, digo yo, ¿o seguimos alimentado la paradoja de la abundancia?
La transmisión de conocimiento de los abuelos en el año 2070 será cómo hacerse un selfie, cómo vender más, como invertir en cripto o en ladrillo, como vestir a las mascotas…
La transmisión de conocimiento de los abuelos en el año 2070 será cómo hacerse un selfie, cómo vender más, como invertir en cripto o en ladrillo, como vestir a las mascotas y como facilitar el abuso algorítmico desde donde se afiancen y ratifiquen creencias y posiciones ya de por sí limitadas. Todo el mundo sabe hacer kombucha, pero casi nadie como hacer una mermelada, un escabeche o de dónde sale la mantequilla. Expertos en plantas de interior, con todas las variedades de monstera y sus particularidades, pero ni dios planta ajo, patata o berza. Muchos abrazando robles y pocos protegiendo los montes (ya no digo aprovechando sus recursos).
Si hecho un vistazo analítico a los utensilios y maquinaria que hay en casa de mis padres y la comparo con el contenido de las casas actuales de mucha gente de mi generación y posteriores me encuentro con cositas interesantes. Voy a simplificarlo en tres ámbitos del interior del hogar: la cocina, la costura y las reparaciones y mantenimiento.
En el primero existe todo un conjunto de cuchillos, tablas, batidoras, picadoras, deshidratadoras, ollas de múltiples calibres, sartenes especializadas en según qué elaboraciones, tazas medidoras y moldes básicos. Dos vajillas, la de diario de Duralex y la buena de loza pintada. Tazas para el día a día y un juego de café regalado por la boda de mis padres que se saca para los chocolates en familia o para las visitas. Botes y tarros por doquier junto con despensa y arcones congeladores repletos de comida, elaborada o no. Dos libros de cocina antiguos y un dietario de los años 70 que mi madre convirtió en su recetario particular.
Los hogares actuales no tienen siquiera una triste caja de herramientas, es probable no encontrar tampoco un costurero básico y mínimo
En el segundo ámbito te encuentras con una máquina de coser, una plancha y su tabla, una suerte de botones recuperados de prendas viejas, hilos, agujas de diferentes tamaños y usos, tijeras… los trajes para las bodas y demás eventos los cosía mi madre todas las noches al finalizar el día con la televisión de fondo, alumbrada solo con un flexo sobre las manos. Los bajos cosidos con la rapidez que dan los movimientos pulidos por la experiencia, el conocimiento y la intuición. Revistas de labores del hogar con kilos y kilos de patrones junto con otros tantos de telas y retales de características variadas.
En cuanto al mantenimiento y reparaciones ocurre lo mismo que las anteriores. Tornillos y clavos recuperados de cualquier aparato, cinchas, destornilladores, llaves especiales, martillos, taladros, escuadras, cintas métricas varias, alicates y otros similares, punzones, cinceles, gubias… de todo y en cantidad, algunas de las herramientas ya las habían heredado mis abuelos. Los manuales de los electrodomésticos todos guardados en una carpeta y a disposición.
Todo lo anterior va de la mano de un saber hacer, de un conocimiento adquirido en base a la transmisión oral intrafamiliar y social, pues el entorno siempre facilita la circulación de chismes y saberes.
No he querido extenderme numerando todo el contenido de esa casa y sus usos diarios, pero sí lo suficiente para hacer una comparativa. Los hogares actuales no tienen siquiera una triste caja de herramientas, es probable no encontrar tampoco un costurero básico y mínimo; ni qué decir de la utilería culinaria, donde los únicos cuchillos que hay son los de mango de plástico con margaritas cuya hoja dentada es de atrezo. Toda esta ausencia de útiles y maquinaria, todo este vacío rellenado con funkos, ropa del Temu y televisores del mil pulgadas, todo ese espacio negativo se resuelve en el evidente analfabetismo funcional.
¿Son nuestras abuelas y abuelos las últimas líneas de defensa de la independencia y la soberanía individual?
Hablamos mucho de crear cultura, de generar arte, pero olvidamos lo básico, lo que nos asegura la estabilidad de las partes bajas de la pirámide de Maslow.