Se celebraban en la segunda ciudad, si no la primera dada su connotación religiosa, más importante de la Hélade: Delfos, famosa por su ORÁCULO del que dependieron vidas y fortunas durante siglos. Algo así como nuestro Vaticano del Medievo.
En Delfos se hallaba el “ONFALOS” u “Ombligo del Universo” y con eso queda casi todo dicho en cuanto a la importancia de la ciudad y su carácter religioso de obligado cumplimiento (y peregrinación). La ciudad está asentada en las faldas del Monte Parnaso y parece custodiada por las rocas “Fedríades”: La Brillante y La Roja, con la fuente Castalia de aguas sacras donde se bañaban las pitonisas antes de cumplir su cometido.
Allí moraba Pitón, una serpiente que representaba el culto a la Diosa Madre Gea y que dio nombre a los Juegos y a las Pitonisas que hablaban en nombre de Apolo y emitían sus oráculos famosos. Eran chicas locales dedicadas al santuario de por vida. Se sentaban sobre la tapadera de un trípode en cuyo interior se hallaban restos mortales de algún ser vivo (identificados al gusto de cada autor) y, al lado de una grieta que emitía vapores tóxicos y mascando laurel (árbol consagrado a Apolo), entraban en trance antes de pronunciar las frases que constituían el oráculo, la mayoría de las veces ininteligibles. Esta mujer era la única que podía entrar en aquel cerrado mundo de hombres, sacerdotes y dioses – Apolo o Dionisos o ambos – con el consiguiente pavor incorporado. Como para no balbucear. Casi era ella la víctima.
Al respecto de los vapores y laureles mascados, arraigada teoría estoica del “pneuma”, hoy en día aplaudida por los racionalistas, la arqueología moderna ha demostrado que de grietas bajo el “áditon” nada de nada y por tanto de vapores del inframundo pues menos. Pero lo sí constatado es que cuando la pitonisa se adentraba en la estancia sagrada, el trípode estaba envuelto en vapores y humos procedentes de la quema de laurel, cebada e inciensos varios. El resto fe ciega como en ocasiones y trances similares. (Walter Burkert. Homo Necans, pág. 189/190).
Al igual que el resto de panhelénicos fueron juegos fúnebres, del mismo modo que los de Patroclo y tantos otros héroes constituidos según la mitología, la leyenda, la tradición y la historia por el dios Apolo tras su victoria sobre Pitón. En un principio se celebraban cada 8 años o lo que es lo mismo: 99 lunas o Año Largo y consistían únicamente en que cada candidato entonara un himno a Apolo, con una lira como acompañamiento.
Dado que nos movemos en el territorio del mito y la leyenda, no habría de faltar otro héroe en cuyo honor recayera la fundación o el punto de salida de estos juegos: Neoptólemo, el hijo de Aquiles, asesinado por Orestes en Delfos. Pero yendo un poco más allá o estirando esta misma mitología, aparece Diomedes de Argos como su fundador, el hijo de Tideo (rey de Etolia) y Deípile (hija de Adrasto, rey de Argos), que los instaura en honor de Apolo.