Durante décadas, el ciclismo femenino ha pedaleado contra algo más que el viento, la lluvia o las rampas imposibles. Ha pedaleado contra la invisibilidad, contra la falta de oportunidades, contra la idea equivocada de que sus gestas valían menos. Pero esa época está quedando atrás. Hoy, las mujeres no solo están en el pelotón, lideran una revolución silenciosa, constante y admirable.
La llegada de La Vuelta Femenina al Alto de L’Angliru es la prueba definitiva. No es sólo un final de etapa. Es un símbolo. Un mensaje claro: ellas también pueden con los gigantes.
El ciclismo femenino ha dejado de ser un apéndice del masculino para convertirse en un espectáculo propio, con identidad, con estrellas, con épica. Y lo está logrando a base de talento, profesionalidad y una capacidad de sufrimiento que no entiende de géneros. Como reconocía Fernando Escartín, director de La Vuelta Femenina, “las chicas cada vez van más rápido (…), antes había un grupo de 10 o 12 corredoras que andaban mucho y ahora pueden ser unas 20 o 25; cada año se superan”. Esta frase creo que bien puede resumir una década de evolución. Hoy, estas mujeres además de competir y superarse, sirven de inspiración al mundo a través del ciclismo.
El hecho de que la Vuelta Femenina termine en L’Angliru no es casualidad, es una declaración de intenciones. Este coloso es un mito que no regala nada. Un puerto que ha visto llorar, caer y renacer a los mejores ciclistas del mundo. Un lugar donde la carretera se vuelve pared y donde solo sobreviven quienes tienen algo más que piernas… unos lo llaman alma, otros mente o cabeza.
Estuvimos presentes en la final de etapa de L’Angliru. Hubo sufrimiento, espectáculo, sorpresas, pero sobre todo compañerismo, equipo, agradecimiento, generosidad… Mavi García, del UAE Team ADQ y una de las favoritas -número 22 en la general- tuvo una caída el día anterior y ese día pedaleó con dolor en el brazo y la cadera, pero eso no le impidió ayudar a su compañera, la benjamina Paula Blasi que, sorprendiendo a todos, consiguió quedar campeona de La Vuelta F, a pesar de llegar segunda. Lo primero que hizo fue abrazar a su compañera y agradecer en voz alta el esfuerzo de su equipo y por supuesto el de Mavi García, su “hermana mayor”. Hubo abrazos, emoción, lágrimas como las de la ganadora de esta etapa, la suiza Petra Stiasny (Human Powered Health) de 23 años que aún no se creía la hazaña conseguida.
Que una mujer haya coronado al coloso por primera vez en la historia de La Vuelta es un hito que trasciende lo deportivo, sirve también para visibilizar esos nuevos valores que ellas están mostrando de forma natural. Son muy jóvenes, pisan fuerte y ese es el mejor mensaje que pueden recibir niñas, jóvenes y aficionadas: no hay cima que no puedan subir.
A este salto también ha contribuido, y es importante decirlo, la profesionalización de las ciclistas. Hasta hace muy poco 8 de cada 10 tenían que combinar el ciclismo con otro trabajo para poder sumar un sueldo digno a final de mes, y esto condicionaba su rendimiento a nivel deportivo. Este cambio ha permitido que las ciclistas puedan entregarse en cuerpo y alma a su pasión y vivir del deporte que aman.
El concejo de Riosa, guardián de este coloso, se ha convertido en escenario de este momento histórico. Un territorio que siempre ha respirado ciclismo y que ahora se ha convertido en altavoz de igualdad, esfuerzo y superación. Un cambio social está en marcha.